lunes, 17 de agosto de 2009

FIDIPEDES EL MARATONISTA

En los tiempos en que Milcíades gobernaba a Atenas, Allá por el año 490, los griegos se vieron amenazados por el poderoso ejército persa, comandado por Darío. Sin pensarlo demasiado, Milcíades dirigió sus ejércitos para contener a Darío entablándose una dura batalla en la llanura de Maratón. El enfrentamiento fue bastante difícil, y Milcíades pronto se dio cuenta que iban a perder la batalla. Requerían urgentemente de refuerzos para doblegar a sus enemigos y de esa forma evitar la invasión. Fue por esta razón que llamaron a Fidípedes, quien era conocido como un buen corredor, dándole la orden de que fuera de inmediato a Atenas, que estaba a 40 km de distancia para solicitar ayuda.

Fidípedes, de inmediato acató la orden. Fue a Atenas y volvió con 10,000 soldados, con lo cual se ganó la batalla, quedando muertos en el campo 6 400 persas. Aquello entusiasmó demasiado a Milcíades, quien mandó llamar de nuevo a Fidípedes; más no fue para felicitarlo, sino para ordenarle que corriera de nuevo a Atenas para informar que habían ganado la batalla. Fidípedes corrió de nuevo sin parar, y cuando llegó a su destino, solo tuvo fuerzas para decir una palabra: “Vencimos”. Luego cayó muerto.

En el año de 1896, durante los primeros juegos olímpicos de la era moderna, fue creada la prueba del Maratón en honor de Fidípedes.

LA PESTE

A finales de la Edad Media floreció el comercio de los europeos con los mercaderes de Asia. Los comerciantes genoveses y venecianos lograron enormes riquezas negociando con sedas, especies y exóticas mercancías que eran sumamente apreciadas por los europeos, aunque jamás imaginaron que en aquellas enormes cajas que transportaban los barcos venía encerrada “la muerte negra”. Llegó con las ratas y las pulgas, pasajeros comunes de los barcos. Mismas que se bajaron en los puertos y propagaron a diestra y siniestra su fatídico mal.

De improviso apareció en todo el sur de Italia una rara enfermedad que liquidaba a los enfermos después de tres días de intensa agonía, durante los cuales escupían sangre, deliraban y se llenaban de ronchas y grandes tumores. Aquello era algo nunca visto, y se tomó como un castigo divino por los grandes pecados de la humanidad.

Mas otros pensaron diferente y culparon a los judíos, a los leprosos y los extranjeros. ¡Ellos eran quienes habían contaminado los posos!; fue así como se desató una violenta acometida contra todos ellos. Los acusados fueron quemados, apedreados, arrojados a los ríos, pero aún así “la muerte negra” continuó propagándose.

La mayoría de los infectados eran pobres, quienes vivían en precarias condiciones de higiene y alimentación.

Fueron tantos y tantos los muertos, que hubo pueblos enteros que fueron aniquilados; ya no había quien enterrara a los muertos. Los cadáveres quedaban tirados por las calles sin que nadie quisiera acercarse a ellos. No había madera suficiente para hacer tantos ataúdes. Y sabiendo del grave peligro de contagio, la gente huía de los enfermos, aún cuando fueran los miembros de su propia familia.

Los médicos, intentando evitar el contagio, se vistieron con ropas largas y se cubrían totalmente la cabeza. En la nariz se colocaban una especie de pico de ave rellena de algodones empapados en sustancias aromáticas para evitar el contagio por inhalación. También recomendaban quemar hierbas aromáticas en las calles, por lo cual pronto todas las calles estaban llenas de fogatas con densas humaredas cuyo único logro fue hacer que el viento oliera a humo de yerbas y podredumbre de peste negra.

Pero ni los médicos se salvaron, al igual que poetas y escritores, comerciantes y gobernantes, pobres y ricos, hasta el mismo rey de Castilla Alfonso XI sucumbió ante la peste. Se cerraron los palacios y los pueblos. Llegó el hambre porque los campos quedaron sin trabajarse. Las granjas quedaron abandonadas. Nadie quería tener contacto con nadie, pero la peste no amainaba.

Desde Italia el mal subió al norte de Europa, expandiéndose por Francia, España, Inglaterra y hasta Rusia. Muchos perdieron la fe porque sentían que Dios los había abandonado. Otros se entregaron a extravagancias y excesos religiosos. Surgió un grupo de fanáticos a quienes llamaron “los flagelantes”, que iban de pueblo en pueblo, con la espalda descubierta y azotándose unos a otros como expiación de sus pecados. Aunque también servían de verdugos para todos aquellos que ellos consideraban que eran culpables de su desdicha.

La peste negra arrasó con China e India, acabando en este último país con más del 60 % de la población. En Europa el daño no fue menor: En Sevilla murieron más de 200 000 personas, en Londres la población quedó reducida a la mitad, Escocia perdió una tercera parte de su población, Francia cerca de la mitad, mientras que algunas ciudades alemanas tuvieron pérdidas elevadísimas. En toda Europa se calcula que murieron con el contagio 25 millones de personas.

LAS ABEJAS

La abeja es un insecto maravilloso, que para elaborar la rica y deliciosa miel con que nuestros paladares se han deleitado trabaja mucho más de lo que nos imaginamos. Cada abeja realiza en promedio cuarenta vuelos diarios, visitando 40 000 flores, o sea mil por viaje. Con su lengua recogen el néctar del fondo de cada flor y lo guardan en una pequeño depósito que tienen en la garganta; una vez lleno, vuelven a la colmena y le entregan lo recolectado a una obrera almacenista, misma que lo guarda en su buche y lo concentra, para luego pasarlo a otra obrera, quien realiza el mismo proceso, y así va pasando de receptora en receptora, concentrándose y concentrándose, hasta que la última almacenista lo deposita en la celdilla. El producto guardado, con el intenso calor que se genera en la colmena pierde agua hasta que logra la madurez. Una vez que ha madurado lo suficiente, la obrera agrega más néctar procesado hasta que la celdilla queda completamente llena.

Para producir un kilo de miel, las abejas tienen que recolectar nectar de 5 millones de flores.

Las colmenas albergan hasta 80 000 abejas. Tienen una Reina, misma que al emprender el vuelo es seguida por los machos y puede fecundar hasta con 7 en vuelo, después baja a la colmena y durante un periodo que va de los 15 a los 20 días pone un promedio de 3 000 huevos diarios. La Reina ya no requerirá de nuevos apareos con los machos, ya que con el semen recibido quedará fecundada para siempre. Así que una vez que los machos zánganos cumplieron su misión son expulsados de la colmena y fuera de ella mueren de hambre.

La Reina determina el sexo de su descendencia. Ella decide si fecunda o no los huevecillos. El huevo fecundado se transforma en una abeja hembra, ya sea obrera o reina, y el huevo no fecundado en una abeja macho o zángano. Una Reina nace en una celda real a los 16 días de haber puesto un huevo fecundado, cuya larva es alimentada exclusivamente con jalea real durante su desarrollo, lo cual estimula su aparato reproductor. En cambio, la abeja común, llamada obrera, sin el apoyo de la jalea real, su aparato reproductor queda muy rudimentario y disfuncional, llegando a vivir entre 40 y 120 días. Mientras que los zánganos nacen a los 24 días de un huvecillo no fecundado y en una sección especial para ello.

Cuando la abeja Reina nace, lo primero que hace es recorrer la colmena para ver si hay otra reina, de ser así tendrá que pelear con ella y la que venza es la que se queda con el poder. El pleito de la recién nacida será por supuesto con su misma madre. Al vencer sale fuera de la colmena y excita a todos los zánganos, luego se mete nuevamente a la colmena, para repetir el mismo proceso durante los dos días siguientes. Al tercer día realiza un vuelo hacia arriba dando vueltas, pudiendo elevarse hasta a 4 kilómetros de altura. No todos los zánganos logran alcanzarla, los débiles se rinden, pero los fuertes tienen su recompensa al acoplarse con ella. Pero los ganadores pierden la vida, porque al acoplarse ella hace un giro brusco y les arranca los órganos genitales lo cual les provoca la muerte a los machos.

LA HERENCIA DEL REY DAVID

Cuenta la tradición judía que en su lecho de muerte, el rey David, llamó a su hijo y sucesor, Salomón, quien era joven e inexperto, para darle su bendición. Salomón se sentía sumamente preocupado por la corona y el poder que recibiría a la muerte de su padre, considerado un hombre sabio, así que le pidió que le dejara algo que pudiera ayudarle en tiempos de crisis. El rey David tomó un estuche que contenía una moneda y le dijo: “Cuando te encuentres en apuros, abre este estuche y mira una cara de la moneda. Pero cuando te encuentres en la cima del bienestar, vuelve a abrir el estuche y dale la vuelta y mira el lado opuesto. Si lo haces, Dios estará siempre contigo”. Poco después el Rey murió
Los años pasaron y los tiempos cambiaron. Salomón se encontró de pronto ante una revuelta organizada por sus oficiales mayores; para colmo de males sus esposas le exigían demasiados caprichos, y construían altares a los dioses extraños que adoraban en su país de origen. Por si esto fuera poco tenía ante sí la construcción del Templo al Dios de Israel, que le había originado demasiados problemas económicos difíciles de resolver.
Salomón se sintió apesadumbrado y abatido, fue entonces cuando recordó la herencia de su padre y abrió el joyero. Tomó la moneda y leyó la inscripción que tenía en una de las caras. Ahí decía “Esto también pasará”. Salomón se sintió muy reconfortado y afrontó con decisión los problemas que tenía ante sí y logró superar los obstáculos. Se disipó la rebelión Logró terminar el templo y con ello floreció el culto al Dios de Israel, opacando los cultos paganos. Los barcos de Salomón surcaron los mares y trajeron consigo una buena cantidad de riquezas que provocaron la prosperidad en el pueblo. Y desde infinidad de lugares se hacían peregrinaciones para rendirle tributo a Salomón, gracias a sus riquezas y sabiduría. Todo cambió y con ello Salomón se olvidó del joyero, dejándolo arrumbado en uno de sus lujosos muebles de palacio.
Estando en esta gloriosa etapa, Asmodeo, quien era considerado el Rey de los Demonios, fue capturado y llevado encadenado ante su presencia. El haber capturado y esclavizado al Rey de los Demonios hizo que Salomón se sintiera invencible y poderoso. Por ello, al tenerlo en su presencia, se burló de Asmodeo diciéndole que de qué servía su grandeza demoníaca, si podía ser encadenado y esclavizado como cualquier mortal. Asmodeo le respondió que si Salomón le quitaba las cadenas y le prestaba su anillo mágico, podría probarle los poderes que poseía. Salomón aceptó.
Al colocarse en el dedo el anillo mágico, Asmodeo se convirtió en un enorme demonio con un ala tocando el cielo y la otra apuntando hacia la tierra. Tomó a Salomón, y lo llevó a cuatrocientos kilómetros de Jerusalén, volviendo luego a palacio y designándose a sí mismo como rey.
Salomón fue desconocido por su pueblo. Vivía con las limosnas que le daban por las casas, como a cualquier mendigo. Por doquiera pregonaba: “¡Soy Salomón, Rey de Jerusalén!”, más sus palabras provocaban las burlas de todos. Quien alguna vez fuera considerado el más sabio de todos los hombres, ahora era considerado como un loco. Lleno de humildad entonces se acordó de la gloria de su padre, y de el joyero con la moneda. “Esto también pasará”, ese era el mensaje que el Rey David le había dejado. Al recordarlo, se decidió de nuevo a luchar y recobrar lo perdido. Volvió a tomar el control de su destino y después de grandes luchas consiguió recuperar su trono y su riqueza.
De vuelta en el palacio, lleno de poder y gloria, recordó la moneda y pensó que seguramente en la otra cara de la moneda habría otra gran enseñanza que le ayudaría a dominar el mundo. Así que fue y tomó el estuche. Y en efecto, había otra frase en la otra cara, y esta decía: “Esto también pasará”. Salomón entendió el mensaje: nada es eterno, bueno o malo todo pasa. Dicen que fue en ese momento cuando Salomón se convirtió en el ser humano más sabio de todos los tiempos.

BEREMIZ Y LOS CAMELLOS

Beremiz, un joven muy inteligente, iba pasando montado en su camello frente a un albergue de caravanas de camellos, cuando de pronto se topó con tres hombres que tenían una fuerte discusión. Como aquello había llegado demasiado lejos ya iban a llegar a los golpes, así que Beremiz decidió hablar con ellos para ver que es lo que sucedía.

- Somos hermanos – le dijo el más viejo – nuestro padre murió dejándonos como herencia 35 camellos y según su voluntad, a mí me tocan de herencia la mitad, a mi hermano Hamed, una tercera parte y a Harim, el más joven, una novena parte. Pero nos ordenó no dañar a ningún camello. Es así como nos resulta imposible cumplir con la voluntad de mi padre y a eso se debe la discución.

Beremiz pensó unos momentos y luego les ofreció una solución.

- Todo es posible de solucionar con un poco de ingenio y buena disposición – les dijo- lo primero que haremos es sumar mi camello a los de ustedes, así tendrán 36. La mitad de 36, que es lo que a ti te toca son 18 –le dijo al mayor – tenías que recibir 17 y medio y ahora tienes un poco más. El segundo, que recibía 11 y un poco más, ahora recibirá 12, y el joven, que debería de recibir 3 y un poco más, ahora recibe 4 . Esta es la mitad, la tercera parte y la novena de 36.

-Los hermanos se abrazaron felices, porque el gran problema de pronto se había resuelto y mucho mejor de lo esperado. Luego les dijo Beremiz:

- Ustedes han recibido 18, 12 y 4, o sea un total de 34. Por lo cual sobran dos camellos. Uno es el que yo puse y lo retiro, y el otro es mi comisión que recibo como premio por haberlos ayudado. Dicho esto, tomó los dos camellos y se fue.

GENOCIDIO ARMENIO

La tragedia del pueblo Armenio se inició en 1896. Armenia es una de las poblaciones más antiguas ubicadas entre Turquía y la Unión Soviética. Vivieron en el sur de la región del Cáucaso durante 3,000 años habiéndose convertido al Cristianismo en el primer milenio. El pueblo armenio vivía en relativa paz, tan solo con algunos incidentes aislados. Hasta que cayeron en el dominio del pueblo turco, a finales del siglo XIX. El Sultán Abdul Hamid II, no vio con muy buenos aojos a los armenios, y temiendo una rebelión en su contra emprendió una campaña de asesinato masivo, arrasando por lo menos con 200 000 armenios.

Aquella masacre caló muy fuerte en el pueblo armenio y nació en ellos un fuerte rechazo al poder turco que los dominaba. Pero en 1906 cayó el antiguo régimen, y los armenios respiraron tranquilos sintiendo que todo cambiaría ante un grupo de jóvenes turcos que, habiendo llegado al poder, estaban dispuestos a provocar un cambio radical. Pero jamás se imaginaron que la situación por venir superaría totalmente en sufrimiento a lo antes vivido.

Un grupo de fanáticos, encabezados por el triunvirato Enver Pasha, Cemal Pasha y Talat Pasha, comenzaron de inmediato a tramar el exterminio total de la población armenia, por considerarlos traidores a su causa.

A la llegada de la Primera Guerra Mundial, Turquía se alineó al lado de Alemania, Austria y Hungría, contra Inglaterra, Francia y Rusia. La situación tan revuelta a nivel mundial propició el escenario para que los turcos emprendieran su genocidio contra los armenios, sin que la comunidad internacional reparara demasiado en el asunto.

Uno de los ideólogos del movimiento, el Dr. Nazim, dijo en una sesión del Comité Central, en febrero de 1915: “Si no hacemos una purga total de los armenios, estos nos acarrearán graves problemas. Por consiguiente es necesario exterminar a esta población de manera integral. Hoy estamos en guerra y es la mejor oportunidad para hacerlo”.

Poco después Talaat Pasha firmó y expresó el siguiente decreto: “El Consejo Supremo de los jóvenes Turcos, ha decidido destruir completamente a todos los armenios que viven en Turquía. Aquellos de nuestro pueblo que se opongan a esta medida no podrán pertenecer más a nuestro Imperio. Debe ponerse fin a la existencia de los armenios, cualesquiera sean los metodos sangrientos a tomar, sin reparar en sexos o escrúpulos de conciencia. Con respecto a esto, el gobierno toma toda la responsabilidad y ordena no hacer excepciones de ninguna especie, incluyendo las criaturas recién nacidas”.

Actuar en contra del pueblo armenio se convirtió para los turcos en un acto de patriotismo, en un acto de fe en el que todos estaban obligados a participar. Dos fuerzas se conjugaban: el patriotismo y la fe. Dos fuerzas aniquiladoras que ante sus ojos les daba perfecta justificación para derramar hasta la última gota de sangre de los armenios, sin importar ancianos, mujeres, niños o criaturas recién nacidas.

La masacre empezó el 24 de abril de 1915, con la detención en Estambul de 600 armenios, gente culta, y de buena posición, todos varones, que sin miramientos de ninguna clase fueron de inmediato asesinados. Antes de que empezaran las caravanas, se empezó con la práctica regular de separar a los hombres jóvenes de las familias, atarlos juntos en grupos de cuatro, llevarlos a las afueras y dispararles o simplemente los colgaban en sitios públicos sin juicio previo.

Al día siguiente, sacaron a todos los armenios de Turquía y los deportaron del Imperio al Medio Oriente, Siria y las tierras de lo que es hoy Irak. Cientos de miles de personas fueron expulsadas sin permitírseles llevar absolutamente nada, más que la ropa que traían puesta. Mientras los turcos como buitres se apropiaban de las pertenencias abandonadas.

Aquél enorme contingente fue escoltado por la tropa rumbo al desierto. El único propósito de mandar a estos hombres fuera a la ciudad abierta era que deberían ser masacrados. A fin de que pudieran no tener fuerza para resistir o escapar, estas pobres criaturas fueron sistemáticamente privadas de comida. Los agentes del gobierno fueron a la cabeza en el camino, notificando a los curdos que la caravana se acercaba y ordenándoles llevar a cabo la masacre. Todos participaban, hasta las mujeres salían de las poblaciones con cuchillos en mano a fin de ganar méritos, a los ojos de Alá matando un cristiano. Las mujeres armenias eran ultrajadas a la vista de todos, para luego ser sacrificadas.

Muchos árabes, musulmanes y cristianos se esforzaron logrando salvar a algunos de ellos, pero la mayoría fueron masacrados.

Los armenios empezaron a morir por centenares. Incluso por hambre y sed. Cuando llegaban a los ríos, los gendarmes, solo por atormentarlos, a veces no les permitían beber. El calor del sol del desierto quemó sus cuerpos escasamente vestidos y sus pies desnudos mientras caminaban por la arena caliente del desierto, sufrieron tantas heridas que miles cayeron y murieron o fueron asesinados en donde caían. Así, en pocos días, lo que había sido una procesión de seres humanos normales se volvió una horda de tambaleantes esqueletos cubiertos de polvo, buscando vorazmente trozos de comida, comiendo cualquier cosa que estuviera en su camino, enloquecidos por las vistas horrorosas que llenaron cada hora de su existencia, enfermos, con todas las enfermedades que acompañan a tales penalidades y privaciones, pero aún instigados por los látigos y bayonetas de sus ejecutores. Las mujeres que se quedaron atrás fueron acribilladas con bayonetas en el camino, o arrojadas hacia los precipicios, o desde lo alto de los puentes. Todo como si se tratase de una auténtica diversión.

Los gendarmes seguían delante de la siniestra caravana, notificando a los campesinos turcos que su oportunidad de vengarse había llegado. La gran oportunidad de bendecir a Alá derramando sangre. Todos, por doquier, respondían con un entusiasmo inusitado. El gobierno incluso abrió las prisiones y dejó libres a los convictos, en el entendido de que deberían derramar la sangre de los armenios que se aproximaban.

En un recoveco del río Eufrates, fue tal la matanza que realizaron, que el amontonamiento de cadáveres cambió el curso mismo del río.

En uno de los valles, un grupo de campesinos turcos los recibió con martillos, hachas, guadañas, picos y sierras. Con tales instrumentos provocaron una auténtica carnicería. Provocándoles una muerte más espantosa y prolongada. Luego los turcos se reunieron en una taberna del pueblo a alardear sobre el número de infieles que cada uno de ellos había eliminado para la gloria de Alá.

Por todas partes se presentaron estas horripilantes masacres. En Trebizond reunieron a todos los varones armenios, los pusieron en un barco y luego los siguieron en botes, divirtiéndose con una original cacería. Con sus armas fueron eliminándolos hasta que no quedó ninguno vivo y todos fueron luego arrojados al agua.

Se considera que más de millón y medio de armenios murieron en aquél genocidio. Solo una tercera parte logró salvarse buscando refugio en los países vecinos. Se exterminó a más de tres cuartas partes de toda la población Armenia Otomana.

Aún hoy en día los turcos siguen orgullosos de este acto tan vergonzoso que realizaron. Mientras que el pueblo Armenio sigue disperso por el mundo, sin haber logrado el pleno reconocimiento de sus derechos, porque entre turcos y rusos han hecho trisas a este pobre pueblo.

Muchos de los armenios han hecho su vida fuera de su tierra, destacando en la ciencia, en los negocios y en las artes.

HABLAR CON LAS PLANTAS

El profesor de botánica Richard Hamilton, de una respetable universidad norteamericana fue cuestionado en clase por un alumno sobre la supuesta veracidad de que hablándole a las plantas, estas crecen más bellas y lozanas.

Pues bien, el profesor Hamilton afirmó que eso hablar con las plantas no servía absolutamente para nada, porque no provocaba en ellas ningún efecto. Y para acabar de una vez con esta falsa creencia propuso realizar el siguiente experimento. En el pasillo de entrada de la universidad, bajo idénticas condiciones de luz, humedad y temperatura, hizo poner unas macetas de begonias, con un cartel en cada una de ellas. Los letreros decían, “Soy linda” en algunos casos y en otros “Soy fea”. Hamilton pidió a sus alumnos que cada vez que pasaran delante de ellas se detuvieran un instante y les dirigieran frases a cada planta de acuerdo con lo que indicaba el cartel. Así que los alumnos al pasar le decían a la planta con cartel de “Soy fea”: “eres horrible”, “estas espantosa”, “eres la peor begonia del mundo” y frases similares, mientras que a las que tenían el letrero de “Soy linda”, le otorgaban muchos piropos y frases hermosas: “eres bellísima”, “que hermosa estás”, “tu fragancia y colorido son exquisitos” y todo lo que se les pudo ocurrir.

Y ¿Qué pasó?. Al cabo de un mes, todas las feas se habían secado, mientras que las lindas lucían extraordinariamente saludables. Si esto sucede con las plantas, se imagina lo que pasa con los niños si todos los días les dice frases agradables.

TATUAJES Y PERFORACIONES MAYAS

Nunca me han gustado los tatuajes y las perforaciones, más hoy en día es muy común el que muchas personas modifiquen su cuerpo de esta manera, incluso de una forma drástica realizando incrustaciones espantosas bajo su piel. Pero bueno, cada quien es libre de hacer con su cuerpo lo que desee. Y esto ha sucedido desde tiempos muy antiguos.

Los mayas fueron muy dados a realizar diversas técnicas para modificar su aspecto. Se deformaban la cabeza con unos moldes de madera, para hacerla más plana y puntiaguda. A los niños les aplicaban unas bolas de cera en medio de los ojos para hacerlos bizcos, porque esto era símbolo de extrema belleza. Depilaban su cuerpo y se pintaban para indicar su estatus y su ocupación.

Lenguas, labios, narices y orejas fueron perforadas y decoradas con la joyería más fina que se pudieron permitir. Las perforaciones en la oreja fueron gradualmente expandidas hasta llegar a un grado asombroso. En algunas excavaciones fueron encontradas algunas orejeras de jade, superando el diámetro de siete centímetros.

También se han encontrado dibujos y textos sobre lenguas perforadas, en estas metían largas cuerdas, a veces con espinas, y así las jalaban. Los mayas valoraban enormemente el poder mágico de su sangre.

Entre los instrumentos que utilizaron para perforar destacan espinas, garras o colmillos, aunque también lo realizaban con hojas puntigudas de obsidianas y punzantes de huesos de animales y en ocasiones de humanos.

También se perforaban el propio miembro de lado a lado y por los orificios pasaban un gran hilo. Esto lo hacían en un ritual donde ese mismo hilo era pasado por todos los del grupo que se formaban en círculo, de tal manera que todos quedaban unidos, y luego untaban a sus ídolos con la sangre que fluía por todas partes.

También se realizaban perforaciones entre los olmecas, los aztecas, los otomíes y los zapotecas. En el mundo se han contado 70 comunidades, desde Alaska a Sudamérica, Africa y hasta Australia, que han utilizado desde tiempos inmemoriales las perforaciones corporales. Así que no es nada nuevo lo que sucede, aunque a muchos de nosotros nos siga pareciendo una costumbre de muy mal gusto.

LAS CALACAS DE JOSE GUADALUPE POSADA

Sus amigos lo llamaban Don Lupe, era de Aguascalientes y desde muy temprana edad le dio por hacer dibujos. Nadie sabe de donde le nació la inspiración, pero lo cierto es que un buen día comenzó a dibujar calacas (calaveras), y con diferentes poses y vestimentas de la huesuda hizo señalamientos, críticas y acusaciones que al publicarse en un periódico llamado El Jicote, le acarrearon infinidad de problemas. Así que tuvo que salir huyendo rumbo a León, donde logró poner su propia imprenta, con tan mala suerte que una inundación, allá por el año de 1888, le destruyó su taller, obligándole a buscar mejores horizontes en la Ciudad de México.

Pronto encontró un localito en una calle llamada Santa Inés y ahí prosiguió con su habitual práctica de realizar grabados con osamentas, para ilustrar sus pensamientos políticos, que por supuesto, por ir contra la corriente, volvieron a meterlo en problemas.

José Guadalupe Posada, fue el clásico mexicano que tomó a la muerte en broma. Le perdió totalmente el respeto haciéndola su compañera y cómplice, la vistió de elegante caballero, de catrina con sombrero de pluma, de borracho, político y todo lo que le vino en gana. Dibujaba calaveras montadas en caballos, en bicicletas, recreadas en humorístico festín macabro -histriónico y satírico-.Y con ello la convirtió en un instrumento más que eficaz para levantar sus denuncias, lo cual le llevó en varias ocasiones a la cárcel. Un poco después dio inicio a una arraigada tradición de componer versos relacionados con el tema, mismos que hoy en día llaman calaveras. Impulsando fuertemente el también tradicional día de muertos con todo y sus ofrendas.

No hubo un solo personaje de su tiempo a quien no le hiciera uno de sus famosos grabados. Hizo calavera a Don Porfirio y a Zapata, a los rancheros, artesanos y catrines. A los obreros, a los campesinos y por supuesto a los burgueses, sin olvidarse de gachupines. A todos les señaló sus debilidades, sus malos modos y manejos, sus vicios y desvergüenzas.

Colaboró en diversas publicaciones, siempre perseguido y amenazado, más nunca bajó su denuncia. En vida realizó cerca de 20,000 grabados y el tiraje de sus periódicos fue aproximadamente de 5 millones de ejemplares, mismos que llegaron a todos los rincones de la Patria.

Cuando su amada flaca vino por él, lo encontró pobre, tal y como debía, ya que para semejante viaje estorban todo tipo de riquezas. Fue sepultado en una fosa de sexta clase en el Panteón de Dolores, en la Ciudad de México. Y como nadie reclamó sus restos, luego fueron exhumados y arrojados a una fosa común. Así que al final no quedó solo, fue una calaca más entre tantas amontonadas en el panteón.