domingo, 25 de abril de 2010

COSMETICOS EN LA ANTIGUEDAD

En cuestiones de aseo y belleza los hombres y “las mujeres” han tenido cada ocurrencia, que visto desde nuestra actual posición bien puede provocarnos risa, escalofrío o incluso repulsión. Nada más para que se de una ligera idea de lo que hacían nuestros antepasados, permítame decirle que los romanos se lavaban los dientes con orines y si eran de origen español, mucho mejor. La verdad no entiendo ni como conseguían los orines flamencos, ni me puedo imaginar el sabor que les quedaba en la boca después de semejante tratamiento.
Las mujeres griegas por su parte se hacían sus buenas mascarillas para pasar la noche, a base de carbonato y miel. Al levantarse se lavaban la cara con agua fría y volvían a embadurnarse el rostro con otra capa de carbonato muy diluido, lo que les daba una blancura tal, que hoy provocarían la envidia de un payaso. Complementaban la obra, aplicando con un pincel un tinte rojo diluido en vinagre, extraído de una flor espinosa de Egipto, que era muy cara. Y terminaban el maquillaje con toques de carmín en los labios y en los pechos. Y como las rubías estaban de moda ya desde ese tiempo, se teñían el pelo con zumo de azafrán, o de plano se ponían su peluca de color trigo.
Cleopatra fue para eso del maquillaje toda una experta, incluso escribió un tratado de belleza, hoy perdido, pero se conocen algunos fragmentos de él a través de otros escritores contemporáneos. Y por ello se sabe que se pintaba los párpados de color verde, usaba pestañas postizas y coloreaba las mejillas con una mezcla de rojo y bermellón. Previamente se había bañado con leche de burra mezclada con miel, y para disimular esas patitas de gallo de los ojos, usaba una crema a base de pulpa de albaricoque.
La leche de burra ha de ser muy efectiva, porque Popea, mujer muy amada por Nerón, acostumbraba llevar en todos sus viajes un rebaño de trescientos de estos animales para ser ordeñados cada mañana. Para luego proceder a darse un baño tibiecito y reparador para enfrentar las fatigas del día. Me imagino que tenía muchos pajes a su servicio por aquello de las moscas.
La lanolina, tan usada hoy en día para la perfumería y la cosmética, era conocida por las damas romanas. Se sacaba de la lana de las ovejas y se perfumaba fuertemente para evitar su olor original. Una esclava llenaba su boca de perfumes que esparcía sobre el rostro y el cuerpo de la dama a la que servía.
Petronio, quién vivió allá por el siglo I, describe a una dama en su obra Satiricón de la siguiente manera: «Sobre su frente bañada por el sudor fluía un torrente de aceites, y en las arrugas de sus mejillas había tal cantidad de yeso que se hubiese dicho que era una vieja pared decrépita surcada por la lluvia.
También por aquellos tiempos se consideraba hermoso que las cejas se juntasen sobre la nariz, para ello las mujeres usaban un compuesto de huevos de hormiga machacados con cadáveres de moscas.

LA SEÑORA GOLPEADORA

Desde el pasado mes de agosto, cuando dos tipos con pistola en mano me solicitaron amablemente las llaves de mi carro, volví a los viejos tiempos de trasladarme al trabajo, como lo hace tanta gente, en camión urbano. No he perdido la vieja costumbre que adquirí en mis años mozos, de llevar siempre un libro en la mano, para leer un poco en cualquier momento que se presente.
Leí tantos y tantos libros en los camiones urbanos, que siempre he considerado que estas unidades de transporte me fueron más valiosas que cualquier aula escolar. Pero ahora la situación es distinta. Hay tanta gente en la ciudad que a todas horas camiones y minibuses parecen creación de Gabriel Vargas, como aquellos que dibujaba en La Familia Burrón. Y esto hace prácticamente imposible el cumplir con el bendito vicio de la lectura. Pero la lucha se le hace.
Fue así como uno de estos días, me fui hasta el fondo de la unidad, abriéndome paso entre un par de señoras gordas, dos estudiantes enmochilados, un vendedor de chocolates de a $ 5.00 y unos tórtolos que optimizaban el espacio, para llegar hasta un pequeño espacio disponible cerca de la puerta trasera, donde una vez acomodado, abrí mi libro para darle rienda suelta a la lectura.
No bien había leído un par de párrafos, cuando una señora que iba de pie a mi lado, y ante la sorpresa de todos los amontonados, le dio un tremendo sopapo en la cabeza a un tipo que venía sentado. Es curioso como en el momento mismo del incidente, en aquél camión que parecía no caber ni una aguja, de pronto se abrió un magnífico espacio dejando sola a la señora golpeadora, quien furiosa le reclamó al pasajero por haber tirado por la ventanilla el papelillo del chocolate que se estaba comiendo.
El sorprendido sujeto casi se atraganta con el bocado que pasó rápidamente, para luego pasar a reclamarla a la airada mujer. “A usted que le importa, yo hago lo que quiero” le contestó muy molesto el afectado. Y ella más furiosa aún le dio un nuevo golpe con la mano abierta sobre el rostro mientras le decía: “Si tú tienes tu ley y haces lo que quieres, yo también tengo la mía y puedo pegarte las veces que me de la gana”, acto seguido le sonó otro par de guamazos.
La discusión prosiguió. El sujeto tirador de basura recibió una buena surra, sin acatar a defenderse. Y no venía solo. Uno de los tres compañeros que venían a su lado trató de defenderlo de aquella fiera, más también para él tuvo la furiosa mujer. Unas cuadras más allá terminó la escena cuando la mujer llegó a su destino. Al bajarse tardaron algunos minutos en reponerse todos de la situación. Uno de ellos por fin dijo simplemente: “Si todos fuéramos así el mundo andaría patas pa’rriba”. Después otro de ellos comenzó con la carrilla: “Lo bueno es que no es tu vieja, si no pa’ que te cuento”.