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jueves, 22 de diciembre de 2011

LA LECCIÓN DE MI MADRE

Hablando cierto día con mi anciana madre, de pronto, y no sé porqué, me dio por hacerle una buena cantidad de reclamos que surgían de otras tantas cosas amargas que me tocó vivir en la infancia. Ni siquiera podía imaginarme como habría de responderme, y quizás era lo que menos me importaba. Si he de ser sincero, lo único que pretendía era sacar todos aquellos resentimientos que traía cargando conmigo y para los cuales jamás había encontrado una salida.
-¿Porqué fueron tan fríos conmigo?. ¿Porqué nunca me dieron un abrazo?, ¿Porqué jamás me prestaron atención alguna?. Me pasaba días y días con la ropa sucia, como si a nadie le importara, como si nadie me quisiera.
No recibí jamás una caricia, ni una palabra de afecto, ni tuve fiestas de cumpleaños, ni jamás se me felicitó por nada. Solo escuché palabras frías, palabras duras, reproches y regaños.
Fui un niño triste, un niño solo, siempre lleno de frío. Jamás me sentí querido y esto me provocó grandes problemas cuando quise integrarme al mundo. Respondía con agresividad cuando alguien me tocaba, no toleraba las palabras amables, ni aceptaba regalos o favores. Fui durante mucho tiempo un desadaptado, y me costó demasiado logar un poco de equilibrio.
Mi madre escuchó sin decir palabra todas mis quejas. Y poco a poco sus ojos se fueron anegando de lágrimas. Aquella viejita en que se había convertido, aceptó con gran pesar todo el desfile de amargas quejas, y cuando terminé con toda mi monserga (palabra común en casa), carraspeó un poco para aclararse la garganta y con vos entrecortada me dijo: “hijo, que bueno que te haz dado cuenta de todos los errores que tu padre y yo cometimos contigo. Que bueno que haz aprendido que así como te creamos a ti, no es la forma correcta de hacerlo. Nosotros éramos unos  ignorantes, gente analfabeta e inculta. Lo bueno es que nada de eso les va a pasar a tus hijos (!).

lunes, 8 de junio de 2009

ANITA Y EL MARAHAJA DE LA INDIA

Anita Delgado era una de las bailarinas del café-concierto Central-Kursaal de Madrid, un sitio frecuentado por artistas e intelectuales. Era una chica muy sensual y atractiva, por lo cual, pese a sus dieciséis años, recibió repetidas propuestas de pintores como Romero de Torres para posar, más ella siempre las rechazó. Era originaria de Málaga, donde su padre tenía un pequeño café; pero un día la situación se les presentó muy difícil y la familia se vio obligada a vender lo poco que tenían y emigrar a la capital.
A Anita y su hermana Victoria les encantaba la poesía y su padre les pagó cursos de declamación, pero con la llegada de los malos tiempos, se acabaron los privilegios y hubo la necesidad de que las jovencitas se pusieran a trabajar. Lo peor de todo, desde el punto de vista de su padre, fue que en Madrid Anita y Victoria, al no encontrar otra oportunidad, entraron a aquél cafetín a desempeñarse como bailarinas. Pero el hambre y la necesidad eran más grandes que el orgullo, y su padre terminó por aceptarlo a regañadientes.
Dos años después, una de aquellas noches en que Anita desplegaba los encantos de su figura al vaivén de la música seductora, sintió la penetrante mirada de un hombre muy peculiar, que estaba entre la concurrencia. Aquél hombre de porte distinguido y personalidad fuera de lo común, seguía como hechizado cada uno de sus delicados movimientos. Cuando su número terminó, el extraño caballero se puso de pie y aplaudió más que ninguno, luego fue a seguirla hasta el camerino y la invitó a venir a su mesa.
Aquél novel admirador era el príncipe Jegait Singh, maharajá de Kapurtala, una región del norte de la India, y quien estaba en Madrid como invitado a la boda del rey Alfonso XIII y Ana Battemberg.
El maharajá hizo hasta lo imposible por conquistar a Anita, pero la jovencita se sintió tan acosada por el extraño personaje que hizo cuanto puedo por alejarse de él. No era el primero que la anhelaba; ya había tenido demasiadas propuestas de hombres ricos que iban a embriagarse y de paso buscaban una aventura, y ella no tenía el menor deseo de ser la aventurilla de nadie.
El príncipe volvió a buscarla e insistió con su propuesta noche tras noche, más ella fue firme en todo momento con su negativa. Poco después el maharajá tuvo que salir presuroso de Madrid rumbo a París, debido a que se presentó un atentado contra los reyes de España de parte de un anarquista. Más no perdió la esperanza y desde la capital francesa envió a su mensajero para intentar una respuesta afirmativa de la hermosa muchachita.
Ella continuó resistiéndose, pero su grupo de amigos, quienes conocían de la propuesta, la animaron a darle el “sí” al príncipe, y Anita, después de evaluar la situación, y más que por otra cosa, pensando en que esto ayudaría económicamente a su familia, al final terminó por acceder, dirigiéndose a París para formalizar el compromiso. Posteriormente él partió hacia la India, dejándola al cuidado de un grupo de sirvientes, mientras se solucionaban los papeles que eran requeridos para el viaje. Más en cuanto se completaron las formalidades se embarcó rumbo a la India para concretar el matrimonio.
Cuatro semanas después, Anita llegó en barco a Bombay; era el mes de noviembre del año 1907. Un tren la esperaba para llevarle a Kapurtala. El vagón del maharajá era de un lujo increíble. Las paredes de caoba, las lámparas de bronce, la vajilla inglesa y el conjunto tapizado en terciopelo azul y plata. En cuanto a bebida y comida, todo estaba a la altura de un alto monarca. Además el séquito de sirvientes la atendió como a una auténtica princesa, aunque ella era de una condición verdaderamente humilde.
Después de dos placenteros días de viaje, Anita despierta en el Punjab, una de las regiones más bellas y fértiles de la India: campos dorados de trigo y cebada, prados floridos cercados de álamos, un mar ondulante de maíz, de mijo y de caña de azúcar, atravesado por ríos de aguas plateadas y poblado de campesinos enturbantados que empujaban afanosamente sus arados tirados por bueyes descarnados. Había tanto tráfico por los caminos cercanos que se formaban largas caravanas de carros de bueyes repletos de frutas y verduras.
El tren que transportaba Anita se detuvo en Jalandar, un acotamiento británico donde la esperaba el maharajá. La pareja continuó su camino en un elegante Rolls Rollce.
Fueron recibidos en Kapurtala por la gente del pueblo, con una devoción que ralló en el fanatismo. Anita fue tratada como una reina, la gente le besaba las manos y los pies y todos se inclinaban a su paso juntando las manos como en señal de oración. Una doble hilera de elefantes se extendía hasta el porche de la entrada, en perfecto orden de formación, para darles la bienvenida. Adentro, el palacio era tal y como cualquier cenicienta hubiese soñado. Había tantos sirvientes, que el interior parecía una ciudad, tan solo baste decir que los suntuosos jardines eran atendidos por 500 jardineros.
La boda rebasó todos los límites de lo imaginado. Anita fue vestida de la más fina seda y aromada de mirra. A la ceremonia llegó montada sobre un deslumbrante elefante previamente engalanado con ricas vestiduras bordadas. A partir de entonces Anita se convirtió en una de las mujeres más envidiadas del planeta.
El palacio del maharajá era realmente impresionante. Todo como de ensueño, pero como este no es un cuento de hadas, debo decir que tras el matrimonio, Anita descubrió que su flamante marido tenía cuatro esposas más y un hijo con cada una de ellas, algunos de su misma edad. Más a pesar de la dura competencia, Anita supo imponerse, manteniéndose como la esposa favorita de príncipe. Aunque su familia política desaprobó el matrimonio y la consideró una intrusa, causándole enormes problemas. El principe era un hombre amante de los placeres y la vida, sobre todo muy inclinado a las mujeres pero aún así Anita aprendió a amarlo.
El monarca gustaba de las joyas, la comida, la bebida, los caballos, los Rolls Royce, la cacería de tigres, el buen vestir, viajar a Europa... todos los lujos de un príncipe. Disfrutaba al máximo los placeres de la vida.
Con gran paciencia el príncipe Jegait la instruyó en las costumbres hindúes y la educó y refinó sus modales para que se condujera con corrección representando su nuevo papel de princesa. Pronto se convirtieron en la pareja de moda. Continuamente viajaban por toda Europa, Estados Unidos y Sudamérica, siendo perseguidos por fotógrafos y reporteros de los cinco continentes.
Anita no tardó en adaptarse a su nueva vida. Lo mismo vestía el sari hindú que espectaculares modelos diseñados en la capital francesa. Amo a la gente del pueblo y ese amor fue ampliamente correspondido.
La princesa andaluza alumbró a un hijo, al que llamó Ajit. Lo educó con gran esmero inculcándole el amor por sus raíces, dándole clases de castellano, y fue tal el éxito de su progenitora en este sentido, que ya de grande se aficionó el muchacho a los toros y platillos españoles.
A la llegada de la I Guerra mundial el príncipe participa en el conflicto apoyando a los ingleses. Se marcha con Anita a Europa y hace importantes donativos a los hospitales franco-británicos. Y fue durante ese tiempo que surgieron los conflictos entre la pareja. Anita obtuvo el divorcio y fue expulsada de la India junto con su hijo. Se quedó a radicar en París, en un piso de 500 metros cuadrados, con doncellas y chofer. Disfrutando de una espléndida pensión otorgada por el maharajá, con quien jamás perdió la amistad.
En Francia, después de divorciada entabló una oculta relación con un agente de bolsa llamado Ginés Rodríguez, quien estaba casado con una prima de Anita. Hombre culto, inteligente y reservado. La relación se mantuvo totalmente en secreto, a ninguno convenía que aquello se divulgara. Él por evitar problemas con su mujer y ella por temor a que su ex marido le redujera o eliminara la cuantiosa pensión que le permitía vivir como una auténtica reina.
Con los años, Anita se fue apagando. Vivió sus últimos días en Madrid, donde falleció el 7 de julio de 1962.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

UNA CIUDAD PARA UNA ESCLAVA

A la muerte del emir Abd Allah, en el año 891, su nieto Abderramán, de tan solo 21 años, accedió al poder de la provincia de Qurtuba, hoy llamada Córdova, en España, dominada en ese tiempo por los musulmanes. Era un hombre decidido y emprendedor, por lo cual de inmediato arremetió contra los grupos rebeldes hasta dominarlos, sometiendo por completo a su poder todos los dominios de la región y con ello se proclamó califa, sucesor del profeta y príncipe de los creyentes, independizándose de Bagdad, tanto política como religiosamente.
Siendo un gran estratega y de gran habilidad en el manejo de sus ejércitos, logró múltiples victorias, estableciendo el predominio musulmán sobre los reyes cristianos, dominando Toledo, Badajoz y Zaragoza, y, en el norte de Africa, Ceuta, Melilla y Tánger.
Abderramán era un hombre de gran carisma, audaz, enérgico y valeroso, que llevó su reinado al máximo esplendor, desarrollando la industria, la agricultura y el comercio, lo cual colocó a Córdoba como la capital más progresista de Europa, luciendo espectaculares construcciones, y con un apoyo muy acertado al arte, la cultura y la ciencia.
Córdoba pronto se convirtió en sitio obligado para los poetas, músicos y sabios. De todas partes llegaban gentes, formándose una masa heterogénea de razas y religiones.
Para congraciarse con el valeroso califa Abderramán, los monarcas de otros reinos le enviaban fabulosos regalos: obras de arte, piedras preciosas, libros de gran valor y hermosas esclavas.
Cuentan que una mañana, paseando el joven califa por el patio de naranjos del palacio, vio llegar una comitiva con una buena cantidad de mulas cargadas de valiosos presentes, y unos eunucos que venían custodiando a un grupo de esclavas de sorprendente belleza. Un presente el emir de Granada, quien deseaba congratularse ente los ojos de Abderramán.
El califa no prestó atención al cargamento de obras de arte y joyas preciosas, sus ojos se posaron sobre una hermosa jovencita de piel suave, pelo negro y ensortijado y ojos encantadores. Se abrió paso entre los animales y eunucos, hasta llegar con aquella divina princesa esclavizada y preguntarle:
-¿cómo te llamas? –
-Azahara, me llamo Azhara mi señor – contestó con intenso nerviosismo.
Abderramán no resistió la tentación y pasó con suavidad su mano por la mejilla de la bella jovencita. Ella bajó los ojos totalmente ruborizada. Abderramán sintió volverse loco por ella y a partir de ese momento la convirtió en su favorita. El joven califa, quien era poseedor de una inmensa fortuna; amo y señor de extensos territorios, donde todos sus súbditos se postraban a su paso, cayó súbitamente fulminado por los humildes hechizos de la hermosa mujer. Podía haberla tomado, como a cualquier esclava y hacerla suya sin ningún tipo de miramientos, pero no lo pensó de esa manera. Quiso seducirla poniendo todo cuanto era y poseía a sus pies. El rey se volvió esclavo y la esclava reyna. ¡Vaya cosas que logra el amor!
Abderramán había ganado muchas batallas, levantó un poderoso imperio donde florecían las ciencias y las artes y era temido y respetado por los reyes y líderes vecinos; pero ahora nada le parecía importante. Toda su pasión se desbordó en Azhara. Tenía que demostrarle hasta donde llegaba el amor que le tenía. Y por ello hizo venir desde Bagdad y Constantinopla a los geómetras y alarifes más prestigiosos de la época. Artesanos y escultores que sabían cortar y pulir el mármol extrayendo de él toda su belleza. Exigió que fueran llamados los mejores constructores y artistas capaces de hacer un reino de ensueño que sirviera de morada a aquella noble princesa. Pero no le bastaba con la construcción de un palacio, quiso que se construyera una ciudad entera, hermosa y bella para que fuera digna de llevar el nombre de Azhara.
Desde partes muy lejanas llegaron a Córdoba los materiales más finos, los más raros, los más hermosos, para dar vida a tan noble sueño. Y así, el 19 de noviembre del año 936, se inició la construcción que aquella maravillosa ciudad, misma que incluyó más de tres mil cuatrocientas columnas, con arcos reforzados de marfil y ébano, adornados con incrustaciones de oro y piedras preciosas. Se requirieron más de quinientas puertas reforzadas con placas de bronce bruñido.
El lujoso Salón de Tronto se realizó con mármoles finos de diversos coloridos y jaspes transparentes como el cristal. Sus techos revestidos de mosaicos dorados con reforzamientos de oro y plata y bóvedas cuajadas de hermosas perlas.
Aquí y allá se construyeron fuentes y riachuelos con treinta y ocho formas de hacer sonar el agua, para lograr con ello serenar el alma y enaltecer la vida. Pero además se instaló en palacio una inmensa jaula de pájaros exóticos y un parque zoológico con fieras traídas desde el Africa. Y todo se coronó con una escultura de Azahara colocada frente a la puerta principal del recinto del califa.
Y aún así, Azhara estaba triste. Abderramán inquieto le pregunta - ¿Qué te ocurre, mi amor?, dime qué es lo que te falta y lo traeré de inmediato para ti –
-Ni con todo tu imperio podrías conseguirme lo que quiero – respondió la entristecida doncella. Con los ojos llorosos miraba las montañas, recordando sus lugares de infancia, y extrañando los campos cubiertos de nieve a la llegada del invierno. ¿Cómo podría darle aquello el califa? ¿Cómo cubrir los montes y montañas vecinas de nieve?
Abderramán ordenó cubrir de Almendros los montes y las colinas, mismas que al poco tiempo se vieron blancas como montañas nevadas, aunque la fragancia que traían los vientos denunciaban que aquello era un espejismo realizado con miles de árboles llenos de blanca flor.
Cuentan que Azahara terminó por aceptar la ofrenda y sentirse totalmente complacida con tantos esfuerzos amorosos de Abderramán. Pero el amor fue frágil cual copo de nieve. Ella murió pronto, mientras que él quedó con una ciudad llena de recuerdos que poco tiempo después fue casi totalmente destruida en manos de sus enemigos. Más aún hoy en día es posible ver los restos de aquél esfuerzo de amor en lo que queda de Medina Azhara, la ciudad hecha como una ofrenda para una esclava.
Baja el Audio en MP3:

domingo, 8 de junio de 2008

MIGUEL Y MARIANA (0005))

Miguel era conocido de todos en la colonia. Traía siempre consigo un buen puñado de credenciales que supuestamente lo acreditaban como policía, lo cual le daba autoridad para notificarles a quienes se encontraba a su paso que si se portaban mal los llevaría a la cárcel. Por supuesto que todos le afirmaban ser buenos chicos, así que no había problema alguno.
También era muy común verlo con una revista de modas bajo el brazo, misma que le mostraba a todos los amigos, haciéndoles ver cuál sería el vestido que compraría para casarse con su amor eterno, Mariana, una guapa chica a la que adoraba y a quien jamás dejó de expresarle sus sentimientos.
Mariana lo quería mucho. Aunque era 20 años más joven que él, y además Mariana… tenía novio. Lo cual por supuesto no era muy del agrado de Miguel, quien se encelaba cuando la veía con el otro chico y amenazaba con traer una patrulla para que lo arrestaran, más las palabras dulces de Mariana, y su sonrisa cautivadora lograban aplacar el ánimo de su eterno enamorado y todo quedaba en paz.
Miguel nunca puso fecha para su boda con Mariana, siempre pregonaba que se casaría con ella, qué tipo de vestido le compraría e incluso invitaba a todos a la boda, más jamás les dijo cuando.
Un día a Miguel le detectaron cáncer y fue su enfermedad tan fulminante que en muy poco tiempo se consumió. Cuando ya se encontraba agonizante, Mariana llegó casa de Miguel acompañada de su mamá. Se acercó al lecho de su eterno enamorado y le hizo una pregunta: ¿Miguel quieres casarte conmigo?. La mirada de Miguel se iluminó cual si volviera a recobrar su plenitud de vida. Y apenas balbuceó un "Sí". Ella sacó de su bolso un par de anillos y en un momento lleno de emotividad, tomó la mano del moribundo y puso el anillo matrimonial en uno de sus dedos, mientras le decía: "Miguel, yo Mariana, te aceptó como mi esposo y prometo serte fiel por todos los días de mi vida". Después le dió a Miguel el otro anillo para que lo colocará en el dedo de Mariana. Él no fue capaz de pronunciar la promesa de matrimonio, solo balbuceó una frase ininteligible, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Después Mariana le dió un beso en la frente y así quedó sellado su compromiso. No hubo ningún ministro, ni juez, ni sacerdote presente. Ellos se unieron en matrimonio por la ley de su amor, hasta que la muerte los separara.
Miguel fue muy feliz aquél día, porque se cumplió su más grande anhelo. Al día siguiente falleció, cuando tenía 47 años de edad. Nunca llegó a viejo, porque siempre fue un niño a pesar de su edad. Era un niño Dawn.
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