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jueves, 22 de diciembre de 2011

LA LECCIÓN DE MI MADRE

Hablando cierto día con mi anciana madre, de pronto, y no sé porqué, me dio por hacerle una buena cantidad de reclamos que surgían de otras tantas cosas amargas que me tocó vivir en la infancia. Ni siquiera podía imaginarme como habría de responderme, y quizás era lo que menos me importaba. Si he de ser sincero, lo único que pretendía era sacar todos aquellos resentimientos que traía cargando conmigo y para los cuales jamás había encontrado una salida.
-¿Porqué fueron tan fríos conmigo?. ¿Porqué nunca me dieron un abrazo?, ¿Porqué jamás me prestaron atención alguna?. Me pasaba días y días con la ropa sucia, como si a nadie le importara, como si nadie me quisiera.
No recibí jamás una caricia, ni una palabra de afecto, ni tuve fiestas de cumpleaños, ni jamás se me felicitó por nada. Solo escuché palabras frías, palabras duras, reproches y regaños.
Fui un niño triste, un niño solo, siempre lleno de frío. Jamás me sentí querido y esto me provocó grandes problemas cuando quise integrarme al mundo. Respondía con agresividad cuando alguien me tocaba, no toleraba las palabras amables, ni aceptaba regalos o favores. Fui durante mucho tiempo un desadaptado, y me costó demasiado logar un poco de equilibrio.
Mi madre escuchó sin decir palabra todas mis quejas. Y poco a poco sus ojos se fueron anegando de lágrimas. Aquella viejita en que se había convertido, aceptó con gran pesar todo el desfile de amargas quejas, y cuando terminé con toda mi monserga (palabra común en casa), carraspeó un poco para aclararse la garganta y con vos entrecortada me dijo: “hijo, que bueno que te haz dado cuenta de todos los errores que tu padre y yo cometimos contigo. Que bueno que haz aprendido que así como te creamos a ti, no es la forma correcta de hacerlo. Nosotros éramos unos  ignorantes, gente analfabeta e inculta. Lo bueno es que nada de eso les va a pasar a tus hijos (!).

sábado, 5 de julio de 2008

VIVA MI DESGRACIA


Casi toda mi vida he sido vendedor de discos y vaya que esta historia ha estado salpicada de curiosas anécdotas de muy diversa índole. Un día llegó una señora joven acompañada de su anciano padre. Buscaban un vals bonito y antiguo o un tema hermoso y adecuado para que sus papás lo bailaran en la celebración de sus Bodas de Oro.
Precisamente había recibido días antes un magnífico disco de valses mexicanos, así que sin titubear, ni siquiera pensar en lo que decía, le dije: “A mire, tengo exactamente lo que necesita, recibí este disco que trae “Viva mi desgracia”…” ni siquiera pude continuar, el viejito, meneando la cabeza me replicó. – “Mire jovencito, despues de 50 años de matrimonio todavía no he logrado ser masoquista como para alegrarme de mi desgracia" –
Totalmente turbado, pero con la agudeza mental que dan los años de experiencia en las ventas, de inmediato corregí el error diciéndole: “Bueno, pero el disco también trae un tema muy apropiado, ¿Qué le parece “Morir por tu amor”?.

Por supuesto que vendí el disco.

domingo, 15 de junio de 2008

LA ISLA DE LAS MUÑECAS



Era un viejito medio encorvado, flaco y de baja estatura. Le llamaban “la coquita”, así como el diminuto pajarillo que habita en la zona chinampera de Xochimilco. En realidad se llamaba Julián Santana Barrera, pero eso casi nadie lo sabía.
Vivía en un pequeño islote de los canales, donde cultivaba hortalizas y verduras, mismas que luego llevaba a vender al tianguis del pueblo, terminando su faena del día echándose sus buenos tragos en la pulquería de “Los cuates”. No hablaba con nadie, se mantenía apartado de todos, y la verdad es que nadie intentaba hacerle plática, porque ya sabían que el viejito era bastante retraído.
Más un día, y por quien sabe que extraña razón, le dio por andar en los barrios pregonando la palabra de Jesús. Ni quien le hiciera caso, más él no perdía el ánimo y hablaba y hablaba hasta que se cansaba de lanzar infructuosamente sus palabras divinas, terminando por dedicarse a rezar una serie de letanías que la verdad ni se le entendían.
Algunas veces fue agredido. En esos tiempos no era bien visto el andar de predicador fuera de la iglesia. Después le dio por juntar muñecas rotas, destartaladas y sucias de la basura. Y las fue colgando afueras de su choza y en los árboles de su pequeño islote. Todo el sitio estaba lleno de muñecas. Algunas sin brazos, otras sin piernas, hasta muñecas descabezadas.
Aquél viejito de calzón blanco amarrado en las rodillas y con un jorongo que no se quitaba ni en tiempos de calor, dejó de ir al pueblo. Comenzó a vivir como un ermitaño apartado de todos. El lago se cubrió de lirios y llegar hasta su vivienda se hizo imposible. La gente pensaba que tal vez había muerto sin que nadie le prestara auxilio ni le hiciese compañía.
Un día se hizo un rescate ecológico de los canales. Se comenzó a quitar el lirio que los había invadido y los periodistas fueron tras la noticia. ¿Qué había pasado con “la coquita”?. ¿Seguiría vivo?. Y sí, ahí estaba en su islote, más sucio y avejentado, negándose a dar entrevistas.
Vivía en una chocita de chinami, carrizo, ramas de ahuejote y zacatón. Los periodistas insistieron, más él amenazaba con su bastón a los intrusos que se atrevían a acercarse a su propiedad. Hasta que un día, un periodista llegó acompañado del muchacho que le servía los jarros en la pulquería. Y el anciano aceptó que pusieran pie en su islote.
En un principio no quiso responder a las preguntas. Después, al ir agarrando confianza les hizo saber que su hermana le llevaba diariamente su comida, y que su sobrino se llevaba la verdura a Xochimilco para venderla.
Se sentía a gusto se sentía a gusto con la soledad y a lo único que le temía era a los malos espíritus que rondaban por ahí, ya que amenazaban con destruir sus plantíos.
¿Y las muñecas?. –le preguntó el reportero- “Oh! Las muñecas son para ahuyentar a los malos espíritus” les contestó.
Dijo que él trajo las primeras recogiéndolas de la basura del pueblo, después milagrosamente comenzaron a llegar solitas a su casa, convirtiéndose en su única compañía. Y platicaba con ellas y las quería como si fueran sus hijas. Incluso tenía su favorita, una que llamaba “La Moneca”. Siempre la llevaba consigo porque era la que más lo entendía.
Su choza la tenía llena de mulitas que hacía con hojas de maíz, las colgaba del techo para verlas girar con las corrientes de aire que entraban por la puerta.
La paredes estaban llenas de cruces que hacía con pedazos de madera de ahuejote, intercaladas entre fotografías recortadas de los periódicos y que eran de políticos, artistas y hasta gente desconocida.
Su cocina estaba al aire libre, con un tlecuil hecho de lodo, un comal de fierro y muchas carpas secas colgando de un árbol, que había pescado frente a su chinampa.
Un día Don Julián le mostró con júbilo a su sobrino el gran pescado que atrapó con su anzuelo. Le dijo que ya se le había escapado varias veces. Pero también le comentó que había escuchado de nuevo cantar a la sirena. Le estaba llamando porque se lo quería llevar. Pero ya sabía como burlar su engaño, todo era cuestión de que se pusiera a cantarle a ella, para no caer en la tentación. Su sobrino, antes de partir a ordeñar las vacas le recomendó que tuviera cuidado.
Más tarde regresó el sobrino y no lo encontró en la choza, tampoco en la hortaliza, así que recorrió presuroso todos los rincones del islote, hasta que lo vio entre las aguas. “La coquita”, aquel anciano de 80 años de la isla de las muñecas, flotaba ahogado cercano a la orilla. El pobrecillo de Don Julián no pudo esta vez resistir la seducción de la sirena.

UN SANDWICH EN EL BOTE DE BASURA


Me llamó la atención que le pidiera a la cajera que empacara el sanwich en una bolsa aparte. Después reparé de nuevo en él cuando lo vi sentado en una de las bancas del parque. El calor era insportable y yo me había detenido a beberme la botella de agua antes de tomar el tren. Entonces me sorprendió que de pronto, aquél hombre se levantara y colocara la bolsa con el sándwich, arriba de un bote de basura. ¿No le habrá gustado?... No, no era eso, porque ni siquiera había abierto la bolsa.

Me quedé bastante intrigado, más poco después mis interrogantes comenzaron a dispiarse. Me dí cuenta que aquél hombre seguía con la vista a una viejecilla encorbada que iba por los botes de basura sacando algunos desperdicios. Y de pronto llegó a donde estaba la bolsa con el sandwich. La abrió y mostró una gran sonrisa mientras sacaba su contenido. Seguramente traía hambre, porque de inmediato le dió la primera mordida y prosiguió su camino saboreando aquél exquisito manjar. Aquél generoso desconocido, también sonrió, luego se levantó de la banca y continuó su camino.

Nos encontramos luego en la estación del tren y no resistí la tentación de preguntarle el porqué no le había entregado el sandwich en mano a la anciana. El hombre se mostró un poco turbado, ni siquiera se dió cuenta que había descubierto su bondadoso acto. Un tato ruborizado me dijo: "Es que me agrada mucho ver la cara de sopresa que pone la anciana. Esa viejita siempre se sorprende, y me gusta ver como se pone feliz con su buena suerte. Además si se lo doy en la mano siento que la humillo". La verdad que me sorprendió aquél hombre con su delicadeza. Hasta para dar, hay que saber hacerlo.


Días después pasé por el mismo lugar y a la misma hora y ví de nuevo a este hombre sentado en la banca. A su lado había una bolsa de plástico con unas manzanas. Por supuesto que ya sabe usted que también aquella bolsa iría a parar a la basura. ¡Aun hay ángeles en la tierra!