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jueves, 18 de julio de 2013

GABY EL SOLDADO MEXICANO

Lo llamaban Gaby, aunque su auténtico nombre era Guy Gabaldón. Era un chico de la calle que vivía en el barrio este de Los Angeles, ahí donde se concentra la población chicana. No tenía absolutamente nadie que cuidara de él. Era un niño huérfano hijo de inmigrantes mexicanos. Así que pasaba los días como bolerito o haciendo cualquier tipo de trabajo eventual para sobrevivir y por las noches dormía en algún rincón de la calle, ahí donde pudiera resguardarse de las inclemencias del tiempo y protegerse un poco de las pandillas o mal vivientes.

Cuando tenía 12 años, una familia de inmigrantes japoneses, conocedores de su situación, decidieron adoptarlo. Así que Gaby supo por fin lo que era tener una familia y vivir lleno de cariño. Por supuesto que aprendió todas las costumbres de los japoneses y algo que sería de suma trascendencia en su vida: aprendió a hablar muy bien el japonés.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Gaby se enlistó en la Marina de Estados Unidos. Al enrolarse como soldado raso informó a sus superiores que hablaba bien el japonés, por lo cual de inmediato la Marina lo comisionó a la Unidad de Inteligencia Naval R2, destinada al Pacífico.

Su primera labor fue como intérprete e interrogador de los prisioneros japoneses. Más luego le tocó participar en la invasión de las islas Marianas, llegando a la llamada Saipan, la isla principal, estratégico bastión ocupado por Japón.

Los japoneses la defendieron a muerte. Su código de honor les impedía caer presos, por lo cual preferían morir a ser capturados. El ejército japonés había aleccionado muy bien a sus combatientes, haciéndoles creer que si los americanos capturaban a sus familias, a sus hijos, los iban a rostizar y se los comerían. Por ello, cientos de civiles, campesinos y pescadores, se lanzaban desde los riscos de las islas al ver que se aproximaba el enemigo. El propio Gaby fue testigo de cómo los padres de familia lanzaban a sus pequeños al vacío, en una escena que horrorizaría hasta al más desalmado.

La batalla fue tan dura, que durante las primeras 15 horas, hubo un total de 30 mil muertos sumando los de ambos bandos. Ante semejantes  acontecimientos, el comandante de la Unidad temía que hubiera demasiadas bajas, ya que los japoneses nunca iban a aceptar rendirse pacíficamente. Más Gaby se atrevió a realizar algo por su cuenta, aunque esto era demasiado arriesgado.

Realizó una expedición en solitario por Saipan, encontrándose a tres soldados japoneses heridos, que se habían escondido entre varios cadáveres. Al descubrirlos Gaby les ordenó rendirse, gritando en perfecto japonés. Uno de los soldados quiso disparar, pero fue acribillado por Gaby. Los otros dos aceptaron rendirse. Cuando volvió al campamento con los dos prisioneros, en lugar de felicitaciones recibió una magnífica reprimenda de parte del Capitán. Le prohibieron estrictamente realizar incursiones en solitario. Si desobedecía la orden sería arrestado y enjuiciado. Pero Gaby desatendió la orden y a la noche siguiente salió de nuevo regresando con 12 prisioneros. El Capitán se mostró molesto, pero no tomó ninguna medida por su insubordinación. Así que Gaby salió de nuevo la siguiente noche y esta vez regresó con 50. Y casi sin disparar un solo tiro.

¿Cómo lo lograba? Simplemente hablando con los japoneses. Gaby tenía un gran poder de persuasión y hablaba japonés, lo cual era una enorme ventaja. Una mañana acorraló a dos soldados japoneses y los convenció de entregarse. Les dijo que tenían totalmente rodeada la isla, con artillería, barcos y lanzallamas. Les dijo que lo mejor era rendirse, que serían tratados con un código de honor, los tratarían con dignidad manteniéndolos prisioneros hasta que terminara la guerra después de lo cual serían regresados al Japón, sanos y salvos.

Gaby habló y habló y habló. No había necesidad de morir, cuando podían rendirse en condiciones honorables. Y logró convencerlos, pero eso no fue todo. Uno de los soldados japoneses le dijo “Tengo que hablar con mi superior, hay más compañeros en aquella cueva”. Gaby aceptó a que éste volviera a la cueva, mientras él permanecía con el otro soldado japonés allí mismo. Poco después regresó el soldado con varios oficiales japoneses y sus escoltas. Dignos, serios y bien armados. Venían a dialogar.

Le preguntaron a Gaby el significado de su propuesta. Él les ofreció cigarrillos, les pidió que se sentaran para dialogar y les dijo “Mi general admira su valor y ordena a nuestras tropas ofrecer a los sobrevivientes de su intrépida hazaña de ayer entregarse pacíficamente. Serán llevados a Hawai, donde hay hospitales para atender a sus heridos. No debe haber más baños de sangre”. Hablaron durante largo rato y parecía que los japoneses no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer, más de pronto aceptaron la propuesta. Regresaron los japoneses a la cueva y Gaby vio como comenzaban a salir soldados. Filas, filas y filas.

Gaby no podía creerlo. Había toda una compañía adentro: cientos y cientos de soldados japoneses armados. La escena era impactante. Ellos eran alrededor de 800, rindiendo sus armas ante un soldado mexicano de tan solo 17 años. Fácilmente pudieron haberlo echo picadillo.

Ningún soldado americano, ni antes ni después, en toda la historia de Estados Unidos ha logrado capturar a tantos enemigos como Guy Gabaldón, el gamoso Gaby. En total fueron 1500, entre civiles y militares, durante aquella campaña en Saipan.

Después de la guerra, su capitán, envió una recomendación al gobierno de Estados Unidos para que le dieran a Gaby la Medalla Congresional del Honor. Más no fue aceptada la propuesta. ¡Cómo dársela a un mexicano!. Pero en cambio le fue entregada la prestigiosa Cruz de la Marina.

Su historia fue llevada a la pantalla en una película llamada “Del infierno a la eternidad”, aunque el papel lo interpretó un gringo: Jeffrey Hunter.

Cincuenta años después Gaby volvió a Saipan. Eran los años ochentas y se instaló en la isla, más luego se horrorizó al ver el alto índice de criminalidad que ahí prevalecía. Por lo cual emprendió un programa para apoyar a la juventud de Saipan y rescatarlos de aquél ambiente de violencia. Hoy su nombre es bien recordado por los habitantes de aquél lugar.

Y pensar que Guy Gabaldón, Gaby, era un niño mexicano que boleaba zapatos para sobrevivir.

martes, 1 de julio de 2008

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

Para muchos cubanos la palabra "Miami" es sinónimo de libertad. Y Jorge Aular tenía hambre de libertad. Fue así como a los 16 años, y en una frágil embarcación que se consiguió por ahí, huyó de Cuba. Su inexperiencia le hizo cometer varios errores y pronto fue atrapado por la guardia costera cubana. Pese a ser apenas un jovencito, no le tuvieron clemencia alguna y lo sentenciaron a cuatro años de cárcel y sin derecho a nada.
La prisión fue para Jorge más dura de lo imaginado, pasaba días enteros dentro de una terrible desesperación, deseando escapar a como diera lugar y hacerse nuevamente a la mar para llegar a su tierra prometida.
Tres años después, uno de sus compañeros le hizo una terrible recomendación: “Si te inyectas petróleo, te vas a provocar una infección y de esa manera obligarás a la dirección del penal a enviarte al hospital y entonces ahí tendrás la oportunidad de escapar” Jorge no lo pensó dos veces. Consiguió de forma clandestina una jeringa y un poco de petróleo y se inyecto en ambos brazos.
Jorge se puso mal y las autoridades de la prisión fueron notificadas de lo que sucedía. Más nada creyeron, y en lugar de hospitalizarlo, lo encerraron en una celda mugrienta, dejándolo sin comida ni agua por 48 horas, aislado de los demás presos.
Al tercer día cuando terminó el castigo, abrieron la celda y encontraron a Aluar echo un estropajo humano. Había perdido la sensibilidad en los brazos y presentaba una fiebre totalmente fuera de lo común, quejándose angustiosamente de unos dolores insportables. Y aún así nada hicieron por él, pese a que traía los brazos hinchados y amoratados y las uñas se le estaban cayendo como hojas en el otoño.
Por supuesto que se dieron cuenta de su situación, pero el director del penal no quiso que se le atendiera de inmediato para que sirviera de escarmiento. Hasta que le dio un paro cardíaco y entonces se dio la orden para que fuera trasladado al hospital.
Su caso era tan grave que fue necesario amputarle ambos brazos, dejándole tan solo unos pequeños muñones. Cuando Jorge se dio cuenta de lo sucedido, se levantó tambaleante de su cama y fue a estrellarse contra la ventana en un intento de quitarse la vida, cosa que hubiera logrado fácilmente, ya que estaba en un tercer piso, pero la herrería resistió y lo único que logró fue provocarse unos fuertes golpes y lastimarse los muñones recién saturados. Y así, totalmente maltrecho le regresaron a la masmorra para que cumpliera con el resto de su condena.
Recién cumplidos sus 20 años, Jorge Aluar fue puesto en libertad. Era tal su rabia, que pese al alto precio que había pagado por su intento de fuga, nada logró desanimarlo y día tras día la única palabra que revoloteaba en su mente era “libertad”.
Alguien le comentó por ahí que podía grabar su historia y mandarla a una radiodifusora de Miami, para que al difundirla se levantara una ola de protestas a nivel mundial y se presionara al gobierno de Fidel Castro para que permitieran su salida. A Jorge le pareció una idea excelente, más para su desgracia, eso de conseguir una grabadora no era nada fácil, y por andar preguntando aquí y allá, un soplón se dio cuenta de sus planes y lo denunció. Así que Jorge fue enviado a prisión por otros… ¡Cuatro años!
Esta vez la cárcel le supo más amarga que antes. Desesperado, se estrellaba contra las paredes hasta lastimarse. Caía y se volvía a levantar lleno de rabia, provocando la compasión de sus compañeros. Ya no quería vivir, porque no le encontraba sentido a la vida. Era demasiado lo que se le había quitado, así que la única salida para él era el suicidio. Por ello se las ingenió para conseguir un poco de ácido y se lo tomó, creyendo que ahí terminaría su calvario. Pero fue descubierto a tiempo y lograron salvarlo los médicos del hospital, aunque quedó muy dañado de su esófago.
Al regresar a la prisión le ofreció a un compañero de celda las pocas monedas que tenía guardadas, a cambio de que le hiciera unos cortes en las piernas para desangrarse y perder la vida. Más no logró que fuera aceptada su propuesta. Así que tuvo que aguantarse aquella vida de infierno, hasta que fue dejado en libertad el año de 1994.
Aluar pareció componerse. Se convirtió en guía turístico y hasta se consiguió mujer; aunque era tan poco lo que ganaba que a diario pasaba la familia enormes restricciones. Por ahí nunca había detergente, ni jabón para bañarse, y el arroz y aceite que conseguían siempre era insuficiente. Día con día vivían llenos de apuraciones. El nacimiento de su hijo vino a complicar aún más las cosas y a incrementar la desesperación. Para Aluar la única forma de resolver aquello era huir de Cuba. Más su mujer nunca compartió ese punto de vista.
Su amigo y vecino Lázaro Jardines, un día le dijo: “No te preocupes por como le vas a hacer para huir de Cuba, cuando decidas intentarlo de nuevo yo me iré contigo para ayudarte” Jorge Aluar le tomó la palabra. Si hubiera tenido brazos, aquél día le hubiera dado un buen abrazo para agradecerle semejante compromiso.
Lo intentaron en enero del 2007, en un grupo organizado por contrabandistas humanos. Pero apenas después de recorridas unas cuantas millas en una lancha, falló el motor y fue necesario regresar. En febrero lo intentaron de nuevo son idénticas circunstancias.
Hasta que una noche de marzo, cuando la oscuridad era demasiado densa, Jorge Aluar, Lázaro Jardines y otros catorce cubanos, se embarcaron a escondidas en una minúscula lancha intentando huir de la isla, rumbo a los Estados Unidos. Más al cuarto día, el bote se averió y fue imposible repararlo. El agua y la comida se agotaron, y aquellos 16 fugitivos se encontraron a la deriva. Demasiado lejos de la costa como para poder regresar.
Los siguientes días fueron de total desesperación, el sol implacable, la sed angustiosa, el terror que provocan los mares… todo estaba dispuesto para que aquella odisea desembocara en una catástrofe.
Jorge Aluar se hundió en la desesperación. ¿Porqué el destino se ensañaba con él de aquella manera?, ¿porqué siempre que daba un paso hacia la libertad todo parecía ponerse en su contra?...
Los compañeros de la barca estaban igual o peor que él. Algunos se desmayaban, otros vomitaban debido a la deshidratación y a la exposición al sol y, aunado a todo ello, la terrible incertidumbre que traía consigo un fatídico presagio.
Jorge decidió saltar al mar y ahogarse para acabar de una vez por todas con su mala suerte. Más Lázaro se lo impidió en todo momento. Le recordó que en Cuba habían quedado sus dos hijos y su mujer. Debía luchar a como diera lugar para salir adelante. O todos morían juntos o todos serían rescatados por igual.
Después de diez días de navegar a la deriva, de pronto los encontraron unos mexicanos en una lancha rápida. Más no piense usted que nuestros compatriotas fueron los héroes de la película. Ya que eran unos auténticos villanos. Al fin contrabandistas!. Se ofrecieron a rescatar a los náufragos, los llevaron directamente a las costas de Quintana Roo, y ahí los encerraron en una casucha, donde los sometieron a un duro interrogatorio, hasta que cada uno de ellos les dio teléfonos de familiares o amigos que pudieran pagar por ellos un rescate. Se exigieron $ 2.000 dólares por cada uno. Después de este amargo trago, Jorge y Lázaro vivieron la penosa experiencia de cruzar el territorio mexicano e introducirse en los estados Unidos como cualquier mojado, más pese a lo duro de la experiencia, esto ya fue lo de menos. La pesadilla terminó el 27 de marzo, fecha en que cruzaron la frontera entre EEUU y México.
Actualmente Jorge Aluar y Lázaro Jardines viven en Miami, de arrimados en casa de un familiar. Poco a poco se están adaptando a su nuevo modo de vida, dependiendo el uno del otro, pensando en un día traerse a su familia de la isla. Lázaro se encarga casi absolutamente de todo respecto a Jorge, desde alimentarlo hasta bañarlo y cambiarlo de ropa. Para algunos esto es demasiado.
En cierta ocasión alguien le preguntó a Lázaro el porqué hacia tanto por Jorge y este le contestó ¿“Es que acaso no conoces lo que es el auténtico valor de una amistad?”