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viernes, 23 de octubre de 2009

EL JUEGO DE PELOTA

El futbol es un juego de pelota que mueve pasiones, divierte, entretiene y muchas veces hasta genera conflictos, pero pocas veces va más allá de la diversión. En el fut bol si se pierde no pasa nada, ya habrá el momento de la revancha, y al final de un campeonato lo único que se pierde es un trofeo y punto, pero el juego de la pelota de los mayas y otras culturas prehispánicas era una cosa diferente.
El juego de pelota mesoamericano representaba la lucha diaria entre el día y la noche, entre Tezca-tli-poca y Quetzalcóatl. Era algo extremadamente importante ya que simbolizaba el acontecer cósmico, la lucha entre los poderes diurnos y nocturnos; era la lucha de los dioses, en donde el perdedor recibía algo más que una derrota.
Era una actividad sagrada que se jugaba para conocer el designio de los dioses. Un acto de magia para propiciar el movimiento de los astros, lo cual hacía posible la existencia del universo.
La cancha significaba el cielo, mientras que el movimiento de la pelota recreaba las fuerzas contrarias en pugna y a la vez en armonía: Sol y luna, día y noche, cielo e inframundo, vida y muerte.
Las canchas de juego eran de diversos tamaños, desde aquéllas con más de 150 metros de largo, como es el caso de Chichen Itzá, hasta de pocos metros de extensión. Se construyeron dentro de los centros ceremoniales, en la proximidad de los templos más importantes, y a menudo incluían santuarios y altares de sacrificio.
Eran por lo general un patio alargado, con un par de círculos de piedra empotrados en las paredes laterales. Estas eran sus porterías, ya que por esos anillos deberían hacer pasar la pelota. Además de que dichos anillos servían para dividir el campo. Se jugaba con una pelota de hule, extraído del látex de varias especies vegetales, y tenía un diámetro de 10 a 12 cm.
La noche anterior a la contienda, quienes habrían de participar en ella hacían ofrendas y penitencia. Tenían que lograr el favor de los dioses para ganar el partido.
Los jugadores se colocaban cobre el taparrabo un cinturón de cuero de venado con prolongaciones para proteger las caderas, así como musleras, rodilleras y una manopla en la mano izquierda. Además se pintaban la cara. Y para entrar al campo de juego lo hacían con sus mejores ropajes, joyas y adornos.
El juego requería de enorme destreza. La pelota era muy pesada y el juego se volvía extremadamente peligroso. Le podían pegar con las rodillas, codos, hombros y cadera. Solo se permitía un bote de pelota en el suelo, por lo que se requería de verdadera destreza y una excelente condición física para lograrlo. El juego se realizaba con violencia. Había que mantener la pelota en movimiento constante. Quien hacía que un adversario tocara la pelota con otra parte del cuerpo, o la lanzaba hasta la pared opuesta o por encima de la muralla, ganaba un punto; pero la única manera de conseguir un triunfo definitivo, en cualquier momento, consistía en hacer pasar la pelota por el anillo.
A veces se jugaba por diversión, para dirimir disputas y problemas de límites, para adivinar la suerte o para correr apuestas y aún por codicia de los jugadores, pues quien lograba hacer pasar la pelota por el anillo podía despojar de todas sus joyas y prendas a los concurrentes. Incluso se apostaban esclavos, textiles de gran valor e importantes tesoros de oro y jade, pero en otros casos, cuando el juego de pelota formaba parte de una ceremonia religiosa, los ganadores recibían toda clase de obsequios y reconocimientos, mientras los perdedores eran ejecutados de manera ritual
Cuando uno conoce los dos reducidos aros que están a lo alto de los muros y por los cuales se debía meter la pelota uno se pregunta ¿Cómo lo hacían, si nuestros jugadores de futbol tienen una portería de 7.32 por 2.44 y les cuesta notar? Bueno, la única diferencia es que cuando está en juego la vida hasta se adquiere buena puntería.

BELEM Y LAS CINCO MONEDAS

Belem es la tercera de cinco hijos de una familia “modesta y sencilla” como ella la define, y ha sido gran deportista desde su niñez. Recibió clases de gimnasia y natación y cuando tenía ocho años descubrió que su verdadera vocación estaba en el ciclismo.
A los 13 años ya estaba compitiendo en circuitos nacionales. El trabajo fue arduo y difícil, pero su gran empeño derribó todas las barreras y fue así como logró participar en cuatro juegos olímpicos, obteniendo muy valiosas preseas.
Una curiosa historia fue la sucedida antes de iniciar su participación en los olímpicos de Atenas. Al llegar se dio cuenta que su bicicleta tenía un peso menor al oficial, de 6 kilos con 800 gramos, por lo cual le era imposible participar con ella y no había posibilidades de conseguir otra de inmediato por la premura del tiempo. Cuando Belem se enteró de todo esto, sintió que el mundo se le derrumbaba. Tanto tiempo de práctica, tanto esfuerzo, tanto gasto, para que al final ni siquiera pudiera competir por una simple cuestión de peso. Lo peor de todo es que se trataba tan solo de 30 gramos. Una verdadera tontería. Pero los jueces son estrictos con las reglas y si su bicicleta no pasaba el peso requerido quedaba fuera de competencia.
Ante la situación tan apremiante, de pronto surgió el ingenio del mexicano a través de su hermano Daniel, quien se le prendió el foco y resolvió el problema pegándole a la bici 5 monedas de $ 5.00 pesos con cinta de aislar. Y con esto la bicicleta dio el peso requerido. Belem dio gracias a Dios por el ingenio de su hermano y por haber conservado unas monedas mexicanas en el bolsillo.
Ojala siempre recordemos que ante un problema la mayoría de las veces la solución está al alcance de nuestro bolsillo.

lunes, 8 de junio de 2009

REINHOLD MESSNER, EL ALPINISTA

En 1980, Reinhold Messner, se propuso escalar el Monte Everest sin los tradicionales sherpas, los hombres que ayudan con la carga. Sin un equipo de alpinistas de apoyo, decidió hacerlo solo, pero además no quiso llevar prácticamente nada, ni oxígeno, ni radio, ni escalera de aluminio o cuerdas. Su único equipo de montaña consistió en unos palos de esquí, un pico y una clavija para sujetar su propio cuerpo al suelo en caso de tormenta.
Su ascenso fue lento, muy lento, pero avanzó seguro y constante. La empresa no fue nada fácil, pero su determinación arrasó con los obstáculos. Más logró llegar a la cima, arrastrándose como un reptil y a punto de perder el sentido, más aún así completó su hazaña. Ahí en el picacho más alto del Everest descubrió la bandera dejada por los chinos en 1975. A su lado se sentó buen rato intentando recuperar un poco de sus fuerzas. Después sacó su cámara y se tomó algunas fotografías, cada una de las cuales le exigió un esfuerzo sobrehumano. En una de ellas aparece con toda la barba llena de hielos, con un par colgando de los bigotes que le dan toda la apariencia de foca.
Durante unos breves instantes contempló el cielo, sintió lo profundo de la soledad de las alturas y con un hondo suspiro inició el dificultoso descenso.
Tiempo después, ya en casa, aceptó dar una entrevista para la TV. El periodista, intentando lograr del alpinista unas frases de impacto le preguntó:
-“¿En que pensó usted cuando en el momento en que llegó a la cumbre del Everest?-
La respuesta que el entrevistador esperaba era quizás, que se sintió como quien toca a las puertas del cielo, o que fue el momento más grandioso de su vida y se sintió más cerca de Dios que nunca, o algo por el estilo. Pero aquél hombre pareció desconcertado ante la pregunta, se encogió de hombros, hizo un momento de silencio con una pausa que pareció más larga de lo debido y después lentamente respondió:
- “En nada, me sentía muy cansado” –
El entrevistador sintió pánico ante semejante respuesta. No era por supuesto lo que esperaba y por ello presionó a su entrevistado.
- Claro que estaba cansado, pero algo grande debías de haber pensado, o deseado con toda tu alma, porque era un momento muy especial, dime al menos lo que deseabas –
El alpinista, totalmente ajeno a la presión que se le ejercía, contestó con toda honestidad:
- Lo único que deseaba era volver a casa –
Años después Messner llegó a la cumbre del Lhoste, la cuarta montaña más alta del mundo, y se convirtió en el primer alpinista en la historia que escalaba las catorce montañas superiores a 8 000 metros, los catorce picos conocidos por los alpinistas con el nombre de “ochomiles” y que están todos en el Himalaya. Cuando bajó del Lhoste, mismo que escaló de la misma forma que el Everest, sin equipo de montañismo, un reportero le pregunto:
-¿Qué viste en lo alto de la montaña?-
Y él, con su misma simpleza de siempre le respondió:
- Nada, allí arriba no había nadie”