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viernes, 23 de octubre de 2009

LA SORDERA DE BEETHOVEN

En la primavera del año de 1801, Beethoven tocaba el piano en Viena, en casa de unos amigos. En aquél entonces ya era reconocido como un auténtico virtuoso del piano y gran compositor. Cuando el gran maestro estaba en el piano entraba en un auténtico éxtasis que permitía se desbordara toda su emotividad y virtuosismo. Los privilegiados amigos disfrutaban de aquella excelente interpretación, cuando de pronto se sorprendieron al escuchar como Beethoven apenas si rozaba las teclas sin provocar el más mínimo sonido. Se miraron unos a otros sin entender, porque el maestro parecía no darse por enterado de lo sucedido. Cuando Beethoven terminó su interpretación se mostró tan serio y formal como siempre, mientras ellos continuaron con su desconcierto, pensando que probablemente estaba sufriendo de un problema reumático.
Pero la realidad era totalmente diferente. Aquél verano Beethoven le escribió una carta a uno de sus amigos revelándole la situación tan difícil por la que estaba pasando. “Me siento verdaderamente desgraciado – le decía- Has de saber que mi oído se halla muy débil... cada día voy empeorando, y quizás nunca me llegue a curar. Apenas si puedo escuchar a una persona que me habla a media voz...”
Los médicos le dijeron que su sordera era incurable y empeoraría conforme pasara el tiempo. Aquella noticia fue devastadora. ¿Cómo se puede aceptar una situación de esta magnitud?. Toda su vida era la música, no había otra cosa que realmente le motivara. Quedarse sordo era lo peor que podía sucederle.
Conforme fue empeorando la situación el estado de ánimo de Beethoven fue decayendo. Comenzó a rehuir a la gente volviéndose apático y amargado. Tan solo unos cuantos sabían la verdad. Y a tanto llegó su amargura que dejó de componer y dar conciertos. Entonces pensó que su única salida era... el suicidio.
¿De qué sirve la vida si lo que más amas se destruye, se acaba?... Pero su amor por el arte lo detuvo. Le parecía un imposible abandonar el mundo antes de haber realizado todo lo que dentro de él exigía ser creado. Aún faltaban conciertos. Aún debía construir sinfonías. Y se decidió por la vida. Su espíritu volvió a elevarse, recobró su fuerza y gallardía y continuó adelante. En el momento en que salió de aquella terrible depresión, realizó una de sus grandes obras maestras: la Quinta Sinfonía, la sinfonía del Destino, que muchos después llamaron de “La Victoria”.
Sus más grandiosas obras las compuso cuando había perdido casi en su totalidad la capacidad auditiva. Jamás escuchó la grandeza de su Quinta Sinfonía, ni la hermosa belleza pastoril de su sexta, o la majestuosidad coral de la Novena u “Oda a la Alegría”. Cuando ensayó con la orquesta y coro esta última obra, gritaba “más fuerte, más fuerte!”, ya que tenía el deseo de escucharla, pero aquello fue imposible, estaba prácticamente sordo.
Un espíritu débil caería abatido sin posibilidad de levantarse ante una desgracia de esta naturaleza, pero Beethoven encontró en su debilidad la fuerza para salir adelante construyendo el resto que faltaba a su obra… lo que le haría inmortal y serviría de inspiración para infinidad de mortales en los siglos venideros.
Estés dondequiera que estés, aún dentro de la peor de las desgracias, frente a ti existe la oportunidad de construir lo más grandioso de tu vida.

lunes, 8 de junio de 2009

DEMÓSTENES

Demóstenes era hijo de un poderoso fabricante de armas, pero su padre murió cuando apenas contaba con tan solo siete años de edad, por lo cual toda la cuantiosa fortuna heredada quedó en manos de sus tutores, quienes hicieron muy buen uso de ella… en su propio provecho, despojando al pequeño de todo lo que le pertenecía.
Cuando Demóstenes cumplió la mayoría de edad entabló una demanda contra estos sinvergüenzas que se habían apropiado de su herencia, pero tan solo logró recuperar una pequeña parte de lo que le pertenecía, más sin embargo aquél triunfo le dio ánimos para incursionar en la política de Atenas, más el día de su primera intervención, su nerviosismo y tartamudez provocaron la burla de todos los presentes, consiguiendo una verdadera humillación.
Demóstenes había sufrido una dura derrota, pero no se dio por vencido. Tenía un portentoso talento, un carácter enérgico, espíritu tenaz y una fuerza de voluntad inquebrantable. Nada ni nadie impediría que construyera su propio camino. Lo que más le molestaba era su tartamudez. Su cabeza estaba llena de ideas que debía comunicar adecuadamente a su gente, pero ¿quién le presta atención a un tartamudo?. Por muy inteligente que seas, si no te expresas con propiedad, la gente no tan solo ignorará tu mensaje, sino que mostrará desprecio hacia tí. Demóstenes comprendió que para convencer y emocionar a las masas, debía corregir aquél impedimento y darle a su rostro y sus ademanes la movilidad y expresión necesarias para que valorizaran adecuadamente el contenido de sus palabras. Por ello se dedicó apasionadamente a construir su propio método de corrección, sometiéndose a duros y prolongados ejercicios de pronunciación. Se encerró en su casa y se rapó la mitad de la cabeza para no tener la tentación de salir a la calle prometiéndose no volver a hablar en público hasta que pudiera hacerlo correctamente. Frente a un espejo ensayaba las contracciones de su rostro, la posición de su cabeza, la postura de su busto, el movimiento de sus brazos, la soltura de sus ademanes, la entonación de cada una de sus palabras. Con humildad, paciencia y perseverancia comenzó poco a poco a construir la personalidad de un auténtico orador.
Después le dio por subir corriendo a la cima de los montes sometiendo sus pulmones a la prueba del cansancio, y una vez arriba recitaba en voz alta las composiciones de los grandes poetas de su tiempo, o se iba a la orilla del mar, donde se llenaba la boca de piedrecitas, para luego hacer sus prácticas de dicción intentando dominar el ruidoso sonido de las olas.
Con gran tenacidad y esfuerzo Demóstenes fue venciendo su tartamudez, dándole fluidez a sus palabras, ritmo y emotividad. Al final logró tal emotividad, fuerza, fluidez y poder de convencimiento en sus palabras que se convirtió en el más grande orador de su tiempo.

lunes, 29 de septiembre de 2008

EL CABALLO DE LEONARDO DA VINCI

Leonardo Da Vinci, el famoso pintor, escultor e inventor, trabajó durante 12 años en una estatua ecuestre de bronce, con la figura del padre de su mecenas Ludovico Sforza.
La estatua, de más de 7 metros de altura, hubiera exigido verter 100.000 kilos de metal fundido en un molde con la rapidez suficiente para que el enfriamiento fuera uniforme.
Para ese fin, inventó un sistema de hornos múltiples que jamás se llegó a utilizar ya que una amenaza de guerra hizo que todo el metal fuera destinado a la fabricación de cañones.
Al no poder hacerlo de metal, se dio a la tarea de construirlo en arcilla. La obra se encontraba en Milán, Italia y era proclamada como la obra ecuestre más bella que jamás se hubiera visto.
Por desgracia los franceses derrotaron a los milaneses en 1499 y los soldados de Luis XII utilizaron el caballito para sus prácticas de tiro, perdiéndose una obra de incalculable valor artístico.
Baja el Audio en MP3:
http://www.mediafire.com/?mtmyzmdwzhn

jueves, 10 de julio de 2008

LEONARDO QUERIA VOLAR


A Leonardo Da Vinci todo mundo lo conoce como pintor; sobre todo por la Mona Lisa. Pero fue mucho más que eso. Era ingeniero, arquitecto, escritor y quién sabe cuantas cosas más. Algo así como lo que llamaríamos un "todólogo". Pintó murales, cuadros, realizó dibujos, diseñó armas de guerra, y hasta en cierta ocasión le encargaron que desviara el curso del río Arno, para dejar sin agua a la ciudad de Pisa y así obligarla a rendirse. Y como escritor, escribió tantas y tantas cosas, que si se juntaran todos sus escritos y con ellos se formaran libros, su obra constaría de no menos de cien tomos.
Pero también Leonardo quería volar. No soñaba, como tantos de nosotros lo hacemos, con algo inalcanzable e irreal. Leonardo creía que podía volar. Y por ello se dedicó a estudiar el vuelo de las aves. ¿Cómo lo hacían?, ¿Porqué las aves volaban y el hombre no?, ¿Qué le faltaba al hombre para poder volar?... Un sin fin de preguntas pasaron por su mente.
Atrapó una buena cantidad de aves y estudió sus alas, sus plumas, los músculos de su cuerpo. Tomó nota de todo ello, dando forma a su famoso “Tratado de los pájaros”, donde explica sobre la anatomía de las alas de las aves, de los músculos de su pecho, la red de tendones y los fuertes ligamentos cartilaginosos, el acomodo de las plumas, el deslizamiento del aire…
¡Cuántas cosas tan fascinantes descubrió!. Y con todo ello realizó su primer proyecto: Un par de alas, que podría adosar a su cuerpo y que le convertiría en pájaro capaz de remontar el vuelo. Más luego se dio cuenta que aquello no era suficiente. Muy difícilmente el hombre podría convertirse en pájaro, porque su cuerpo era totalmente diferente; así que diseñó varias máquinas voladoras, entre las cuales se encontraba el primer helicóptero. Y hasta un paracaídas.
El año de 1503, en un monte de la región de Cerere, cerca de la ciudad de Fiésole, Leonardo probó una de sus máquinas voladoras. La colocó en lo alto de una colina, subió al artefacto a su discípulo Zoroastro y de un empujón se inició la gran aventura. Pero algo falló. La máquina voladora no pudo despegar y dando un sin fin de voltaretas calló por allá en el fondo destrozada, dando como resultado una pierna rota de aquél intrépido discípulo navegante.
Leonardo y su discípulo callaron la aventura. A nadie le agrada hablar de sus fracasos. Leonardo jamás imaginó que podía haber experimentado la sensación del vuelo, si tan solo hubiera construido el paracaídas que diseñó. Bastaba con haberse aventado con él desde un barranco y asunto resuelto. De haberlo hecho hubiera seguramente cambiado el rumbo de la historia.