jueves, 18 de julio de 2013
GABY EL SOLDADO MEXICANO
viernes, 3 de septiembre de 2010
COSTO DE GUERRA
Se dice que las guerras mundiales costaron: más de 375 billones de dólares.
30 millones de muertos en campos de batalla.
20 millones de mujeres, ancianos y niños, muertos por los bombardeos.
20 millones de muertos en campos de concentración.
30 millones de mutilados.
45 millones de expatriados.
30 millones de viviendas destruídas.
Con el dinero que se gastó, se podría dar a cada familia de Europa, una casa de $18,000 dls. amueblada y un regalo de 25,000 para cada familia.
Se hubiera podido dar $60,000,000 dls. para construir hospitales y escuelas a cada ciudad de 200,000 habitantes.
Por supuesto que esto hace referencia únicamente a la Primera y Segunda Guerra Mundial. Si sumamos lo que se han gastado los gringos y sus aliados en el Medio Oriente, más lo que antes despilfarraron en Vietnam, tenga usted por seguro que hasta nos darían a todos casa y despensa.
jueves, 13 de noviembre de 2008
LA ESTRATEGIA JAPONESA
El 4 de noviembre de 1944, dentro de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, un buque de la Armada de los Estados Unidos halló, flotando en el océano, cerca de las cosas americanas del Pacífico, un gran trozo de tela hecha jirones. Al intentar subirla a bordo, se percataron que llevaba atada una carga considerable de peso, más una torpeza en las maniobras hicieron que la misteriosa carga se precipitara hacia el fondo del mar.Como los restos del globo traían inscripciones japonesas de inmediato se dio aviso a los mandos norteamericanos, quienes creyeron que los japoneses estaban utilizando una nueva forma de ataque y era necesario investigar en que consistía. Dos semanas después encontraron, también en el mar, los restos de otro globo, y días después un tercero semiquemado se descubrió en Montana.
Con los restos de aquellos globos los norteamericanos se dieron cuenta que la táctica de los japoneses consistía en bombardear el territorio norteamericano con cargas explosivas trasportadas por globos. Y la alarma cundió en los altos mandos al encontrarse aproximadamente doscientos globos destrozados en el noroeste del Pacífico y en el oeste de Canadá. A estos se sumaron otros setenta y cinco encontrados en otras regiones o sacados de las aguas del océano. Además fueron vistas una buena cantidad de explosiones en los cielos nocturnos. Los fogonazos divisados por la noche, evidenciaban que más de cien de aquellos globos habían explotado antes de llegar a su destino.
Ante la posibilidad de un ataque de gran envergadura, el general Wilbur, solicitó de inmediato el apoyo de los organismos gubernamentales, ya que si bien los globos no habían ocasionado hasta el momento ninguna víctima, se pensó que tarde o temprano se precipitarían sobre las populosas ciudades y el panorama sería totalmente impredecible.
Se alertó a los guardabosques sobre el peligro y se les requirió que remitiesen a las autoridades militares más cercanas cualquier trozo de globo u otras partes de sus mecanismos que fueran encontrados.
Se mandaron trozos de globos al Observatorio de Investigaciones Navales, en Washington, como también al instituto Tecnológico de California. Los geólogos que estudiaron la arena contenida en las bolsas de lastre señalaron cinco lugares en el Japón, de donde muy probablemente provendría. Se pidió a la Fuerza Aérea que fotografiara dichas áreas. En las fotos de una de estas zonas podía observarse una planta industrial alrededor de la cual se veían esferas de color gris, lo que se interpretó como la presencia de globos. Al poco tiempo se hallaba un globo gris sobrevolando 1as inmediaciones de una ciudad del oeste de los Estados Unidos. De inmediato un piloto norteamericano fue enviado con la misión de capturar el globo. El aviador decidió empujarlo hacia el campo propulsándolo con las ráfagas de aire que producía su motor a hélice. Los golpes de aire hicieron que el globo perdiera hidrógeno, cayendo lentamente a tierra. Los mecanismos que tenían por fin producir la detonación de los explosivos no funcionaron. Éste fue el primer globo completo con toda su carga y mecanismos que tuvieron los norteamericanos.
El ejército descubrió que cada globo estaba provisto de 30 bolsitas que contenían 3 kilogramos de arena cada una. Cumplían la función de lastre. Iban cayendo de a una por un mecanismo guiado por un barómetro, el cual las soltaba cuando el globo volaba por debajo de los 9.300 metros. También estaba provisto de un aparato automático que abría una válvula de escape para el hidrógeno cuando el globo superaba los 11.000 metros. Cada globo transportaba de 3 a 4 bombas de fragmentación de 15 kilogramos y una incendiaria. Los explosivos estaban controlados por un mecanismo que los arrojaba después de que todas las bolsas de arena hubieran sido lanzadas. Había otro aparato que tenía la función de provocar la explosión del globo, luego de que hubiesen sido arrojadas las cargas mortales. El hecho de que este dispositivo no funcionara en ciertos globos permitió a los americanos incautarse de algunos intactos.
Luego del estudio de los globos capturados y de su contenido, los norteamericanos se dieron cuenta de que eran las bombas incendiarias las que representaban el más grave peligro para la nación. En la época de verano indudablemente producirían incendios forestales. Por consiguiente, se organizaron tropas de paracaidistas para que colaboraran con los guardabosques y bomberos. Sin embargo, si los ataques hubieran sido en gran escala, esta movilización no hubiera servido de mucho. Además, considerando la posibilidad de que los japoneses lanzaran globos provistos de preparados bacteriológicos con el fin de propagar epidemias, tanto humanas como del ganado o de las cosechas, se tomaron las debidos precauciones movilizando médicos, veterinarios y agrónomos. Se formaron equipos de descontaminación y se almacenó -en lugares claves- desinfectantes, medicamentos y máscaras antigás. A la vez se requirió a los ganaderos y agricultores que informasen acerca de cualquier síntoma de enfermedades inusuales en el ganado o sembradío.
Para que los japoneses no tuvieran ningún conocimiento de los resultados obtenidos con su ataque mediante globos, los medios de difusión americanos y canadienses fueron persuadidos de que no mencionasen jamás cualquier noticia referente a los globos nipones.
Si bien en el Japón no se enteraban de sus propios éxitos, este silencio de la prensa y la radio impedía que el pueblo americano tomase conocimiento del peligro que lo amenazaba. En cierta oportunidad, un grupo de chicos que iban de excursión encontraron uno de los globos caídos. Sin conocer el mortal peligro al que estaban expuestos, lo arrastraron para llevárselo. Las bombas explotaron muriendo cinco niños y una mujer. La prensa no publicó nada de lo ocurrido. Su silencio fue total.
Más antes de continuar con el desenlace de esta historia permítame contarle como se originó todo esto.
En tiempos de la Segunda Guerra Mundial, ningún avión tenía la autonomía suficiente como para volar de Japón al continente americano. El proyecto de los globos nació con base en una investigación del profesor Nakayama, quien en 1932 descubrió una corriente atmosférica de gran altitud que circulaba desde las islas de Japón hasta la costa oeste de Canadá y de los Estados Unidos. Nakayama la bautizó como el Jet-Strecim.
Una década después, el doctor Fujiwara, quien buscaba la forma de bombardear a los norteamericanos en su propia tierra, ideó hacerlo a través de globos provistos de bombas y enviados a través de la corriente de aire del Jet Strecim.
El Ejército japonés lanzó 9,000 globos mientras que la armada imperial arrojó solo 300.
Con un diámetro de diez metros, los globos se desplazaban a una altura que oscilaba entre los 9.000 y los 11 .000 metros, desarrollando una velocidad de 30 a 32 kilómetros por hora. Cada uno llevaba un mecanismo que hacía detonar, de manera automática, una bomba incendiaria y otras de fragmentación.
De pronto -a fines de abril de 1945- finalizó la caída de globos en Estados Unidos. Transcurrieron días, meses; hasta que por fin terminó la guerra. ¿Por qué razón había cesado el ataque, cuando era evidente que, de continuar, hubiera provocado grandes desastres?
Los japoneses solo se enteraron de la llegada del globo caído en Montana, por lo cual, al no tener más noticias al respecto, consideraron un fracaso su estrategia, además de que con se estaban despilfarrando las reservas de hidrógeno, las cuales eran de suma importancia en tiempos de guerra. Por lo cual se ordenó la inmediata suspensión de esta estrategia. Por supuesto que de haber seguido le hubieran dado un fuerte dolor de cabeza a los norteamericanos.
miércoles, 25 de junio de 2008
SADAKO, LA NIÑA DE LAS GRUYAS
Más recién cumplidos los 11 años, la pequeña Sadako comenzó a cojear. Un penetrante dolor le invadió su pierna y cada vez le fue más difícil dar un paso. ¡Le gustaba tanto ir a la escuela!, y ahora aquello se convertía en un suplicio, más no dejaba de ir a clases. Cuando fue llevada al doctor, tras los análisis, se le diagnosticó leucemia, a consecuencia de la radiación de la bomba atómica. No era la única víctima, muchos niños padecían lo mismo. Eran las víctimas inocentes de la barbarie humana.
Su inseparable amiga, Chizuko Hamamoto, sentía tanta pena por ella, que un día compró un pliego de papel dorado, y lo dobló una y otra vez, hasta formar con el una preciosa pieza de origami. Era una grulla dorada que depositó en las manos de Sadako mientras le decía: “¿Recuerdas aquella historia donde se cuenta que si logras plegar 1000 grullas de papel, los dioses te concederán un deseo que se hará realidad?”, “Aquí tienes tu primera grulla”.
Sadako se sintió feliz, tomó el regalo con auténtica devoción y recompensó a su amiga con una reverencia. Después le pidió a Chizuko que le enseñara a realizar las grullas de origami.
El asunto no resultó tan fácil, pero después de varios intentos Sadako construyó sus primeras grullas. A partir de ese momento comenzó a plegar tantas grullas como le fue posible.
Sadako dejó de ir a la escuela. Fue internada en el hospital debido al agravamiento de su enfermedad. Ahí conoció a un niño que también sufría los efectos de la radiación. Sadako intentó convencerlo de que se podría salvar si lograba doblar las mil grullas de papel. Pero el niño, quien apenas si podía hablar, le dijo con suma tristeza que a él ya ni los dioses podían ayudarlo, porque estaba seguro que pronto moriría. Aquella misma noche el pequeño murió, y Sadako lloró desconsolada pensando en que ella también podía morir. ¡Le faltaban tantas grullas!. Ni siquiera podía conseguir el papel para hacerlas.
Postrada en la cama, con la vista fija sobre el techo, la encontró su madre aquél día por la mañana cuando llegó a cuidarla. Le llevaba un regalo, envuelto en un papel ordinario. La niña sonrió agradecida y lo tomó entre sus manos. Pensó que era un puñado de hojas de papel para poder terminar sus grullas, pero no... era un hermoso kimono de seda fina que su madre le había elaborado. Sus ojos se le llenaron de lágrimas y con palabras entrecortadas le dijo a su madre: “Gracias mamá, haz hecho tanto por mi!”.
Se puso el hermosísimo kimono y se sintió sumamente feliz. Jamás había tenido uno en la vida. Entendía perfectamente bien que para comprar la tela sus padres tendrían que privarse de hasta lo indispensable. Por eso es que todo estaba bien. Aquella era una muestra de amor incomparable.
Después, tomó el papel con el que venía envuelto el regalo, lo alisó con las manos para quitarle las arrugas y logró construir con él seis hermosas grullas de color amarillo.
El 25 de octubre de 1955 los dioses vinieron con Sadako para hacerle cuentas. Encontraron que solo tenía a la mano 644 grullas, así que, con la cantidad incompleta, no fue posible concederle su deseo.
Todos sus compañeros de clase lloraron su muerte. Sadako había hecho demasiados amigos en la escuela. Muchos de ellos le habían enviado hojas de colores al hospital para ayudarla con su tarea, pero no habían sido suficientes. Alguien por ahí sugirió hacerle un monumento, y entre todos se pudieron a recaudar fondos para realizar la obra. En 1958, el parque de la Paz en Hiroshima, se colocó una estatua en honor de la niña Sadako. Tiene las manos levantadas al cielo, con una grulla de origami en cada mano. En la base de la escultura, una inscripción reza: “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria; que haya paz en el mundo”.
En la ceremonia de la entrega del trofeo y clausura de la Copa Mundial de Fútbol, que se celebró en la ciudad de Yokohama, en junio de 2002, fueron arrojadas, desde lo más alto del estadio, millones de grullas que niños de todo el país confeccionaron con papel de colores. Como una muestra de paz de los niños de Japón para el mundo. El espíritu de Sadako y de muchos otros niños víctimas de la bomba atómica estuvo aquél día presente.
martes, 17 de junio de 2008
GABY, EL SOLDADO MEXICANO
Lo llamaban Gaby, aunque su auténtico nombre era Guy Gavaldón. Era un chico de la calle que vivía en el barrio este de Los Angeles, ahí donde se concentra la población chicana. No tenía absolutamente nadie que cuidara de él. Era un niño huérfano hijo de inmigrantes mexicanos. Así que pasaba los días como bolerito o haciendo cualquier tipo de trabajo eventual para sobrevivir y por las noches dormía en algún rincón de la calle, ahí donde pudiera resguardarse de las inclemencias del tiempo y protegerse un poco de las pandillas o mal vivientes.Cuando tenía 12 años, una familia de inmigrantes japoneses, conocedores de su situación, decidieron adoptarlo. Así que Gaby supo por fin lo que era tener una familia y vivir lleno de cariño. Por supuesto que aprendió todas las costumbres de los japoneses y algo que sería de suma trascendencia en su vida: aprendió a hablar muy bien el japonés.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Gaby se enlistó en la Marina de Estados Unidos. Al enrolarse como soldado raso informó a sus superiores que hablaba bien el japonés, por lo cual de inmediato la Marina lo comisionó a la Unidad de Inteligencia Naval R2, destinada al Pacífico.
Su primera labor fue como intérprete e interrogador de los prisioneros japoneses. Más luego le tocó participar en la invasión de las islas Marianas, llegando a la llamada Saipan, la isla principal, estratégico bastión ocupado por Japón.
Los japoneses la defendieron a muerte. Su código de honor les impedía caer presos, por lo cual preferían morir a ser capturados. El ejército japonés había aleccionado muy bien a sus combatientes, haciéndoles creer que si los americanos capturaban a sus familias, a sus hijos, los iban a rostizar y se los comerían. Por ello, cientos de civiles, campesinos y pescadores, se lanzaban desde los riscos de las islas al ver que se aproximaba el enemigo. El propio Gaby fue testigo de cómo los padres de familia lanzaban a sus pequeños al vacío, en una escena que horrorizaría hasta al más desalmado.
La batalla fue tan dura, que durante las primeras 15 horas, hubo un total de 30 mil muertos sumando los de ambos bandos. Ante semejantes acontecimientos, el comandante de la Unidad temía que hubiera demasiadas bajas, ya que los japoneses nunca iban a aceptar rendirse pacíficamente. Más Gaby se atrevió a realizar algo por su cuenta, aunque esto era demasiado arriesgado.
Realizó una expedición en solitario por Saipan, encontrándose a tres soldados japoneses heridos, que se habían escondido entre varios cadáveres. Al descubrirlos Gaby les ordenó rendirse, gritando en perfecto japonés. Uno de los soldados quiso disparar, pero fue acribillado por Gaby. Los otros dos aceptaron rendirse. Cuando volvió al campamento con los dos prisioneros, en lugar de felicitaciones recibió una magnífica reprimenda de parte del Capitán. Le prohibieron estrictamente realizar incursiones en solitario. Si desobedecía la órden sería arrestado y enjuiciado. Pero Gaby desatendió la orden y a la noche siguiente salió de nuevo regresando con 12 prisioneros. El Capitán se mostró molesto, pero no tomó ninguna medida por su insubordinación. Así que Gaby salió de nuevo la siguiente noche y esta vez regresó con 50. Y casi sin disparar un solo tiro.
¿Cómo lo lograba? Simplemente hablando con los japoneses. Gaby tenía un gran poder de persuasión y hablaba japonés, lo cual era una enorme ventaja. Una mañana acorraló a dos soldados japoneses y los convenció de entregarse. Les dijo que tenían totalmente rodeada la isla, con artillería, barcos y lanzallamas. Les dijo que lo mejor era rendirse, que serían tratados con un código de honor, los tratarían con dignidad manteniéndolos prisioneros hasta que terminara la guerra después de lo cual serían regresados al Japón, sanos y salvos.
Gaby habló y habló y habló. No había necesidad de morir, cuando podían rendirse en condiciones honorables. Y logró convencerlos, pero eso no fue todo. Uno de los soldados japoneses le dijo “Tengo que hablar con mi superior, hay más compañeros en aquella cueva”. Gaby aceptó a que éste volviera a la cueva, mientras él permanecía con el otro soldado japonés allí mismo. Poco después regresó el soldado con varios oficiales japoneses y sus escoltas. Dignos, serios y bien armados. Venían a dialogar.
Le preguntaron a Gaby el significado de su propuesta. Él les ofreció cigarrillos, les pidió que se sentaran para dialogar y les dijo “Mi general admira su valor y ordena a nuestras tropas ofrecer a los sobrevivientes de su intrépida hazaña de ayer entregarse pacíficamente. Serán llevados a Hawai, donde hay hospitales para atender a sus heridos. No debe haber más baños de sangre”. Hablaron durante largo rato y parecía que los japoneses no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer, más de pronto aceptaron la propuesta. Regresaron los japoneses a la cueva y Gaby vio como comenzaban a salir soldados. Filas, filas y filas.
Gaby no podía creerlo. Había toda una compañía adentro: cientos y cientos de soldados japoneses armados. La escena era impactante. Ellos eran alrededor de 800, rindiendo sus armas ante un soldado mexicano de tan solo 17 años. Fácilmente pudieron haberlo echo picadillo.
Ningún soldado americano, ni antes ni después, en toda la historia de Estados Unidos ha logrado capturar a tantos enemigos como Guy Gabaldón, el gamoso Gaby. En total fueron 1500, entre civiles y militares, durante aquella campaña en Saipan.
Después de la guerra, su capitán, envió una recomendación al gobierno de Estados Unidos para que le dieran a Gaby la Medalla Congresional del Honor. Más no fue aceptada la propuesta. ¡Cómo dársela a un mexicano!. Pero en cambio le fue entregada la prestigiosa Cruz de la Marina.
Su historia fue llevada a la pantalla en una película llamada “Del infierno a la eternidad”, aunque el papel lo interpretó un gringo: Jeffrey Hunter.
Cincuenta años después Gaby volvió a Saipan. Eran los años ochentas y se instaló en la isla, más luego se horrorizó al ver el alto índice de criminalidad que ahí prevalecía. Por lo cual emprendió un programa para apoyar a la juventud de Saipan y rescatarlos de aquél ambiente de violencia. Hoy su nombre es bien recordado por los habitantes de aquél lugar.
Y pensar que Guy Gabaldón, Gaby, era un niño mexicano que boleaba zapatos para sobrevivir.
