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jueves, 18 de julio de 2013

EL CASAMIENTO AZTECA

Cuando un joven azteca decidía casarse, hablaba con su padre, quien procedía a enviarle regalos al padre de la novia por intermedio de un par de ancianas. Este, rechazaba los regalos manifestando que los presentes no igualaban a la dote de su hija, y esperaba a que volvieran a hacerla una nueva oferta. Así se la pasaban las ancianas, yendo y viniendo hasta que los regalos eran aceptados por el padre de la novia. En ese momento se fijaba la fecha de la boda.
Los padres de los novios debían acudir ante el sacerdote para preguntarle si los dioses estaban a favor del casamiento, si este les contestaba favorablemente, entonces ya se formalizaba debidamente el matrimonio.
Llegado el día de la boda, una de las ancianas cargaba sobre sus hombros a la novia y la llevaba a la puerta de la casa del novio. Ahí se organizaba una gran fiesta donde todo mundo era invitado y se bebía pulque en abundancia.
Después de la boda, la pareja debía ayunar por espacio de cuatro días, y solo después de haber pasado por este período de purificación les era permitido unirse en la intimidad de su nuevo hogar.
Entre los aztecas el divorcio era algo totalmente normal. El hombre podía separarse de su mujer si ésta estaba incapacitada para darle hijos. Mientras que la mujer podía abandonar al hombre si éste no cumplía con sus obligaciones como marido, llevando alimentos y vestido a su casa, o simplemente porque tuviera mal genio. Luego del divorcio ambos podían volverse a casar, tan solo en el caso de la mujer había la restricción de que no podía casarse con un hermano de su ex marido.
A los hombres les era permitido tener relaciones sexuales con otras mujeres, siempre y cuando estas no estuvieran casadas. También existía la prostitución, y era normal que la gente del pueblo entregara sus hijas a la realeza, para que los nobles las convirtieran en sus amantes.

domingo, 1 de abril de 2012

EL AÑO DEL HAMBRE

Mi madre era una mujer que le encantaba contar historias, así que ya sabe de donde me viene la herencia; más por desgracia, y pese a que nos repitió algunas de ellas en diversas ocasiones, no se me quedaron grabadas en la memoria. Como lo lamento ahora. Me hubieran servido demasiado, aunque sea para contárselas a todos ustedes.

Muchas de sus historias estaban relacionadas con “el año del hambre”, ahora vengo a saber que fue el año de 1915. Eran tiempos conflictivos, tiempos de la Revolución, donde el pueblo de México la pasó verdaderamente mal.

Aquél año no hubo suficiente frijol, ni maíz y mucho menos trigo. Así que la hoya se quedó sin frijolitos, el comal sin tortillas y el canasto sin pan. Así que ante tales circunstancias todos los mexicanos pobres se llenaron... pero de hambre, mucho más que de costumbre.

Todo aquello vino a causa de una enorme sequía y para completar el cuadro una plaga de langostas atacó la región del sureste mexicano. Dicen que ern tantos los chapulines, que el cielo se oscurecía y cuando bajaban a un terreno, las ramas de los árboles tronaban por el peso de miles y miles de langostas hambrientas, que se comían todas las hojas hasta dejar los árboles en pie con todas sus ramas pelonas. Como se conocían formas de controlar una plaga así, se vieron afectadas gravemente la región sur, central y la Mixteca.

Los hacendados ocultaban sus cosechas con el fin de venderlas a mayor precio y aumentar sus ganancias. Luego llegaron las enfermedades, el tifo y la viruela negra provocando infinidad de muertos, y los campesinos se limitaban a intentar controlar la situación con remedios caseros. Y para colmo de males, estaba la Revolución. Vaya precio que tuvieron que pagar nuestros abuelos para que nosotros tuviéramos un México más libre.

viernes, 24 de junio de 2011

EL SACRIFICIO AZTECA

Hoy nos horrorizan las escenas de guerra, al ver tantas víctimas inocentes, entre ellos infinidad de niños, muertos, mutilados o traumatizados ante la violencia que se desata a su alrededor. Nuestro mundo ha cambiado, aunque por desgracia no lo suficiente.
En el nombre de Dios se han cometido demasiadas locuras. En épocas antiguas las personas enviaban a sus hijos para ser decapitados, quemados, estrangulados, ahogados o arrojados a los desfiladeros, como ofrenda a los dioses. Creencias absurdas, tal y como hoy nos damos cuenta. Tan absurdas como muchas de las que hoy tenemos y que nos llevan a realizar actos abominables.
Según la creencia de los Aztecas, el Sol, que era su dios, podía desaparecer si no se le alimentaba diariamente con una buena dosis de corazones y de sangre. Por ello emprendían guerras llamadas “floridas”, para capturar a muchos de sus enemigos y tener material necesario para alimentar el apetito insaciable de su dios Sol.
Los prisioneros eran llevados ante los altares de piedra, donde los sacerdotes les sacaban el corazón con un filoso cuchillo de obsidiana. Después la carne de los brazos era consumida como parte del rito, por quienes efectuaban el sacrificio. Amontonando  los cráneos de las víctimas en plataformas que contenían hasta 10 mil cabezas.
Más no solo se sacrificaba a sus enemigos, también eran llevados al sacrificio muchos niños llorones, porque sus lágrimas motivaban al dios de la lluvia a regar las cosechas. Mientras que a las muchachas vírgenes se les sacrificaba para deleite de la diosa del maiz.
En 1487, cuando el gran templo azteca de Tenochtitlan fue consagrado, ocho equipos de sacerdotes trabajaron durante cuatro días para sacrificar a 20 mil prisioneros, haciendo que la sangre derramada corriera por las calles.
La era del sacrificio terminó cuando los conquistadores españoles destruyeron las civilizaciones maya, inca y azteca.
Se entiende que los aztecas hayan sido así, porque esto era acorde con sus creencias, su cultura y su ignorancia, pero lo que no es posible entender es que en un mundo de gente “civilizada” hoy se sacrifiquen día a día infinidad de pobres, desprotegidos, mujeres ancianos y niños en aras del poder, de la economía, de la soberbia. Así que no crea que nuestro mundo ha cambiado demasiado.