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lunes, 18 de mayo de 2009

LOS FAROLES DEL CENTRO COMERCIAL

Bajo el domo central de la mega plaza han colgado una enorme cantidad de faroles blancos. Casi ni se mueven. Están ahí colgados a diferentes alturas, cumpliendo con la sencilla función de ser un simple adorno. Y yo me siento día a día en una de las bancas a contemplarlos.
Me gustaría moverlos. Hacer que de pronto todos ellos comenzaran a girar en armonía, sin que hubiera una ráfaga de viento que los impulsara. Que se movieran con el solo impulso de mi pensamiento. Hacer que giraran de una forma uniforme de izquierda a derecha, y después, cuando yo lo quisiera, cambiaran su giro en sentido inverso. Y quisiera que esto lo vieran todos los que en ese momento transitan por el centro comercial. Que se quedaran con la boca abierta mirando extasiados semejante maravilla, sin que lograran entender de donde procedía la fuerza de su movimiento.
Los miro fijamente y les ordeno moverse, pero no responden a mi pensamiento. Ni de izquierda a derecha, ni de derecha a izquierda. Ni de arriba hacia abajo, ni de abajo hacia arriba. La verdad me sorprende que por más esfuerzos que hago día con día, jamás haya podido moverlos.
A veces cierro mis ojos y entonces veo como venzo su resistencia y hacen todo lo que ordeno. Entonces sonrío satisfecho. Más al abrir los ojos, veo que siguen ahí, tan estáticos como siempre. Es una lástima el que solo pueda moverlos en mi pensamiento, más no con mi pensamiento. Pero no desisto. Si hoy no pude hacerlo, quizás mañana pueda lograrlo. Continuaré en mi intento.

martes, 28 de octubre de 2008

PITA AMOR, LA ABUELA DE BATMAN

Era la niña bonita de la casa. Se llamaba Guadalupe Teresa, pero al final terminaron por llamarla Pita, Pita Amor, para ser más exactos. Descendía de una familia adinerada con ascendencia alemana y española. Pero con la llegada de la Revolución perdieron su riqueza y vendieron o empeñaron en el Monte de Piedad los pocos tesoros que pudieron rescatar del desastre venido con esos tiempos.
A Pita le gustaba cantar, y aunque su madre alababa su gracia, terminaba por fastidiarla y le mandaban que callara; pero si no cantaba se ponía a hablar y era tan parlachina que no soportaban ni las sirvientas de la casa.
Nunca aceptó la pobreza; ya como adolescente solía vestirse con viejas vestimentas que alguna vez fueron ropajes elegantes, y esto la convirtió en un personaje extravagante totalmente desubicado. Tampoco aprendió buenos modales, por más que se los inculcaron en su familia.
Sus padres la consentían tanto, que hacía cuanto quería, cometiendo infinidad de maldades sin que nadie se atreviera a corregirla. Para ella no existía la disciplina. Le encantaba ser el centro de atención. Y si no reparaban en ella, hacía lo que fuera con tal de no ser ignorada.
Su primer escándalo público lo provocó a los 18 años cuando se convirtió en la amante de un rico ganadero de 60 años llamado José Madrazo. Por supuesto que no lo amaba, porque ella solo se amaba a sí misma, pero le agradaba tanto el dinero y el escándalo que por eso mantuvo aquella relación a la vista de todos. Se convirtió así en la mujer controversial de las décadas de los cuarenta y cincuenta, rompiendo con todos los esquemas sociales. Le importaba un auténtico comino el que dirán.
Su exhibicionismo desmedido, sus ropajes escotados y su carácter extrovertido le abrieron puerta al círculo de artistas e intelectuales. Y como era sumamente bella, se convirtió en modelo de los pintores Juan Soriano, Diego Rivera, Martha Chapa, Roberto Montegro y muchos más.
Después surgió en ella la poetiza, escribiendo una buena cantidad de poemas en una treintena de libros. Todos ellos con lenguaje directo y atrevido, tal y como era su controvertida personalidad.
Los cronistas sociales encontraron el personaje perfecto para realizar sus trabajos. Su nombre pronto fue muy conocido. Y era común verla pasear por las noches en el Paseo de la Reforma, adornada con una rosa en la cabeza y su fino bastón en mano. Ella se autonombraba “La reina de la noche”.
Pita vivía de fiesta en fiesta, y siempre lograba ser el centro de atención, con su vestimenta, su comportamiento impetuoso y su conversación atrevida, divirtiendo a todos con sus ocurrencias. Para la presentación de sus libros, que realizaba siempre en su casa, elaboraba sofisticadas decoraciones acordes al contenido de su obra. Cuando presentó su libro “Polvo”, todo en su casa era gris: la alfombra, las cortinas, el forro de sus sillones, los muebles. Para su presentación de “Otro libro de amor”, grandes telas de flores cubrieron sala y comedor; la casa se llenó de ramajes, la alfombra se convirtió en pasto verde y proliferaban los ramos de flores por toda la estancia.
Totalmente diferente fue el arreglo para “Décimas a Dios”. Aquella vez su decorado fue sobrio y místico. Cirios, candeleros coloniales, ambiente de penumbra. Una casa escasamente iluminada con un ambiente envuelto en tétrica espiritualidad.
Su existencia iba de escándalo en escándalo. Le molestaba que la tocaran y se lavaba las manos hasta 40 veces al día. No quería que nadie le hablara si no les daba permiso, mucho menos que se acercaran a ella. Su altanería y soberbia la alejaron admiradores, pretendientes e incluso amigos.
Pita se convirtió en una auténtica leyenda. Con su lenguaje lleno siempre de majaderías y sus aires de gran diva, al grado que en cierta ocasión se puso al lado de María Félix preguntando a los presentes: ¿Verdad que yo soy más bonita?. La Doña, tan solo la miró sonriendo con gran ironía. Pero Pita no se inmutaba. Bailaba con gracia. Danzaba y cantaba haciendo ademanes exagerados. Y a tanto llegó su fama que incluso incursionó en el cine, el teatro y la TV.
A los 38 años tuvo un hijo, del cual luego se arrepintió, no porque no amara al pequeño, sino por considerarse incapaz de atenderlo, así que lo entregó en custodia a su hermana mayor. Pero su niño murió ahogado en una pileta llena de lirios, a la edad de un año y meses, provocando en aquella mujer la más grande de sus tragedias.
Se volvió callada e introvertida. Toda su gloria y desplantes se perdieron para siempre. Pita dejó de pasear por las calles, abandonó a sus amigos intelectuales, se encerró en su casa y se convirtió en una vieja totalmente descuidada. Dicen que perdió la razón. Murió sola, acompañada del abandono, el silencio y el olvido. Aquél 9 de mayo del año 2000 se extinguió para siempre quien fuera la mujer más atrevida y escandalosa de finales del siglo XX. La mujer a quienes muchos llamaron con ironía “La abuelita de Batman”

domingo, 19 de octubre de 2008

UN PADRE MUY PADRE

Todo el día la tienda estuvo sola; esporádicamente apareció algún cliente con más intención de perder el tiempo que de otra cosa, más el panorama cambió a partir de las seis de la tarde. Uno tras otro comenzaron a llegar los clientes y pronto se vio a todo el personal envuelto en intensa actividad. Y de pronto sucedió lo inesperado… un niño derribó accidentalmente un cartón publicitario, provocando un efecto dominó, que terminó por dañar un equipo estereofónico que se tenía exhibición.
Todos enmudecimos ante los hechos. Nos quedamos petrificados esperando una violenta reacción del padre del pequeño. Más éste, se acercó al niño, lo abrazó y le dijo: -No te preocupes hijo, solo fue un accidente, ahorita lo arreglamos-, luego, se dirigió a su esposa para solicitarle que llevara al niño a comprar un helado, para que se le bajara el susto. Cuando la madre salió con el pequeño tomado de la mano, aquél admirable padre, se acerca al vendedor y sonriendo le dice: -Mi amigo, acaba usted de hacer una buena venta, ¿me puede hacer la cuenta por favor?- El vendedor, sin reponerse aún de la sorpresa, tan solo alcanzó a balbucear: -Sí señor, ahorita lo arreglamos-
Después de que el equipo fue empacado (el cual por fortuna tan solo se dañó un poco en su apariencia), y la cuenta fue liquidada, el gerente se acercó al hombre y le dijo: -Lo felicito, es usted un padre muy padre-

jueves, 14 de agosto de 2008

HONRADEZ JAPONESA

Jorge Tanaka, un amigo empresario de la TV, me contó que en cierta ocasión le obsequiaron una valiosa pluma Mont Blanc. Poco después fue al Japón en viaje de vacaciones, en un intento de conocer un poco acerca de la tierra de sus ancestros.
Estando en este exótico lugar descubrió que sus tradiciones y costumbres distan mucho de parecerse a la forma de vida occidental. Más hubo un detalle que le hizo valorar en demasía ciertas virtudes propias del pueblo nipón.
Llegó a una tienda a comprar algunas figurillas de arte tradicional, para obsequiarlas a sus amistades cuando estuviera de regreso a casa. El dueño del negocio le recibió con la típica camaradería oriental: una amable y cordial sonrisa, seguida de una distinguida inclinación de reverencia, cosa que le turbó en cierta medida, pero que agradeció de todo corazón correspondiendo con una leve inclinación de su cabeza.
Por la noche, ya de regreso a la pequeña habitación del hotel que le hospedaba, se dio cuenta que había olvidado su preciada pluma en la tienda, misma que utilisó para firmar el bauche de la tarjeta de crédito. Totalmente molesto y haciéndose el ánimo de que no habría de recuperar su preciada Mont Blanc, regresó al siguiente día a la tienda donde había realizado las compras. Al momento de ingresar a la tienda, el dueño del negocio salió a su encuentro, mucho más sonriente y con sus reverencias más acentuadas. Le dijo algunas palabras llenas de emotividad, mismas que no logró entender en lo absoluto, más luego con una indicación de su mano le señaló el mostrador donde se había efectuado la transacción y ahí… sin que nadie la hubiese tan siquiera tocado, estaba la famosa pluma esperando el regreso de su propietario.
Así de maravillosa es la honradez japonesa. Un país donde se regresan los objetos perdidos, donde las puertas carecen de cerraduras y no se requieren de los costosos controles de seguridad para evitar los robos en los negocios.
Baja el Audio en MP3:

lunes, 28 de julio de 2008

UN BOLETO PARA MADONNA

Siempre he sido un gran amante de la música. Me he dedicado a ella, sin ser músico, por más de 30 años. Mi colección de discos provocaría la envidia de muchos, ya que los he coleccionado desde que tenía 15 años. Y he tenido la oportunidad de conocer, e incluso en ocasiones convivir con muchos ídolos del rock y del pop. Hasta me he tomado fotografías con algunos de ellos. Y aún así hay ciertas cosas que no comprendo.
Ante un grupo de amigos, Karla, llena de gran regocijo, comentó con entusiasmo que había logrado conseguir un boleto para el concierto de Madonna en la Ciudad de México. Le costó la estratosférica cantidad de $ 7.000 pesos ($700 dólares). Aquello me pareció inaudito, porque esto significa el equivalente a más de mes y medio de su sueldo laboral. ¡O sea que esta chica trabajará todo este tiempo tan solo para darse el lujo de ver un espectáculo de Madonna que no dura más de dos horas!. Además, como no vive en la capital de México, tendrá que gastar dinero adicional para el viaje y hospedaje. Esto significa que dos meses de su salario serán derrochados en un lujo francamente innecesario..
-“¿Porqué te atreves a gastar tanto dinero en semejante cosa?”- le pregunté. Y ella sin razonar en lo más mínimo mi pregunta, con una amplia sonrisa me contestó: -“Es que ver a Madonna vale eso y mucho más”-.
Me sentí totalmente desconcertado. Y como todo un “aguafiestas”, volví a la carga con una pregunta adicional: - “¿No te haría más feliz comprar despensas y repartirlas entre la gente muy necesitada?, te aseguro que si lo hicieras sería un momento tan grandioso en tu vida que nunca lo olvidarías”.- Ella se encogió de hombros y me respondió. –“No tengo dinero para algo así, mi boleto lo compré con la tarjeta de crédito”-
Ya no quise decir nada. No cabe duda que por esto y muchas cosas más nuestro mundo está loco, loco, loco.

martes, 22 de julio de 2008

LA HERENCIA DEL CURA

La familia de Miguel era extremadamente pobre. Su padre, un humilde hojalatero que le quitaba las abolladuras a los carros en una de tantas calles de la ciudad, mientras que su madre, una mujer sencilla y emprendedora que aportaba ingresos adicionales participando en el comercio informal.
Miguel era muy apreciado y admirado entre los jóvenes de la parroquia de la Purísima. Sus excelentes modales, aunado a un comportamiento intachable, le llevaron a convertirse en el líder del grupo de jóvenes de la Acción Católica.
Era buen amigo del anciano Cura de la parroquia, hombre culto y distinguido, que en sus buenos tiempos fue un orador emotivo y de gran sapiencia, aunque la vejez acabó con toda su gallardía y espíritu impetuoso, al grado de quedar relegado en un confesionario, donde en lugar de conceder el perdón y dar penitencias, pasaba las horas en el más plácido de los sueños.

Miguel tenía muy buena relación con el viejo señor Cura. Hablaba con él de historia y religión y de quien sabe cuantas cosas más.
Alguna vez aquél anciano le manifestó su desilusión por no haber jamás logrado que sus sobrinos se interesaran por la lectura. Les habló muchas veces de ello, les regaló libros, les contó historias, pero ellos siempre se mostraron indiferentes.
“Los libros son un tesoro”, era una frase que constantemente les repetía, pero ninguno entendía el verdadero significado de lo que el anciano les decía.
Cuando el anciano Cura murió, llegaron los sobrinos a desalojar la casa que habitaba. En un camión de mudanza cargaron los antiguos y finos muebles y todo aquello que representaba algún valor. Miguel les ayudó a los muchachos a guardar en cajas las figuras de cerámica; sobre todo esas valiosas piezas españolas de Yadró, unos jarrones Capo Di Monti, o las hermosas copas de cristal cortado de Bavaria.
Después Miguel se ofreció a empacar los libros, pero uno de los sobrinos, le dijo: “no, los libros no nos interesan, tan solo mete a una caja, esos que se ven muy bonitos, para que sirvan de adorno en la casa, los demás puedes tirarlos a la basura”.
Miguel no podía dar crédito a lo que escuchaba. Pero ante aquella declaración de inmediato se atrevió a solicitar: “¿Podría llevármelos?”.
-Claro, son tuyos si lo deseas- fue la inmediata respuesta. Y antes de que se arrepintieran, Miguel se dio a la tarea de acomodarlos en cajas para llevárselos a su casa. Más no resistió la tentación de hojear el fabuloso Quijote de la Mancha que se encontró apilado entre tantos de aquellos libros. No estaba ciertamente encuadernado en piel como muchos otros. El libro era grande y estaba bien empastado, pero no estaba forrado en piel como los que habían apartado los sobrinos, por eso fue despreciado.
Para la sorpresa de Miguel, el libro tenía tres billetes de buena denominación que servían como separadores. Aquello le provocó tal asombro que le llevó a tomar otro de los libros y abrirlo para ver si también tenía billetes utilizados como separadores. Y en efecto, el segundo libro también contenía los billetes utilizados de la misma forma. Después comprobó que en todos los libros se había guardado dinero. A veces uno, a veces dos, pero la mayoría contenían entre tres y cinco billetes de alta denominación.
De inmediato, y con una sonrisa de oreja a oreja, Miguel se acercó al sobrino que le había regalado los libros y le hizo saber sobre aquél grandioso descubrimiento.
Entre todos los familiares del señor Cura, revisaron uno a uno aquellos viejos tomos, extrayendo de ellos una buena cantidad de billetes. Aunque Miguel no supo ni cuanto era porque no se atrevieron a contar el dinero en su presencia. Después de la verificación meticulosa, a Miguel le permitieron que cargara con los libros y se los llevara a su casa.
Cuando Miguel nos contó a sus amigos lo sucedido, no hubo uno solo que no lo juzgara de tarugo. ¿Para qué les dijo del dinero?. Se hubiera callado y llevado los libros a su casa sin entregarles nada. Esos muchachos eran de familia acomodada, nada de aquello les hacía falta.
Miguel se sintió desconcertado por semejantes comentarios. Al final, se encogió de hombros y tan solo dijo: “no era mío”, “¿porque iba a tomar lo que no me pertenecía?”.
Miguel se recibió de abogado y le fue bien en la vida. Ahora es todo un profesionista que trabaja en un puesto de alta dirección para la banca más importante de México. Seguramente de algo le sirvió el ser honrado.