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viernes, 24 de junio de 2011

EL SACRIFICIO AZTECA

Hoy nos horrorizan las escenas de guerra, al ver tantas víctimas inocentes, entre ellos infinidad de niños, muertos, mutilados o traumatizados ante la violencia que se desata a su alrededor. Nuestro mundo ha cambiado, aunque por desgracia no lo suficiente.
En el nombre de Dios se han cometido demasiadas locuras. En épocas antiguas las personas enviaban a sus hijos para ser decapitados, quemados, estrangulados, ahogados o arrojados a los desfiladeros, como ofrenda a los dioses. Creencias absurdas, tal y como hoy nos damos cuenta. Tan absurdas como muchas de las que hoy tenemos y que nos llevan a realizar actos abominables.
Según la creencia de los Aztecas, el Sol, que era su dios, podía desaparecer si no se le alimentaba diariamente con una buena dosis de corazones y de sangre. Por ello emprendían guerras llamadas “floridas”, para capturar a muchos de sus enemigos y tener material necesario para alimentar el apetito insaciable de su dios Sol.
Los prisioneros eran llevados ante los altares de piedra, donde los sacerdotes les sacaban el corazón con un filoso cuchillo de obsidiana. Después la carne de los brazos era consumida como parte del rito, por quienes efectuaban el sacrificio. Amontonando  los cráneos de las víctimas en plataformas que contenían hasta 10 mil cabezas.
Más no solo se sacrificaba a sus enemigos, también eran llevados al sacrificio muchos niños llorones, porque sus lágrimas motivaban al dios de la lluvia a regar las cosechas. Mientras que a las muchachas vírgenes se les sacrificaba para deleite de la diosa del maiz.
En 1487, cuando el gran templo azteca de Tenochtitlan fue consagrado, ocho equipos de sacerdotes trabajaron durante cuatro días para sacrificar a 20 mil prisioneros, haciendo que la sangre derramada corriera por las calles.
La era del sacrificio terminó cuando los conquistadores españoles destruyeron las civilizaciones maya, inca y azteca.
Se entiende que los aztecas hayan sido así, porque esto era acorde con sus creencias, su cultura y su ignorancia, pero lo que no es posible entender es que en un mundo de gente “civilizada” hoy se sacrifiquen día a día infinidad de pobres, desprotegidos, mujeres ancianos y niños en aras del poder, de la economía, de la soberbia. Así que no crea que nuestro mundo ha cambiado demasiado.

sábado, 27 de marzo de 2010

QUETZALCÓATL Y KUKULCÁN

Allá por el mes de marzo del año de 1517, con la llegada de Francisco Fernández de Córdoba a Yucatán, los españoles se quedaron verdaderamente asombrados al ver que los nativos conocían y veneraban la cruz y poseían, además, nociones semejantes al bautismo, la comunión, el diluvio universal, la Virgen e incluso la Santísima Trinidad. Y todo esto, por supuesto, sin haber tenido antes contacto alguno con misioneros o gente de otras razas. Eran los tiempos de la conquista.
Y por si fuera poco. Los indígenas yucatecos hablaban de un dios llamado Kukulcán, quien tenía la piel blanca, la frente amplia, la barba roja y entrecana y los ojos grandes y azules. O sea, un personaje que en nada se parecía a los yucatecos o indios de américa. Y además decían que era sorprendentemente alto, que vestía con una túnica blanca que estaba adornada con una gran cruz de color rojo intenso sobre el pecho. Como si fuera todo un templario.
Lo más curioso de todo ello es que los Aztecas también hablaban y adoraban a un dios semejante, aunque ellos lo llamaron Quetzalcóatl, quien era para ellos dios y hombre, igual que Jesús, lo cual hace suponer a muchos investigadores el que muy probablemente haya llegado al continente americano un hombre de procedencia eruopea varios siglos antes que los colonizadores españoles.
Para los Aztecas Quetzalcóatl fue un gobernante y político ejemplar, inventor del calendario, descubridor del maíz, maestro agricultor, inventor del arte de fundir metales, tallador de piedras preciosas, rey de los Toltecas y dios unificador del mundo. Además como sacerdote se opuso una reacción contra la vida lujuriosa y desordenada que imperaba en Teotihuacán, que estaba ocasionando la ruina de la civilización y el imperio Azteca. Suprimió los sacrificios humanos, llevando a los aztecas hacia un profundo sentido de austeridad y misticismo apegado al ejercicio constante de los deberes religiosos.
Según la tradición se dice que Quetzalcóatl un día se marchó prometiendo que regresaría. Fue por ello que cuando en 1519 Cortés y los suyos desembarcaron en estas tierras, los indios mexicanos creyeron que su Dios estaba de regreso y le permitieron el ingreso con todo y los suyos, hasta el corazón de su impero propiciando con ello el inicio de la destrucción de su pueblo.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL RESCATE DEL CONCEPCIÓN

Cien años después del descubrimiento de América, Acapulco y Veracruz se habían convertido en dos de los puertos más importantes del continente. Grandes barcos repletos de ricas mercancías traídas del Oriente, llegaban al puerto de Acapulco, para bajar su valioso tesoro y trasladarlo luego al puerto de Veracruz, donde era cargado a nuevos barcos que llevarían la preciada carga rumbo al viejo continente Europeo.

Desde las regiones aledañas a los mares de China llegaban a México las codiciadas especies, abanicos de plata, junco y carey, hermosísimas telas de seda, fina porcelana china, y muchas otras ricas prendas y objetos que eran muy solicitados por las familias adineradas de Europa. En Veracruz estos valiosos tesoros orientales se mezclaban con el oro, la plata y todas esas riquezas que los conquistadores ordeñaban de México y Centroamérica, como valioso fruto de las tierras conquistadas.


A medidos de julio de 1641 salió de Veracruz una flota de 30 navíos, bajo el mando del capitán general Juan Campos. La escuadra iba capitaneada por el barco San Pedro y San Pablo, mientras que cerraba la agrupación naviera la nave almirante llamada Santa María de la limpia y pura Concepción.


Solo Dios sabe el porqué se ensañó con esta flota el infortunio, lo cierto es que prácticamente todas las naves se perdieron en el camino embestidas por la mar embravecida a causa de las terribles tempestades, más también hicieron lo suyo los bancos de corales, cortando de tajo algunas naves para enviarlas con tesoros y tripulación al fondo.


Fue tanto lo que se perdió en esta empresa, que los mares quedaron aquí y allá repletos de tesoros, provocando desde entonces la afanosa búsqueda de ellos por parte de saqueadores y gente autorizada, quienes han puesto especial empeño en la localización del buque que mayor tesoros transportaba, ya que de ellos se conserva un valioso registro y testimonio de algunos sobrevivientes de la tragedia. Se trata de la nave Santa María de la limpia y pura Concepción.


En el naufragio de esta desdichada embarcación perecieron 332 personas en aquella trampa mortal de los corales, pero 194 se salvaron y lograron llegar a La Española, tierra hoy llamada República Dominicana. El almirante Villavicencio, intento infructuosamente en tres ocasiones rescatar los preciados tesoros perdidos en la tragedia. En España el caso se dejó a la desidia, pero los ingleses, siempre amigos de lo ajeno, hicieron buen alarde de su rapacidad.


Dos expediciones se hicieron presentes en el lugar de los hechos y extrajeron, con la ayuda de buzos expertos: 37 538 libras de plata, 27 556 en lingotes del mismo metal, 347 libras en platos, candelabros, copas y cubiertos de lo mismo, 27 libras y 11 onzas de oro, varios sacos de perlas y esmeraldas, y 7 cañones de bronce, mismos que hoy se pueden contemplar en la afamada Torre de Londres. Fue mucho ciertamente lo que rescataron, y es más notable aún sabiendo que los buzos no utilizaron escafandras, ni gafas, ni artilugio alguno para respirar en las profundidades. Todo fue a pulmón libre, debido a que en aquellos tiempos aún no se inventaban este tipo de cosas. Pero si bien fue mucho lo que se sacó de las aguas, mucho más fue lo que se dejó entre los arrecifes.


En 1977, la compañía Seaquest Internacional dedicó cinco largos meses a la localización del sitio. Como no sabían con certeza su localización, peinaron la zona numerando con gran paciencia las mil ochocientas noventa y un cabezas de coral, buscando afanosamente el resto del tesoro, pero todo fue inútil. Confundidos y desalentados, decidieron abandonar las pesquisas con tanto empeño iniciadas.


Más tiempo después renovaron su entusiasmo y volvieron a la carga. Se tomaron fotografías aéreas de la zona, más estas no denunciaron ninguna mancha anómala que permitiera sospechar la existencia de un cuerpo extraño en el fondo de las aguas. Más luego recurrieron a un aparato denominado magnetómetro de cesio, el cual es arrastrado por el fondo de las aguas y, este instrumento, refleja señales sobre una pantalla llevada a bordo. Cuando detecta cualquier anormalidad, aunque sea un alfiler de acero enterrado entre la arena, una aguja indica en la pantalla el suceso, más cuando hay una multitud de objetos metálicos, la aguja del magnetómetro se vuelve loca.


Al detectar la nueva expedición este suceso, de inmediato un buzo se lanzó a las aguas. En el fondo, lo primero que descubrió aquél hombre fue una enorme cantidad de piedras de río, cosa que le dio gran alegría, pues sus conocimientos le permitían comprender que aquellas piedras eran del tipo de las que usaban los viejos galeones como lastre. Por tanto era indicio de que en dicho lugar se encontraba un navío hundido. Levantó luego el buzo una de aquellas piedras y encontró una moneda de plata. Ascendió a la superficie y la mostró a sus compañeros. Aquella tarde el equipo rescató ciento sesenta monedas acuñadas en México. Fueron las primeras de las sesenta mil que habrían de encontrar. La gran aventura del hallazgo submarino más importante del mundo había comenzado.


Al día siguiente, y mientras el experto numismático de a bordo, limpiaba y clasificaba las piezas, comprobando que la mayoría estaban acuñadas en México en 1641, el mismo año de la catástrofe del Concepción, los buzos prosiguieron su fascinante labor.


Uno de los buzos, en la profundidad de aquellos mares, tras levantar algunas de las piedras de río y algo de la arena amontonada, vio que del suelo surgía cierta sustancia de un azul intensísimo que, en poco tiempo, le dejó envuelto en una nube, cual si un millar de pulpos lanzara sobre él su tinta para cegarlo. Pero aquella tinta era azul y no negra como la de los pulpos. Cuando ascendió a la superficie, teñido todo de azul, se analizó la extraña sustancia en que estaba impregnado comprobándose que era añil. Podridas las cajas en que iba empaquetado, y los lienzos o papeles que envolvían cada pieza, un inmenso cargamento de varias toneladas de añil se había conservado allí, intacto, durante casi cuatro siglos, hasta que la mano de aquél buzo vino a removerlo de su escondrijo.


Mientras este hombre vivía tan insólita experiencia, otros buzos descubrieron un astrolabios, unos compases, unas balas de cañón, estatuas chinas de marfil, apagables de plata con sus tijeras para cortar pabilo, un vaso de cristal tallado, cerámica mexicana de Puebla, una valiosa vajilla china de la dinastía Ming, sin un solo rasguño, bases de plata para vasos, collares y perfumeros de oro de 22 kilates, huesos humanos, huesos de animales, jeringuillas para limpiar los oídos, balas de mosquete, empuñaduras de espadas, un collar de oro de medio metro de longitud, y la estatua de un niño de marfil oriunda de China.


Pero el descubrimiento no terminó ahí, en el fondo de lo que pareció haber sido una gran maleta, encontraron, perfectamente apiladas dieciséis mil monedas de plata, una verdadera fortuna. Muy próximo al lugar donde surgió el sorprendente manantial de añil, uno de los arqueólogos encontró juegos de té y muchas otras vajillas perfectamente bien conservadas.


El navío de la Concepción llevaba 436 baúles de mercancías del lejano oriente, 21 baúles de esmeraldas de las minas de Muzo, en Colombia, 43 baúles de perlas de las pequeñas Antillas, 321 baúles de objetos de plata de propiedad privada, 528 kilos de objetos de oro puro, 288 kilos de oro en barras. Y una enorme cantidad de plata y lingotes de oro y monedas para el tesoro real.


Además de todas estas riquezas también transportaba especiería, aceites vegetales, frutas no perecederas, cerámica mexicana, animales vivos, corrales de gallina, jaulas con aves y multitud de tinajas con vino y aceite.


El inmenso tesoro rescatado fue compartido en partes iguales entre los rescatistas y el gobierno de la República Dominicana, quien, tal y como se estipuló en el convenio, tuvo la oportunidad de quedarse con las piezas que le resultaron más agradables.


Pero en esa misma zona hay aún muchos otros barcos hundidos, cuyos fabulosos tesoros están esperando a los intrépidos aventureros que vayan tras su rescate.

lunes, 13 de julio de 2009

AZOTES PARA LOPE DE AGUIRRE

En 1551, Lope de Aguirre escoltaba a un grupo de esclavos indígenas desde las minas de Potosí (en Bolivia) hasta uno de los depósitos del tesoro real. Los indios fueron cargados ilegalmente con grandes cantidades de plata y un funcionario local, al darse cuenta de ello, mandó arrestar a Aguirre, para luego sentenciarlo a recibir dos mil azotes, en castigo por maltratar de aquella manera a los indios.
Cuando Aguirre conoció la sentencia rogó y suplicó al funcionario para que le cambiara la sentencia. Él no debía ser humillado de aquella manera porque era un hombre noble. Le solicitó que mejor ordenara su muerte. Más el Alcalde Esquivel, quien le había dado la sentencia, se negó rotundamente a concederle su petición.
Aguirre fue sacado de prisión y un verdugo lo subió al lomo de una bestia, lo amarró y luego procedió a darle los 2000 azotes.
Una vez liberado, Aguirre dijo que aquella afrenta jamás se la perdonaría al Alcalde, quien tendría que pagar con su vida los dos mil azotes ordenados. Cuando el mandato de Esquivel expiró, huyó a la ciudad de Lima, sabiendo que Aguirre era un hombre duro que intentaría cumplir su palabra. Pero antes de quince días el Alcalde supo que Aguirre había llegado a la ciudad e intentaba localizarlo. El alcalde de inmediato huyó aterrorizado de la ciudad. Aguirre lo siguió buscando de ciudad en ciudad, por un lapso de tres años y cuatro meses, después de lo cual lo encontró en la ciudad de Cuzco.
Esquivel no quiso huir, ya había corrido demasiado. ¿Ha donde podía marcharse que no lo encontrara Aguirre?. Decidió permanecer en Cuzco animado con el gobierno tan estricto que regía la ciudad, pensando que Aguirre no se atrevería a tocarlo en aquél lugar. Se fue a vivir a una casa cercana a la catedral, y no salía jamás si no llevaba un arma fajada a la cintura.
Sin embargo, un cierto lunes, Aguirre entró a la casa de Esquivel. Lo fue buscando por cada una de las habitaciones hasta que dio con él en la biblioteca. El alcalde dormía profundamente con un libro casi cayéndose de sus manos. Ahí mismo Aguirre le quitó la vida dándole varias puñaladas. Después salió tranquilamente de la casa. Cuadras más allá se dio cuanta que había olvidado su sombrero. Regresó tranquilamente, entró a la biblioteca, donde aún continuaba el cadáver desangrándose, tomó su sombrero y esta vez salió caminando hasta llegar al final de Cuzco, para luego perderse por uno de los caminos que iban a quien sabe donde.

viernes, 24 de octubre de 2008

LOPE DE AGUIRRE

En 1584, Lope de Aguirre escoltaba a un grupo de esclavos indígenas desde las minas de Potosí (en Bolivia) hasta uno de los depósitos del tesoro real. Los indios fueron cargados ilegalmente con grandes cantidades de plata y un funcionario local, al darse cuenta de ello, mandó arrestar a Aguirre, para luego sentenciarlo a recibir dos mil azotes, en castigo por maltratar de aquella manera a los indios.
Cuando Aguirre conoció la sentencia rogó y suplicó al funcionario para que le cambiara la sentencia. Él no debía ser humillado de aquella manera porque era un hombre noble. Le solicitó que mejor ordenara su muerte. Más el Alcalde Esquivel, quien le había dado la sentencia, se negó rotundamente a concederle su petición.
Aguirre fue sacado de prisión y un verdugo lo subió al lomo de una bestia, lo amarró y luego procedió a darle los 2000 azotes.
Una vez liberado, Aguirre dijo que aquella afrenta jamás se la perdonaría al Alcalde, quien tendría que pagar con su vida los dos mil azotes ordenados. Cuando el mandato de Esquivel expiró, huyó a la ciudad de Lima, sabiendo que Aguirre era un hombre duro que intentaría cumplir su palabra. Pero antes de quince días el Alcalde supo que Aguirre había llegado a la ciudad e intentaba localizarlo. El alcalde de inmediato huyó aterrorizado de la ciudad. Aguirre lo siguió buscando de ciudad en ciudad, por un lapso de tres años y cuatro meses, después de lo cual lo encontró en la ciudad de Cuzco.
Esquivel no quiso huir, ya había corrido demasiado. ¿Ha donde podía marcharse que no lo encontrara Aguirre?. Decidió permanecer en Cuzco animado con el gobierno tan estricto que regía la ciudad, pensando que Aguirre no se atrevería a tocarlo en aquél lugar. Se fue a vivir a una casa cercana a la catedral, y no salía jamás si no llevaba un arma fajada a la cintura.
Sin embargo, un cierto lunes, Aguirre entró a la casa de Esquivel. Lo fue buscando por cada una de las habitaciones hasta que dio con él en la biblioteca. El alcalde dormía profundamente con un libro casi cayéndose de sus manos. Ahí mismo Aguirre le quitó la vida dándole varias puñaladas. Después Aguirre salió tranquilamente de la casa. Cuadras más allá se dio cuanta que había olvidado su sombrero. Regresó tranquilamente, entró a la biblioteca, donde aún continuaba el cadáver desangrándose, tomó su sombrero y esta vez salió caminando hasta llegar al final de Cuzco, para luego perderse por uno de los caminos que iban a quien sabe donde.

EL DORADO

Después de que Francisco Pizarro conquistó Perú, en 1532, el oro del imperio de los incas comenzó a llegar a España y españoles de toda condición social se ilusionaron pensando que se podía obtener riqueza instantánea en el Nuevo Mundo. Pronto se difundió la leyenda de que existía un imperio, al que llamaban “El Dorado”, cuyas calles estaban pavimentadas por oro, y los edificios, revestidos con el precioso metal. Así que una buena cantidad de españoles empeñaron hasta la camiseta, se despojaron de sus bienes y se vinieron a América en busca de esta ciudad maravillosa.
En febrero de 1541, se organizó una expedición, comandada por Gonzalo, hermano de Pizarro, misma que partió de Quito, Ecuador, destinada a ir hasta tan fantástico lugar. No sabían ni donde quedaba, pero había que ir en su búsqueda.
Con sus hermosas y resplandecientes armaduras y coloridas prendas de seda, 340 españoles se dirigieron hacia el este, llevando consigo más de 4000 indígenas cargados con provisiones y quienes además les servirían de guías. Y para comer por el camino algún bocadillo, llevaban 4000 cerdos, más docenas de llamas y alrededor de 1000 perros. Pero la expedición fue sorprendida por unas lluvias torrenciales estropeando su equipo y provisiones. La incomodidad se hizo presente. Gonzalo Pizarro capturaba a los indígenas que se encontraba en el camino y los interrogaba, esperando obtener información sobre “El Dorado”, pero nadie podía darle ninguna explicación. Intuyendo que le mentían, los torturaba y arrojaba a los perros. Pronto se difundió la noticia de sus atrocidades, y los indígenas comprendieron que la única forma de evitar la ira de Gonzalo consistía en inventar historias sobre El Dorado y enviarlo lo más lejos posible. Así fue como se fueron internando cada vez más en lo profundo de la selva.
El ánimo de los exploradores fue decayendo. Los uniformes se les hicieron jirones; las armaduras se oxidaron; los zapatos se destrozaron, los cual les obligó a caminar descalzos. Los indígenas comenzaron a morir en el camino o desertaban. Los expedicionarios terminaron comiéndose los cerdos y después siguieron con los perros de caza y las llamas. Después siguieron a base de raices y frutos. Al comprender Gonzalo que no podían continuar en semejantes condiciones, decidió enviar una expedición para encontrar alguna comunidad indígena que les proporcionara alimentos, pero sus enviados prefirieron desertar y lo abandonaron.
Llovía sin cesar. Los hombres de Gonzalo ya no querían saber nada de El Dorado, su único deseo era volver a Quito. Al fin en agosto de 1542, más de un año después de su partida, algo más de 100 hombres, de los más de 4000 que componían la original expedición, lograron encontrar el camino de regreso. Cuando llegaron a Quito parecían haber retornado del infierno: envueltos en harapos y pieles, los cuerpos cubiertos de llagas, y tan consumidos que resultaban irreconocibles. En todo ese tiempo recorrieron a pie un enorme círculo de 3500 kilómetros, sin haber encontrado ni un solo gramo del dorado metal.