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miércoles, 18 de junio de 2008

LA TASA ROTA

Allá por el siglo XVII en la ciudad de Edo, que viene siendo la actual ciudad de Tokio, en Japón, un afamado anticuario llamado Fushimiya fue a una casa de té, donde después de disfrutar de la tradicional bebida oriental, se quedó observando detenidamente la tasa vacía. Antes de salir, pagó por el té y le compró la tasa a la dueña del negocio.
Una vez que Fushimiya se marchó, un artesano local que había observado toda la escena, se acercó a la anciana propietaria de la casa de té para preguntarle quién era aquél hombre. La mujer le reveló que se llamaba Fushimiya y que era el más grande conocedor de piezas de arte en el Japón. El artesano salió corriendo y una vez que dio alcance a Fushimiya le rogó que le vendiera la taza, ya que pensaba que su este gran conocedor la había comprado, seguramente era una pieza valiosa.
Fushimiya se echó a reír y le explicó al artesano que la taza no tenía ningún valor, que tan solo la compró porque observó que el vapor se quedaba suspendido sobre ella de una forma muy extraña, y que seguramente tendría alguna grieta en alguna parte, y como sentía demasiada curiosidad por el fenómeno, decidió comprarla para verlo más detenidamente en casa. Pero el artesano no quedó muy convencido de la explicación e insistió en que le vendiera la taza, así que Fushimiya no tuvo más remedio que ceder a la petición.
El artesano llevó la taza ante distintos expertos, pero todos le dijeron lo mismo: “la taza era una taza común y no valía prácticamente nada”. El artesano no podía creer lo que le decían. Perdió demasiado tiempo y dinero yendo con los anticuarios, descuidando incluso su negocio. Al final, desesperado, acudió nuevamente ante Fushimiya para explicarle su problema.
El anticuario escuchó el calvario del pobre artesano, quien estaba obsesionado con la taza, y para reparar el daño que sentía haberle causado, le compró la tasa en 100 monedas de oro. Todo ello como un simple acto de bondad. Pero la voz se corrió entre los anticuarios y coleccionistas y pronto Fushimiya recibió una buena cantidad de propuestas para que les vendiera la famosa taza, ya que si había pagado 100 monedas de oro por ella, seguramente valía mucho más. Fushimiya intentó explicarles la situación, pero nadie quiso creerle, así que se decidió reunir a todos los compradores para realizar una subasta.
Durante la subasta hubo dos compradores que ofrecieron pagar por la tasa 200 monedas de oro, y comenzaron a pelearse porque cada uno alegaba ser el que había hecho primero la propuesta. Entre tantos jaloneos, alguien movió la mesa, la taza cayó al suelo y se rompió en varios pedazos. Como la taza se rompió antes de efectuarse la transacción, todos se marcharon, mientras que Fushimiya recogió los pedazos y reparó la tasa, misma que luego guardó dando por terminado el asunto.
Años después llegó ante Fushimiya un gran maestro del té y le pidió ver la famosa tasa, sabiendo que la había reconstruido. El anticuario se la mostró. Luego el maestro la observó detenidamente y le ofreció una buena cantidad de monedas de oro, que superaba a todo lo antes propuesto. Fushimiya, quien era un hombre muy honesto, le explicó que la tasa, ahora que estaba rota y reparada, no valía absolutamente nada. Pero el maestro del té le contestó: “Ya se que la tasa es una tasa ordinaria y no vale absolutamente nada. Lo que la hace realmente valiosa es la historia, y por eso vale la pena lo que pago por ella”.
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martes, 17 de junio de 2008

GABY, EL SOLDADO MEXICANO

Lo llamaban Gaby, aunque su auténtico nombre era Guy Gavaldón. Era un chico de la calle que vivía en el barrio este de Los Angeles, ahí donde se concentra la población chicana. No tenía absolutamente nadie que cuidara de él. Era un niño huérfano hijo de inmigrantes mexicanos. Así que pasaba los días como bolerito o haciendo cualquier tipo de trabajo eventual para sobrevivir y por las noches dormía en algún rincón de la calle, ahí donde pudiera resguardarse de las inclemencias del tiempo y protegerse un poco de las pandillas o mal vivientes.
Cuando tenía 12 años, una familia de inmigrantes japoneses, conocedores de su situación, decidieron adoptarlo. Así que Gaby supo por fin lo que era tener una familia y vivir lleno de cariño. Por supuesto que aprendió todas las costumbres de los japoneses y algo que sería de suma trascendencia en su vida: aprendió a hablar muy bien el japonés.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Gaby se enlistó en la Marina de Estados Unidos. Al enrolarse como soldado raso informó a sus superiores que hablaba bien el japonés, por lo cual de inmediato la Marina lo comisionó a la Unidad de Inteligencia Naval R2, destinada al Pacífico.
Su primera labor fue como intérprete e interrogador de los prisioneros japoneses. Más luego le tocó participar en la invasión de las islas Marianas, llegando a la llamada Saipan, la isla principal, estratégico bastión ocupado por Japón.
Los japoneses la defendieron a muerte. Su código de honor les impedía caer presos, por lo cual preferían morir a ser capturados. El ejército japonés había aleccionado muy bien a sus combatientes, haciéndoles creer que si los americanos capturaban a sus familias, a sus hijos, los iban a rostizar y se los comerían. Por ello, cientos de civiles, campesinos y pescadores, se lanzaban desde los riscos de las islas al ver que se aproximaba el enemigo. El propio Gaby fue testigo de cómo los padres de familia lanzaban a sus pequeños al vacío, en una escena que horrorizaría hasta al más desalmado.
La batalla fue tan dura, que durante las primeras 15 horas, hubo un total de 30 mil muertos sumando los de ambos bandos. Ante semejantes acontecimientos, el comandante de la Unidad temía que hubiera demasiadas bajas, ya que los japoneses nunca iban a aceptar rendirse pacíficamente. Más Gaby se atrevió a realizar algo por su cuenta, aunque esto era demasiado arriesgado.
Realizó una expedición en solitario por Saipan, encontrándose a tres soldados japoneses heridos, que se habían escondido entre varios cadáveres. Al descubrirlos Gaby les ordenó rendirse, gritando en perfecto japonés. Uno de los soldados quiso disparar, pero fue acribillado por Gaby. Los otros dos aceptaron rendirse. Cuando volvió al campamento con los dos prisioneros, en lugar de felicitaciones recibió una magnífica reprimenda de parte del Capitán. Le prohibieron estrictamente realizar incursiones en solitario. Si desobedecía la órden sería arrestado y enjuiciado. Pero Gaby desatendió la orden y a la noche siguiente salió de nuevo regresando con 12 prisioneros. El Capitán se mostró molesto, pero no tomó ninguna medida por su insubordinación. Así que Gaby salió de nuevo la siguiente noche y esta vez regresó con 50. Y casi sin disparar un solo tiro.
¿Cómo lo lograba? Simplemente hablando con los japoneses. Gaby tenía un gran poder de persuasión y hablaba japonés, lo cual era una enorme ventaja. Una mañana acorraló a dos soldados japoneses y los convenció de entregarse. Les dijo que tenían totalmente rodeada la isla, con artillería, barcos y lanzallamas. Les dijo que lo mejor era rendirse, que serían tratados con un código de honor, los tratarían con dignidad manteniéndolos prisioneros hasta que terminara la guerra después de lo cual serían regresados al Japón, sanos y salvos.
Gaby habló y habló y habló. No había necesidad de morir, cuando podían rendirse en condiciones honorables. Y logró convencerlos, pero eso no fue todo. Uno de los soldados japoneses le dijo “Tengo que hablar con mi superior, hay más compañeros en aquella cueva”. Gaby aceptó a que éste volviera a la cueva, mientras él permanecía con el otro soldado japonés allí mismo. Poco después regresó el soldado con varios oficiales japoneses y sus escoltas. Dignos, serios y bien armados. Venían a dialogar.
Le preguntaron a Gaby el significado de su propuesta. Él les ofreció cigarrillos, les pidió que se sentaran para dialogar y les dijo “Mi general admira su valor y ordena a nuestras tropas ofrecer a los sobrevivientes de su intrépida hazaña de ayer entregarse pacíficamente. Serán llevados a Hawai, donde hay hospitales para atender a sus heridos. No debe haber más baños de sangre”. Hablaron durante largo rato y parecía que los japoneses no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer, más de pronto aceptaron la propuesta. Regresaron los japoneses a la cueva y Gaby vio como comenzaban a salir soldados. Filas, filas y filas.
Gaby no podía creerlo. Había toda una compañía adentro: cientos y cientos de soldados japoneses armados. La escena era impactante. Ellos eran alrededor de 800, rindiendo sus armas ante un soldado mexicano de tan solo 17 años. Fácilmente pudieron haberlo echo picadillo.
Ningún soldado americano, ni antes ni después, en toda la historia de Estados Unidos ha logrado capturar a tantos enemigos como Guy Gabaldón, el gamoso Gaby. En total fueron 1500, entre civiles y militares, durante aquella campaña en Saipan.
Después de la guerra, su capitán, envió una recomendación al gobierno de Estados Unidos para que le dieran a Gaby la Medalla Congresional del Honor. Más no fue aceptada la propuesta. ¡Cómo dársela a un mexicano!. Pero en cambio le fue entregada la prestigiosa Cruz de la Marina.
Su historia fue llevada a la pantalla en una película llamada “Del infierno a la eternidad”, aunque el papel lo interpretó un gringo: Jeffrey Hunter.
Cincuenta años después Gaby volvió a Saipan. Eran los años ochentas y se instaló en la isla, más luego se horrorizó al ver el alto índice de criminalidad que ahí prevalecía. Por lo cual emprendió un programa para apoyar a la juventud de Saipan y rescatarlos de aquél ambiente de violencia. Hoy su nombre es bien recordado por los habitantes de aquél lugar.
Y pensar que Guy Gabaldón, Gaby, era un niño mexicano que boleaba zapatos para sobrevivir.
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EL TESORO EN EL CORRAL


Don Tolentino tenía su casa detrás de la vieja iglesia de mi pueblo. Una casa como tantas otras, hecha de adobe, con sus dos cuartos de vivienda, una pequeña cocina y un cuarto para guardar las herramientas de labranza y el maíz y frijol de la cosecha. Una familia humilde, demasiado humilde, con su retagila de hijos, alimentados a base de tortillas y frijoles de la hoya, quizás un huevo frito, un vaso de leche y tacos de chile.
Don Tolentino no tenía ningún oficio en especial, era simplemente uno más de los campesinos del pueblo; su único sueño era conseguir un poco de dinero para llevar a tino, su muchachito, a Guadalajara, a ver si algún médico le daba un buen remedio para curarlo de la cabeza.
Cierta noche, cuando ya los chamacos se habían acostado y Don Tolentino se encontraba mordisqueando una tostada recién salida de las brazas, él y su mujer que le acompañaba, vieron un destello de luz en el corral. La noche era demasiado oscura, el ranchito era tan insignificante que ni luz eléctrica tenía, así que la luz no provenía de ningún foco ni nada que se le pareciera.
Pensaron que alguien andaba en el corral y se levantaron presurosos y se asomaron por sobre la cerca, entonces vieron una pequeña flama azulosa ardiendo a un lado del viejo naranjo, precisamente a medias del corral. Don Tolentino pensó que aquello se estaba quemando y corrió a sacar un balde de agua del pozo, más cuando llegó la flama había desaparecido sin dejar rastro alguno de estiércol quemado.
En la oscuridad de su cuarto, ya acostados en la rústica cama de tablas con su colchón hecho de algodón de pochote, un árbol que se da en los cerros de los alrededores; Tolentino seguía pensando en aquella luz del corral. -¿No será un tesoro enterrado?- Preguntó en voz alta a su mujer, más ella, que estaba demasiado cansada y rendida por el sueño, le contestó apenas con un quejido. Más Tolentino insistió –dicen que donde arde es que hay un dinero enterradito- Doña Lupe, que no creía en semejantes cosas, le arengó –ya duérmete, nosotros nunca vamos a salir de pobres- luego más la cobija, para taparse del viento helado que se colaba por una rendija de la puerta y se volteó contra la pared, dando por concluida la conversación. Más Tolentino tardó mucho en dormir y cuando logró hacerlo, un remolino de sueños distorsionados hizo presa de él, y todos ellos estaban relacionados con el tesoro que estaba enterrado en el corral.
Doña Lupe se despertó muy de mañana, sintiendo la cama muy fría, le faltaba el calor del cuerpo de Tolentino. La vieja puerta rechinó cuando se asomó al patio y desde ahí pudo ver a Tolentino urgando en el estiércol del corral. Tomó la raída cobija de la cama, se la colocó en sus espaldas y fue hasta la cerca. –No se ve nada de nada- le dijo Tolentino totalmente desconcertado. –Aquí no hay ni rastros de ceniza-
-Mejor tráite unos leños para encender la lumbre y hacerte un café, está muy fría la mañana- le recomendó ella. Y Don Tolentino aún dio un par de puntapiés con el guarache, en el estiércol, antes de atender la recomendación. Pero siguió sin encontrar la huella de la flama.
Allá en la plaza, envuelto como tamal con una cobija de rayas, se encontró a su compadre Alberto, a quien ni siquiera contestó el saludo, tan solo le comenzó a contar la historia. –Pues si Dios quiere y la Virgen se arma, a lo mejor se encuentra ahí unos centavitos- No tardaron en ponerse de acuerdo y al rato con un pico y una pala se pusieron a escarbar a un lado del naranjo. Abrieron un enorme agujero, pero no encontraron nada de nada. Se pasaron todo el día en la faena, removiendo toda la tierra alrededor del naranjo. Doña Lupe se sintió molesta, porque la vaca se quedó encerrada y si no comía como debía de ser, al día siguiente no daría leche ni para amamantar el becerro.
Después de cuatro o cinco días, el corral quedó más revuelto que si hubiera en él un criadero de puercos. Más Don Tolentino no quedó satisfecho. Todos en el pueblo supieron la noticia y cada quien le dio su opinión. Al final aceptó la que le pareció más buena, así que fue a Juchipila y contrató a un señor que tenía una maquinita para localizar tesoros, esperando solucionar así su problema.
Por más que Doña Lupe corrió a los curiosos, el corral se llenó de gente y aquello parecía una fiesta. Don Juan, el flacucho vejete de la maquinita, puso cara de científico y con más solemnidad que el cura en sus misas, procedió a pasar la maquinita sobre el estiércol, como quien pasa aspiradora por alfombra. La pasó por un lado, luego por otro y fue peinado espacio por espacio, hasta que hubo señal de que había algo enterrado. Ahí se pusieron varios de los acomedidos, dirigidos por Don Tolentino a escarbar el estiércol, donde ya antes se había escarbado. Palada tras palada fue removida la tierra, fue necesario echar abajo el naranjo, y al final después de mucho escarbar lo único que se encontró fue una desgastada herradura de caballo. Eso era lo que marcaba la máquina.
Los vecinos se marcharon; a Don Tolentino no le dolió la vergüenza de no haber encontrado nada, le dolió el dinero gastado, que ni siquiera era suyo, porque lo pidió prestado para rentar la maquinita. Y además el corral que quedó hecho una inmundicia, y cuando vinieran las aguas se convertiría en un atascadero. Y para colmo el naranjo, que en tiempos de calores daba sus buenos costales de naranjas.
A doña Lupe le molestó, además de todas estas cosas, que Don Tolentino clavara la herradura ahí arriba de la puerta, que “disque pa’ la buena suerte”. Y rogaba adiós que no ardiera nunca más, porque así como era Don Tolentino, capaz que hasta tumba la casa, donde seguramente encontraría un clavo lleno de mojo, o alguna otra herradura que más que símbolo de buena suerte, sería un manifiesto de su eterna desgracia.

domingo, 15 de junio de 2008

VER POR PRIMERA VEZ



¿Cómo cree usted que reaccionaría una persona de aproximadamente 30 años, que hubiera sido toda su vida un invidente y de pronto, gracias a una intervención quirúrgica, tuviera la oportunidad de ver por primera vez?
Quizás usted piense que caería de rodillas dando gracias a Dios por el milagro, o tal vez saldría brincando y gritando lleno de júbilo por el don recibido, más nada de esto es común cuando suceden este tipo de casos. En la actualidad, gracias a los avances de la ciencia y la medicina, muchos invidentes han logrado obtener la vista y sus reacciones no crea usted que fueron en todos los casos positivas.
En primer lugar hay que aclarar que después de la intervención y un poco de convalecencia, no se le quitan al paciente las vendas de los ojos y ya está listo para gozar de las maravillas del mundo. Se requiere de un apoyo psicológico profesional, para que el paciente logre adaptarse positivamente a su nueva forma de vida. Es un proceso en el cual poco a poco se irán descubriendo sus ojos a la luz. Aunque estos ya tengan toda la capacidad para ver las cosas de su entorno, su cerebro no tiene la información apropiada para asimilar el entorno.
En primer lugar su visión será borrosa y deficiente, más cuando su cerebro logre procesar la dimensión y formas de las cosas que le rodean, se requiere de un apoyo informático para darle a conocer que es cada cosa que ve. Este proceso puede provocar un estado emocional caótico, que podría llevar a la persona a una difícil situación anímica, al grado que prefiera cerrar los ojos para volver nuevamente a su anterior estado de invidencia.
El Dr. Marius Van Senden, nos relata sobre este tipo de situación en algunos de sus pacientes, que después de una intervención quirúrgica lograron recuperar la vista. Nos dice que un nuevo vidente es un “analfabeta visual”, alguien que tiene que aprender el significado de lo que ve. Es como aprender un nuevo lenguaje de formas y colores. Todo se vuelve un complejo crucigrama que deben de resolver. Por ejemplo, les es imposible entender la profundidad de los espacios, las luces y las sombras. Caminar con los ojos abiertos les es mucho más difícil que con los ojos cerrados. No entienden siquiera lo que es el rostro de una persona. Hasta que la ven hablar se dan cuenta por la boca salen las palabras. Se sienten confusos y asombrados de que todas las personas sean diferentes fisicamente. Y por supuesto que les es totalmente absurdo el entender nuestros conceptos de la belleza. Una mujer de belleza escultural, no le resultará más hermosa que una mujer obesa y de rostro desagradable.
Y aunque todos los nuevos videntes pasan por una etapa crítica antes de adaptarse a su nueva situación, al final prácticamente todos terminan por adaptarse y vivir agradecidos por el inmenso don que es tener la vista. A partir de ese momento, al abrir por las mañanas los ojos, siempre traen consigo una sonrisa, sintiendose inmensamente agradecidos, de un bien que por desgracia nosotros ya ni siquiera sabemos lo que esto significa.

LA ISLA DE LAS MUÑECAS



Era un viejito medio encorvado, flaco y de baja estatura. Le llamaban “la coquita”, así como el diminuto pajarillo que habita en la zona chinampera de Xochimilco. En realidad se llamaba Julián Santana Barrera, pero eso casi nadie lo sabía.
Vivía en un pequeño islote de los canales, donde cultivaba hortalizas y verduras, mismas que luego llevaba a vender al tianguis del pueblo, terminando su faena del día echándose sus buenos tragos en la pulquería de “Los cuates”. No hablaba con nadie, se mantenía apartado de todos, y la verdad es que nadie intentaba hacerle plática, porque ya sabían que el viejito era bastante retraído.
Más un día, y por quien sabe que extraña razón, le dio por andar en los barrios pregonando la palabra de Jesús. Ni quien le hiciera caso, más él no perdía el ánimo y hablaba y hablaba hasta que se cansaba de lanzar infructuosamente sus palabras divinas, terminando por dedicarse a rezar una serie de letanías que la verdad ni se le entendían.
Algunas veces fue agredido. En esos tiempos no era bien visto el andar de predicador fuera de la iglesia. Después le dio por juntar muñecas rotas, destartaladas y sucias de la basura. Y las fue colgando afueras de su choza y en los árboles de su pequeño islote. Todo el sitio estaba lleno de muñecas. Algunas sin brazos, otras sin piernas, hasta muñecas descabezadas.
Aquél viejito de calzón blanco amarrado en las rodillas y con un jorongo que no se quitaba ni en tiempos de calor, dejó de ir al pueblo. Comenzó a vivir como un ermitaño apartado de todos. El lago se cubrió de lirios y llegar hasta su vivienda se hizo imposible. La gente pensaba que tal vez había muerto sin que nadie le prestara auxilio ni le hiciese compañía.
Un día se hizo un rescate ecológico de los canales. Se comenzó a quitar el lirio que los había invadido y los periodistas fueron tras la noticia. ¿Qué había pasado con “la coquita”?. ¿Seguiría vivo?. Y sí, ahí estaba en su islote, más sucio y avejentado, negándose a dar entrevistas.
Vivía en una chocita de chinami, carrizo, ramas de ahuejote y zacatón. Los periodistas insistieron, más él amenazaba con su bastón a los intrusos que se atrevían a acercarse a su propiedad. Hasta que un día, un periodista llegó acompañado del muchacho que le servía los jarros en la pulquería. Y el anciano aceptó que pusieran pie en su islote.
En un principio no quiso responder a las preguntas. Después, al ir agarrando confianza les hizo saber que su hermana le llevaba diariamente su comida, y que su sobrino se llevaba la verdura a Xochimilco para venderla.
Se sentía a gusto se sentía a gusto con la soledad y a lo único que le temía era a los malos espíritus que rondaban por ahí, ya que amenazaban con destruir sus plantíos.
¿Y las muñecas?. –le preguntó el reportero- “Oh! Las muñecas son para ahuyentar a los malos espíritus” les contestó.
Dijo que él trajo las primeras recogiéndolas de la basura del pueblo, después milagrosamente comenzaron a llegar solitas a su casa, convirtiéndose en su única compañía. Y platicaba con ellas y las quería como si fueran sus hijas. Incluso tenía su favorita, una que llamaba “La Moneca”. Siempre la llevaba consigo porque era la que más lo entendía.
Su choza la tenía llena de mulitas que hacía con hojas de maíz, las colgaba del techo para verlas girar con las corrientes de aire que entraban por la puerta.
La paredes estaban llenas de cruces que hacía con pedazos de madera de ahuejote, intercaladas entre fotografías recortadas de los periódicos y que eran de políticos, artistas y hasta gente desconocida.
Su cocina estaba al aire libre, con un tlecuil hecho de lodo, un comal de fierro y muchas carpas secas colgando de un árbol, que había pescado frente a su chinampa.
Un día Don Julián le mostró con júbilo a su sobrino el gran pescado que atrapó con su anzuelo. Le dijo que ya se le había escapado varias veces. Pero también le comentó que había escuchado de nuevo cantar a la sirena. Le estaba llamando porque se lo quería llevar. Pero ya sabía como burlar su engaño, todo era cuestión de que se pusiera a cantarle a ella, para no caer en la tentación. Su sobrino, antes de partir a ordeñar las vacas le recomendó que tuviera cuidado.
Más tarde regresó el sobrino y no lo encontró en la choza, tampoco en la hortaliza, así que recorrió presuroso todos los rincones del islote, hasta que lo vio entre las aguas. “La coquita”, aquel anciano de 80 años de la isla de las muñecas, flotaba ahogado cercano a la orilla. El pobrecillo de Don Julián no pudo esta vez resistir la seducción de la sirena.

UN SANDWICH EN EL BOTE DE BASURA


Me llamó la atención que le pidiera a la cajera que empacara el sanwich en una bolsa aparte. Después reparé de nuevo en él cuando lo vi sentado en una de las bancas del parque. El calor era insportable y yo me había detenido a beberme la botella de agua antes de tomar el tren. Entonces me sorprendió que de pronto, aquél hombre se levantara y colocara la bolsa con el sándwich, arriba de un bote de basura. ¿No le habrá gustado?... No, no era eso, porque ni siquiera había abierto la bolsa.

Me quedé bastante intrigado, más poco después mis interrogantes comenzaron a dispiarse. Me dí cuenta que aquél hombre seguía con la vista a una viejecilla encorbada que iba por los botes de basura sacando algunos desperdicios. Y de pronto llegó a donde estaba la bolsa con el sandwich. La abrió y mostró una gran sonrisa mientras sacaba su contenido. Seguramente traía hambre, porque de inmediato le dió la primera mordida y prosiguió su camino saboreando aquél exquisito manjar. Aquél generoso desconocido, también sonrió, luego se levantó de la banca y continuó su camino.

Nos encontramos luego en la estación del tren y no resistí la tentación de preguntarle el porqué no le había entregado el sandwich en mano a la anciana. El hombre se mostró un poco turbado, ni siquiera se dió cuenta que había descubierto su bondadoso acto. Un tato ruborizado me dijo: "Es que me agrada mucho ver la cara de sopresa que pone la anciana. Esa viejita siempre se sorprende, y me gusta ver como se pone feliz con su buena suerte. Además si se lo doy en la mano siento que la humillo". La verdad que me sorprendió aquél hombre con su delicadeza. Hasta para dar, hay que saber hacerlo.


Días después pasé por el mismo lugar y a la misma hora y ví de nuevo a este hombre sentado en la banca. A su lado había una bolsa de plástico con unas manzanas. Por supuesto que ya sabe usted que también aquella bolsa iría a parar a la basura. ¡Aun hay ángeles en la tierra!

LA FORTALEZA DE ALMUT

Almut, era una grandiosa fortaleza, que se encontraba en medio de los montes de Elburz, al norte del actual Iran, no muy lejos del mar Casio, donde el terreno árido y desolado se convierte en agrestes cordilleras y valles recónditos de una naturaleza exuberante. Al sitio se le conocía como “el nido del águila”, y era un lugar prácticamente impenetrable. Enormes paredes verticales de cientos de metros de roca impedían cualquier intento de acceder a la fortaleza por otro camino que no fuera el angosto pasadizo que llevaba a la puerta principal, siempre resguardada por fieles seguidores del que fuera conocido como “El Viejo de la Montaña”.
Se llamaba Hassan Ibn Sabbah, un líder fanático de la fe ismaelita cuyo corazón se encontraba lleno de odio y sed de venganza. Tiempo atrás había jurado vengarse algún día del visir Nizzam, debido al cual Hassan había perdido el favor del sultán. Y esta turbulento sentimiento le llevó a reclutar jóvenes de los míseros pueblos de la comarca para fundar su imperio. Estos jóvenes se sometían absolutamente a su voluntad, el cual los entrenaba e inflamaba en la defensa de su fe, con promesas de un paraíso que podía mostrarles en vida.
Hassan había construido en su fortaleza el jardín más hermoso del mundo. Tenía toda clase de frutos, alrededor de los más hermosos palacios de la tierra, llenos de pinturas de animales y pájaros.
Había cañerías que fluían algunas con agua, otras con vino y otras con miel. El sitio era atendido por hermosos muchachos y muchachas que sabían tañir, cantar y bailar. Ahí solía llevar a pequeños grupos de sus seguidores para que conocieran lo que era una pequeña parte del paraíso. Tan solo llevaba a tan hermoso lugar a aquellos jovencitos destinados a una misión importante. Días antes de partir, Hassan drogaba a los elegidos sin que se dieran cuenta y los trasladaba en trance hasta su réplica secreta del paraíso. Eran recibidos por las doncellas que los acompañaban con cantos, placeres y diversiones, de modo que tras aquella deslumbrante experiencia, estarían dispuestos hasta dar la vida con tal de volver al paraíso, ya que sabían que la muerte sería su ingreso directo a aquél portentoso sitio de maravillas.
Los sarracenos de la comarca creían verdaderamente que ése era el paraíso. Por ello se convirtieron en los más temidos asesinos de la región. El primero en caer ante aquélla turba de fanáticos fue Nizzam-el-Molk, de quien Hassan había jurado vengarse, luego le siguieron muchos otros poderosos, en una espiral de atentados que se multiplicaban con los años, a medida que se ganaban más adeptos para la causa ismaelita.
El terror se expandió por toda Persia y dice la leyenda que el mismo Omar Khayyam, el ilustre poeta, llegó un día hasta los pies de Hassan con la intención de hacerle desistir de su locura. A pesar de que Khayyam y Hassan habían sido amigos en su juventud, no logró doblegar las perversas ideas de “El Viejo de la Montaña”. Khayyam se retiró de Amat y jamás pudo despejar la profunda tristeza y desilusión que le embargaba, al ver un mundo que enloquecía a su alrededor.
Parecía que nada podía detener la terrible máquina de terror que venía de aquellas montañas malditas. Hasta que un día llegó un enemigo más poderoso y terrible: los mongoles. El año de 1277 sitiaron la grandiosa fortaleza. No podían acceder a ella, así que sencillamente se quedaron rodeándola hasta que cayera. Se acabaron los frutos, se secaron los jardines, se agotaron las provisiones y llegó el hambre y la enfermedad. El hermoso paraíso terrenal se convirtió en sitio de basura y podredumbre. Fue por ello que Hassan un día abrió las puertas y cayó desfallecido ante sus enemigos quienes ahí mismo le dieron muerte.

LA ESCALERA DE ALEJANDRO

Cuentan que Julio César se puso a llorar el día que cumplió sus 33 años. No era precisamente de felicidad, sino por no haber logrado igualar a esa edad las hazañas de Alejandro Magno, a quien admiraba demasiado. Alejandro fue el más grande líder de la historia. Falleció precisamente a los 33 años, más para entonces el logro de sus conquistas se había extendido hasta el Oriente.
Alejandro Magno fue inteligente, astuto hasta el extremo y emprendedor como pocos. Un joven impetuoso cuya audacia no tuvo límites, sintiéndose capaz de hacer cualquier cosa.
En cierta ocasión Alejandro debió enfrentar varios frentes abiertos y uno de los más importantes era una revuelta de las ciudades de Grecia que cada vez cogía más fuerza. Era de vital importancia llegar con su ejército desde Macedonia a tierras Helénicas y el camino más rápido era a través del Paso del Tempe que lo ocupaba un ejército de Tesalios. La única forma posible de soprenderlos era escalar el barranco del Monte Ossa para alcanzarlos por la retaguardia. Los generales que lo acompañaban rieron y no tomaron en serio tal propuesta, pero Alejandro totalmente decidido insistió con dureza. Con cierto cinismo no faltó quien le dijera que para lograrlo deberían de tener alas. Alejandro le respondió: “Vamos a esculpir a marchas forzadas una escalera sobre el peñasco y pasaremos”. Luego dio las órdenes pertinentes. Mandó traer a 500 mineros del Pangeo, a quienes prometió una excelente recompensa y la libertad si en diez días le hacían una escalera en la montaña y por el lado del mar, para no ser vistos.
El incentivo funcionó mejor de lo esperado, en siete días Alejandro tenía su escalera lista. En partes de madera y en partes tallada en la piedra. Aquella misma noche, la infantería Macedonia con Alejandro Magno al frente (quien fue el primero en subir), accedió hasta la retaguardia del ejército enemigo. Los Tesalios nada pudieron hacer cuando al amanecer se vieron totalmente rodeados por 3000 soldados con su Rey a la cabeza. El general de los Tesalios no quiso meterse en problemas con alguien capaz de tal hazaña y dejó pasar a las tropas de Alejandro sin que estas sufrieran una sola baja.
Cuando el hombre se decide no hay montaña alta ni obstáculo que sea capaz de impedirle conquistar su meta. Una excelente enseñanza para todos aquellos que pretenden ir más allá de lo imposible.

LA HORCA PARA MI HIJO (0008)

Había un hombre muy rico que poseía muchos bienes, una gran estancia, mucho ganado, varios empleados, y un único hijo, su heredero. Lo que más le gustaba al hijo era hacer fiestas, estar con sus amigos y ser adulado por ellos.
Su padre siempre le advertía que sus amigos sólo estarían a su lado mientras él tuviese algo que ofrecerles; después, le abandonarían. Un día, el viejo padre, ya avanzado en edad, ordenó a sus empleados que le construyeran un pequeño establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito: “PARA QUE NUNCA DESPRECIES LAS PALABRAS DE TU PADRE”
Mas tarde, llamó a su hijo, lo llevó hasta el establo y le dijo: - Hijo mío, yo ya estoy viejo y, cuando yo me vaya, tú te encargarás de todo lo que es mío... Y yo sé cual será tu futuro.
- Vas a dejar la estancia en manos de los empleados y vas a gastar todo el dinero con tus amigos. - Venderás todos los bienes para sustentarte y, cuando no tengas más nada, tus amigos se apartarán de ti. - Sólo entonces te arrepentirás amargamente por no haberme escuchado. - Fue por esto que construí esta horca.¡Es para ti!
- Quiero que me prometas que, si sucede lo que yo te dije, te ahorcarás enella. El joven se rió, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir a supadre le prometió que así lo haría, pensando que eso jamás sucedería.El tiempo pasó, el padre murió, y su hijo se encargó de todo, y así comosu padre había previsto, el joven gastó todo, vendió los bienes, perdió susamigos y hasta la propia dignidad.
- Desesperado y afligido, comenzó a reflexionar sobre su vida y vio que había sido un tonto. Se acordó de las palabras de su padre y comenzó a decir:Ah, padre mío... Si yo hubiese escuchado tus consejos... Pero ahora esdemasiado tarde.
- Apesadumbrado, el joven levantó la vista y vio el establo. Con pasos lentos, se dirigió hasta allá y entrando, vio la horca y la placa llenas de polvo, y entonces pensó:
- Yo nunca seguí las palabras de mi padre, no pude alegrarle cuando estabavivo, pero al menos esta vez haré su voluntad. Voy a cumplir mi promesa. No me queda nada más...
- Entonces, subió los escalones y se colocó la cuerda en el cuello, y pensó:Ah, si yo tuviese una nueva oportunidad...
- Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones y, por un instante, sintió que la cuerda apretaba su garganta... Era el fin. Sin embargo, la viga de la horca era hueca y se quebró fácilmente, cayendo el joven al piso.
- Sobre él cayeron joyas, esmeraldas, perlas, rubíes, zafiros y brillantes,muchos brillantes... La horca estaba llena de piedras preciosas. Junto con todo ello cayó una nota. En ella estaba escrito: “Esta es tu nueva oportunidad. ¡Te amo mucho! Con amor, tu viejo padre.”
- Pese a todos los errores que un hijo comete, un padre siempre dará otra oportunidad a su hijo.

domingo, 8 de junio de 2008

DE LA VANIDAD HUMANA (0007)

Se cuenta de Don Pedro II, emperador del Brasil, que compadecido de ver tantos pobres enfermos que andaban tirados por las calles, o morían abandonados en míseras casuchas, se hizo el propósito de levantar en Río de Janeiro un gran hospital para poder dar cabida a todo necesitado: para esto acudió a los buenos sentimientos de su pueblo. Pero el pueblo no respondió al llamamiento como él esperaba y los ricos se hicieron de oído sordo.
¿Qué hizo entonces el monarca? Conociendo los deseos de los ricos plebeyos en acceder a un título nobiliario, hizo saber que todos aquellos que aportaran una cantidad considerable de dinero, para fines benéficos, serían condecorados por el Emperador con títulos nobiliarios de marqueses, duques y condes según fuese la cantidad del donativo.
Además todos los donantes serían homenajeados en una gran placa de mármol colocada al frente del nuevo hospital de beneficencia. Pronto se llenó la lista, y el levantar el hospital fue ya cosa de poco tiempo. El día de su inauguración, fue grande la expectación por ver la gran placa de mármol cubierta en terciopelo rojo, donde esperaban ver sus nombres esculpidos. Más cuando Don Pedro develó la placa, lo único que encontraron fue una frase en latín que decía “De la vanidad humana para la miseria humana”

EL COLIBRI (0006)

Se dice que los colibríes viajan hasta 3000 km en busca de alimento y humedad. Comen néctar de flores e insectos. Y como requieren tantas calorías por lo agitado de su vuelo, consumen un equivalente a lo que sería para una persona el ingerir 130 kg. de alimento en un solo día. Pueden vivir hasta 12 años, aunque su ciclo de vida regular es entre tres y cuatro años. Su velocidad de vuelo es de 48 km/h en vuelo normal y 80 km/h en escape.
En México y algunos países de América Latina, este hermoso animal, por desgracia, es cazado para efectos de brujerías y cosas por el estilo. Por ello casi me dio el infarto cuando fui por primera vez en mi vida a un tradicional mercado de mi ciudad, y vi bastantes colibríes disecados a la venta en un puesto de yerbas medicinales y artículos propios para la magia y brujería. Me pareció un crimen imperdonable.
Años después, entré a un pequeño restaurante, y después de haberle dado mi orden al mesero, abrí un libro y me puse a leer, pretendiendo hacer más amena la espera. Más no bien había comenzado la lectura, cuando de pronto entró al negocio un colibrí. Se quedó a medio restaurante batiendo sus alas, dejando a los presentes con las bocas abiertas y mudas por el asombro. ¿Qué hacía un colibrí ahí? Seguramente había entrado por accidente.
Después de unos breves momentos de mantener su vuelo estacionario, giró bruscamente dirigiéndose a una de las mesas, casi a la altura de los ojos de los comensales. Luego fue a otra y a otra, sin que nadie hiciera el menor intento de tocarlo. Todos sonreíamos con los ojos bien abiertos y llenos de incredulidad. ¡Que hermosísima avecilla. El colmo fue cuando con un rápido giro y ante mi total sorpresa se metió debajo de mi mesa, y al asomarme para buscarlo, con asombro me dí cuenta que se había parado, agarrándose con firmeza de la parte baja de mi pantalón.
Me sentí asombrado y lleno de desconcierto. Los clientes del restaurante se pusieron de pie para mirar lo que sucedía. Mientras yo, sin siquiera pensarlo un poco, extendí mi mano y lo tomé. El colibrí no opuso la menor resistencia, más todos los presentes pusieron cara de molestia y no faltó quién me suplicara que no le hiciera daño. Con aquél pequeño tesoro entre mis manos, me levante y abandoné la mesa, sintiendo la angustiosa mirada de todos sobre mí y su enorme desconcierto. Salí a la calle, y una vez ahí, abrí mi mano y lo dejé partir.
Pensé que volaría alejándose de inmediato del lugar, pero se metió de nuevo al restaurante, dio un rápido recorrido por entre las mesas, como para que todos lo disfrutaran de nuevo, y un minuto después salió del lugar, dejandonos a todos con una sonrisa en los labios y sin poder asimilar plenamente aquél insólito hecho.

MIGUEL Y MARIANA (0005))

Miguel era conocido de todos en la colonia. Traía siempre consigo un buen puñado de credenciales que supuestamente lo acreditaban como policía, lo cual le daba autoridad para notificarles a quienes se encontraba a su paso que si se portaban mal los llevaría a la cárcel. Por supuesto que todos le afirmaban ser buenos chicos, así que no había problema alguno.
También era muy común verlo con una revista de modas bajo el brazo, misma que le mostraba a todos los amigos, haciéndoles ver cuál sería el vestido que compraría para casarse con su amor eterno, Mariana, una guapa chica a la que adoraba y a quien jamás dejó de expresarle sus sentimientos.
Mariana lo quería mucho. Aunque era 20 años más joven que él, y además Mariana… tenía novio. Lo cual por supuesto no era muy del agrado de Miguel, quien se encelaba cuando la veía con el otro chico y amenazaba con traer una patrulla para que lo arrestaran, más las palabras dulces de Mariana, y su sonrisa cautivadora lograban aplacar el ánimo de su eterno enamorado y todo quedaba en paz.
Miguel nunca puso fecha para su boda con Mariana, siempre pregonaba que se casaría con ella, qué tipo de vestido le compraría e incluso invitaba a todos a la boda, más jamás les dijo cuando.
Un día a Miguel le detectaron cáncer y fue su enfermedad tan fulminante que en muy poco tiempo se consumió. Cuando ya se encontraba agonizante, Mariana llegó casa de Miguel acompañada de su mamá. Se acercó al lecho de su eterno enamorado y le hizo una pregunta: ¿Miguel quieres casarte conmigo?. La mirada de Miguel se iluminó cual si volviera a recobrar su plenitud de vida. Y apenas balbuceó un "Sí". Ella sacó de su bolso un par de anillos y en un momento lleno de emotividad, tomó la mano del moribundo y puso el anillo matrimonial en uno de sus dedos, mientras le decía: "Miguel, yo Mariana, te aceptó como mi esposo y prometo serte fiel por todos los días de mi vida". Después le dió a Miguel el otro anillo para que lo colocará en el dedo de Mariana. Él no fue capaz de pronunciar la promesa de matrimonio, solo balbuceó una frase ininteligible, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Después Mariana le dió un beso en la frente y así quedó sellado su compromiso. No hubo ningún ministro, ni juez, ni sacerdote presente. Ellos se unieron en matrimonio por la ley de su amor, hasta que la muerte los separara.
Miguel fue muy feliz aquél día, porque se cumplió su más grande anhelo. Al día siguiente falleció, cuando tenía 47 años de edad. Nunca llegó a viejo, porque siempre fue un niño a pesar de su edad. Era un niño Dawn.
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miércoles, 4 de junio de 2008

ADIVINA EL NÚMERO (0003)

Mi amigo Paulo de pronto se vio envuelto, por mi culpa o inspiración, como usted guste llamarle, en un negocio de importación de discos europeos. Porque ha de saber que me ha encantado ser encaminador de almas, aunque yo nunca emprenda mi propio camino. Y vaya que trajo cosas bonitas de Europa!.
Su proveedor le envió junto con la mercancía una buena cantidad de muestras, así que lo primero que se le ocurrió fue regalarme un disco de cada uno. Fue de esta manera como recibí de su parte, una caja con más de cien CD's diferentes.
Días después realizó una reunión con compradores de las tiendas de discos de esta ciudad; y entre tragos de caipiriña (bebida basileña) y trozos de piza, nos fue mostrando uno a uno todos los magníficos discos de su excelente catálogo.
El ambiente era muy agradable, ya que Paulo es un buen anfitrión y la música era prácticamente perfecta, así que la estabamos pasando como pocas veces en la vida. Pero aún faltaba el punto culminante de la tarde.
-Les voy a mostrar - anunció Paulo a los presentes -, un álbum bellísimo que compré en Inglaterra. Quiero advertirles que éste álbum no forma parte de mi catalogo, así que no lo tengo a la venta- Después de esto, y ante la curiosidad de todos, se inició la escucha.
Como usted ya se ha de imaginar, lo extraño, lo difícil, lo prohibido, lo imposible de alcanzar, es lo que siempre llama la atención de todos. Y esta no fue la excepción. Al tercero o cuarto tema, ya todos querían tener una copia.
A mí en lo personal no me preocupaba en lo absoluto lo que pasaba. Paulo había comprado un disco adicional y me lo había obsequiado días antes de aquella reunión.
En un arrebato de generosidad, y con el afán de complacer a sus invitados, Paulo decidió sortearlo entre los presentes. Para ello sugiró que yo escribiera en secreto un número del 1 al 30, y el que lo adivinara, sería el afortunado ganador de aquella valiosa joya discográfica.
Comenzaron luego, uno a uno a decir en voz alta un número, pero curiosamente ninguno de ellos lograba atinarle. José Luís, el que más enloqueció con el álbum, se desilusionaba con cada desacierto. En la segunda ronda, algunos de los compañeros repitieron números dichos en la primera, y nadie lograba sacarse el premio. José Luís ansiaba obtenerlo y a decir verdad yo quería que se lo ganara, porque era el único a quien realmente le gustaba ese tipo de música y seguramente quien más lo disfrutaría, ¿pero cómo hacerle?.
Ni siquiera se porque se me ocurrió. Jamás lo había intentado antes y zuiás en otras circunstancias me habrá parecido totalmente absurdo, más esta vez, sin emitir juicios de ninguna índole, se me ocurrió decirle al llegar de nuevo su turno:
¡Espera José Luís!. Te lo vas a ganar, pero tienes que hacer lo que yo te diga…
José Luís me miró confundido, y más perplejo quedó cuando le dije la forma de lograrlo.
-Cierra los ojos –
-¿Cierro los ojos?- me preguntó desconcertado.
-Claro, haz lo que te digo – le contesté enfático. Para ese momento todos reían de mi ocurrencia y comenzaban a bromear.
Paulo, quien es de mentalidad muy abierta para ese tipo de cosas, ordenó callar a todos.
José Luis cerró los ojos, extrañado pero obediente:
- Frente a ti hay una urna llena de papelitos doblados.-
-¿Dónde?
-Ahí en tu mente- le contesté- Toma uno y ábrelo. El número que veas ese es el ganador –
José Luís sonriendo preguntó -¿Y si no saco el correcto?
- No te preocupes – le tranquilicé – todos los papelitos tienen el mismo número. No puedes equivocarte.
José Luís hizo el ademán de meter la mano en una urna fantasma, simuló sacar el papelito y desdoblarlo. Mientras yo veía mentalmente la escena. Luego José Luís dijo muy seguro de sí mismo: ¡NUEVE!
¡Por supuesto que acertó!. Desdoblé el papelito que traía en mi puño y lo mostré a los presentes, quienes se quedaron mudos por la sorpresa. En él había escrito un número 9.

LAYLA, LA MUJER DE NEGRO (0001)

Layla era una chica atractiva, hija de una familia de buen nombre y fortuna, en esta ciudad de Guadalajara (México). Si bien no era una mujer muy alta, su porte distinguido y finas ropas, la hacían verse como una auténtica dama de clase.
Un día Layla se enamoró de un X caballero, y aquél romance se volvió de ensueño, trastornándole totalmente la existencia. Layla pasaba días y noches con la imagen de su amado acaparando sus pensamientos. Deseosa de atrapar para siempre aquella hermosa fantasía, rogó y suplicó, hasta que su amado galán, aceptó comprometerse con ella en matrimonio.
Como es común, en este tipo de situaciones, una vez pedida la mano de la novia, se hicieron todos los preparativos, que no eran pocos, dado que se trataba de una dama de alta alcurnia; prometiendo ser aquella celebración una de las mas notables de la época, ya que incluso la ceremonia se efecturía en la catedral de la ciudad, recinto obligado, en aquél entonces, para efectuarse los matrimonios de la aristocracia.
Pero el día de la boda, Layla se quedó esperando a su amado a la puerta de la catedral. Su anhelado príncipe huyó de la ciudad, temeroso de afrontar su compromiso, y la pobre novia regresó hecha un mar de llanto a su elegante casa, mientras la familia no sabía como ocultar la vergüenza y humillación sufrida.
El chisme corrió como reguero de pólvora. Hasta los periódicos, escasos de notas sensacionalistas, comentaron ampliamente la bochornosa historia. Mientras que Layla se aparto de la vista de todos, siendo abandonada incluso por su familia, quien la responsabilizó de aquella vergonzosa situación.
Lyla dejó de comer, recluída en su habitación terminó por agotar sus lágrimas, y sus pensamientos se volvieron tan confusos y distorcionados, que la condujeron a evadirse de la realidad. La gente, mientras tanto, murmuraba por las esquinas, que Layla estaba en cinta y por ello no salía más a la calle, incrementando con dicho rumor la vergüenza de la familia.
Pasaron los años y Layla jamás volvió a ser la misma, se sumó a ese romántico grupo de mujeres que terminan por volverse locas, a causa de una herida de amor. Su mente se escapó de la realidad y ya no le importó arreglarse, ni seguir las rutinas propias de una dama de su clase. Hasta que un día salió de su casa y comenzó a deambular por las calles. La familia se apresuró a buscarla para encerrarla de nuevo, motivados, más que por otra cosa, por el que dirán de las gentes. Más Layla escapó una y otra vez de su mansión, hasta que la familia desistió de su empeño, y la consideraron muerta, cerrando para ella y para siempre la puerta de aquella residencia.
En las calles, Layla, fue llamada la "reyna" de vagos y miserables. Dormía en cualquier rincón, bajo cualquier cornisa, teniendo como única prenda un elegante vestido negro, que con el paso del tiempo se decoloró demasiado y se volvió brilloso de tanta mugre, sin que esto jamás le hiciera perder su porte de mujer de gran clase.
Le creció el pelo tanto y tanto, que se le hizo un ernome mazacote que iba de su cabeza al suelo y de ahí regresaba a su brazo, colgando como si se tratase de un elegante manto.
La gente decía, en su chismoso oficio de siempre, que se convirtió en amante de borrachines y mal vivientes, aunque ella tan solo caminaba por las calles de la ciudad, hurgando en los botes de basura como cualquier mendigo, y sin hablar prácticamente con nadie.
Aquella enigmática mujer, la dama elegante de la calle, un día apareció muerta tirada sobre una alcantarilla. La recogieron los de medicina forense, y como es su rutina, le realizaron la autopsia. Murió, según dijeron, de muerte natural, y ademas, para poner en su sitio a todos aquellos que tanto y tanto hablaron, se aclaró en su comunicado que Layla... NUNCA DEJO DE SER SEÑORITA!.
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