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jueves, 18 de julio de 2013

EL CASAMIENTO AZTECA

Cuando un joven azteca decidía casarse, hablaba con su padre, quien procedía a enviarle regalos al padre de la novia por intermedio de un par de ancianas. Este, rechazaba los regalos manifestando que los presentes no igualaban a la dote de su hija, y esperaba a que volvieran a hacerla una nueva oferta. Así se la pasaban las ancianas, yendo y viniendo hasta que los regalos eran aceptados por el padre de la novia. En ese momento se fijaba la fecha de la boda.
Los padres de los novios debían acudir ante el sacerdote para preguntarle si los dioses estaban a favor del casamiento, si este les contestaba favorablemente, entonces ya se formalizaba debidamente el matrimonio.
Llegado el día de la boda, una de las ancianas cargaba sobre sus hombros a la novia y la llevaba a la puerta de la casa del novio. Ahí se organizaba una gran fiesta donde todo mundo era invitado y se bebía pulque en abundancia.
Después de la boda, la pareja debía ayunar por espacio de cuatro días, y solo después de haber pasado por este período de purificación les era permitido unirse en la intimidad de su nuevo hogar.
Entre los aztecas el divorcio era algo totalmente normal. El hombre podía separarse de su mujer si ésta estaba incapacitada para darle hijos. Mientras que la mujer podía abandonar al hombre si éste no cumplía con sus obligaciones como marido, llevando alimentos y vestido a su casa, o simplemente porque tuviera mal genio. Luego del divorcio ambos podían volverse a casar, tan solo en el caso de la mujer había la restricción de que no podía casarse con un hermano de su ex marido.
A los hombres les era permitido tener relaciones sexuales con otras mujeres, siempre y cuando estas no estuvieran casadas. También existía la prostitución, y era normal que la gente del pueblo entregara sus hijas a la realeza, para que los nobles las convirtieran en sus amantes.

sábado, 27 de marzo de 2010

QUETZALCÓATL Y KUKULCÁN

Allá por el mes de marzo del año de 1517, con la llegada de Francisco Fernández de Córdoba a Yucatán, los españoles se quedaron verdaderamente asombrados al ver que los nativos conocían y veneraban la cruz y poseían, además, nociones semejantes al bautismo, la comunión, el diluvio universal, la Virgen e incluso la Santísima Trinidad. Y todo esto, por supuesto, sin haber tenido antes contacto alguno con misioneros o gente de otras razas. Eran los tiempos de la conquista.
Y por si fuera poco. Los indígenas yucatecos hablaban de un dios llamado Kukulcán, quien tenía la piel blanca, la frente amplia, la barba roja y entrecana y los ojos grandes y azules. O sea, un personaje que en nada se parecía a los yucatecos o indios de américa. Y además decían que era sorprendentemente alto, que vestía con una túnica blanca que estaba adornada con una gran cruz de color rojo intenso sobre el pecho. Como si fuera todo un templario.
Lo más curioso de todo ello es que los Aztecas también hablaban y adoraban a un dios semejante, aunque ellos lo llamaron Quetzalcóatl, quien era para ellos dios y hombre, igual que Jesús, lo cual hace suponer a muchos investigadores el que muy probablemente haya llegado al continente americano un hombre de procedencia eruopea varios siglos antes que los colonizadores españoles.
Para los Aztecas Quetzalcóatl fue un gobernante y político ejemplar, inventor del calendario, descubridor del maíz, maestro agricultor, inventor del arte de fundir metales, tallador de piedras preciosas, rey de los Toltecas y dios unificador del mundo. Además como sacerdote se opuso una reacción contra la vida lujuriosa y desordenada que imperaba en Teotihuacán, que estaba ocasionando la ruina de la civilización y el imperio Azteca. Suprimió los sacrificios humanos, llevando a los aztecas hacia un profundo sentido de austeridad y misticismo apegado al ejercicio constante de los deberes religiosos.
Según la tradición se dice que Quetzalcóatl un día se marchó prometiendo que regresaría. Fue por ello que cuando en 1519 Cortés y los suyos desembarcaron en estas tierras, los indios mexicanos creyeron que su Dios estaba de regreso y le permitieron el ingreso con todo y los suyos, hasta el corazón de su impero propiciando con ello el inicio de la destrucción de su pueblo.

viernes, 23 de octubre de 2009

EL JUEGO DE PELOTA

El futbol es un juego de pelota que mueve pasiones, divierte, entretiene y muchas veces hasta genera conflictos, pero pocas veces va más allá de la diversión. En el fut bol si se pierde no pasa nada, ya habrá el momento de la revancha, y al final de un campeonato lo único que se pierde es un trofeo y punto, pero el juego de la pelota de los mayas y otras culturas prehispánicas era una cosa diferente.
El juego de pelota mesoamericano representaba la lucha diaria entre el día y la noche, entre Tezca-tli-poca y Quetzalcóatl. Era algo extremadamente importante ya que simbolizaba el acontecer cósmico, la lucha entre los poderes diurnos y nocturnos; era la lucha de los dioses, en donde el perdedor recibía algo más que una derrota.
Era una actividad sagrada que se jugaba para conocer el designio de los dioses. Un acto de magia para propiciar el movimiento de los astros, lo cual hacía posible la existencia del universo.
La cancha significaba el cielo, mientras que el movimiento de la pelota recreaba las fuerzas contrarias en pugna y a la vez en armonía: Sol y luna, día y noche, cielo e inframundo, vida y muerte.
Las canchas de juego eran de diversos tamaños, desde aquéllas con más de 150 metros de largo, como es el caso de Chichen Itzá, hasta de pocos metros de extensión. Se construyeron dentro de los centros ceremoniales, en la proximidad de los templos más importantes, y a menudo incluían santuarios y altares de sacrificio.
Eran por lo general un patio alargado, con un par de círculos de piedra empotrados en las paredes laterales. Estas eran sus porterías, ya que por esos anillos deberían hacer pasar la pelota. Además de que dichos anillos servían para dividir el campo. Se jugaba con una pelota de hule, extraído del látex de varias especies vegetales, y tenía un diámetro de 10 a 12 cm.
La noche anterior a la contienda, quienes habrían de participar en ella hacían ofrendas y penitencia. Tenían que lograr el favor de los dioses para ganar el partido.
Los jugadores se colocaban cobre el taparrabo un cinturón de cuero de venado con prolongaciones para proteger las caderas, así como musleras, rodilleras y una manopla en la mano izquierda. Además se pintaban la cara. Y para entrar al campo de juego lo hacían con sus mejores ropajes, joyas y adornos.
El juego requería de enorme destreza. La pelota era muy pesada y el juego se volvía extremadamente peligroso. Le podían pegar con las rodillas, codos, hombros y cadera. Solo se permitía un bote de pelota en el suelo, por lo que se requería de verdadera destreza y una excelente condición física para lograrlo. El juego se realizaba con violencia. Había que mantener la pelota en movimiento constante. Quien hacía que un adversario tocara la pelota con otra parte del cuerpo, o la lanzaba hasta la pared opuesta o por encima de la muralla, ganaba un punto; pero la única manera de conseguir un triunfo definitivo, en cualquier momento, consistía en hacer pasar la pelota por el anillo.
A veces se jugaba por diversión, para dirimir disputas y problemas de límites, para adivinar la suerte o para correr apuestas y aún por codicia de los jugadores, pues quien lograba hacer pasar la pelota por el anillo podía despojar de todas sus joyas y prendas a los concurrentes. Incluso se apostaban esclavos, textiles de gran valor e importantes tesoros de oro y jade, pero en otros casos, cuando el juego de pelota formaba parte de una ceremonia religiosa, los ganadores recibían toda clase de obsequios y reconocimientos, mientras los perdedores eran ejecutados de manera ritual
Cuando uno conoce los dos reducidos aros que están a lo alto de los muros y por los cuales se debía meter la pelota uno se pregunta ¿Cómo lo hacían, si nuestros jugadores de futbol tienen una portería de 7.32 por 2.44 y les cuesta notar? Bueno, la única diferencia es que cuando está en juego la vida hasta se adquiere buena puntería.

lunes, 29 de septiembre de 2008

JACINTO CANEK

Jacinto nació en la ciudad de Campeche a la sombra de un convento. Sus padres, indios mayas, estaban designados al servicio de los religiosos franciscanos, quienes muy pronto se dieron cuenta de la excepcional inteligencia y vivacidad del pequeño Jacinto, por lo que decidieron hacerse cargo de su educación.
Un fraile de la orden de San Francisco le enseñó teología, latín, gramática, moral e historia. Cuando el religioso recibió la orden de continuar su apostolado en Mérida, llevó consigo a Jacinto, el joven indígena.
Quizás se pudiera pensar que cobijado bajo el hábito de los monjes, Jacinto terminaría siendo un religioso, o al menos un devoto eternamente fiel y al servicio de Dios, o al servicio de los siervos de Dios, porque los tiempos no hubieran permitido mayor cosa. Pero el conocimiento le hizo libre. Sus ojos se abrieron y se dio cuenta de la injusticia que estaba sufriendo su pueblo.
Pronto comenzó a manifestar su rebeldía con hechos y palabras. Los monjes de la comunidad le amonestaron y conminaron a la sumisión y al silencio; más Jacinto ya no podía callarse ni someterse, por lo cual los superiores de la orden decidieron que fuera expulsado del convento.
En cuanto se le cerraron las puertas de la orden religiosa, Jacinto entendió a la perfección cual era su misión y destino, por ello se fue a la feria del pueblo, y ahí, en la esquina más concurrida, arengó a los indígenas para rebelarse contra los españoles, quienes habían venido a quitarles todo y convertirlos en sus siervos.
Jacinto era de verbo fácil, de actitud firme y decidida. Era todo un líder de corazón valiente, que hablaba a la perfección la lengua maya, por ser su lengua, pero además era perfecto su español, y sabía muy bien la historia de su pueblo. Nadie podía engañarle. Entendía que los españoles habían puesto de rodillas a su gente con dos armas poderosas: la cruz y la espada. Y era hora de liberarse de ambas.
La gente comenzó a llamarlo Jacinto Canek, en honor del último cacique de la casa maya de los itzaes Can Ek (Serpiente feroz), quien había dirigido la resistencia desde Chetumal.
Por supuesto que las autoridades españolas pronto se percataron que había un indio agitando las masas y dieron la orden de aprenderlo. Más Jacinto Canek logró escapar internándose en la selva, acompañado de un grupo de rebeldes, quienes le apoyaron para iniciar la ofensiva contra las autoridades españolas que gobernaban Yucatán.
Tras una serie de enfrentamientos entre autoridades e indígenas rebeldes, Jacinto Canek fue capturado y puesto en prisión. Pero logró escapar. Y se le capturó varias veces, más era un indio tan hábil y astuto que siempre encontraba el modo de escabullirse de las prisiones, por lo cual más tardaban en atraparlo que él en evadirse de la cárcel.
Por todas partes se comenzaron a unir los indígenas con Canek. Los indios no necesitaban de muchas explicaciones, en cuanto les llegaba el llamado a la rebeldía, mostraban un corazón decidido, porque no había indio alguno que no estuviera en contra del yugo al que se les sometía.
Aquello se estaba convirtiendo en un auténtico polvorín de proporciones gigantescas. Por lo cual el gobernador de Yucatán brigadier José Crespo y Honorato, ordenó a sus tropas, restablecer el orden en la península.
El duro enfrentamiento entre tropas y rebeldes se dio en el pueblo yucateco de Sotuta. La batalla no fue nada fácil para los indios, porque aquellos soldados estaban muy bien adiestrados y traían excelentes armas y buenas estrategias. El resultado del enfrentamiento fue de 600 indios rebeldes y 40 soldados muertos. Los indios habían logrado incendiar la villa de Kisteil, una hermosa propiedad española, más por desgracia las tropas lograron capturar a los indígenas rebeldes, siendo así como el 7 de diciembre de 1761, jacinto Canek fue conducido a Mérida como prisionero.
Canek fue acusado de Alta Traición a la Corona española y sentenciado a ser descuartizado vivo, atenaceado, quemado su cuerpo y esparcidas sus cenizas por el aire…
Esta vez los cerrojos fueron inviolables. No hubo cómplice que pudiera abrir las puertas y darle nuevamente la libertad a Jacinto Canek, por lo cual llegado el momento, la sentencia se cumplió al pie de la letra.
Se le sometió a la tortura ordenada, se destrozó su cuerpo y después fue arrastrado hasta la plaza principal de Mérida, donde se colocó a la vista de todos, como una grave señal de advertencia. Después de tan ignominioso proceso, se prendió una enorme hoguera y fue arrojado al fuego.
Cuando el fuego lo consumió todo, las cenizas fueron recogidas, se les llevó a un valle cercano a los montes y ahí se entregaron a los vientos.
La rebeldía prosiguió por mucho tiempo. El nombre de Jacinto Canek no es quizás muy conocido, pero sus cenizas aún vuelan por los vientos de esta tierra que gracias a corazones como el de Canek se ha convertido en un México libre.
Baja el Audio en MP3

lunes, 15 de septiembre de 2008

RITUAL DE MUERTE

Los aborígenes australianos forman pueblos nómadas que se dedican a la caza y la recolección de frutos silvestres. Su sistema de creencias es bastante complejo e interesante, relacionado con seres provenientes del espacio, con poderes mágicos y quienes fueron los que le dieron forma a la tierra.
Con la llegada de los europeos se provocaron numerosas guerras, hasta que al final terminaron por someterse llegando a un acuerdo pacífico. En la actualidad Australia tiene un Consejo Territorial Aborigen, que se encarga de mantener vivas las tradiciones ancestrales y el respeto a las formas de vida de los nativos.
Tal y como es de suponerse, los aborígenes australianos tienen costumbres y rituales muy especiales para los diferentes acontecimientos de la vida. Incluso varían de una zona a otra.
¿Que sucede, por ejemplo, cuando llega la muerte?. Si se trata de un guerrero, la costumbre es dejar su cadáver a la intemperie, sobre una plataforma de madera, para que la naturaleza se encargue de sus restos. Cuando no quedan más que los huesos, los recogen y los depositan en el agujero de un árbol. Este mismo procedimiento es empleado con los bebes que mueren apenas recién nacidos.
Si se trata de un hombre de respeto dentro de la tribu, toman su cadáver y lo colocan entre dos hogueras para que se reseque; al día siguiente lo untan con grasa y ocre y lo vuelven a dejar junto al fuego por un par de días más.
Con este procedimiento el cadáver se reseca totalmente, entonces lo colocan en una cabaña, con la puerta abierta para que todo el mundo llegue a ofrecerle sus respetos. Mientras, alrededor de la casa, se congregan las mujeres para llorar y gritar desconsoladas.
Cuando uno de ellos muere asesinado, sus amigos interrogan al cadáver para averiguar quien es el responsable de su muerte. Duermen cada noche junto a él hasta que, al fin, reciben en sueños la respuesta a su pregunta. A partir de entonces, no descansan hasta que han conseguido la venganza.
Es común que al enfermo agonizante, sus parientes y amigos lo saquen de su cabaña y lo tiendan sobre la hierba, sin importar las condiciones meteorológicas. Así que si está lloviendo, el pobre moribundo recibe su buena refrescada antes de partir. Junto a él colocan sus armas favoritas y objetos rituales, esperando pacientemente hasta que expire. Cuando esto sucede, le amarran un lazo al cuello como si fueran a ahorcarlo y proceden a colocarlo en posición fetal para terminar de amarrarlo con la cuerda.
Después proceden a quemar un círculo de hierba, donde luego cavarán su tumba. Cuando la fosa está terminada, la recubren con hojas secas y depositan el cadáver, así sentado en la posición fetal, junto con sus principales pertenencias. Lo cubren totalmente de ramas y hojas y sobre ellas tierra. Luego los familiares encienden una gran hoguera sobre la tumba.

lunes, 25 de agosto de 2008

CONTAGIANDO INDIOS

En 1763 las tropas inglesas se enfrentaron a grandes problemas con los indígenas del valle de Ohio. Por más estrategias que hicieron para apoderarse de sus tierras, siempre perdían las batallas. El coronel Henry Bouquet recibió una carta determinante de parte de lord Jeffery Amherst conminándole a que doblegara a como diera lugar a los indios norteamericanos, puesto que la situación le era totalmente insoportable.
El coronel Bouquet encontró la solución: envió un comunicado a los jefes de las tribus rebeldes y los citó en su fuerte para firmar un tratado de paz, comprometiéndose a no agredirlos y respetar sus tierras. Los jefes indios acudieron a la cita y el coronel en señal de buena voluntad les ofreció cobijas a todos ellos, incluso les dio muchas más para que se las entregaran a los miembros de sus tribus.
La estrategia resultó. Aquellas cobijas estaban infectadas de viruela y provocaron una auténtica mortandad en las tribus. Fue la primera vez en la historia que se utilizaron armas biológicas para ganar una guerra.

miércoles, 6 de agosto de 2008

CASAMIENTO AZTECA

Cuando un joven azteca decidía casarse hablaba con su padre y este le enviaba regalos al padre de la novia por intermedio de un par de ancianas. Este, rechazaba los regalos manifestando que los presentes no igualaban a la dote de su hija, y esperaba a que volvieran a hacerla una nueva oferta. Así se la pasaban las ancianas, yendo y viniendo hasta que los regalos eran aceptados por el padre de la novia. En ese momento se fijaba la fecha de la boda.
Los padres de los novios debían acudir ante el sacerdote para preguntarle si los dioses estaban a favor del casamiento, si este les contestaba favorablemente, entonces ya se formalizaba debidamente el matrimonio.
Llegado el día de la boda, una de las ancianas cargaba sobre sus hombros a la novia y la llevaba a la puerta de la casa del novio. Ahí se organizaba una gran fiesta donde todo mundo era invitado y se bebía pulque en abundancia.
Después de la boda, la pareja debía ayunar por espacio de cuatro días, y solo habiendo pasado por este período de purificación les era permitido unirse en la intimidad de su nuevo hogar.
Entre los aztecas el divorcio era algo totalmente normal. El hombre podía separarse de su mujer si ésta estaba incapacitada para darle hijos. Mientras que la mujer podía abandonar al hombre si éste no cumplía con sus obligaciones como marido, llevando alimentos y vestido a su casa, o simplemente porque tuviera mal genio. Luego del divorcio ambos podían volverse a casar, tan solo en el caso de la mujer había la restricción de que no podía casarse con un hermano de su ex marido.
A los hombres les era permitido tener relaciones sexuales con otras mujeres, siempre y cuando estas no estuvieran casadas. También existía la prostitución, y era normal que la gente del pueblo entregara sus hijas a la realeza, para que los nobles las convirtieran en sus amantes.

domingo, 22 de junio de 2008

NA TERESA


No recuerdo haberle dado nunca una moneda, tampoco que ella me lo haya pedido. De hecho jamás la escuché pedir, aunque no faltaba alguien que le diera algo de lo poco que se tenía. La comunidad era pobre, pero nadie se lamentaba de ello, porque nadie era tan pobre, tan pobre que no tuviera algo para llevarse cada día a la boca. El mar estaba cerca y, el indio se iba con su red y sacaba sus pescaditos del estero, o si lograba reunirse con algunos amigos, cargaban su carreta con el chinchorro y se traían sus buenas canastas de bagre.
Na Teresa era una anciana que vivía de lo que le gente le daba. A todos nos veía como hijos, aunque yo siempre me sentí como un hijo adoptivo, porque no era como los demás del pueblo. Yo era el “mecho”, palabra con que designan a los güeros en tierras zapotecas, pero ella no me llamaba con este nombre, como lo hacían los demás. No hacía distinciones y al igual que a todos me llamaba cariñosamente “shunco”, como se les llama a los pequeños de la casa.
Si nunca le di una moneda a na Teresa, no fue por falta de ganas, la verdad es que mis bolsillos siempre estaban vacíos. Trabajaba duro todos los días ayudando a los indígenas en sus labores, y mi único pago era la comida: una jícara de pozol a medio día, a medias de la faena, y para comer un pescado azado, o simplemente un plato con un queso desmoronado y una pila de totopos. Y para pasarse el bocado, nada mejor que un jarro con agua fresca del poso.
A na Teresa le gustaba escucharme cantar con la guitarra, hasta tuve que aprenderme “la llorona”, “La zandunga” y “Naila”, canciones muy amadas por esas tierras, todo con tal de complacerla. Ante mi canto ella se volvía muchacha, y sonreía sin complejos, enseñando su boca desdentada e incrementando más el manojo de arrugas que anidaban en su cara.
Alguna vez deposité en sus manos un pescado, algunos camarones frescos, y llevé un puñado de leños a su casa. Le llenaba su tinaja de agua, pero esto era demasiado poco, porque a cambio me daba tantas y tantas bendiciones, que sentía que nada compensaba lo que de ella recibía.
Cuando mi ciclo terminó y anuncie mi partida, mis amigos fueron a la casa y me llenaron de pescado y de totopos. Me dieron dinero para el viaje, cada quien un poco, pero todos con enorme cariño cual corresponde a un hermano. Me dio demasiada tristeza salir de la comunidad y dejar atrás aquellos hermanos indígenas con quien viví tan emotivas experiencias.
Por el camino, rumbo a la plaza, ya para venirme, me encontré a na Teresa. Ya iba tarde, el camión pitaba y pitaba y sabía que si no me apuraba me iba a dejar. Pero na Teresa me habló y ni modo de dejarla ahí parada, así que la saludé y le dije que ya me iba. Ella asintió con tristeza, luego se metió la mano a la bolsa de su delantal y sacó las dos monedas que había recibido aquella mañana. Me puso rojo de vergüenza cuando me las quiso entregar. Me negué de plano a recibirlas, pero ella humildemente me dijo, que no podía darme más, que era pobre y era lo único que tenía. “Tómalas me rogó, de algo te servirán en el camino”.
Las tomé casi por obediencia, las metí en el bolsillo superior de mi chamarra de mezclilla. Besé su mano lleno de gratitud y di la vuelta presuroso, porque temía que aquello me trastornara.
Cuando llegué a la capital me di cuenta que no completaba el pasaje para venirme a Guadalajara. ¡me faltaba tan poco!. Esculqué todos mis bolsillos y no encontré absolutamente nada. No sabía que hacer. Ni modo de ponerme a pedir. ¡la carencia de humildad no permite algo semejante!. Desesperado me pasé las manos por el cuerpo, y en ese momento sentí las dos monedas en el bolsillo de la chamarra. Recordé las palabras de na Teresa “de algo te servirán en el camino”. Me dio tanto gusto y emoción que se me hizo un nudo en la garganta. Luego caminé a la taquilla, compré mi boleto y todavía hasta me sobró lo suficiente para el camión urbano que me llevaría después a casa. Dondequiera que estés ¡Gracias na Teresa!

jueves, 19 de junio de 2008

QUIEN DETENDRA LA LLUVIA?


Nos cuenta el trovador Alejandro Filio que en 1996 fue invitado a presentarse en un pueblito en el estado de Tlaxcala llamado San Juan Ixtenco. La idea de participar en este evento como parte de los festejos de la Feria Del Pueblo, no le era muy de su agrado, ya que su música no es de corte popular; más la paga venía muy bien a su bolsillo en ese momento, así que aceptó un tanto renuente.
A eso de las 2:30 de la tarde se encontraba probando el sonido para la presentación, en el atrio de la iglesia del pueblo, mientras una llovizna caía sin cesar, llevando ya varios días de estar anegando al pueblo. Además de las incomodidades de la lluvia, que le dificultaba su trabajo, había otra gran molestia que no le dejaba ni siquiera afinar bien la guitarra. Se trataba de cuatro hombres que ahí frente a la iglesia se encontraban soplando unos caracoles a los cuatro puntos cardinales.
Alejandro, francamente molesto, se dirigió a ellos con toda la intención de reclamarles para que se callaran y le permitieran realizar sus pruebas de sonido y afinar su instrumento.
Con toda la ironía del mundo, se acercó a uno de ellos, un tal Don Agustín y le preguntó “Qué estaban haciendo”. Entonces el hombre, con gran humildad y mirada serena le respondió que estaban sonando los caracoles para quitarle la lluvia y pudiera cantar.
Alejandro Filio es un tipo diminuto de 1 metro con 50 ctms., más en ese momento dice que su altura se redujo a casi nada. Y lo más sorprendente de todo es que Don Agustín y sus compañeros pararon la lluvia durante la hora y cuarenta y cinco minutos que duró el concierto. Luego la llovizna continuó hasta el anochecer, mientras Alejandro sentía que había aprendido una gran lección.

miércoles, 4 de junio de 2008

DON JULIAN Y LA LUNA (0002)

Don Julián era un anciano que vivía en Xadani. En ese lugar indígena donde viví por algún tiempo. Era un buen hombre. Y como todos los ancianos de la comunidad, era respetado por todos… bueno, casi por todos, porque los jóvenes que ya se sentían demasiado civilizados, hasta lo prieto se querían quitar para que ya no los llamaran indios.
Los más especiales eran los que estaban estudiando para maestros. Una profesión seguida por los pocos que tenían algún medio económico disponible. Y eran tan pretensiosos que hasta los guaraches arrinconaban para presumir en todo momento que ya eran gente de tenis.
Don Julián llegaba a mi casa, pero en cuanto veía llegar a los “maestrillos”, tomaba su sombrero y su bastón y se marchaba a su casa. De plano no se entendía con esos jovencitos. Pero en cierta ocasión no los vio llegar, y ya cuando se dio cuenta ya estaba a un lado de nosotros.
Entonces entendí el porqué se sentía molesto con su presencia. Ni siquiera saludaron. Lo primero que dijo uno de ellos fue:
-¿Qué pasó Don Julián, todavía no cree que los hombres llegaron a la luna?-
Don Julián no contestó. Hizo un gesto de disgusto mientras tomaba su sombrero y su bastón para marcharse.
-Pregúntele a Domi. El sí sabe las cosas, para que vea que no somos nosotros quienes las inventamos – continuó aquél aprendiz de maestrillo en un tono fanfarrón.
Don Julián en tono muy molesto le respondió:
- Los hombres nunca han ido a la Luna. Y ustedes se sienten sabios con ese montón de tonterías que les meten en la cabeza allá en Juchitán –
Luego con ojos suplicantes Don Julián me miró y se atrevió a preguntarme en búsqueda de apoyo:
- ¿Verdad Domi que los hombres nunca han ido a la Luna? –
Todos los presentes creyeron que mi respuesta iba a poner a Don Julián en su lugar. Y así fue, aunque no les di el gusto que querían.
- El hombre nunca ha ido a la Luna, ese es un invento de los gringos – fue mi respuesta.
Todos me miraron con incredulidad. Se quedaron mudos de la sorpresa, momento que aprovechó Don Julián para retirarse con una sonrisa de satisfacción en los labios.
Por supuesto que ya se imaginan como me fue después, más para mí lo importante en aquél momento era el respeto que merecía Don Julián más que cualquier otra cosa.
Baja el Audio en MP3: