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miércoles, 29 de junio de 2011

ANTONIO ZEPEDA, SU HISTORIA

Antonio Zepeda, pregona en su figura ser descendiente de indígenas mexicanos, y al preguntarle sobre ello, reconoce orgulloso que tiene sangre otomí por parte de su madre y chatino por parte de su padre, aunque entre sus antepasados está el ilustre compositor cubano Ernesto Lecuona de quien muchos conocen su nombre y casi nada de su obra, y el inventor Don Jesús Lecuona de quien nadie conoce su nombre pero todos conocemos y disfrutamos de su obra ya que inventó la máquina para hacer tortillas.
Antonio ama profundamente a México, y parece como si jamás hablara de otra cosa que del amor por las tradiciones de su tierra, y de esa música que los antiguos espíritus metieron dentro de sus venas.

Aparenta ser un personaje extraño por su forma de vestir, siempre tendiente al folklorismo, y su abultada melena, que al caminar va lastimando los aires. Más en realidad es un hombre demasiado sencillo, ante quien hay que cerrar la boca y abrir muy bien los oídos, porque habla y habla sin que nadie lo pare, dejando siempre al escucha  sepultado en un mundo de interesantes historias.

Antonio nació a finales de la década de los 40’s y pasó su infancia en la popular colonia Doctores de la Ciudad de México, mostrando desde pequeño sus habilidades para el baile, lo cual con el tiempo le permitió alguna vez participar en una coreografía con Perez Prado. Después, ya cuando contaba con 16 años, coqueteó con la actuación colaborado con grupos universitarios, donde conoció a Aldo Zarelli con quien inició una gran amistad y posteriormente formaron el trio de baile The Dancing Shoes, con Gloria Lilia Aguilera.

La iniciativa dio buenos resultados, ya que pronto participaron en eventos importantes como el sorteo del Universal en 1964 y en una temporada con Pérez Prado en el Teatro Blanquita. Llegando a su punto culminante en una presentación realizada en el día del boceador, cuando  bailaron cumbia con la orquesta de Ramón Márquez y  Mikey Laure ante 15 mil espectadores en el Auditorio Nacional.

El espíritu inquieto de Antonio le llevó lejos de México, en plan de aventura, más que cualquier otra cosa, y en sus andares conoció a Lísskulla, una diseñadora escandinava de quien se enamoró y casó luego con ella. Pasaron su vida matrimonial viviendo en Washington, Nueva York, París y Estocolmo.

Para mantenerse diseñaban ropa dedicada a la burguesía alocada de la época. Iban a las peleterías de cada lugar, compraban pieles y hacían pantalones ajustados y acampanados y chalecos llenos de tiritas. Complementaban los atuendos con collares de diseños indígenas y algunos sombreros apropiados para hippies adinerados.

Sus creaciones fueron muy bien recibidas, al grado que muchos pintores mexicanos e intelectuales de la época se convirtieron en sus clientes habituales: Cuevas, Góngora, Felipe Ehrenberg, Arnaldo Cohen, entre muchos otros.

Estando en Nueva York, Antonio y Lísskulla decidieron separarse después de seis años de alocado matrimonio. Amortiguó la soledad al entrar en contacto con el museo de la Cultura Portorriqueña, llamado Museo del Barrio, donde residía un grupo de danza y música al cual se integró como bailarín, al ritmo de Bomba, un tipo de mambo a la Perez Prado aderezado con el acompañamiento del golpeteo de un ring de coche.

La percusión se convirtió en parte vital de su vida. Se dio cuenta que tenía demasiada facilidad para ello, lo cual le permitió formar luego la agrupación Astracarnaval, al lado de varios percusionistas brasileños. Le tocó aprender y foguearse con figuras de muy alto nivel, como Guilherme Franco, percusionista de McTyner, Nacho Mena, percusionista de Ornette Coleman, Lula Nacimento, percusionista de la Sinfónica de Bahía, Tutti Moreno, percusionista de María Bethania y Caetano Veloso, y Joao Palma, baterista de Antonio Carlos Jobim, entre otros. Toda una conjunción de brillantes estrellas que le permitieron aprender el arte del buen percusionista.

En Nueva York tocó mucho con músicos de free jazz, donde se valía de todo, lo importante era la originalidad y creatividad de cada músico; así que logró una libertad absoluta para manejarse con cualquier tipo de tambores. Las percusiones fueron un espejo de su existencia, llena de una libertad sin límites, donde podía hacer lo que quisiera encaminándose siempre a conseguir en su vida y en su música una auténtica obra de arte.

La música se convirtió en su pasión. Nació sumergido en el mambo, el cha cha cha, la guaracha, el danzón y los boleros. Aprendió a amar al Son Clave de Oro, Los Panchos, Perez Prado y en su disipada juventud a Los Beatles, Los Rolling Stones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Cream, a quienes tuvo la oportunidad de ver en algunos conciertos en San Francisco y diversos lugares de la Unión Americana. Pero también se apasionó con las grandes figuras del jazz y el blues. Desde Muddy Waters hasta Miles Davis.

Ni cuenta se dio cuando se convirtió en un amante de la mexicanidad. Su desmedido amor por los instrumentos musicales, le llevaron a coleccionar tambores e instrumentos de muy diversas partes del mundo. Cualquier objeto tradicional que fuera capaz de producir música le provocaba un incontrolable deseo de posesión. Así fue como se llenó de ocarinas, flautas, caracoles, silbatos y por supuesto una enorme cantidad de instrumentos de percusión.

Con aquella enorme riqueza instrumental que poseía, lógico es que decidió realizar sus creaciones, inclinándose paulatinamente por la música prehispánica a través del estudio de las corrientes musicales más antiguas de nuestro México.

Los instrumentos antiguos siempre le han provocado enorme respeto y devoción. Ante ellos se siente humilde e indigno de utilizarlos. La primera vez que intentó tocar el caracol se le dificultó demasiado. Hasta que cierta noche, estando arriba de la pirámide de El Sol, en un ambiente de profundo misticismo y unidad con los espíritus ancestrales, su amiga Susana lo tocó y luego se lo pasó para que lo intentara. Antonio denegó la propuesta, pero su amiga le dijo que lo hiciera con humildad y él accedió. Al soplar surgió el sonido, como un lamento en sublime invocación. En aquél momento se sintió iluminado por los dioses y a partir de entonces nunca volvió a tener problemas para tocarlo.

Después, en un viaje a Guatemala, llevó consigo algunas flautas indígenas que había conseguido a través de Jorge Daré, un musicólogo que tenía un basar en el DF a finales de los 70’s. Llegó hasta Panahachel, en la rivera del lago Atichal .Ahí frente a los dos volcanes que se reflejaban en la superficie del lago, comenzó a tocar en serio sus instrumentos de aliento. Entonces surgió el compromiso de por vida de dedicarse a ello. Se dio cuenta que estaba llamado a promover la música de los ancestros. A través de esta música obtuvo luego la libertad, la independencia económica y un verdadero sentido para su vida.

En 1973 Antonio realiza su primera grabación con la música para la película Shak, filmada en los altos de Chiapas y la selva Lacandona. Una cinta de culto, hablada en maya y actuada por actores no profesionales.

Después vinieron una tras otra las grabaciones y presentaciones. Su presencia fue requerida en diversos sitios de América y Europa. La música le trajo grandiosas experiencias de todo tipo. La conexión con fuerzas espirituales, la comunión con los indígenas, la unidad con la tierra…

A encontrado la luz y colores de la música, el camino que le acerca al espíritu de las personas, las propiedades que tiene el sonido para curar o dañar.

En cierta ocasión estaba haciendo un dueto con Jerome Cooper, baterista del Revolutionarian Ensamble, un importante grupo de jazz de los 70’s, cuando de pronto y de la nada, surgió un extraordinario eco de voces infinitas, que interpretó como el canto de las ánimas, que realizaban un arco sonoro de hermosa belleza. Estaba tocando con los ojos cerrados y la boca abierta y cuando cerró sus labios las voces se apagaron, dándose cuenta que era a través de su boca que era a través de él como se estaba proyectando aquél sonido. Abrió los ojos para ver quien estaba a su lado, miró hacia atrás, para ver si alguien estaba cantando a sus espaldas y solo encontró a Jerome, quien también estaba sorprendido de lo que sucedía.

Cuando la interpretación concluyó Jerome le dijo: “Jamás había escuchado que surgiera una melodía de los tambores”. Antonio no dijo nada, se sentía totalmente desconcertado. Se levantó, fue al baño y se miró en el espejo. Le sorprendió ver su pelo, que era totalmente negro como el de los indígenas, esta vez totalmente plateado, al igual que su barba, como si hubiese envejecido 50 años, y había un triángulo luminoso tras de él. La música se había convertido para él en un crisol que minimizaba su cuerpo material y hacía florecer la plenitud de su espíritu.

Tiempo después le invitaron a realizar un concierto en la casa de la comunidad indígena norteamericana cerca de Nueva York. Antonio había venido padeciendo de una extraña urticaria que los médicos no le habían podido resolver. Los indígenas le solicitaron un concierto curativo y él pensó que aquello le vendría bien, ya que él mismo estaba enfermo. Colocó un círculo de veladoras azul y blanco y se colocó con todos sus instrumentos en el centro. Los indígenas, llenos de profundo respeto se colocaron alrededor del círculo en total silencio. Antonio comenzó a tocar y el sonido de sus tambores y flautas fue poco a poco envolviendo a todos los presentes. Un enorme poder se hizo presente llevando a todos hacia el éxtasis, brotando de los labios de aquellos indígenas un murmullo semejante a un mantra que adormilaba los sentidos haciendo que todos se fusionaran en un solo espíritu. Después de aquella mística reunión, Antonio sanó de la urticaria.

Antonio dice que lo sagrado tiene muchas caras, lo cual puedes percibir cuando te sensibilizas y sabes reconocer lo sagrado en todo aquello que lo tiene, apartándote de ideologías y sectarismos. Para él la música es un extraordinario puente que une al hombre con las divinidades.

En México existen ciertos grupos que a través de la música se hermanan con el Gran Espíritu, como los Kakis, los mareños de Oaxaca, los tamborileros de Tabasco, los Voladores de Papantla que tienen mucho que ver con la música de los ancestros. El Espíritu musical los anima a expresarse a través de él. Es un espíritu refinado y animalezco, donde el cuerpo y el espíritu se convierten en una sola unidad.

Antonio Zepeda nunca ha catalogado su música como prehispánica, solo dice que hace música con instrumentos prehispánicos o mesoamericanos. Está plenamente conciente que sus creaciones distan mucho de las que realizaban los antiguos nativos mexicanos de antes de la conquista. Aunque los sonidos son los mismos y la unidad espiritual sea semejante.

Respecto a su participación musical en la película Apocalipto, manifiesta una tremenda desilusión. Desde todos los puntos de vista la película fue un auténtico desastre, ya que Mel Gibson cometió errores de guión imperdonables. Y para colmo de males, James Horner, quien le solicitó a Zepeda unos temas, al final solo se aprovechó de ellos para realizar su propia música que no respeto en nada la esencia de nuestra música ancestral.

viernes, 30 de octubre de 2009

LA INSOLITA HISTORIA DE CHELO PRIETO

Chelo prieto no es el nombre de una mujer. Es el nombre que Carlos Prieto, el afamado chelista mexicano, le dio a su violonchelo Stradivarius. Antiguamente se le llamaba Piatti, porque han de saber que todos los instrumentos Stradivarius tienen un nombre, relacionado siempre con alguno de los dueños que han tenido en su existencia, pero Carlos Prieto le cambió de nombre. ¿La razón?

El violonchelo es un instrumento valioso y delicado, que para viajar se convierte en un objeto verdaderamente incómodo, sobre todo en los aviones. No se puede enviar como equipaje por las elevadas probabilidades de que llegue a su destino hecho pedazos, pues las bandas de los aeropuertos están diseñadas para manejar maletas. No se puede meter en la cabina, libre de cargo, como los violines, porque no cabe debajo del asiento ni en los compartimientos superiores de equipaje de mano. Debe, pues, viajar como un pasajero cualquiera y ocupar un asiento. Las reglas indican que el violonchelo debe pagar tarifa normal y colocarse en un asiento de ventanilla que no coincida con la salida de emergencia.

A pesar de la claridad de las reglas, los empleados de la venta de pasajes de muchas compañías de aviación se desconciertan cuando llega alguien a comprar un boleto para un violonchelo. Empiezan a consultar manuales o a llamar a supervisores y se pierde a veces tiempo considerable. Por ello, Carlos Prieto, optó por comprar el boleto con el nombre de Chelo Prieto, sin especificar si es señora, señorita o instrumento musical. El nombre que aparece en general es Srita. Chelo Prieto o Miss Cello Prieto e inclusive tiene una tarjeta de viajero frecuente con ese nombre. Y para utilizar el kilometraje acumulado, se ve en la necesidad de falsificar la firma de Miss Cello Prieto.

En 1985, el maestro Carlos Prieto realizó una gira de conciertos que incluía ciudades de Rusia, Estonia, Lituania y Letonia.

Dentro de esta gira hizo escala en Riga, donde fue preciso bajar de la aeronave para revisión de los pasaportes. Al regresar a sus asientos las azafatas se alarmaron al descubrir que había desaparecido un pasajero. Y para colmo de males era extranjero!. Las azafatas iban y venían, presas de gran nerviosismo. Carlos Prieto se imaginó lo que sucedía y acercándose a las azafatas les preguntó si podía ayudarles a encontrar al pasajero faltante. Lo miraron con desconcierto y casi con indignación. Más su expresión cambió cuando les informó que el pasajero perdido se llamaba Chelo Prieto y estaba sujeto a su asiento, porque se trataba de su violonchelo.

En noviembre de 1999 el maestro llegó al aeropuerto de Nueva York y se acercó a una ventanilla para comprar sus pasajes de avión. La empleada le preguntó atinadamente la edad del violonchelo. Carlos Prieto le informó que estaba por cumplir los 280 años de edad. Entonces ella, con una amable sonrisa le dijo: “Bien, en un caso así, tiene derecho a disfrutar de un descuento que otorgamos a los viajeros de la tercera edad.

viernes, 23 de octubre de 2009

LA SORDERA DE BEETHOVEN

En la primavera del año de 1801, Beethoven tocaba el piano en Viena, en casa de unos amigos. En aquél entonces ya era reconocido como un auténtico virtuoso del piano y gran compositor. Cuando el gran maestro estaba en el piano entraba en un auténtico éxtasis que permitía se desbordara toda su emotividad y virtuosismo. Los privilegiados amigos disfrutaban de aquella excelente interpretación, cuando de pronto se sorprendieron al escuchar como Beethoven apenas si rozaba las teclas sin provocar el más mínimo sonido. Se miraron unos a otros sin entender, porque el maestro parecía no darse por enterado de lo sucedido. Cuando Beethoven terminó su interpretación se mostró tan serio y formal como siempre, mientras ellos continuaron con su desconcierto, pensando que probablemente estaba sufriendo de un problema reumático.
Pero la realidad era totalmente diferente. Aquél verano Beethoven le escribió una carta a uno de sus amigos revelándole la situación tan difícil por la que estaba pasando. “Me siento verdaderamente desgraciado – le decía- Has de saber que mi oído se halla muy débil... cada día voy empeorando, y quizás nunca me llegue a curar. Apenas si puedo escuchar a una persona que me habla a media voz...”
Los médicos le dijeron que su sordera era incurable y empeoraría conforme pasara el tiempo. Aquella noticia fue devastadora. ¿Cómo se puede aceptar una situación de esta magnitud?. Toda su vida era la música, no había otra cosa que realmente le motivara. Quedarse sordo era lo peor que podía sucederle.
Conforme fue empeorando la situación el estado de ánimo de Beethoven fue decayendo. Comenzó a rehuir a la gente volviéndose apático y amargado. Tan solo unos cuantos sabían la verdad. Y a tanto llegó su amargura que dejó de componer y dar conciertos. Entonces pensó que su única salida era... el suicidio.
¿De qué sirve la vida si lo que más amas se destruye, se acaba?... Pero su amor por el arte lo detuvo. Le parecía un imposible abandonar el mundo antes de haber realizado todo lo que dentro de él exigía ser creado. Aún faltaban conciertos. Aún debía construir sinfonías. Y se decidió por la vida. Su espíritu volvió a elevarse, recobró su fuerza y gallardía y continuó adelante. En el momento en que salió de aquella terrible depresión, realizó una de sus grandes obras maestras: la Quinta Sinfonía, la sinfonía del Destino, que muchos después llamaron de “La Victoria”.
Sus más grandiosas obras las compuso cuando había perdido casi en su totalidad la capacidad auditiva. Jamás escuchó la grandeza de su Quinta Sinfonía, ni la hermosa belleza pastoril de su sexta, o la majestuosidad coral de la Novena u “Oda a la Alegría”. Cuando ensayó con la orquesta y coro esta última obra, gritaba “más fuerte, más fuerte!”, ya que tenía el deseo de escucharla, pero aquello fue imposible, estaba prácticamente sordo.
Un espíritu débil caería abatido sin posibilidad de levantarse ante una desgracia de esta naturaleza, pero Beethoven encontró en su debilidad la fuerza para salir adelante construyendo el resto que faltaba a su obra… lo que le haría inmortal y serviría de inspiración para infinidad de mortales en los siglos venideros.
Estés dondequiera que estés, aún dentro de la peor de las desgracias, frente a ti existe la oportunidad de construir lo más grandioso de tu vida.

martes, 26 de mayo de 2009

CLARO DE LUNA

Cuenta un biógrafo de Beethoven que una noche de invierno paseaba con el maestro a la luz de la luna por una estrecha calle de Bona, cuando de pronto se detuvo el gran compositor ante una casa de humilde apariencia, de cuya entreabierta puerta salían las notas de un piano. Beethoven exclamó: -¡Caramba! ¡es mi sonata en fa! ¡Y qué bien la tocan!.
Casi en ese mismo instante se interrumpió la melodía y se escuchó una voz sollozante que decía:
- No puedo tocar más. Es tan hermosa esta melodía que no la estoy interpretando debidamente. ¡Qué lástima!, si tan solo pudiera ir al concierto de Colonia.-
A esto respondió otra voz:
- Hermana, ¿porqué te aflige lo que no tiene remedio?, apenas si podemos pagar el alquiler –
Quien estuvo tocando el piano agregó:
- Tienes razón hermano. Y sin embargo, quisiera, al menos una vez en la vida, oír la música tal y como debe de ser –
Entonces Beethoven le dijo a su acompañante:
- Vamos entrando –
- ¿Para qué? – le dijo sorprendido su biógrafo.
- Tocaré el piano. La muchacha tiene sentimiento y talento –
Empujó Beethoven la puerta y entraron a la casa, en donde estaba un joven zapatero arreglando unos zapatos, mientras que su hermana estaba reclinada tristemente sobre el piano.
- Perdónenme – dijo Beethoven – Oí música y me vino la tentación de entrar. Soy músico y escuché accidentalmente un poco de su conversación. ¿Me podrían permitir tocar un poco el piano?-
- Muchas gracias – contestó el joven zapatero – pero nuestro piano ya es viejo y además no tenemos ninguna partitura –
- ¡No tienen partituras! Pues entonces ¿Cómo es que toca usted? ¿De oído?...-
En ese preciso momento Beethoven se da cuenta que la señorita era invidente y comenzó a disculparse.
-Perdón señorita, no había reparado en su invidencia. ¿Cómo es que sabe usted de música si no ha asistido nunca a un concierto? –
- Hemos vivido dos años en Bruhl – contestó ella – y tuve ocasión de escuchar a una señorita vecina. En verano abría las ventanas de su casa, y yo salía al patio para escucharla tocar –
Beethoven se sentó al piano. Puso sus manos sobre el teclado y comenzó a interpretar una de sus maravillosas obras. El viejo instrumento pareció rejuvenecerse, dejando escapar sonoridades jamás antes logradas en él. Mientras, los dos hermanos boquiabiertos escuchaban llenos de admiración. El raudal de armonías surgían con rítmicas cadencias, y en uno de los momentos más intensos, de pronto se apagó la vela, más el maestro siguió tocando como si nada hubiera pasado. El joven zapatero presuroso abrió la ventana y un brillante rayo de luna invadió la estancia, bañando en luz la figura del gran maestro.
Beethoven bajó la intensidad de la melodía que interpretaba, hasta dejar en total silencio la habitación.
Los dos hermanos expresaron aclamaciones de gran entusiasmo, pero el maestro pareció no prestarles mayor atención. En ese momento comenzó a improvisar una sonata. Todo un torrente de notas de infinita dulzura parecía derramarse sobre el teclado, tan suavemente como el rayo de luna que silenciosamente se colaba por la ventana.
Ese día, ahí en un hogar pobre, y con dedicatoria especial para una invidente y su hermano, nació su famosa sonata “Claro de Luna”

viernes, 22 de mayo de 2009

EL VIOLIN DE FRITZ CHRYSLER

El gran sueño de todos los grandes violinistas es poseer un violín Stradivarius, aunque muchos, debido a la enorme fortuna que cuesta cada uno, tan solo se conformarían con tocar uno de ellos alguna vez. Así le pasaba al talentoso violinista Fritz Chrysler Más en cierta ocasión se enteró que un anciano inglés poseía uno de ellos, así que decidido fue a visitarlo. Y en efecto, aquél hombre de avanzada edad poseía un hermosísimo ejemplar que había pasado de generación en generación por su familia, sin que a la fecha tuviera mayor utilidad que la de un simple y caro adorno en la casa.
Chrysler le propuso al anciano comprarle aquél hermoso instrumento, pero el hombre se negó diciéndole que no estaba en venta. El violinista salió de la casa totalmente desanimado. Más tiempo después decidió visitar de nuevo al anciano y le preguntó si le permitía tocar el violín. El anciano aceptó la propuesta. Chrysler colocó el violín debajo de su quijada, y comenzó a mover el arco sobre las cuerdas. Con un instrumento tan maravilloso, el violinista tocó como jamás lo había echo en su vida. Mientras que los ojos del anciano, conforme iba transcurriendo la melodía, comenzaron a inundarse de lágrimas. Jamás había escuchado una sola nota de aquel violín magistral.
Fritz Chrysler pensó que después de aquello el anciano jamás aceptaría venderle el instrumento, más aún así le dijo: “Discúlpeme que insista, pero deseo que me venda este violín.” El anciano limpió las lágrimas de su rostro y con voz temblorosa le dijo: “No esta a la venta, pero… es suyo. Usted es un maestro y es digno de tener un instrumento como éste”.

viernes, 5 de diciembre de 2008

LOUIS ARMSTRONG

El padre de Louis era un alcohólico desobligado que se pasaba largas temporadas fuera de casa, así que su madre trabajaba en lo que podía: lavando trastes, de recamarera, e incluso algunos afirman que de “mujer galante”. Así que el chiquillo se la pasaba de juerga por las calles de su natal Nueva Orleáns, conviviendo con la pandilla del barrio y dedicándose a realizar infinidad de diabluras. Sorteaba la hora de la comida con un pedazo de pan duro, café, y si le iba bien, alguna cosa que encontraba en los botes de basura. Su situación era realmente lamentable.
Pero con los amigos el hambre se disipaba. Entre ellos había que presumir de arriesgado y valiente, así que cuando Louis encontró la vieja pistola que su padre abandonó bajo el raído colchón, se le hizo muy fácil sacarla para festejar la noche de fin de año. Con ella realizó unos disparos al aire en presencia de sus amigos, más para su desgracia en aquellos momentos apareció un policía que lo capturó y llevó a los tribunales. Su madre nada pudo hacer. Aunque lo quisiera. La gente pobre y de raza negra no tenían prácticamente ningún derecho en los tribunales. Así que el pequeño Louis, de tan solo doce años, fue a parar a una cárcel para menores infractores.
Louis se sintió triste y asustado, así que decidió portarse bien, y lo hizo. La vida era monótona y aburrida en el reclusorio, así que se esforzó cuanto pudo para ser admitido en la banda del lugar. El director musical, viendo su gran empeño, decisión y buena conducta le cedió una corneta, luego comenzó a enseñarle la forma de usarla.
El chico se sintió fascinado, como niño con juguete nuevo. A partir de ese momento la corneta se volvió su inseparable. Al maestro Meter Davis le fascinaba ver el entusiasmo y entrega de Louis. Pronto se convirtió en el más destacado de sus alumnos.
Cuando se cumplió la sentencia y Louis debió ser liberado, el jovencito se llenó de tristeza, ya que sabía que al salir le sería muy difícil conseguirse otra corneta. Pero su maestro tuvo un gran detalle. Le dijo que podía llevársela, con la condición de que cuando ganara algo de dinero y pudiera comprarse una, volviera y se la regresara.
Louis salió a la calle lleno de felicidad y con una meta en su vida. Sería un gran músico, y ganaría dinero, mucho dinero. Los negros hacían dinero tocando en los burdeles del puerto. Había bandas musicales incluso en los barcos que navegaban en el Mississippi. Así que Louis sintió que había encontrado la forma de pasarla bien.
Tocaba en la mañana, tocaba a medio día, tocaba por las noches, olvidándose por completo de sus amigos. Solo le importaba su corneta, y su madre vio aquello con buenos ojos, porque descubrió que su hijo se había vuelto alguien diferente.
A la usanza de la tradición francesa, en Nueva Orleáns se acostumbraba llevar a los muertos al cementerio con música, siendo esta otra fuente interesante de trabajo. Kid Ory y su banda eran con frecuencia contratados para dicho menester, siendo así como un día que prestaban este servicio, de pronto Kid descubrió que un jovencito salió de por ahí y se les unió con su corneta. El chiquillo tocaba de una forma maravillosa, así que Kid Ory, quien era un trompetista de gran renombre, supo apreciar el enorme talento de Louis y de inmediato lo contrató para su banda.
La dichosa orquesta tocaba en el barrio chino de New Orleáns llamado Storville. Era un lugar de tugurios de mala muerte, nido de prostitutas y vagos, el cual se saturaba de marineros noche a noche. Louis tocaba con tanta furia y pasión que pronto llamó la atención del trompetista King Oliver, quien lo invitó a formar parte de su grupo, con el cual realizaría su primera grabación en el año de 1923.
Eran tiempos de la Primera Guerra Mundial, y Nueva Orleáns tenía una base militar, pero al ministro de marina no le agradaba que la gente a su cargo le estuviera provocando tantos problemas debido a sus correrías nocturnas por los antros de vicio, así que consiguió la orden y de inmediato cerró todos los tugurios de Storville, dejando sin trabajo a miles de personas: meseros, músicos, prostitutas y demás. Aquello acarreó grandes problemas económicos en la región, por lo cual los músicos, en el año de 1917, emigraron rumbo a Chicago en búsqueda de nuevos horizontes.
Louis se quedó en Nueva Orleáns, más luego, en 1922, marchó también rumbo a Chicago, invitado por King Oliver, quien había logrado gran éxito en ese lugar con su banda de jazz.
Para 1920, el jazz se había convertido en el gran ritmo de Chicago. Se prohibió el consumo de alcohol, pero los gangsters, como Al Capone, tenían sus sitios clandestinos, centros nocturnos disfrazados, donde todo mundo podía ir a echarse un trago, escuchar música y encontrar pareja. La tensión provocada por la incursión de Los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, hacía que la gente buscara una forma de escape, e ir a aquellos sitios de alcohol y jazz fue una salida muy aceptada y exitosa.
Louis Armstrong se convirtió en la sensación. Su emotividad, fraseo y protagonismo acapararon de inmediato la atención y se volvió una figura muy popular en poco tiempo. Nadie tocaba la trompeta como él. Ni nadie jamás había hecho jazz de esa forma. Originalmente en las bandas de jazz todos tocaban la misma línea musical. Armstrong construyó la imagen de solista. La orquesta quedó doblegada a lo que él hacía. Se convirtió en la gran estrella a la que atendían el resto de los músicos de la banda.
Pero no solo fue un gran trompetista, también se convirtió en un destacado cantante gracias a su voz aguardientosa e inconfundible. En cierta ocasión al interpretar uno de sus famosos temas, olvidó la letra, y para salir del paso realizó una serie de onomatopeyas vocales, dando paso a un estilo que luego se denominó “scat”, mismo que luego fue base esencial para figuras como Ella Fitzgerald.
Luois perteneció luego a la banda de Fletcher Henderson, la más afamada banda de Chicago. Posteriormente fundo sus propios proyectos musicales, bajo el nombre de Hot Five y Hot Seven, con la participación de Kid Ory, aquél hombre que lo descubrió tocando en las calles de Nueva Orleáns.
La fama y el dinero acompañaron a Louis durante toda su vida. Canto al lado de todas las figuras importantes de su época. Fue acompañado por todas las mejores orquestas; recorrió Europa y muchos países del mundo realizando presentaciones. Cuando ya no pudo tocar la trompeta por cuestiones de la edad, triunfó como crooner, logrando éxitos memorables como Hello Dolly, C’est si bon, Cabarte, La Vida en Rosa y varias más. En 1964, cuando los Beatles se apropiaron del Hit Parde nortemericano y nadie parecía poder desbancarlos, Louis Armstrong colocó su tema Hello Dolly en primer lugar y permaneció ahí durante varias semanas, poniendo a Los Beatles en los siguientes sitios.
Falleció a los 71 años, pero 17 años después de su muerte el tema “What a Wonderfoul World”, logró llegar al primer sitio de popularidad gracias a su inclusión dentro de una película. Y el éxito del álbum “Classics” de Kenny G, salido a la venta hace un par de años, se debe en gran parte a que incluye este mismo tema, en la voz original de Louis Armstrong, aunque con el acompañamiento de este afamado saxofonista.

lunes, 29 de septiembre de 2008

ANGELA PERALTA EL RUISEÑOR MEXICANO

Ángela era una mujer fea. Su cuerpo era pequeño, obesa, de cara redonda, la nariz puntiguada y enorme, la boca gruesa, los ojos saltones y para colmo de males era tan miope que casi caía en la ceguera. Su cuello era tan corto y regordete que parecía tener bocio. Y sus papás tampoco le ayudaron mucho con el nombrecito con que la bautizaron, ya que la pobre niña llevó el nombre de María de los Ángeles Manuela Tranquiliza Cirila Efrena Peralta Castera. ¿Logró aprendérselo? Todo un auténtico trabalenguas. La pobre parecía estar totalmente dejada de la mano de Dios y de los hombres. Pero tenía una cualidad excepcional: cantaba tan hermoso como un ruiseñor. Y de hecho así le llamaron: “el ruiseñor mexicano”.
Nació en la ciudad de México, de origen humilde, aunque sus padres procuraron darle muy buena educación, motivando además sus inclinaciones artísticas. Le gustaba la poesía, tocaba el piano, componía, hablaba francés e italiano y por si fuera poco tenía un gran conocimiento de la historia de México, historia universal y geografía.
Su primera gran oportunidad la recibió a los 8 años, cuando cantó en público La Cavatina de Donizetti. Posteriormente estudió el Conservatorio Nacional de Música y en 1860 participó en la ópera El Trovador en el Teatro Nacional de la ciudad de México. El público quedó fascinado y recibió una tremenda ovación.
Sin contar con más apoyo económico que el de su padre, viajó a España para tomar clases de canto con uno de los mejores maestros de la época. Después fue a Italia y en 1862 actuó en “Lucía de Lammermoor” ante el más difícil de todos los públicos, el de la Scala de Milán. El triunfo fue rotundo. Y esto le valió para luego ser invitada a cantar ante sus majestades Víctor Manuel II y su esposa, en una representación de “La Sonámbula” de Bellini. Cuentan los informes de los cronistas de la corte, que tal interpretación fue tan aclamada, que la Peralta tuvo que salir a agradecer a su público las ovaciones otorgadas 32 veces.
El público de aquella noche estaba repleto de autoridades políticas, artísticas y periodísticas que ni tardas ni perezosas alabaron la magnífica voz de la soprano mexicana. Sin embargo, no fueron los únicos que la vitorearon, pues después de Turín y la corte del rey Víctor Manuel II, le siguieron contratos para presentarse en Roma, Florencia, Bolonia, Lisboa y El Cairo
Al terminar esta gira, todas las ciudades italianas la hicieron su figura indispensable durante las temporadas de ópera entre 1863 y 1864; cosa que raramente sucedía, salvo con las grandes excepciones, como es el caso de Ángela Peralta.
Pero no sólo Europa la aclamaba y pedía, sino que también su misma patria. El Archiduque de Austria, Fernando Maximiliano, le hizo la cordial invitación para que volviera a México en calidad de figura primerísima del Teatro Imperial Mexicano. El 20 de noviembre de 1865 la ciudad de México se vuelca para recibirla. Actores de la academia de Bellas Artes, estudiantes del Colegio de San Carlos, intelectuales, artistas, gobernantes, la anónima masa y, por supuesto, su familia, salieron a darle la bienvenida después de un intensísimo viaje en el que cosecha muchos de sus más grandes triunfos.
Una vez en México continuó sus estudios y sus exitosas presentaciones en diversos escenarios mexicanos, volviendo posteriormente a Europa donde duró cuatro años y medio en su exitosa carrera.
Los siguientes años de su vida las pasó entre Europa y México. Parecía que nada podía frenar su brillante trayectoria. Pero en 1882, después de una gira por Monterrey, Saltillo y Durango llegó a Mazatlán. El ayuntamiento del puerto, al saber de la llegada del ruiseñor mexicano, aprobó los gastos que fueran necesarios para recibirla dignamente. Se alquiló el teatro Rubio para ofrecerlo a la diva, se engalanó el muelle y se le recibió con el himno nacional. Ángela fue llevada en un hermoso carruaje hasta el hotel, aclamada a su paso por una gran multitud. Ella salió al balcón y saludo al pueblo, que se agrupaba al frente del edificio. Aquello parecía la antesala de un gran triunfo, ya que a Peralta la acompañaban 80 artistas, en su mayoría italianos.
Un poco antes de la llegada de Peralta a Mazatlán, las autoridades habían cometido un grave error. En uno de los barcos que llegaron al puerto murió un norteamericano portador de fiebre amarilla. Las autoridades conocieron bien el caso, y aún así permitieron que el cadáver fuera bajado a tierra y sepultado en el panteón local. Esto dio origen a una gran epidemia que rápidamente se propagó por el puerto.
El 23 de agosto se realizó la primera presentación de “El trovador”, más el público fue escaso, ya que corrían alarmantes rumores sobre la propagación de la fiebre amarilla. Se dice que en esos días no había prácticamente ninguna familia que no tuviera a alguno de sus miembros enfermo. Todos se encerraron en sus casas. Nadie quería salir y mucho menos ir a lugares de reunión. El puerto se convirtió en un lugar desolado y las familias adineradas escapaban del lugar.
Luego cayó enfermo el director de escena y uno de los maestros del grupo, quienes fallecieron días después. La fiebre amarilla se ensañó con toda la compañía de ópera. De los 80 miembros que la formaban tan solo 6 lograron sobrevivir. Ángela Peralta también fue una de las víctimas. Su última voluntad fue casarse en su lecho de muerte con su amante, don Julián Montiel y Duarte. Uno de los testigos cuenta que uno de los artistas de apellido Lemus, sostenía a Ángela por la espalda y en el momento que el juez hizo la pregunta de si “aceptaba a don Julián por esposo”, el Sr. Lemus movió la cabeza de la enferma”. Muchos afirman que ella ya estaba muerta.
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domingo, 27 de julio de 2008

LA PERSEVERANCIA DE PAVAROTTI

El padre de Luciano era panadero, pero las ganancias de la panadería no eran suficientes para mantener la casa, así que su madre también abandonaba diariamente la casa para ir a trabajar a una fábrica de puros. La vida no les era nada fácil.
Los domingos Luciano y su padre iban a la iglesia y ambos cantaban en el coro. Se dice que el padre de Luciano tenía una voz realmente hermosa. Podría muy bien haber triunfado como tenor en el mundo de la ópera, mas nunca tuvo el valor suficiente para encarar el destino. En cambio Luciano desde los doce años pregonó a los cuatro vientos que él iba a ser un cantante de ópera. Cosa que no fue muy del agrado de su progenitor, así que en todo momento trató de desanimarlo. Pero su madre lo alentó desde un principio y al final logró conseguir la aprobación para dedicarse al estudio del canto.
De todas formas Luciano buscó el modo de apoyar en el gasto familiar y se convirtió en maestro y posteriormente en vendedor de seguros. No le iba mal, pero vender seguros era desgastante: tenía que hablar demasiado y esto repercutía mucho en su voz, así que con gran dolor dejó la venta de seguros y se dedicó únicamente a la ópera. Después de varios años de estudios constantes y ocasionales actuaciones, Luciano se sentía desalentado. Sus amigos ya eran profesionistas y habían logrado cierto nivel económico, más él no recibía prácticamente nada con su carrera, así que a los veinticinco años decidió actuar por última vez en un escenario de ópera.
En su última actuación cantó como nunca. Se quitó los miedos y lleno de emoción arremetió con toda su alma cada una de sus arias. Aquella vez el público enloqueció y le brindó de pie la ovación más estridente que jamás había escuchado. Con los ojos llenos de lágrimas Luciano Pavarotti juró en ese momento que jamás volvería a dudar de su destino, aunque al llegar a casa su padre desestimó su actuación diciéndole que muchos otros lo hacían mejor que él, mientras que su madre con la voz entrecortada opacó las palabras de su marido al decirle: “Luciano, no solo triunfarás en Italia, sino en el mundo entero”.

domingo, 20 de julio de 2008

EL CHE ANTE AGUSTIN LARA

Antes que el Che Guevara se convirtiera en guerrillero, pasó algún tiempo en la capital de México como fotógrafo ambulante, en la avenida San Juan de Letrán.
De ésta época, se cuenta por ahí que un día fotografió a Agustín Lara, sin saber realmente quien era. El músico-poeta caminaba acompañado de una de sus tantas y sensuales musas, y quizá por ello el futuro guerrillero fijó su lente más en el cuerpo de la mujer. Al darse cuenta Agustín Lara le espetó al fotógrafo callejero diciéndole barbaján.
Esto enfureció al Che, quien al pretender dar respuesta al insulto, fue contenido por Rubén Navarro, quien también era fotógrafo ambulante, diciéndole que aquél hombre era ni más ni menos que el maestro Agustín Lara.
El Che, entonces, humildemente tomó la mano al compositor, se la besó y le pidió disculpas. Lara sonrió y le palmeó la espalda, para luego proseguir su camino.

sábado, 19 de julio de 2008

EL NIÑO QUE NO SABIA CANTAR

Una vez un niño de diez años trabajaba en una fábrica de Nápoles. Anhelaba ser cantor, pero su primer maestro lo desalentó. Le dijo que no podría cantar jamás, que tenía una voz chillona como el sonido del viento en las persianas. Pero su madre, una pobre campesina, le abrazó y le dijo que no creyera lo que le había dicho el maestro, que él cantaba muy bien y que ella haría lo que fuera necesario para conseguirle un buen instructor.
La pobre mujer consiguió quien le diera lecciones de canto, y eran tantas sus privaciones que durante mucho tiempo anduvo descalza para cubrir los gastos. Los elogios de aquella campesina y sus palabras de aliento, cambiaron la vida entera de aquel niño. Quizá haya oído usted también hablar de él. Cantaba ópera y se le conoce como Caruso.

domingo, 6 de julio de 2008

DANIEL BARENBOIM EN EL BAR


Daniel Barenboim uno de los pianistas y directores más renombrados de música clásica, salió cierta noche a tomarse unas copas con los amigos en la ciudad de Barcelona. En el bar había un piano muy hermoso y sus amigos le pidieron a Daniel que tocara un poco para ellos. El aceptó, pero el encargado del piano-bar se negó rotúndamente a que tocara el piano, diciendo que “aquél piano no era para que lo tocara cualquiera”.
Si este tipo conociera un poco de música clásica, no solo le habría rogado para que tocara, sino que además le suplicaría que firmara el piano y le permitiera tomarse una foto con él, ya que esta era la más grande oportunidad publicitaria que recibía en la vida. De seguro luego irían los fanáticos a tomarse la copa en el bar para contemplar el piano que tocó el gran virtuoso.

jueves, 19 de junio de 2008

LA GENIALIDAD DE MOZART

Jamás ha existido en este mundo un ser tan prodigioso, dentro del mundo de la música, como Mozart. Han existido grandes figuras, maestros indiscutibles creadores de obras excepcionales. Pero nadie, absolutamente nadie que haya tenido un don tan excepcional para componer música como Wolfgang Amadeus Mozart.
Comenzó a tocar el clavicordio cuando solo tenía tres años de edad. No requería de grandes explicaciones, todo lo hacía de una manera instintiva. Su oído era tan sensible que podía descubrir hasta un octavo de nota en la afinación de la cuerda de un violín.
El padre de Mozart tocaba en un cuarteto de cuerda. Y un día el segundo violín no se presentó. Ante la desesperación de su padre, el pequeño Amadeus cogió el violín y tomó el lugar vacante. Ni su padre, ni los otros músicos pudieron dar crédito a lo que veían y escuchaban. El pequeño de tan solo cinco años se sabía a la perfección el tema que iban a interpretar. Sin tener que leer ninguna partitura. Todo lo había aprendido de puro oído.
Pero esto no fue todo, porque a partir de ese momento comenzó a componer su propia música y para los ocho años de edad ya había realizado su primera sinfonía. El viejo Mozart no perdió la oportunidad de presentarlo como un gran fenómeno musical por todo Europa. Y doquiera que iba, el pequeño deslumbraba con sus maravillosas actuaciones. Era capaz de leer y tocar las más complicadas partituras. Se le vendaban los ojos, y aún así identificaba sin fallas todos los elementos de un acorde. Componía e improvisaba sin mayor problema, e incluso fue retado por grandes músicos de su tiempo.
En Roma, durante las celebraciones de la Semana Santa, el coro papal solía interpretar el Miserere de Gregorio Allegri. El Papa había prohibido que se ejecutara esta obra en cualquier otro lugar, por lo que no existían más partituras que la que tenía el Vaticano y la cual era celosamente guardada en las bóvedas de la Basílica de San Pedro. Era tan dura la restricción, que cualquier intento de reproducir dicha obra era penado con la excomunión.
El citado Miserere era una composición contrapuntísitca larga y compleja. Mozart la oyó interpretar una sola vez. De regreso a su habitación, transcribió la partitura entera de memoria. Cuando el Papa lo supo, se sintió tan asombrado que en lugar de aplicarle la excomunión, lo hizo llevar a su presencia y le otorgó la Cruz de la Orden de la Espuela de Oro.
Mozart murió a los 35 años de edad, dejando una obra tan basta, que es muy difícil de cuantificar. Y pese a su invaluable legado musical, sus restos terminaron en la fosa común, porque su mujer no tuvo el dinero necesario para hacer los pagos de la tumba.