
El 1 de mayo de 1727 murió en Paris el diácono Francois Paris, un hombre cuya vida, al parecer, había sido un perfecto ejemplo de todas las virtudes que se supone deben adornar a un cristiano. Su tumba, en el cementerio de San Médrad comenzó a recibir visitantes cada vez en mayor número.
No pasó mucho tiempo sin que se rumorara que el diácono hacía milagros a quienes visitaban la tumba. Algunos jóvenes comenzaron a sufrir convulsiones nerviosas frente a la tumba de este santo hombre, mismas que al parecer resultaron contagiosas, aumentando día con día el número de convulsionados en el cementerio.
Algunas mujeres saltaban a gran altura, otras ladraban, otras maullaban; haciendo que se extendiera el rumor de que el espíritu del difunto se hacía presente en tales manifestaciones. Pronto se formó un movimiento en torno a todo ello al que se le denominó los “Convulsionarios” y que comenzó a tomar la apariencia de una secta de enloquecidos. Estos jóvenes convulsionarios acudían a la tumba en busca de castigo por sus faltas. Unos se hacían flagelar, otros se quemaban la lengua o los pies con carbones encendidos. Algunos devoraban páginas del Antiguo Testamento o se crucificaban clavándose de manos y pies.
Podían presenciarse escenas dantescas: gritos horribles, sollozos, cánticos religiosos en una especie de aquelarre final… hasta que las autoridades hartas de tanta esquizofrenia acabaron reprimiendo y anulando semejante fanatismo.