sábado, 26 de julio de 2008

NERON Y EL INCENDIO DE ROMA

Cuentan que Nerón, uno de los más polémicos emperadores de Roma, incendió la ciudad en el año 64, por una mera ocurrencia de diversión. Aquél incendio, que hoy es considerado el más famoso de la historia, arrasó con gran parte de la ciudad. Y mientras la gente corría aterrorizada intentando salvar sus vidas, el emperador se vistió con un vistoso traje de músico de anfiteatro y con un instrumento semejante al arpa, ejecutó el hermoso poema musical Ilou Persis, mientras reía como un poseído.
Esta leyenda, que hoy se da como verdadera, nació a partir de los escritos de Seutonio y Dion Casio quienes, paradójicamente, todavía no habían nacido durante el tiempo del incendio. Los expertos en este tema jamás se han puesto de acuerdo sobre la veracidad de los hechos, no obstante si tomamos en cuenta a los historiadores romanos Tácito y Plinio el Viejo, quienes fueron contemporáneos del siniestro, se puede deducir que esta leyenda es apócrifa, e incluso nos hacen saber que Nerón ni siquiera se encontraba en Roma, ya que estaba en la ciudad de Antium. Así mismo, y en contraste con la leyenda popular, según Tácito, al enterarse del incendio Nerón fue rápidamente a la ciudad a organizar el combate al fuego, abrió las puertas del palacio a quienes perdieron sus casas y ordenó la repartición de comida entre los ciudadanos para evitar la hambruna.
Los daños fueron cuantiosos: el incendio destruyó parte de la zona del Circo Máximo, el palacio personal de Nerón, el Templo de Vesta y el Templo de Júpiter así como la destrucción de 4 distritos y el daño extremo a otros 7. Peor aún fue la destrucción de la zona comercial de Roma, por lo que el daño económico resultó aún mayor que el material.
Tras el incendio, numerosos rumores sobre la autoría comenzaron a desperdigarse por toda la ciudad. Y para evitar ser considerado el actor intelectual del mismo, Nerón hizo recaer la culpa sobre los cristianos. Como castigo, mandó tirar a muchos de ellos a los perros y crucificó a docenas. Luego hizo recoger los escombros y se dedicó a construir magníficos templos, entre ellos un nuevo palacio, el Domus Aureus. A causa de esto, posteriormente nacería la leyenda que dice que Nerón causó el incendio, para justificar la construcción de nuevos templos y su palacio.

LA ESPADA DE DAMASCO

Cuenta la leyenda que un día el rey Ricardo Corazón de León se encontró en Palestina, con el sultán Saladino su gran enemigo en la guerra de las Cruzadas. En una manifestación de poder, Ricardo tomó su enorme espada: tosca, pesada, con majestuoso decorado, digna de un rey y la dejó caer con fuerza sobre una maza de acero. Al impacto aquella maza saltó hecha pedazos.
El sultán sonrió, y sacó su hermosa espada de Damasco, pidió un mullido cojín de pluma, la colocó sobre él y jaló con suavidad la espada. El cojín quedó partido en dos como si fuera mantequilla. Ricardo y sus acompañantes miraron aquello con ojos de incredulidad. Más luego el sultán arrojó un velo hacia arriba y, cuando flotaba en el aire, lo cortó suavemente con su espada.
Se dice que las espadas de Damasco eran ligeras, de un azul opaco, con un beteado compuesto de millones de curvas oscuras sobre un fondo blanco. Y eran tan duras que se podían afilar como una navaja de afeitar, teniendo la propiedad de resistir los duros golpes en el combate sin que llegaran a romperse.
Reyes y conquistadores estaban dispuestos a dar cuantiosas fortunas por conocer el secreto de fabricación, pero estaba tan celosamente guardado, que a lo único que podían aspirar era a quedarse con una de aquellas espadas de algún enemigo caído en combate. Conocer el secreto de los aceros de Damasco les llevó a los europeos siglos.
El trabajo metalúrgico comenzó en China tres mil años antes de Cristo, más el desarrollo artesanal de los herreros surgió en el valle del río Indo, en Pakistán. Un grupo de herreros fabricaba pequeños crisoles de arcilla del tamaño de tazones de arroz y los llenaba con trocitos de hierro forjado y el ingrediente mágico: una pporción de hojas de plantas cuidadosamente elegidas. Luego se sellaban los crisoles con arcilla y se colocaban en el fondo de un horno en el piso, a cierta profundidad. El pozo se revestía de carbón vegetal, se encendía y con un chorro de aire proveniente de un sencillo fuelle se mantenía ardiente durante horas.
El carbón vegetal de aquellas hojas misteriosas, se mezclaba con el hierro derretido y se distribuía en forma regular. Cuando se sacaban los recipientes y se partían, aquella mezcla se vertía en moldes de piedra para formar pastillas redondas y planas mismas que luego eran vendidas por fuertes sumas en Oriente Medio, donde aquel material era transformado en las temidas y admiradas espadas de Damasco.
Para adornar estas espadas se empleaba un método muy elaborado mezclando aquellas pastas con acero y hierro fundido. Introduciendo las hojas en un líquido corrosivo que no atacaba el acero blanco, pero que enegrecía las zonas de hierro y producía los típicos diseños adamascados.
Todo aquél proceso culminaba con un templado final que consistía en atravesar con la espada de hierro candente el cuerpo de un esclavo vivo. Aquél bautismo de sangre confería el carácter de sagrado a las espadas de Damasco, afirmando que tenían poder independientemente de sus dueños. Por ello eran trofeos sagrados que se lograban de los enemigos caídos, ya que se consideraba que al obtener una de estas espadas se entraba en posesión de la fuerza vital de un enemigo respetado.

viernes, 25 de julio de 2008

EL ESCRITOR PERVERSO

Lewis Carrol era una persona conservadora, sordo del oído derecho y de pilón tartamudo. Le encantaban las matemáticas y los acertijos, además era demasiado ocurrente y le gastaba fuertes bromas a sus amigos, teniendo entre tantas costumbres raras el escribir cartas, para luego romperlas en muchos pedacitos y enviarlas de esa manera.
Le encantaban las niñas menores de 12 años, más no los niños. Era como Michael Jackson, pero a la inversa. Y trataba a las pequeñas de tal manera que todas lo adoraban, teniendo muchas amigas menores por todos lados. En su maletín siempre llevaba rompecabezas y juegos para atraerlas y se sabía mil y un trucos matemáticos para llamar su atención.
También gustaba de tomarles fotos a las niñas, ingeniándoselas para fotografiarlas incluso desnudas (!). Era un dulce maniático.
Éste ilustre señor, Lewis Carroll, escribió un libro allá por el año de 1882, y según anotó en su diario, calculaba que si lograba vender todos los ejemplares de su primer tiraje, que era de 2000 ejemplares, de todas formas perdería 200 libras. Más si la suerte le favorecía y lograba vender otros 2000, entonces ganaría 200 libras. El negocio sería si lograba vender más de 4000 ejemplares, pero esto le parecía totalmente improbable.
El ilustre seductor de niñas, logró vender antes de su muerte 180,000 ejemplares de su libro, y hasta la fecha son millones los libros que se han vendido de este ejemplar, llegando incluso el Sr. Walt Disney a filmar una película de muñequitos con la dichosa historia creada por Lewis. Que por si usted no lo sabía se trata de “Alicia en el país de las maravillas”.
¡Qué cosas tiene la vida!

EL BILLETE AUTOGRAFIADO

Elvis Presley, el rey del rock & roll, era un tipo excéntrico y derrochador en todos los sentidos. En tan solo quince días se gastó 38 000 dólares en pistolas de todos los calibres y 80 000 dólares más en la compra de seis Mercedes Benz. Algo totalmente absurdo, ya que solía portar siempre la misma pistola, una 45 enjoyada, y utilizar el mismo carro, un Cadillac Amarillo que combinaba pésimamente con sus trajes de terciopelo morado, su color favorito junto con el blanco.
Un amigo de infancia, quien era sheriff de Memphis, le regaló una credencial que lo acreditaba como oficial de antinarcóticos. Y con ella en mano visitaba los antros buscando músicos que consumían droga. Entraba a los camerinos y los sermoneaba duramente amenazándolos que si continuaban así los metería a la cárcel, ya que su vicio acabaría destruyendo a los Estados Unidos. Lo que más molestaba a Elvis era que su credencial tan solo era válida en Memphis, así que fue directamente con el presidente para resolver el problema, y por supuesto que le resolviera el problema. Ni siquiera Nixon pudo negarle un favor al “Rey del Rock & Roll”
En esa visita a la Casa Blanca, uno de los guardias le solicitó un autógrafo, y como no traía ningún papel a la mano, el guardia sacó un billete de $ 50 dólares y Elvis ahí estampó su firma. Al llegar a casa, el guardia lo colocó en un marco, mismo que luego colgó en el centro de su sala, para presumir a sus amistades. Hasta que años después, su mujer, desesperada por una crisis económica, sacó la reliquia del marco y con ella pagó una cuenta en el supermercado.

jueves, 24 de julio de 2008

EL FOTOGRAFO Y EL ESQUELETO

Adrian Brooks era oficial de distrito en Kasama (Rodesia septentrional) cuando un día uno de los miembros de la tribu de los Wemba le contó de la existencia de un sepulcro sagrado para los jefes supremos de la tribu. Brooks, quien era excelente fotógrafo y vendía sus fotografías a las revistas especializadas, no quiso perder la oportunidad de ir a fotografiar tan singular sepulcro, el cual estaba en una parte secreta y jamás se había permitido acercarse a él a un hombre blanco.
La tradición era que cuando un alto jefe de la tribu moría, se colocaba el cadáver en una cabaña real, y se le vigilaba hasta que la carne se descomponía y los huesos quedaban limpios. Después se enterraba el esqueleto casi a flor de tierra, pero manteniendo la mano derecha extendida y sostenida por un palo, de tal manera que quedara totalmente visible, para que de esta forma quienes pasaran por ahí pudieran estrecharle la huesuda mano.
Dos viejos hechiceros custodiaban el sepulcro sagrado y cuando Brooks pretendió acercarse al sepulcro le impidieron el paso, más burlando luego la vigilancia penetró hasta él y tomó varias fotografías. Esto enfureció a los guardianes luego que lo descubrieron y arrojaron sobre él una maldición previniéndole que muy pronto moriría.
A Brooks no le preocupó en lo absoluto la maldición, e incluso hizo burla de ella cuando regresó a su oficina. Más tres días después, precisamente a las afueras de esta oficina cayó el asta de la bandera que tenían arriba de la entrada y lo golpeó tan fuerte en la cabeza que lo mató al instante. El dictamen oficial señalaba que las termitas habían horadado la base del poste y este había caído justamente cuando Brooks se paró por unos instantes bajo él.

miércoles, 23 de julio de 2008

LA MAMÁ DE EDISON

Thomas Alva Edison fue uno de los creadores más productivos de todos los tiempos. Gracias a su ingenio y tenacidad logró cosas tan valiosas como el foco y el fonógrafo, además de muchos otros inventos que permitirían un inusitado avance dentro de la era moderna.
Más sin embargo es bueno saber que a los ocho años y después de haber asistido tres meses a la escuela, regresó a su casa bañado en lágrimas debido a que el maestro lo hechó de clase por consideralo estéril e improductivo. Años después este maestro comentaba que mientras fue su alumno, no logró percibir su gran ingenio y grandeza, ya que era un alumno de muy bajo rendimiento e inferior a sus compañeros de clase.
La madre de Edison se enfureció ante la opinión del maestro y fue a reclamarle airadamente. Hecha una furia obligó a que fuera aceptado nuevamente en clase. Edison siempre reconoció la grandeza de su progenitora. Una mujer entusiasta y decidida que no se amedrentaba con nada. Y sin lugar a dudas que esto fue un gran aliciente para el futuro gran inventor.
Al igual que Beethoven tuvo dificultades auditivas, una sordera que empeoró con el paso de los años. Más Edison no se preocupó gran cosa. Se volvió un tanto retraido y más centrado en las cosas que deseaba hacer. Pasaba horas enteras dedicado a la lectura en la biblioteca de Detroit. Ahí, comenzaba por leer el primer libro que se encontraba en el anaquel inferior y seguía por orden con los demás hasta terminar con toda la hilera.
¡Y nosotros que muchas veces no somos capaces de leer ni siquiera un libro completo!. El conocimiento es poder. Un poder que nos llena de grandeza para lograr con menor dificultad los objetivos que nos trazamos en la vida.

martes, 22 de julio de 2008

EL TENEDOR

En los tiempos antiguos se comía con las manos, sin auxilio de ningún tipo de cuchillos, tenedores o cucharas. Se acostumbraba cortar la carne, el pescado, las frutas y verduras en trozos pequeños y así se servía. Aunque los buenos modales en el comer han existido desde épocas anteriores a los cubiertos. Entre ellos se estipulaba que se debía comer con la punta de los dedos, siendo de pésima educación el chupárselos. Para lavárselos había unos recipientes con agua que se utilizaban después de cada plato, o como mínimo al terminar la comida.
Según se cree, el tenedor ya existía en el oriente, más fue hasta el siglo XI cuando apareció en las mesas europeas. Esto fue obra de una mujer llamada Teodora, hija del emperador bizantino Constantino Ducas. Esta princesa asombró a los venecianos con sus refinamientos. Se mandó hacer un tenedor de oro de dos picos, con el cual sus eunucos le daban los trozos de alimento en la boca.
Cuando se divulgó la noticia, provocó una indignación general. De todas partes llegó la censura. No porque sus eunucos le dieran de comer en la boca, sino por el uso de aquél diabólico artefacto. Al grado que hasta la Iglesia Católica expresó públicamente su disconformidad por el uso del tenedor. San Pedro Damian amonestó a Teodora desde el púlpito por haber importado una moda no apta para buenos cristianos. Al rechazo religioso se sumó el social y el político. Desde ahí surgió la imagen del diablo con tridente.
Después, cuando aminoró la censura, y la costumbre fue propia de nobles y adinerados, el comer con tenedor se llegó a considerar una costumbre de gente cursi o afeminada. Por fortuna las ideas al respecto cambiaron, y ahora podemos comer con nuestros cubiertos sin que haya mayor problema.