lunes, 29 de septiembre de 2008

EL CABALLO DE LEONARDO DA VINCI

Leonardo Da Vinci, el famoso pintor, escultor e inventor, trabajó durante 12 años en una estatua ecuestre de bronce, con la figura del padre de su mecenas Ludovico Sforza.
La estatua, de más de 7 metros de altura, hubiera exigido verter 100.000 kilos de metal fundido en un molde con la rapidez suficiente para que el enfriamiento fuera uniforme.
Para ese fin, inventó un sistema de hornos múltiples que jamás se llegó a utilizar ya que una amenaza de guerra hizo que todo el metal fuera destinado a la fabricación de cañones.
Al no poder hacerlo de metal, se dio a la tarea de construirlo en arcilla. La obra se encontraba en Milán, Italia y era proclamada como la obra ecuestre más bella que jamás se hubiera visto.
Por desgracia los franceses derrotaron a los milaneses en 1499 y los soldados de Luis XII utilizaron el caballito para sus prácticas de tiro, perdiéndose una obra de incalculable valor artístico.
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TANZEN Y EL EMPERADOR

Se dice que a mediados del siglo XVI, en la ciudad de Angra, al norte de la India, un cortesano del famoso emperador Mongol Akbar el Grande, realizaba portentosos milagros con sus melodías. Este extraordinario músico y poeta llamado Tanzen, conocía el secreto para hacer llover por medio del sonido, reverdecer las plantas y llenarlas de flores, e incluso encender con sus melodías y cánticos las lámparas de aceite.
Cierto día, el emperador Akbar, embelesado por la maestría y dones de Tanzen, le preguntó quién le había enseñado a realizar tan increíbles maravillas. Y el músico le contestó que todo lo que sabía era el conocimiento que le había entregado su gran maestro, un hombre muy sabio que vivía en las montañas. El emperador pensó entonces que si era tan maravilloso lo que tocaba Tanzen ¡Cómo sería lo que tocaría su maestro?!, así que le pidió a Tanzen que invitara a su distinguido maestro a venir al palacio. Pero Tanzen con pena le dijo que su maestro jamás bajaría de las montañas para tocar en un palacio, porque era demasiado humilde y se apartaba de todo lo que le parecía superfluo y vano.
Más el emperador no pensaba dejar escapar la oportunidad, así que le pidió a Tanzen que lo llevara ante su maestro para escucharlo tocar. Y de nuevo Tanzen salió con una negativa, ya que según su punto de vista, su maestro jamás aceptaría tocar para un rey. Akbar, sin perder la esperanza le preguntó una vez más: ¿Y si me hiciera pasar como tu sirviente?.
Fue de esta manera como viajaron a las montañas en busca del gran maestro, Tanzen a caballo y Akbar el emperador caminando detrás, tal y como corresponde a cualquier esclavo. Una vez que fueron recibidos por el gran maestro, Tanzen le suplicó que tocara para ellos alguna de sus mágicas melodías. Bastaron unos cuantos acordes, para que aquellos humildes oyentes entraran en un maravilloso éxtasis que les hizo perder la noción del tiempo y del lugar.
Cuando ambos salieron de aquél trance, se dieron cuenta que el maestro había partido a otro lugar de la montaña, así que emprendieron el camino de regreso. Al volver al palacio, el emperador le preguntó a Tanzen el nombre de aquella hermosísima melodía. Y Tanzen no tan solo le reveló el nombre, sino que incluso la interpretó para él. Mas el emperador no quedó satisfecho.
“Si, esta es la misma melodía” reconoció el emperador – “pero ¿Porqué no la siento igual?. Tanzen sonrió y luego le aclaró: “La diferencia está en que yo toco para ti, mientras que mi maestro siempre toca para Dios”.
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ANGELA PERALTA EL RUISEÑOR MEXICANO

Ángela era una mujer fea. Su cuerpo era pequeño, obesa, de cara redonda, la nariz puntiguada y enorme, la boca gruesa, los ojos saltones y para colmo de males era tan miope que casi caía en la ceguera. Su cuello era tan corto y regordete que parecía tener bocio. Y sus papás tampoco le ayudaron mucho con el nombrecito con que la bautizaron, ya que la pobre niña llevó el nombre de María de los Ángeles Manuela Tranquiliza Cirila Efrena Peralta Castera. ¿Logró aprendérselo? Todo un auténtico trabalenguas. La pobre parecía estar totalmente dejada de la mano de Dios y de los hombres. Pero tenía una cualidad excepcional: cantaba tan hermoso como un ruiseñor. Y de hecho así le llamaron: “el ruiseñor mexicano”.
Nació en la ciudad de México, de origen humilde, aunque sus padres procuraron darle muy buena educación, motivando además sus inclinaciones artísticas. Le gustaba la poesía, tocaba el piano, componía, hablaba francés e italiano y por si fuera poco tenía un gran conocimiento de la historia de México, historia universal y geografía.
Su primera gran oportunidad la recibió a los 8 años, cuando cantó en público La Cavatina de Donizetti. Posteriormente estudió el Conservatorio Nacional de Música y en 1860 participó en la ópera El Trovador en el Teatro Nacional de la ciudad de México. El público quedó fascinado y recibió una tremenda ovación.
Sin contar con más apoyo económico que el de su padre, viajó a España para tomar clases de canto con uno de los mejores maestros de la época. Después fue a Italia y en 1862 actuó en “Lucía de Lammermoor” ante el más difícil de todos los públicos, el de la Scala de Milán. El triunfo fue rotundo. Y esto le valió para luego ser invitada a cantar ante sus majestades Víctor Manuel II y su esposa, en una representación de “La Sonámbula” de Bellini. Cuentan los informes de los cronistas de la corte, que tal interpretación fue tan aclamada, que la Peralta tuvo que salir a agradecer a su público las ovaciones otorgadas 32 veces.
El público de aquella noche estaba repleto de autoridades políticas, artísticas y periodísticas que ni tardas ni perezosas alabaron la magnífica voz de la soprano mexicana. Sin embargo, no fueron los únicos que la vitorearon, pues después de Turín y la corte del rey Víctor Manuel II, le siguieron contratos para presentarse en Roma, Florencia, Bolonia, Lisboa y El Cairo
Al terminar esta gira, todas las ciudades italianas la hicieron su figura indispensable durante las temporadas de ópera entre 1863 y 1864; cosa que raramente sucedía, salvo con las grandes excepciones, como es el caso de Ángela Peralta.
Pero no sólo Europa la aclamaba y pedía, sino que también su misma patria. El Archiduque de Austria, Fernando Maximiliano, le hizo la cordial invitación para que volviera a México en calidad de figura primerísima del Teatro Imperial Mexicano. El 20 de noviembre de 1865 la ciudad de México se vuelca para recibirla. Actores de la academia de Bellas Artes, estudiantes del Colegio de San Carlos, intelectuales, artistas, gobernantes, la anónima masa y, por supuesto, su familia, salieron a darle la bienvenida después de un intensísimo viaje en el que cosecha muchos de sus más grandes triunfos.
Una vez en México continuó sus estudios y sus exitosas presentaciones en diversos escenarios mexicanos, volviendo posteriormente a Europa donde duró cuatro años y medio en su exitosa carrera.
Los siguientes años de su vida las pasó entre Europa y México. Parecía que nada podía frenar su brillante trayectoria. Pero en 1882, después de una gira por Monterrey, Saltillo y Durango llegó a Mazatlán. El ayuntamiento del puerto, al saber de la llegada del ruiseñor mexicano, aprobó los gastos que fueran necesarios para recibirla dignamente. Se alquiló el teatro Rubio para ofrecerlo a la diva, se engalanó el muelle y se le recibió con el himno nacional. Ángela fue llevada en un hermoso carruaje hasta el hotel, aclamada a su paso por una gran multitud. Ella salió al balcón y saludo al pueblo, que se agrupaba al frente del edificio. Aquello parecía la antesala de un gran triunfo, ya que a Peralta la acompañaban 80 artistas, en su mayoría italianos.
Un poco antes de la llegada de Peralta a Mazatlán, las autoridades habían cometido un grave error. En uno de los barcos que llegaron al puerto murió un norteamericano portador de fiebre amarilla. Las autoridades conocieron bien el caso, y aún así permitieron que el cadáver fuera bajado a tierra y sepultado en el panteón local. Esto dio origen a una gran epidemia que rápidamente se propagó por el puerto.
El 23 de agosto se realizó la primera presentación de “El trovador”, más el público fue escaso, ya que corrían alarmantes rumores sobre la propagación de la fiebre amarilla. Se dice que en esos días no había prácticamente ninguna familia que no tuviera a alguno de sus miembros enfermo. Todos se encerraron en sus casas. Nadie quería salir y mucho menos ir a lugares de reunión. El puerto se convirtió en un lugar desolado y las familias adineradas escapaban del lugar.
Luego cayó enfermo el director de escena y uno de los maestros del grupo, quienes fallecieron días después. La fiebre amarilla se ensañó con toda la compañía de ópera. De los 80 miembros que la formaban tan solo 6 lograron sobrevivir. Ángela Peralta también fue una de las víctimas. Su última voluntad fue casarse en su lecho de muerte con su amante, don Julián Montiel y Duarte. Uno de los testigos cuenta que uno de los artistas de apellido Lemus, sostenía a Ángela por la espalda y en el momento que el juez hizo la pregunta de si “aceptaba a don Julián por esposo”, el Sr. Lemus movió la cabeza de la enferma”. Muchos afirman que ella ya estaba muerta.
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LOS GANSOS

En un lugar como el nuestro no es factible ver un grupo de gansos en vuelo, pero de seguro visto alguna vez esa curiosa formación que guardan en algún video o película. Pues bien, la ciencia ha descubierto acerca de porqué vuelan en esta forma. Se ha comprobado que cuando cada pájaro bate las alas, produce un movimiento en al aire que ayuda al pájaro que va detrás de è1. Volando en V la bandada completa aumenta por lo menos un 71 por ciento más de su poder que si cada ganso volara solo.
Cada vez que un ganso se sale de la formación siente inmediatamente la resistencia del aire, se da cuenta de la dificultad de hacerlo solo y rápidamente regresa a su formación para beneficiarse del poder del compañero que va adelante. Cuando el líder de los gansos se cansa se pasa a uno de los puestos de atrás y otro ganso toma su lugar.
Los gansos que van detrás graznan (producen el sonido propio de ellos) para alentar a los que van adelante a mantener la velocidad.
Finalmente, cuando un ganso se enferma o cae herido por un disparo, otros dos gansos se salen de la formación y lo siguen para ayudarlo y protegerlo. Se quedan acompañándolo hasta que está nuevamente en condiciones de volar o hasta que muere, y solo entonces los dos acompañantes vuelven a su bandada o se unen a otro grupo.
Una excelente demostración de lo que debe ser el trabajo de equipo y la solidaridad, cosa que en verdad nos hace falta en muchas ocasiones a todos nosotros.
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LA HISTORIA DE EL TEQUILA

Una tribu de origen Nahuatl, a la que llamaban Tequila, Tiquilos o Tiquilinos, que al radicaba por esa zona de Amatitán, enfrentó en cierta ocasión una terrible tormenta eléctrica de vientos muy fuertes, semejante a la que tuvimos el jueves por la noche en esta ciudad de Guadalajara.
Los Tiquilinos sintieron que el cielo se derrumbaba sobre sus cabezas, aquello pareció la furia de los dioses desatada, pero en cuanto cedieron los vientos, y paró el torrencial aguacero que todo lo amenazaba, aquellos indígenas salieron a ver sus campos y hacer un recuento de los daños.
Los arroyos se habían desbordado llevando cuesta abajo sus aguadijales, Sus animales vagaban por los campos asustados y muchas zonas donde sembraban su maíz, ahora lucían como lagos.
En su recorrido de evaluación de daños, también encontraron, en el campo de los agaves, varios de ellos que estaban humeantes al haber sido alcanzados por los rayos. Se acercaron a ver lo sucedido, y el rico aroma que estos desprendían, debido al cocimiento, hizo que el más curioso de aquellos indios, cogiera una penca y se la llevara a la boca, descubriendo que era una auténtica delicia.
Pero otro de ellos, un poco más afortunado diría yo, bebió de un licor que destilaba del agave, y aquello le pareció una maravilla. Después de que todos ellos lo probaron, llegaron a la conclusión que aquello era un regalo de los dioses, por lo cual a partir de entonces lo incluyeron en sus ritos ceremoniales, provocando en sacerdotes, sabios y guerreros estados de luminosa euforia.
Los indígenas aprendieron luego a cocinar el agave en hornos primitivos hechos bajo la tierra, a remojar las pencas y fermentarlas. Y ellos vieron que aquella bebida era buena y la llamaron “metl”, que significa maravilla.
La planta del maguey se convirtió en algo sagrado para los indígenas, y a ella están relacionadas muchas de las leyendas de sus dioses. En los códices prehispánicos se hace referencia al agave, mencionando sus usos en la elaboración de alimentos, bebidas, azúcar, jabón, cuerdas e infinidad de cosas más. E incluso le encontraron propiedades medicinales.
Pero el gobierno colonial no vió con buenos ojos que los indios hicieran una bebida embriagante con el mezcal o el agave, así que lo prohibió, pasando este luego a la clandestinidad.
Más no vaya a creer que el gobierno encontró en aquella bebida una amenaza contra la sociedad y buenas costumbres de la época. No, para nada. La prohibición se debió a que el gobierno colonial quiso favorecer la importación de vinos y aguardientes españoles, así que prohibió la fabricación de todas aquellas bebidas que pudieran hacerles la competencia.
Pero a los indígenas les importó un comino la prohibición, y siguieron fabricando su néctar de los dioses, sin importarles en lo más mínimo las consecuencias.
Aquella bebida extraída del agave comenzó a cobrar popularidad. Pese a ser un delito, su elaboración continuaba realizándose en grandes proporciones. Y en uno de aquellos momentos apremiantes en que el gobierno andaba escaso de recursos, por allá por el siglo XVII, se optó por autorizarla y cobrar el impuesto correspondiente.
Gracias a ello, el erario pudo sufragar las primeras obras importantes para introducción de agua potable a la ciudad de Guadalajara y, años después, la construcción del palacio de gobierno de Jalisco.
Así, la destilación del entonces llamado vino de mezcal estuvo controlada por los españoles, quienes le dieron una actividad productiva que pronto conformó un mercado, generando el desarrollo de plantaciones de agave.
Al iniciar el siglo Diecinueve, ya existían 24 haciendas tequileras, 12 en Tequila y 12 en Amatitán.
Con la consumación de la Independencia en 1821, los licores españoles tuvieron dificultades para llegar a México, lo que permitió a los fabricantes de Tequila incrementar sus ventas en Guadalajara e iniciar su comercialización en la Ciudad de México y el centro del país.
El tequila comenzó a conquistar nuevos territorios y para el siglo XVIII ya se enviaba a los Estados Unidos, aunque el traslado era bastante difícil porque se hacía a través de carretas. La llegada del ferrocarril aceleró la expansión del comercio y la modernización industrial de las principales destilerías estuvo ligada a su exportación.
A finales del siglo Diecinueve y principios del Veinte, la fabricación de Tequila ya era una de las principales industrias en Jalisco, pero tuvo que competir con los aguardientes europeos que también llegaron a los Estados Unidos y se distribuían rápidamente de costa a costa a través del ferrocarril por todo Estados Unidos.
Entre la sociedad mexicana, en sus inicios el tequila fue despreciado, por ser considerado bebida propia del “populacho”, mientras que las bebidas francesas eran las apropiadas para la clase alta.
En el año de 1910, durante una exposición en San Antonio, Texas, se empezó a llamar a la bebida jalisciense del agave "vino de Tequila" y desde entonces se comenzó a utilizar la palabra "Tequila" como identificador del aguardiente.
La revolución mexicana provocó una euforia nacionalista y esto propició el incremento del tequila, además de que contó con el apoyo del cine mexicano de su “época de oro” de los años treintas y cuarentas, donde se logró una excelente difusión del producto, hasta convertirse en el más popular de México. También los grandes composiores mexicanos, como José Alfredo Jiménez hicieron lo suyo haciendo la bebida del agave demasiado popular.
A tanto llegó la popularidad del tequila, que incluso en el año de 1930, cuando llegó una epidemia de influenza española que atacó la parte norte del país, un médico afamado de la zona, recetaba una copita diaria para librarse de la enfermedad, cosa que luego muchos otros médicos imitaron. Por ello desde entonces, aunque ahora en son de broma, se recomiendan unos tequilas para librarse de la gripe.
Durante muchos años se buscó el reconocimiento internacional de la bebida, hasta que en mayo de 1997, México firmó con la Unión Europea un acuerdo para proteger la Denominación de Origen del Tequila, al igual que la tienen el Jerez, el Champaña y el Cognac.

JACINTO CANEK

Jacinto nació en la ciudad de Campeche a la sombra de un convento. Sus padres, indios mayas, estaban designados al servicio de los religiosos franciscanos, quienes muy pronto se dieron cuenta de la excepcional inteligencia y vivacidad del pequeño Jacinto, por lo que decidieron hacerse cargo de su educación.
Un fraile de la orden de San Francisco le enseñó teología, latín, gramática, moral e historia. Cuando el religioso recibió la orden de continuar su apostolado en Mérida, llevó consigo a Jacinto, el joven indígena.
Quizás se pudiera pensar que cobijado bajo el hábito de los monjes, Jacinto terminaría siendo un religioso, o al menos un devoto eternamente fiel y al servicio de Dios, o al servicio de los siervos de Dios, porque los tiempos no hubieran permitido mayor cosa. Pero el conocimiento le hizo libre. Sus ojos se abrieron y se dio cuenta de la injusticia que estaba sufriendo su pueblo.
Pronto comenzó a manifestar su rebeldía con hechos y palabras. Los monjes de la comunidad le amonestaron y conminaron a la sumisión y al silencio; más Jacinto ya no podía callarse ni someterse, por lo cual los superiores de la orden decidieron que fuera expulsado del convento.
En cuanto se le cerraron las puertas de la orden religiosa, Jacinto entendió a la perfección cual era su misión y destino, por ello se fue a la feria del pueblo, y ahí, en la esquina más concurrida, arengó a los indígenas para rebelarse contra los españoles, quienes habían venido a quitarles todo y convertirlos en sus siervos.
Jacinto era de verbo fácil, de actitud firme y decidida. Era todo un líder de corazón valiente, que hablaba a la perfección la lengua maya, por ser su lengua, pero además era perfecto su español, y sabía muy bien la historia de su pueblo. Nadie podía engañarle. Entendía que los españoles habían puesto de rodillas a su gente con dos armas poderosas: la cruz y la espada. Y era hora de liberarse de ambas.
La gente comenzó a llamarlo Jacinto Canek, en honor del último cacique de la casa maya de los itzaes Can Ek (Serpiente feroz), quien había dirigido la resistencia desde Chetumal.
Por supuesto que las autoridades españolas pronto se percataron que había un indio agitando las masas y dieron la orden de aprenderlo. Más Jacinto Canek logró escapar internándose en la selva, acompañado de un grupo de rebeldes, quienes le apoyaron para iniciar la ofensiva contra las autoridades españolas que gobernaban Yucatán.
Tras una serie de enfrentamientos entre autoridades e indígenas rebeldes, Jacinto Canek fue capturado y puesto en prisión. Pero logró escapar. Y se le capturó varias veces, más era un indio tan hábil y astuto que siempre encontraba el modo de escabullirse de las prisiones, por lo cual más tardaban en atraparlo que él en evadirse de la cárcel.
Por todas partes se comenzaron a unir los indígenas con Canek. Los indios no necesitaban de muchas explicaciones, en cuanto les llegaba el llamado a la rebeldía, mostraban un corazón decidido, porque no había indio alguno que no estuviera en contra del yugo al que se les sometía.
Aquello se estaba convirtiendo en un auténtico polvorín de proporciones gigantescas. Por lo cual el gobernador de Yucatán brigadier José Crespo y Honorato, ordenó a sus tropas, restablecer el orden en la península.
El duro enfrentamiento entre tropas y rebeldes se dio en el pueblo yucateco de Sotuta. La batalla no fue nada fácil para los indios, porque aquellos soldados estaban muy bien adiestrados y traían excelentes armas y buenas estrategias. El resultado del enfrentamiento fue de 600 indios rebeldes y 40 soldados muertos. Los indios habían logrado incendiar la villa de Kisteil, una hermosa propiedad española, más por desgracia las tropas lograron capturar a los indígenas rebeldes, siendo así como el 7 de diciembre de 1761, jacinto Canek fue conducido a Mérida como prisionero.
Canek fue acusado de Alta Traición a la Corona española y sentenciado a ser descuartizado vivo, atenaceado, quemado su cuerpo y esparcidas sus cenizas por el aire…
Esta vez los cerrojos fueron inviolables. No hubo cómplice que pudiera abrir las puertas y darle nuevamente la libertad a Jacinto Canek, por lo cual llegado el momento, la sentencia se cumplió al pie de la letra.
Se le sometió a la tortura ordenada, se destrozó su cuerpo y después fue arrastrado hasta la plaza principal de Mérida, donde se colocó a la vista de todos, como una grave señal de advertencia. Después de tan ignominioso proceso, se prendió una enorme hoguera y fue arrojado al fuego.
Cuando el fuego lo consumió todo, las cenizas fueron recogidas, se les llevó a un valle cercano a los montes y ahí se entregaron a los vientos.
La rebeldía prosiguió por mucho tiempo. El nombre de Jacinto Canek no es quizás muy conocido, pero sus cenizas aún vuelan por los vientos de esta tierra que gracias a corazones como el de Canek se ha convertido en un México libre.
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IZTACCIHUATL LA MUJER BLANCA

En el capítulo XVII, Tomo I, de la Historia de las Indias de la Nueva España, Fray Diego Duran cuenta acerca de las creencias de los antiguos mexicanos con respecto a la montaña sagrada de Iztaccíhuatl. Dice que los indígenas tenían a Iztac Cihuatl, o mujer blanca, como una diosa a la que adoraban con gran ceguedad e ignorancia. Tenían en las ciudades sus templos y ermitas, con una imagen a la que adornaban y reverenciaban. Incluso tenían un santuario en una cueva de la montaña, a donde acudían con ofrendas y sacrificios. En la misma cueva había gran cantidad de ídolos pequeños que representaban los nombres de los cerros que había en el contorno. Incluyendo el dios Tláloc.
La diosa que tenían en la ciudad de México era de palo, vestida de azul, y en la cabeza, una tiara de papel pintado de negro. Tenía en la espalda un medallón de plata de la cual salían unas plumas blancas y negras, junto con varias tiras de papel negro que le caían en las espaldas.
La estatua tenía el rostro de una doncella, con cabellera de hombre, con tupé y el cabello cayendo hasta los hombros. Estaba colocada sobre un altar ricamente adornado con mantas y otros ricos aderezos.
En el santuario había encargados de realizar ceremonias de día y de noche, con tanto cuidado y orden, como era costumbre realizar para los grandes dioses.
El día en que se celebraba la fiesta de Iztaccíhuatl, vestían a una india, esclava y purificada en nombre de su diosa, toda de verde, con una corona o tiara blanca en la cabeza, con algunos toques negros, para simbolizar que la Sierra Nevada está toda verde, con las arboledas y la coronilla y cumbre, toda blanca de nieve.
A esta india la sacrificaban en la ciudad de México delante de la imagen del ídolo, prosiguiendo luego con dos niños pequeños y dos niñas, ricamente vestidos, a los cuales transportaban a la montaña, sobre unos pabellones hechos de hermosas mantas, para luego sacrificarlos en la cueva. Los indígenas permanecían dos días en la cueva de la montaña realizando sus ceremonias, con grandes plegarias y sacrificios, ayunando todos, sin que hubiera dispensa para ancianos, enfermos o niños.
Ahí mismo ofrecían coronas de plumas, vestimentas de mujer, joyas y piedras preciosas y mucha comida, dejando todo bajo la protección de unos guardias, para que no robaran la ofrenda.
Al término de la festividad, los indígenas se marchaban, mientras que los guardias permanecían en el lugar hasta que la ofrenda se convertía en podredumbre a causa de la humedad.
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