sábado, 8 de noviembre de 2008

EL CURANDERO Y EL NIÑO PARALITICO

Cuenta una vieja historia chiapaneca, que en tiempos antiguos hubo una gran sequía que provocó grandes estragos en la zona. En los campos se secaron los sembradíos, los causes de los arroyos dejaron de cantar mostrando sus piedras al desnudo y los indígenas conocieron el hambre.
En aquellos angustiosos días llegó a la región una mujer, cuyos modales y apariencia revelaban que se trataba de una dama de buena posición económica. Llevaba consigo a un adolescente que padecía una extraña enfermedad. Había recurrido a todo tipo de médicos y curanderos, sin que nadie hubiese podido encontrar cura para el mal de su hijo. Lo llevó con los mejores especialistas acumulando decepción tras decepción, por ello, como último recurso fue a la búsqueda de shamanes, brujos y curanderos, esperando que alguno de ellos tuviera el poder suficiente para lograr que su muchachito caminara de nuevo.
Al llegar a Chiapas habló con los lugareños, buscaba a los afamados curanderos de Chiapa, y pronto alguien le indicó el camino hacia el más afamado de ellos, que estaba en Namandi-yuguá. El anciano examinó al joven, le impuso sus manos y dibujó en los aires unos pases mágicos, luego le recetó pócimas de hierbas y ordenó a la madre que llevara al chico a los baños de Cumbu-jujú, el lugar donde abunda el jabalí, y lo bañara en las aguas repetidas veces, aquello complementaría el tratamiento.
La madre cumplió al pie de la letra las indicaciones y poco después, como si se tratase de un milagro, el joven empezó a recobrar la movilidad de sus piernas.
La mujer no dejó de dar gracias al cielo cuando su hijo dejó la silla de ruedas y comenzó a caminar. Llena de agradecimiento, quiso recompensar en algo por tan grande don recibido y mandó traer desde lejanas tierras ganado y grandes cantidades de cereales para paliar el hambre de aquella gente. Ordenó que se destazara cada día una vaca en la plaza y la repartió en porciones a los indígenas, complementando con canastas de víveres y frutos.
Al llegar el mes de enero, en el día de San Sebastián, doña María de Angulo, que así se llamaba esta mujer, sacó a su hijo desnudo, como el santo, para que recorriera las calles en procesión, solicitando la clemencia divina para que acabaran las penurias del pueblo. Tiempo después la mujer y su hijo se marcharon hacia su lejano país. La situación de Chiapas cambió; volvieron las lluvias, reverdecieron los campos y se recogieron buenas cosechas.
A partir de entonces, el día de San Sebastián, los nativos recuerdan aquél echo milagroso, haciendo una procesión con una muchacha y un joven vestidos como aquella madre y su hijo. Pasean por las calles rodeados de sus sirvientes, quienes reparten comida a la gente, para continuar ganándose el favor de la misericordia divina.

ESOPO

Esopo fue un fabulista griego, creador de grandes historias llenas de moraleja. Sus pequeñas narraciones casi siempre trataban sobre animales, y fueron transmitidas en forma oral. Y aunque nunca dejó nada escrito, sus creaciones luego fueron recreadas en verso por el poeta griego Babrio, aproximadamente en el siglo II antes de Cristo, y posteriormente el poeta romando Fedro las reescribió en latín en el siglo primero de la era Cristiana.
Dicen que Esopo, vivió entre los años 550 y 620 a.C.. Al parecer fue esclavo de un tal Janto de Samos, quien lo apreciaba tanto que le dio el don de la libertad. Debido a su gran reputación, el rey Creso, de quien hablé en la cápsula anterior, le llamó a su corte, lo colmó de favores, lo envió luego a consultar el oráculo de Delfos, a ofrecer sacrificios en su nombre, y a distribuir recompensas entre los sacerdotes de la ciudad. A Esopo, quien era un hombre amante de la rectitud, le molestó mucho la actitud de los sacerdotes, a quienes les descubrió fraudes y una codicia desmedida. Y como Esopo era un hombre de inteligencia muy aguda, no perdía la oportunidad de manifestar duras críticas al poder público y a las costumbres sociales de sus contemporáneos. Esto, por supuesto, que no era muy del agrado de los afectados. Y tampoco fueron del agrado de los sacerdotes sus agudezas. Les reprochó su actitud con una serie de sarcasmos, limitándose a ofrecer a los dioses los sacrificios mandados por Creso, para luego regresar ante el rey y devolverle las riquezas que se le habían entregado, por juzgar que no merecían aquellos sinvergüenzas obsequio alguno.
Aquella actitud de Esopo los molestó mucho, y por ello decidieron vengarse, escondiendo entre sus equipajes una copa de oro consagrada a Apolo, luego lo acusaron de robo y lo condenaron a muerte. Lo llevaron ante un precipicio, y antes de arrojarlo, Esopo les obsequió con su última fábula con su profética moraleja:
En el tiempo en que los animales hablaban el mismo lenguaje, un ratón se hizo amigo de una rana y la invitó a comer. Cuando se quedó bien llena la rana dijo: "Ven tú también a mi casa a comer, para llenarte bien". Le llevó a una charca y dijo: "Tienes que nadar". "No se nadar" respondió el ratón. La rana le contestó: "Ya te enseñaré". Y con una cuerda ató la pata del ratón a la suya, saltó a la charca y arrastró al ratón. El ratón, ahogándose exclamó: "Aun estando muerto me vengaré de ti estando tú viva". La rana se sumergió y al ratón se ahogó. Flotaba el ratón muerto en el agua y un cuervo lo arrebató con la rana atada y al comerse al ratón se comió también a la rana. Así se vengó el ratón de la rana. Lo mismo yo señores, al morir seré vuestra ruina. Y así sucedió, pues a la muerte de Esopo toda la población de sacerdotes fue extinguida por la peste.

GENGIS KAN Y EL SHA

Muhammad, el sha de Khwarezm, logró forjar, al cabo de muchas guerras, un gran imperio que se extendía hacia el oeste de la actual Turquía y el sur de Afganistán. El centro del imperio fue la gran capital asiática de Samarcanda. El sha tenía un ejército poderoso y bien entrenado, que le permitía movilizar a 200,000 guerreros en pocos días.
En 1219, Muhammad recibió una delegación enviada por el nuevo líder de Oriente, Gengis Kan. La delegación llevaba una buena cantidad de obsequios para el gran Muhammad. La intención de Gengis Kan era reabrir la Ruta de la Seda hacia Europa, y ofrecía compartir los beneficios con Muhammad, además prometió mantener la paz entre ambos imperios.
Muhammad, quien no conocía a aquel nuevo líder de Oriente, tomó como una auténtica arrogancia que se le tratara de igual a igual, así que ignoró la oferta de Kan, por lo cual volvieron sus emisarios con la mala noticia para su líder.
Gengis Kan no se desalentó y decidió intentarlo de nuevo. Esta vez le envió una caravana de cien camellos, cargados con artículos exóticos, obtenidos en los saqueos perpetrados en China. Sin embargo, antes de que la caravana llegara a su destino, fueron interceptados, les quitaron sus tesoros y los asesinaron.
Gengis Kan no entendía lo que pasaba, así que envió una tercera misión a Muhammad, para reiterar su oferta. Muhammad ordenó decapitar a uno de los embajadores de Kan; luego envió de regreso a los otros dos, con la cabeza rapada, todo un espantoso insulto según el código de honor de los mongoles. Kan montó en cólera, y le envió un mensaje al sha que decía: Has elegido la guerra. Sucederá lo que tenga que suceder; lo que acontecerá solo Dios lo sabe”. Luego movilizó sus fuerzas y en 1220 atacó la capital donde vivía el sha, lo capturó y ordenó ejecutarlo derramándole plata fundida en los ojos y en los oídos.
Gengis Khan se convirtió en el único dueño de la ruta de la seda y de la mayor parte del norte de Asia.

LOS NUEVOS VECINOS

Como tantas otras veces en los años anteriores, la casa de los vecinos volvió a lucir el desgastado letrero de “se renta”, y con ello otra vez la incertidumbre. ¿Quiénes serán los nuevos vecinos?. Por ahí habían desfilado gente de todo tipo: familias sencillas, ruidosas, problemáticas y hasta comerciantes, pocos inquilinos duraban mucho tiempo. La renta tan cara y lo maltratado de la casa, hacía que apenas duraran por ahí tres o cuatro meses.
La última familia que ocupó aquella casa fue totalmente del agrado de todos. Un matrimonio con un pequeño, que debido a su religiosidad jamás ocasionaban problema alguno. No tuvimos siquiera la oportunidad de saber sus nombres, porque al mes de haber llegado se marcharon dejando una vez más la casa vacía. Pensamos que iban a durar mucho, porque pintaron la casa de vivos colores y arreglaron el jardín, pero aquello no prosperó. Seguramente encontraron otro lugar donde la renta fuera un poco menos ingrata.
Más la casa tan solo duró una semana vacía. Fue de pronto rentada y esta vez la situación no fue nada agradable para todos nosotros. Los nuevos inquilinos no trajeron camas, ni roperos, ni lavadora ni menester alguno de una casa normal. Tal solo un viejo sillón semidestruido, unas mochilas y unas bolsas, al parecer llenas de ropa, de esas bolsas negras que se utilizan para tirar la basura.
Nuestros nuevos vecinos eran tres jovencitos encachuchados, de lente oscuro y vistiendo ropa tres o cuatro tallas más grandes de lo debido. Eran de esos muchachos tipo cholos, con la cabeza rapada y algunos tatuajes en el cuerpo. Pensé que eran de los amantes del hip-hop, pero no... a ellos les gustaba la música de banda y los corridos. Y tanto, tanto les gustaban, que desde el primer día se empeñaron en hacernos partícipes de su gusto, porque la música hizo retumbar nuestras paredes de día... y de noche. ¡Sí!, estos jovencitos hacían de la noche día, terminando sus juergas por allá entre las cinco o seis de la mañana.
¿Eso fue lo peor?, por supuesto que no. Las ventanas de la casa fueron cubiertas con mantas negras, con toda la intención de que nadie viera hacia el interior, el cancel se mantenía siempre abierto, y por ahí comenzaron a desfilar, desde el primer día una buena cantidad de muchachos a su imagen y semejanza. Pero ninguno entraba a la casa, tan solo tocaban a la puerta y de inmediato alguien medio abría la pequeña ventana de la puerta y en menos de un minuto algo sucedía, porque de inmediato se marchaban. A veces venían en parejas y otras en solitario y hasta se juntaban tres o cuatro al mismo tiempo. También llegaban jovencitas. Muchachos a pie, en bicicleta, en moto y hasta en carro.
Los vecinos nos mirábamos unos a otros sin atrevernos a decir media palabra. Sentíamos temor, impotencia, frustración. ¿Que podíamos hacer?. Aquella situación era delicada. Se trataba ni más ni menos de narco menudistas.
El negocio era bastante bueno, jamás pensé que hubiera tantos y tantos jóvenes drogadictos en el barrio. La mayoría eran desconocidos, pero también nos toco ver a varios jóvenes que ni siquiera nos imaginábamos que fueran adictos. Aquello era tan lucrativo, que tenían más clientes que la tienda de la esquina; siendo su servicio y atención tan efectiva, que se atendía con una prontitud asombrosa y las 24 horas del día.
Esperábamos que las cosas cayeran por su propio peso. Pensábamos que en algún momento alguna patrulla descubriría el movimiento sospechoso y les arruinarían el negocio. Más curiosamente nada de esto sucedió. Parece como si de pronto las patrullas se hubieran ausentado de la zona y jamás vimos una, en ese tiempo, pasar por enfrente de aquella casa.
Uno de los vecinos, harto de aquél desfile de gente indeseable, agarró el teléfono y denunció de una forma anónima los hechos. Le pidieron un sin fin de datos, asegurándole que se tomarían cartas en el asunto, pero conforme fueron pasando los días, todos nos dimos cuenta que nada sucedería.
¿En qué pararía todo aquello?. Un político dijo por ahí que un caso de estos es difícil, porque el asunto no es agarrar a uno de los muchachitos adictos, se requiere de una orden del juez para catear el domicilio y proceder con las detenciones, y como nuestras leyes son toda una maraña de enredos, esto es difícil de que se dé. Así que lo mejor es aguantarse.
Pero, un día, para nuestra sorpresa, así como llegaron se fueron. ¿Estaría cara también para ellos la renta?. ¿Les habrá llegado el pitazo de que los habían denunciado?. Sabrá Dios que haya pasado. A la mañana siguiente de que se fueron, apareció una bolsa negra llena de basura en la banqueta y a un lado de ella un vaso de veladora totalmente consumida. Pero no era un vaso común, era una de esas veladoras que estas gentes le encienden a La “Santa Muerte”.
En el frente tenía la tenebrosa imagen, y al reverso una oración donde se solicitaba la caída y muerte de sus enemigos.
Ahora tenemos nuevos vecinos. Son una familia que aparenta ser totalmente ordinaria y quienes de seguro se han de extrañar de todas las sonrisas que reciben de quienes vivimos a su lado. No hay nada más extraordinario que tener vecinos ordinarios.

LOS CHILES

Cuando Cristóbal Colón se hizo a la mar no iba en búsqueda de tesoros, ni tierras por conquistar, sus intenciones eran encontrar otra ruta hacia el Lejano Oriente, la tierra rica en especie. Iba tras la pimienta, el clavo, la olorosa canela y el comino. De América llevó muchas cosas, que no eran ciertamente las pretendidas especies tan codiciadas, pero llevó consigo el chile, que con el paso del tiempo se convertiría en parte esencial de muchos platillos regionales de todo el mundo.
Todas las variedades de chiles, desde los más picantes hasta los más dulces, son originarias de América. Y alrededor del noventa por ciento de los chiles que se consumen en el mundo son de origen mexicano. Unas pocas variedades provienen de Centroamérica y Sudamérica, sobre todo del Perú y de la Cuenca Amazónica.
El chile recorrió prácticamente todos los caminos del mundo durante el siglo XVI y se arraigó de manera impresionante en países muy lejanos a nuestra Patria. En la India y Sri Lanka preparan el curry, una especie de mole oriental hecho con especies, que incluye los chiles. En Etiopía, el platillo nacional, llamado wat, es a base de chile; y lo mismo se preparan infinidad de platillos con nuestros legendarios chiles en Indonesia, Melanesia y Polinesia; además de China, India, Singapur, Vietnam, Corea, Tailandia, todo Europa, Canadá y por supuesto Los Estados Unidos. Ni siquiera la lejana Australia se resistió a este exótico condimento.
Pero además los chiles son utilizados en medicina, colorantes y hasta cosméticos. México enriqueció la cocina mundial con tres deliciosos manjares: el aguacate, el chocolate y el chile.

LAIKA, UNA PERRA EN EL ESPACIO

La carrera por la conquista del espacio era una situación emergente tanto para los norteamericanos como para los rusos. Así que tras el éxito logrado por los rusos con su Spunik 1, el líder soviético Nikita Khrushchev ordenó de inmediato la preparación de un nuevo satélite artificial para lanzarse al espacio en el día del cuadragésimo aniversario de la revolución bolchevique, el 7 de noviembre de 1957.
Cuando fue recibida la solicitud, los científicos ya estaban trabajando en una nave más compleja, más era un trabajo tan laborioso y complicado que les resultaría imposible cumplir con el mandato de su líder, por lo cual se descartó el proyecto y dedicaron inmediata atención a la creación de un satélite menos sofisticado y que cumpliera con las expectativas solicitadas.
Lo peor de todo es que solo contaban con cuatro semanas para realizar el proyecto. Y lo más complicado del asunto es que esta vez se pretendía llevar a una criatura viva en su interior. Aún así había que cumplir a como diera lugar. Ya se ha de imaginar la presión a que se vio sometido todo el equipo de especialistas.
La nave se equipó con instrumentos para medir la radiación solar y los rayos cósmicos, un sistema de generación de oxígeno, acompañado de sistemas para absorber dióxido de carbono, y otro para evitar el envenenamiento por oxígeno. Se añadió un ventilador que operaba cuando la temperatura de la nave superaba los 15º.C, para mantener la temperatura del animal. Además, el satélite fue provisto con comida suficiente para un vuelo de siete días.
Laika era una perra callejera que alguien encontró un día y por azares del destino terminó incertada dentro del programa espacial soviético. Tenía aproximadamente 3 años y pesaba 6 kilos. Originalmente la llamaron “rizadita”, luego “Limoncito” y finalmente “Laika”, debido a su raza. Tres perros fueron probados para la experiencia: Laika, Albina y Musjka, al final se decidieron por Laika, por ser una perra inteligente, mandable y muy hábil.
Albina fue lanzada dos veces en un cohete para probar su resistencia a las grandes alturas y Mushka fue utilizada para la prueba de la instrumentación y los equipos de soporte vital.
El entrenamiento de Laika fue muy riguroso. Debió de acostumbrarse a permanecer en compartimientos muy reducidos, por espacios de veinte días, cosa que provocaba bastantes disturbios en el animal. Aún así se consideró que estaba lista para la prueba final.
El 31 de octubre de 1957, tres días antes del lanzamiento, Laika fue colocada en el Sputnik 2. Manteniéndola en constante vigilancia y atención. El día del lanzamiento, el pelaje de la perra se limpió con una solución de etanol, y le pintaron con yodo aquellas áreas donde la perra llevaría sensores para vigilar sus funciones corporales. El Sputnik 2 fue lanzado el 3 de noviembre de 1957. Los signos de Laika fueron seguidos telemétricamente por el control en tierra. Al alcanzar la máxima aceleración después del despegue, el ritmo respiratorio del animal aumentó de tres a cuatro veces lo normal, y su frecuencia cardíaca pasó de 103 a 240 latidos por minuto. Al alcanzar la órbita, la punta cónica del Sputnick 2 se desprendió exitosamente. La otra sección de la nave que debía desprenderse no lo hizo, impidiendo que el sistema de control térmico funcionara correctamente.
Parte del aislamiento térmico se desprendió, permitiendo que la cápsula alcanzara una temperatura interior de 40º C. El pulso del animal desendió a 102 latidos por minuto, lo cual indicaba el estrés bajo el que estaba la perra. La recepción de datos vitales paró entre cinco y siete horas después del despegue.
Sin embargo, la información que Moscú dio a conocer, decía que el animal se comportaba con calma en su vuelo espacial, y que pocos días después Laika estaría de regreso sin mayor problema. La verdad es que los científicos rusos sabían de antemano que Laika jamás regresaría con vida a la tierra. Incluso se había preparado comida envenenada para que la perra la consumiera en el espacio diez dias después del lanzamiento. Pero Laika no sobrevivió a tanto tiempo. Tal y como se supo posteriormente, según revelaciones del científico Dimitri Malashenkov, quien participó en el lanzamiento del Sputnik 2, Laika había muerto entre cinco y siete horas después del despegue, debido al estrés y el sobrecalentamiento de la nave.
El Sputnik 2 orbitó la tierra 2.570 veces, durante 163 días. Después a su regreso, la nave explotó al entrar en contacto con la atmósfera.
La deliberada muerte de Laika desencadenó un debate mundial sobre el maltrato a los animales y los avances científicos a costa de pruebas con ellos. El el Reino Unido, la Liga Nacional de Defensa Canina pidió que los dueños de perros guardaran un minuto de silencio en honor de Laika. Varios grupos protectores de los derechos animales protestaron frente a embajadas soviéticas.
En distintos países se crearon sellos de correos con la imagen de la perra Laika, conmemorando su vuelo. En 1997, en la Ciudad de las Estrellas, fue develada una placa homenaje a los cosmonautas caídos. Laika está representada en una esquina de la placa, colocada entre las piernas de uno de los cosmonautas.
El 9 de marzo de 2005, un pedazo de terreno en el planeta Marte fue llamado Laika, por los controladores de la misión del Mars Exploration Rover
Oleg Gazenko, uno de los principales científicos del programa y entrenador de Laika manifestó su desilución con el proyecto, ya que ni siquiera aprendieron lo suficiente con esta misión como para justificar el sacrificio de la perra.

NAUFRAGIO EN CORNUALLES

En una aldea en la costa de Cornualles, Inglaterra, dicen que cierta mañana el pequeño templo de la comunidad se encontraba lleno de feligreses, quienes escuchaban a su vicario enjaretándoles una variante más de su prédica de siempre; cuando de pronto se escuchó un grito desaforado proveniente del exterior. “Naufragio!!!, Naufragio”. Todos se levantaron de inmediato de sus asientos y corrieron presurosos hacia la puerta, mientras el cura gritaba desesperado ordenando sin éxito que lo esperasen a cambiarse de ropa. La verdad no es que le interesara demasiado la salvación de aquellas pobres almas en desgracia, sino que al igual que a todos los de la comunidad, su interés se centraba en el cargamento que pudiera traer el buque en desgracia, que bien pudiera tratarse de metales preciosos y toda clase de joyas que se transportaban por aquellos mares. Así que también el padrecito anhelaba su tajada en el saqueo.
Eran tan frecuentes los naufragios en aquél lugar, que hasta incluían dentro de sus rezos diarios uno que decía: “Te rogamos Señor, no que ocurran los naufragios, sino que, si han de suceder, los guíes hasta nuestras costas, para beneficio de esta comunidad”
Allá por el siglo XVIII, cuando no existían los modernos aparatos de navegación, las traicioneras costas llenas de riscos y fuertes oleajes provocaron innumerables desgracias a los navíos, convirtiendo a los moradores de las pueblos costeños en auténticas aves de rapiña.
Una vez que se avistaba un barco en apuros, se reunían multitudes de hombres y mujeres con hachas, palancas, sacos y carretillas, y lo seguían a veces días enteros por toda la costa. Esto indujo a algunos marineros a creer que la gente de Cornualles en realidad dirigía los barcos contra las rocas al encender luces falsas o apagar faros conocidos. Sin embargo, son contadas las pruebas que respaldan tales suposiciones; como en muchos casos similares, es factible que se hayan exagerado al transmitirse de boca en boca.
Tan pronto los saqueadores llegaban al barco, bajaban el botín sin pérdida de tiempo. Se llevaban todos los objetos de valor: oro, plata, joyas, toneles de vino. Hasta cargaban con la madera del casco. Luego escondían todo ello en cuevas y posos para evitarse problemas.
Aunque los saqueadores cometieran tales actos, también es cierto que muchas veces la gente de Cornualles arriesgó su vida por salvar a los náufragos. Gracias a su frecuente práctica, eran diestros en maniobrar pequeños botes en la costa rocosa, y tenían fama por el heroísmo de sus rescates y su posterior generosidad con los sobrevivientes.
Cuando llegaba la autoridad a investigar, todos se hacían las blancas palomitas y si les tocaba la de malas que les encontraran algo del botín, eso les era decomisado. Tal y como pasó en 1739, cuando de por allá del fondo de la sacristía le sacaron al cura cuatro grandes barricadas de fino cogñac, así que el pobre se quedó sin su buen vino para consagrar. Porque ése si que era de muy buena cosecha.