lunes, 26 de enero de 2009

EL CAFE RARO O CACA-CAFE

Si usted es de los grandes amantes del café, seguramente ya tiene noticia del llamado “Caffe Raro”, producido por la marca italiana DeLonghi y que es considerado el más caro del mundo. Esta a la venta en el bar Peter Jones Jones, en un centro comercial de la ciudad de Londres, y cuesta 50 libras (unos 60€) la taza.
Por supuesto que una persona en su sano juicio jamás se gastaría semejante cantidad en una simple tasa de café, aunque un verdadero amante de esta aromática bebida, haría hasta lo imposible por disfrutar, aunque fueran tan solo unas cuantas gotas de este néctar de los dioses. Más estoy plenamente seguro que muchos no nos atreveríamos a probar esta exquisitez ni aún cuando nos sirvieran gratuitamente una tasa. ¿Por qué?
El Caffe Raro es una creación de David Cooper, mezclando las dos variedades más exclusivas del mundo, el Jamaican Blue Mopuntain y el Kopi Luwak. Los granos de ésta última variedad mencionada, proceden de Indonesia. Para que adquieran su sabor tan especial, deben ser ingeridos por el gato de Algalia, o civeta, el cual solo digiere la cáscara y defeca las semillas, mismas que se abren antes de ser desechadas y las enzimas del sistema digestivo del animal hacen que los granos adquieran su sabor “tan especial”.
Los trabajadores recogen los excrementos, separando cuidadosamente las semillas, mismas que posteriormente pasan a ser tostadas para luego molerse y ser enviadas al centro de empaque que las hará llegar a los sitios de distribución exclusivos de Europa.
¿Gusta usted una tasa de caca-fe?
En Youtube hay un video muy ilustrativo al respecto.
http://mx.youtube.com/watch?v=wCG31fSAr4M

lunes, 12 de enero de 2009

LOS NIÑOS DE LA CALLE

No hay un solo país en el mundo donde no haya niños y niñas viviendo en las calles. Se estima que en tan solo América Latina hay un aproximado de 40 millones de menores de edad viviendo como indigentes. Estamos hablando, para que se de una ligera idea, de una cantidad semejante a casi la mitad de ciudadanos que tiene México, por lo cual, si estos menores formaran un país, tendrían su propio gobierno, su asiento en las Naciones Unidas y préstamos del Banco Mundial. Pero como se encuentran dispersos en barrios bajos y basureros de todas las principales ciudades de nuestro continente, no tienen ni voz ni voto. Son simplemente un desecho más de las sociedades que los han producido. Una auténtica vergüenza.

viernes, 2 de enero de 2009

LA CHINA POBLANA

El año de 1621, el virrey de la Nueva España, marqués de Gélves expresó su deseo de tener a su servicio una joven chinita que fuese tan exótica como un papagayo en su jardín. Por ello, un mercader que trajinaba entre Acapulco y Manila, enterado de semejante capricho trajo en la Nao de China a una niña hindú de unos doce o catorce años. Sin embargo el mercader cambió de opinión y en lugar de entregársela al virrey la vendió como esclava al rico capitán Miguel de Sosa, que vivía en Puebla, y quien pagó diez veces más de lo que pretendía pagar el marqués.
La muchachita se llamaba Mirra y era una princesa de las remotas tierras del Gran Mogol en la India. Así que aunque todos le decían “china”, porque así se usaba entonces decirle a la servidumbre femenina y joven, Mirra no era china, sino de la India. En su tierra natal, cuando Mirra tenía diez años de edad, sus padres tuvieron que abandonar su ciudad y se fueron a vivir a un puerto cerca de los portugueses. Un día arribaron los piratas y la niña fue raptada y despojada de sus ricos vestidos y joyas y encerrada en una bodega. Así, de princesa pasó a ser esclava.
Al llegar a Cochín, un estado al sur de la India, evangelizado por Francisco Javier, Mirra logró escapar y refugiarse en una misión de padres jesuitas que la cristianizaron y bautizaron con el nombre de Catarina de San Juan. Años más tarde, regresaron los piratas al subcontinente indostánico y, al reconocerla, volvieron a capturarla y la vendieron en Manila como esclava donde la entregaron al mercader que la llevó a la Nueva España.
Don Miguel Sosa no había logrado tener hijos con su esposa y por ello compró a la chinita para adoptarla como hija, aunque siguió siendo esclava. Así, quedó en casa de los Sosa entre ahijada y sierva. Mirra era bellísima, aprendió con sus padres adoptivos a hablar el español, a cocinar y a hacer primorosas labores de aguja, pero se negó a aprender a leer y a escribir. Catarina se hizo muy popular por su belleza y manera muy peculiar de vestir, a la usanza hindú. Cuando salía a la calle siempre llevaba un manto que le cubría la cabeza y parte de la cara y doblándolo de mil formas distintas, como el sari de las mujeres en la India. Desde esta época, Mirra gozó de la piadosa estimación de buena parte de la sociedad poblana y contó con el apoyo de la prestigiada Compañía de Jesús así como con la de otros clérigos.
Don Miguel Sosa murió en diciembre de 1624 y en su testamento dio la libertad a Mirra quien se quedó, propiamente, en la calle. La recogió el clérigo Pedro Suárez y vivió en la pobreza haciendo vida ascética y siempre vestida con su indumentaria de saya, manto y toca. Desde ese momento, comenzó a revelarse una nueva faceta de la "china" Catarina, empezó a tener visiones místicas. Decía que jugaba al escondite con el niño Jesús, que veía a ángeles y a la Vírgen, que una escultura de Jesús Nazareno le hablaba largamente y que los demonios la acosaban. Si al principio la consideraban loca, con el tiempo fue respetada y hasta llegó a ser venerada. Cientos, miles de personas veían en Catarina a una profetisa y entre esos miles se contaban desde el obispo de Puebla hasta los sacristanes de la Compañía de Jesús, pasando por todos los jesuitas de la época.
Mirra vivió 82 años y murió el 5 de enero de 1688. La muchedumbre que fue a su velorio la besaban y arrancaba pedazos de su mortaja para conservarlos como reliquia. Tal fue la veneración que inspiró Mirra, que desde 1691 el tribunal de la Santa Inquisición tuvo que prohibir la reproducción de sus retratos para que no se le venerara como santa. El sepulcro de Catarina de San Juan se conserva en la sacristía de la iglesia de la Compañía de Jesús en Puebla bajo una lápida de azulejos.
Precisamente de esta niña hindú surgió el llamado traje de china poblana.

LAS CALAVERAS DE CRISTAL

El explorador británico Mitchel Hedges se encontraba el año de 1924 realizando una investigación atropológica en las ruinas mayas de Lubaantum en Belice, en búsqueda de huellas de la Atlántida. Su hija Anna participaba en el trabajo, y tras remover unas grandes piedras de un templo descubrió una hermosa calavera de cristal. Después de su descubrimiento se sucedieron varios fenómenos sobrenaturales. Los 300 indianos que trabajaron con ella en las excavaciones se arrodillaron y besaron el terreno cuando el objeto fue llevado a la luz, y se mantuvieron orando y llorando por dos semanas. Anna relata que los nativos mayas de la zona la reconocieron al instante como representación del dios de sus antepasados.
En 1970 la familia Mitchell-Hedges entregó el cráneo a los laboratorios de Hewlett Packard para su estudio, en los cuales pudo comprobarse que el cristal fue tallado en contra del eje natural del cristal, a pesar de que los modernos escultores no lo harían, porque esto provocaría la rotura de la pieza de cuarzo, ni siquiera utilizando la tecnología láser, ya que tendría idénticos resultados sobre el cristal. Otro de los hallazgos sorprendentes consistió en que no hallaron evidencia ni rastros de que se hayan utilizado herramientas metálicas. Y está realizada toda ella en una misma roca. Incluyendo la mandíbula y los dientes que son piezas separadas, tal y como en un auténtico cráneo humano.
Tantos los prismas ubicados en la base, como las lentes pulidas a mano de los ojos, se combinan para producir un brillo muy intenso. El cráneo, perfectamente tallado en cristal de roca, presenta un alto grado de dureza, de lo que se deduce que sólo mediante fundición del mineral y utilizando un molde, o mediante el uso de un diamante podría obtenerse algo parecido. Pero los mayas no poseían la suficiente capacidad técnica como para enfrentarse a semejante empresa. El dato más desconcertante fue que los expertos estimaron el tiempo necesario para completar el trabajo en al menos 300 años. Y coinciden que fue tallada por la civilización maya alrededor del 1300/1400 después de Cristo con material traído del Brasil.
Cuando pasó esta calavera al Museo Británico, que fue como doce años después de haberse encontrado, sucedieron una extraña serie de acontecimientos: Se dice que los objetos cercanos se desplazaban; el aire se impregnaba repentinamente de perfumes raros e inexplicables, provocando el pánico entre los trabajadores de la limpieza, por lo cual las autoridades del museo decidieron cubrirlas con un pesado paño durante las noches.
Frank Dorland, un restaurador de arte que hizo varios experimentos con el cráneo por seis años, afirmó que una vez un halo lo circundó por varios minutos, escuchó sonidos agudos, parecidos a campanilleos que llenaron su casa. Otras veces dentro del cráneo aparecieron luces e imágenes de cráneos, montañas y otros objetos, así como un olor característico proveniente de su interior.
Más no es la única calavera de este tipo. Existen otras dos calaveras de cristal, una más en Londres y otra en París. Ambas fueron halladas por soldados en México durante la década de 1890, y están talladas en cristal de cuarzo. Aunque estas presentan algunas diferencias con la de Mitchel Hedges.
Existen incontables hipótesis acerca del origen real de las calaveras, llegando algunos a pensar que puedan ser el legado de inteligencias superiores o extraterrestres. El misterio de las calaveras es enriquecido también por una leyenda maya que cuenta que en el mundo existen 13 calaveras de cristal a tamaño natural, y cuando todas sean redescubiertas y asociadas, les transmitirán a los hombres todo su conocimiento.
Por supuesto que tanto eufólogos como gnosticos han elaborado fantásticas teorías para llevar agua a su molino.

CANTANDO BAJO LA LLUVIA

Seguramente usted recuerda la película “Cantando bajo la lluvia”, donde la escena culminante es la que realizó el afamado bailarín Gene Kelly, cantando, bailando y brincando entre los charcos. Pues resulta que esta escena fue totalmente desagradable para Gene Kelly.
Desde el primer día de ensayo, se le presentaron enormes dificultades para bailar y cantar en medio del torrencial aguacero que provocaban los aspersores. Era muy difícil coordinar los movimientos del paraguas con la música, además se resbalaba y no tenía el más mínimo control de la escena. El numerito se tuvo que repetir varias veces y no fue posible sacarlo adelante, así que se dejó para el siguiente día.
Solamente que la enorme empapada que recibió en la primera ocasión le propició un tremendo resfriado que le dificultó aún más el trabajo. La verdad es que Gene Kelly pugnó para que se supliera aquella escena por otra, pero el director se mantuvo en lo dicho y Kelly tuvo que cumplir con las exigencias.
Este famoso numerito de Cantando Bajo La Lluvia es considerado el más popular de todas las películas musicales. Y pese a que a Gene Kelly no le agradó en lo absoluto el realizarlo, después de los premios y reconocimientos recibidos, no le quedó más que reconocer que había valido la pena empaparse una y otra vez para lograrlo.

EL NIÑO ESCLAVO

En casa de Assaba siempre escaseaban los alimentos. Siempre vestía con ropa raída y demasiado humilde, pero aún así el niño era feliz. Siempre fue un niño muy inquieto. Antes de los dos años de edad, ya se subía a los árboles y a los tres años ayudaba a su familia en las labores del campo y recogía leña. A los cuatro años fue por primera vez a la escuela.
Sentado en aquellos viejos bancos de madera, el niño se sentía dentro de un reino fantástico y maravilloso. Le encantaban los dibujos coloridos, aprendía canciones que luego repetía incansablemente por las noches en su casa. Y no le importaba la gran caminata que tenía que hacer por un camino peligroso y polvoriento, para llegar diariamente a la escuela. Además tenía un gran amigo, Silván, quien hacía junto con él el mismo recorrido, llenándose a diario las bolsas con piedras bonitas que se convertían para ellos en un enorme tesoro.
Los dos soñaban con ser maestros como su maestro, para vestir como él vestía y hasta traer una moto como la de él.
Pero una tarde todo cambió. Todavía no cumplía los siete años de edad, cuando un desconocido llegó a su casa y habló con su padre. Voltearon a verlo varias veces, y ambos llegaron a un acuerdo. El extraño le dio a su padre un radio nuevo y algo de dinero. Luego se marchó.
Al día siguiente, su padre llamó a Assaba y le anunció: “Dentro de tres días te vienes conmigo a Nigeria”. No le dio más explicaciones. Él tampoco las pidió. Escuchando aquí y allá entendió que iba a la casa de la otra esposa de su padre, al otro lado de la frontera, a fregar platos. No le extrañó. La mayoría de los niños de su aldea desaparecían a su edad para irse a trabajar o estudiar a la ciudad con algún amigo o pariente. Se sintió desconcertado, pero al final terminó por gustarle la idea: por fin iba a poder viajar en coche, ganar dinero, ver el mundo... ¡que se yo!
Su abuelo, un anciano, lo abrazó antes de partir y le dio unos consejos: «Ten cuidado con los desconocidos; no salgas solo de noche; no bebas agua de los charcos...» ¡Pobre anciano! No sabía el infierno que le esperaba a su nieto. Su madre no dijo nada. Lo despidió sin lágrimas, aunque la expresión de su rostro y el temblor de sus manos denunciaban la profunda tristeza que había en su corazón. No podía protestar, porque no tenía el derecho para hacerlo. En un país donde la mujer es menos que un cero a la izquierda, si decía algo podía acarrearle al menos una fuerte golpiza.
El niño fue subido al coche que su padre conducía. Assaba iba atrás con otros dos niños que no conocía. El viaje duró un día entero y cambiaron varias veces de vehículo. En cierto lugar los detuvo la policía nigeriana y surgieron los problemas, pero su padre los calló con un puñado de billetes.
Al anochecer llegaron a la casa de la otra mujer de su padre. Ahí dejaron a Assaba, su padre se marchó con los otros niños. La mujer le indicó con indiferencia un rincón donde podía dormir.
Era una casa grande, en un barrio a las afueras del pueblo de Ibara, en la comarca nigeriana de Abekouta. Ahí durante tres días la mujer lo tuvo como su sirviente. Fregó, barrió e hizo todas las labores de la casa. Al cuarto día apareció un camión cargado de niños y se lo llevaron a un bosque. Y en aquél lugar lo pusieron a romper cantera y cargarlas en camiones. Por la noche, extremadamente cansado y con las manos ampolladas durmió como los otros niños a la intemperie, acurrucados unos junto a otros. Assad recuerda que por todos lados se escuchaba el silbido de las serpientes.
Las jornadas comenzaban a las ocho de la mañana y duraban hasta las seis de la tarde. Se turnaban para quitar la tierra con la pala y partir las piedras con los picos. Tenían que llenar un camión de ocho metros cúbicos a diario. A veces, éstos llegaban con sus propios cargadores. Pero en muchas ocasiones eran ellos mismos los que tenían que cargarlo. Al tercer día tenía las manos completamente ampolladas y despellejadas.
Sólo comían pasta de maíz y de vez en cuando plátanos y alguna raíz. Si cazaban alguna iguana se la comían. Era su padre quién les traía la comida aunque a veces se olvidaba hasta cuatro días de ellos. Entonces Assaba casi no podía ni levantar la pala del hambre que tenía. Los fines de semana les daban unas monedas para comprar algo en el mercado. Assaba se gastaba casi todo en pastillas -de caldo de carne concentrada- para echarlas a la sopa.
Aunque los primeros meses los alternaba entre la casa de su madrastra y la cantera, después pasaba casi todo el tiempo de explotación en explotación. Cambiaban de sitio cuando la piedra se agotaba. Los fines de semana le daban a escoger: si se quedaba trabajando, ganaría algo de dinero para él. Si no, podría descansar (fregando platos) en la casa. Cuatro veces estuvo enfermo y sólo una le llevaron al hospital después de que la vista se le nublara por una diarrea incesante.
Assaba lloraba recordando con trsiteza a su madre, su colegio y su aldea. Y pensó seriamente en escaparse aunque el miedo al castigo que sufriría si lo atrapaban -latigazos en la espalda, golpes con un palo en la punta de los dedos, encierros y ayunos forzados- le hizo cambiar de idea.
Casi dos años pasó Assaba en aquellas circunstancias. Hasta que un día llegó la policía – a instancias de una organización internacional contra el tráfico de niños esclavos en Africa – y los rescató. Assaba no sintió nada especial. Casi se había acostumbrado. Incluso le dolió que no le hubieran pagado el poco dinero que ganó trabajando ese fin de semana.
Los policías le devolvieron a su aldea y apenas se limitaron a amonestar severamente a sus padres por lo que habían hecho.
Su mamá se puso contenta. Y su abuelo más. Hasta mandaron a comprar bebidas embotelladas para celebrar su llegada. A su madre y abuelo se les desgarró el corazón cuando vieron lo maltratado que llegó su pequeño. Totalmente enflaquecido, con las piernas dobladas y las manos despellejadas. Ni siquiera tenían comida, ni dinero, ni nada que ofrecerle. Al abuelo le habían dicho que el niño estaría muy bien, que tendría una habitación para él solo y camisas nuevas. Que iba a trabajar, pero que iría a la escuela y ganaría dinero. A él le pareció bien aquello. Muchos de los niños eran sacados de la comunidad con aquellas promesas.
Lo grave de todo era que el padre de Assaba era un traficante de niños esclavos. Su negocio era localizar a un niño entre una familia que tuviera muchos hijos y bastantes deudas. Luego le llevaban regalos a los padres: una bicicleta, un radio, algo de dinero (no más de 300 pesos mexicanos), y les prometían traerlas luego más cosas. Pero una vez salido el niño de casa, los padres no volvían a saber nada de él.
Los datos sobre el tráfico de niños en Benín son escalofriantes. Según la Unicef, hay entre 50.000 y 80.000 víctimas del tráfico exterior y unos 250.000 del interior o, lo que es lo mismo, aproximadamente el 10% de los niños benineses, son víctimas de cualquiera de estos dos tipos de comercio humano.

sábado, 27 de diciembre de 2008

MAUSOLEO DE HALICARNASO

Después de un reinado tranquilo y feliz, falleció el rey Mausoleo de Halicarnaso. Bajo el mandato de este soberano, hubo prosperidad y paz, dos elementos esenciales para darle inmortalidad a un soberano. Se gano el amor y respeto de su pueblo, quien, junto con Artemisa, la viuda reina, vivieron momentos de profunda tristeza ante su fallecimiento.
Artemisa, como ha sido el caso de muchos amantes con gran poder, decidió construirle una grandiosa tumba que honrara su memoria. Su viuda decidió no reparar en gastos, para recordarle a la ciudad que nunca más tendrán un reinado tan dichoso como el que encabezó el rey Mausoleo.
Un numeroso contingente de trabajadores, esclavos y voluntarios, se dieron a la tarea de levantar el fantástico monumento. Sobre una superficie de 33 por 39 metros, la tumba fue levantada teniendo aproximadamente 50 metros de altura. Para completar la obra, los mejores escultores griegos de la época tallaron figuras y relieves en su estructura.
Aquél monumento fue tan esplendoroso, que se convirtió en una de las siete maravillas del mundo antiguo. Artemisa murió antes de que se concluyera la obra, y fue enterrada al lado de su esposo en aquella fantástica construcción, misma que luego fue llenada con fabulosos tesoros que el pueblo otorgó a sus soberanos como muestra de gratitud.
Pero el monumento no duró demasiado. 16 años después llegó el conquistador Alejandro Magno, y lo dejó prácticamente en ruinas. En el año de 1404 un terremoto terminó por echarlo al suelo. En el siglo XIV los Caballeros de San Juan lo terminaron de demoler y cargaron hasta con las piedras para la construcción del Castillo de San pedro de Halicarnaso. La tumba fue saqueada por los ladrones y hoy en día no queda ni rastro de todo ello..
La estatua superior se salvó y hoy en día es posible admirarla en el Museo Británico de Londres.
Pero el nombre de mausoleo hoy es sumamente popular, porque con su nombre se designa a las construcciones que se realizan sobre los sepulcros.