domingo, 10 de mayo de 2009

UNA CANCION PARA CARLITOS

Aquél hombre me miró desilucionado. Le habían dicho que seguramente yo resolvería su problema, más ahora se daba cuenta que era igual que todos los vendedores del ramo. Uno más del montón. Pese a tener cosa de diez años laborando en una tienda de discos, no tenía ni la más remota idea de lo que aquél cliente me estaba pidiendo.
-"¿Los Pekenikes?... No, definitivamente jamás en mi vida los había escuchado."-
La verdad me sorprendió la reacción de aquél hombre. Ante mi negativa, se le cayeron los hombros, y movió la cabeza de un lado a otro mientras bajaba la vista. Parecía como si le hubiere dado una muy mala noticia. Y esto me dejó totalmente desconcertado.
-¿No tiene idea de alguien que pudiera ayudarme a encontrar ese disco?- me dijo en tono suplicante. Pero yo no podía hacer absolutamente nada por él, ni sabía quien pudiera hacerlo.
Quizás por desahogo, más que por otra cosa, aquél abatido hombre me contó el motivo de su urgencia.
Era representante de ventas y durante muchos años viajó de una ciudad a otra, pasando la vida siempre entre hoteles y carreteras. Al regresar a casa, ambicionado un poco de descanso, su esposa le recibía con una larga letanía de quejas, cuyo protagonista casi siempre era su hijo adolescente.
-"Carlitos llega tarde a casa por andar con sus amigos. Carlitos reprobó matemáticas. Carlitos le tomó dinero del bolso..."
Esto enfurecía a su padre, quien lleno de rabia casi siempre terminaba por quitarse el cinto para intentar poner en su sitio a aquél muchacho rebelde. Pero al parecer la medida jamás dio buenos frutos, porque Carlitos se empeñó en mantener su errática conducta.
Fue así como se deterioró por completo la relación de padre e hijo, llegando a un extremo francamente insoportable.
Pero la vida dio de pronto un giro inesperado. Carlitos cayó enfermo y cuando esto aconteció, su padre andaba de ruta, y aunque su esposa le informó de la situación, el hombre estaba tan molesto que no le prestó mayor importancia al asunto. Más al recibir la segunda llamada, el agente viajero entendió que la situación era bastante seria. El médico especialista solicitó de inmediato una serie de análisis especiales, porque al parecer Carlitos presentaba síntomas de leucemia.
A partir de ese momento un drástico cambio afectó sus vidas. La confirmación de la enfermedad por parte del especialista, hizo que el padre cuestionara su actitud ante su hijo, dándose cuenta que realmente su papel había sido mediocre y decepcionante. Curiosamente había repetido en Carlitos las mismas actitudes que hacia él había tenido su padre. ¿Cuál palabra de cariño?, ¿Cuál diálogo?, ¿Cuál interesarse por sus pequeños problemas?... Jamás hubo una plática, jamás un juego y mucho menos una caricia o un reconocimiento.
Se sintió triste, decepcionado y frustrado por haber esperado a que pasara algo así para darse cuenta. Renunció a su trabajo y consiguió otro menos remunerado, pero que le permitió las suficientes libertades para dedicarle tiempo a su hijo.
Vinieron los tiempos de visitas al médico, tratamientos especiales, el miedo, la incertidumbre... Pero también el cambio de actitudes. Carlitos descubrió un padre que le animaba, que le hablaba con mucho cariño e incluso que comenzó a brindarle algunas caricias. Dentro de la angustia nacieron las sonrisas, las palabras dulces, las frases de apoyo... el amor que fue poco a poco llenado de florecillas el desierto. Aquél hombre descubrió que tenía un hijo sediento de cariño, mientras que Carlitos encontró toda la esperanza y fortaleza requerida para ese momento en su padre.
Cuando el dolor era fuerte o ante las consecuencias del ingrato tratamiento, el hombre intentaba darle algún apoyo a su hijo, prometiéndole unas buenas vacaciones a la playa, un viaje a Disneylandia y un sin fin de cosas más, pero el ánimo de Carlitos había decaído tanto, que en verdad nada quería, nada se le antojaba. Aún así con frecuencia aquél hombre le preguntaba a su hijo: ¿Qué quieres que te compre?, ¿Qué deseas que te traiga?. Y la respuesta era siempre la misma. -“Nada papá, no quiero nada”.- Más un día a Carlitos se le iluminó la cara y cambió su tradicional respuesta. -“Papá, ¿Te acuerdas de aquella canción que tocaban mucho en la radio y que nos gustaba tanto?...-
Claro que la recordaba, porque llevaba un corito que a Carlitos le gustaba mucho cantar y a sus padres les divertía. Le prometieron al niño comprarle el disco, e incluso anotaron el nombre de la canción, "Hilo de Seda", en una tarjeta que el padre guardó por mucho tiempo en la billetera. Pero jamás se cumplió la promesa. Ahora Carlitos la pedía de nuevo, porque esa canción era como un punto de unidad entre él y su padre. Fue así como se inició la búsqueda, hasta llegar conmigo.
Una vez que me contó la historia, el hombre agradeció el que hubiera prestado atención a sus palabras y se marchó totalmente desilusionado. En la tienda todos se enteraron de lo sucedido por boca de mi compañera Lupita, quien no se apartó un solo momento del mostrador cuando aquèl hombre contó su dramática historia.

A la mañana siguiente llegó un español preguntando por el encargado de compras. Lo atendí y este hombre sacó de su portafolio un paquete de LPs de música española ofreciéndolos en venta. Eran muy buenos discos. Todos ellos fuera de catálogo en México, pero cuando me dijo el precio, no pude contener mi expresión de asombro. El costo era demasiado elevado y esto haría imposible su venta. Más seguramente no fui muy correcto en mi actitud, porque el vendedor se molestó conmigo y tomando con presipitación los discos que había puesto sobre el mostrador, quiso meterlos con fuerza nuevamente en su maletín; más
un puñado de discos sencillos que traía dentro, le estorbaron la maniobra. Entonces sacó los sencillos, los puso en el mostrador y metió el paquete de LPs. Fue en ese momento cuando asombrado descubrí entre los discos a Los Pekenikes. Ni siquiera lo pensé. De inmediato lo tomé y con una sonrisa de oreja a oreja le dije: -“Este sí quiero que me lo venda”.-
El hombre me miró con enfado y me dijo “No, no le voy a vender ninguno, usted no sabe apreciar las cosas”, y tendió la mano para que se lo regresara. Pero no estaba dispuesto a perder la partida.

-“Por favor, véndame este disco”- le volví a insistir, más él reiteró su negativa. Así que abrí el cajón del mostrador, arrojé dentro el disco y lo cerré de inmediato. No estaba dispuesto a perder la batalla.
Por supuesto que se molestó aún más. Asi que en un intento de lograr mi cometido. Le expliqué la historia. El hombre me escuchó con incredulidad. Después simplemente cerró su maletín, mientras me decía con demasiadas frialdad: -"Está bien, se lo regalo".- Luego, sin esperar una palabra de agradecimiento, dio media vuelta y se marchó.
Ya tenía el disco para Carlitos pero… y dónde encontrar a aquél padre afligido. Ni siquiera se me ocurrió pedirle su dirección o teléfono… Es más… tampoco sabía como se llamaba el hombre. Lo único que sabía era que su hijo enfermo se llamaba Carlitos.
Una de mis compañeras me sugirió que pegara el disco en el vidrio del aparador, y me pareció buena idea. Incluso lo colocamos sobre una cartulina amarilla para hacerlo que resaltara. ¿Pero… acaso volvería a pasar por ahí el papá de Carlitos?.
Pasaron dos, tres o cuatro días. La verdad ya no recuerdo. Y un día por la mañana, me encontraba molesto porque Lupita, de nueva cuenta llegaría tarde y ya estaba cansado de tanto llamarle la atención. Cuando de pronto llegó a la carrera, tremendamente agitada y ni siquiera me dio tiempo para que le dijera nada. Me soltó de inmediato un montón de palabras atropelladas, que no justificaban su retardo. Me dijo totalmente emocionada: -“Allá va por la acera de enfrente, llegando al banco el papá del niño que quiere el disco”.- Miré hacia donde me decía, y de inmediato arranqué la cartulina y con ella y el disco salí a la carrera para darle alcance.
El hombre se sorprendió cuando llegué corriendo hacia él. Ni siquiera pude decirle nada. Sería por la emoción, o lo agitado de la carrera. Asi que me limité a despegar el disco de la cartulina y mostrárselo. Lo miró con incredulidad. Le temblaron las manos para tomarlo. Apretó los labios y pude ver como sus ojos se pusieron brillosos por las lágrimas. Sabía que no podía hablar en ese momento. Así que le dí una palmada en el hombro y me di la media vuelta, pero me detuvo para preguntarme cómo lo había conseguido. Yo me reí y le dije -“A veces suceden milagros”.- Asintió con un movimiento de cabeza, y luego logró hacerme otra pregunta ¿Cuánto te debo?.
-“Nada”- fue mi inmediata respuesta. -"Es un regalo para Carlitos."-
Ya no esperé más, sencillamente me di la vuelta y regresé a la tienda. Al día siguiente volvió aquél hombre trayéndome una caja de chocolates envinados de parte de Carlitos.

ESCRIBIENDO CON LA MENTE

En la pasada exposición que se realizó en el Salón Mundial de Alta Tecnología Cenit que se celebró en Alemania, en la ciudad de Hanover, se presentaron dos prototipos de ordenadores que pueden ser manejados con el pensamiento. Así como usted lo escucha. La computadora obedece a la mente del hombre. Solo que es una tecnología en proceso, porque en primer lugar tiene el molesto inconveniente de que hay que ponerse un casco lleno de cables que van conectados al procesador y para colmo de males es tan malo el sistema que hasta el momento solo sirve para escribir textos, y es un sistema demasiado lento ya que para formar una frase se necesitan varios minutos.
No obstante este enorme inconveniente, es una auténtica maravilla, y nos habla de que estamos ante uno de esos geniales avances de la tecnología, que podrá deslumbrarnos dentro de muy poco tiempo.
¿Cómo funciona este sistema?. El casco tiene varios sensores que miden la actividad cerebral, de la misma manera como lo realiza un electroencefalograma. Estas señales eléctricas del cerebro, son transmitidas al ordenador por medio de los cables y éste transforma estas señales en órdenes. Pero no crea usted que piensa la frase y ésta se comienza a escribir en la pantalla; no, nada de esto, el sistema aún está en pañales, porque lo único que hace es mover un cursor, demasiado lentamente por cierto, e ir seleccionando letras de un teclado que aparece en la pantalla. Así por supuesto que no sirve de nada, pero esto es solo el principio, porque esto será el inicio de un proceso verdaderamente revolucionario.

LOS COMETAS

La palabra cometa proviene del latín “Stella cometa”, o estrella con cabellera. Son cuerpos celestes que poseen una larga y luminosa cola que surge en los momentos en que orbitan cerca del Sol. Cuando un cometa se acerca al astro rey, la luz solar evapora, o sublima, el hielo que compone al cometa, porque es preciso saber que los cometas llevan consigo una enorme cantidad de diversos tipos de hielo, mezclado con rocas, polvo y materiales orgánicos.
Y decía que al acercarse el cometa al Sol, se descompone el hielo, provocándole una cola de brillante luminosidad. Mientras el cometa se va acercando al Sol, la cola queda detrás de él, pero al alejarse, la cola cambia hacia el lado opuesto, o sea que el núcleo del cometa se desplaza detrás de la cola, como si fuera hacia atrás.
El largo de esta brillante y hermosísima cola depende del tipo de órbita del cometa. A una órbita más larga corresponde una mayor longitud de cola, dándose el caso de algún cometa conocido cuya cola ha excedido los 320 millones de kilómetros de largo. Mientras que otros, tienen colas tan cortas que apenas pueden ser observadas a través de potentes telescopios. Conforme el cometa se va alejando del Sol, las colas comienzan a decrecer hasta que desaparecen por completo. Y también, conforme va pasando el tiempo van perdiendo su esplendor, porque se va quedando parte de su estructura regada por el espacio.
De los más de 2000 cometas conocidos, menos de la mitad tienen colas visibles a simple vista, y menos del diez por ciento son realmente llamativos.
Los cometas tienen órbitas elípticas y algunas de ellas son tan prolongadas que se dice que algunos de estos cuerpos celestes tardan en recorrerlas de 2 000 hasta 30 millones de años para completar el viaje alrededor del Sol, así que si de casualidad nos tocara ver a uno de estos cometas, sería un caso único en nuestra vida.
En enero de 2004, la nace Stardust de la NASA fue tras el cometa Wild 2, capturando miles de partículas de polvo de su cola. Dos años después, en enero de 2006, Stardust regresó a la tierra con su valioso tesoro, y de inmediato los científicos se dieron a la tarea de analizar las muestras. Hasta el momento no han llegado a ninguna conclusión en específico, solo teorías y más teorías.

DIOGENES EL FILOSOFO

El filósofo Diógenes nació en la ciudad de Sínope alrededor del año 412 a. de C. Era hijo del tesorero de la ciudad quien un día fue acusado de apropiarse de fondos públicos y luego encarcelado. Diógenes fue desterrado. Antes de la salir de la ciudad Diógenes gritó a la multitud que se agrupó para verlo partir: “Ellos me condenan a irme, yo los condeno a quedarse”:
Se fue a Esparta, después marchó hacia Corinto y terminó por ir hasta Atenas donde le pareció bueno ofrecerse como discípulo del filósofo Antístenes. Este maestro enseñaba a huir de la tentación de los placeres y lo inútil de las convenciones sociales. Cuando llegó Diógenes ante Antístenes, el maestro lo miró con desprecio negándose a recibirlo. Pero Diógenes se quedó ahí, callado y en actitud humilde. Antístenes volvió hacia él, le dijo palabras duras y le ordenó que se marchase. Más Diógenes no se movió de su sitio. Antístenes cogió entonces su bastó y comenzó a golpearlo, más Diógenes, sin proferir queja alguna, ni mostrar el más mínimo desaliento, se mantuvo firme en su postura. El sabio maestro, viendo su actitud persistente, sonrió y lo admitió como discípulo.
Diógenes fue un excelente alumno, el mejor de los discípulos de Antístenes. Con él aprendió la filosofía de los Cínicos, como se hacían llamar, una palabra que ha trascendido hasta nuestros días y que enseñaba el vivir de forma semejante a la de los animales para alcanzar la autosuficiencia y con ello la felicidad.
El nombre de Cínico proviene de la palabra griega Kynós, que significa “perro”, lo cual ejemplificaba la forma de vida que deberían llegar todos los adeptos del cinismo. Diógenes no perdió tiempo para vivir de una manera austera y despreocupada de las cosas del mundo. Se vestía con telas toscas, dormía en los pórticos de los templos y se comportaba como un auténtico desquiciado. Para protegerse de la lluvia, el frío y las inclemencias del tiempo, adoptó como vivienda un viejo barril abandonado. Comiendo siempre de lo que le daban algunas manos caritativas.
No tenía nada, porque nada necesitaba, incluso desechó un día el tasón que llevaba consigo, cuando vio a un jovenzuelo que tomaba el agua de una fuente con el cuenco de sus manos.
Diógenes era un tipo tan especial, que hacía sus necesidades fisiológicas en cualquier parte sin recato alguno, y para el escándalo de todo mundo hasta se masturbaba delante de la gente. Cuando se lo recriminaban argumentaba que si comer no es absurdo, tampoco era absurdo hacer ese tipo de cosas en una plaza pública.
Pronto se volvió sumamente popular. Sus discursos eran breves, pero sus palabras hirientes y mordaces. Se volvió acérrimo crítico de los letrados de la época quienes se sabían de memoria los sufrimientos de Odiseo, tal y como fueron relatados por Homero, pero ignoraban y despreciaban los sufrimientos de sus propios conciudadanos. Criticaba igualmente a los oradores que predicaban la verdad, pero no la practicaban.
Hay buena cantidad de anécdotas que le han hicieron famoso:
Aristipo un filósofo que vivía con comodidades a expensas de la corte ateniense, vio a Diógenes comiendo en la calle un plato de lentejas, y con aires de superioridad le dijo: “Si aprendieras a adular al rey, no tendrías que comer lentejas”. Diógenes replicó: “Si aprendieras a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.
Célebre es la historia de la ocasión que le vieron salir a la calle con una lámpara encendida a pleno día. Al preguntarle la razón de este acto, contestaba: “Busco un hombre honesto”. –La ciudad está llena de hombres- le dijeron. A lo que él respondió: “Busco a un hombre de verdad, uno que viva por si mismo”.
Cuando vió cierto día que unos sacerdotes llevaban detenido a un sacristán que había robado un copón, exclamó: “Los grandes ladrones han apresado al pequeño”.
En otra ocasión le pidió limosna a un individuo de mal carácter. Éste le dijo: “Te daré una moneda, si logras convencerme de que lo haga”. Y Diógenes le dijo: “Si yo fuera capaz de persuadirte, te persuadiría para que te ahorcaras”
Cierto personaje lo invitó a su mansión, advirtiéndole que no fuera a escupir en cualquier parte. No bien se lo acababan de advertir, cuando Diógenes le lanzó un gran escupitajo e la cara del anfitrión, diciéndole enseguida que no había encontrado lugar más inmundo para arrojar su flema en toda la casa.
Un día Alejandro Magno se encontraba en Corintio recibiendo honores por haber conseguido el liderazgo de las fuerzas griegas para enfrentarse a los persas. En la reunión se encontraban grandes personalidades de Grecia y se asombró al no encontrar entre ellos a Diógenes, cuya fama había llegado hasta sus oídos, así que deseoso de conocerlo fue luego en su búsqueda, y lo encontró tomando el sol. Entonces se acercó y le dijo: “Soy Alejandro de Macedonia; dime en qué te puedo servir”. A lo cual Diógenes respondió: “Hazte a un lado, que me tapas el sol”. Alejandro se soprendió ante aquella reacción del filósofo, por lo cual dijo a sus amigos: “Si yo no fuera Alejandro, desearía ser Diógenes”.
Siendo ya un anciano, se embarcó rumbo a Egina, pero fue capturado por los piratas, quienes lo llevaron a Creta para ser vendido como esclavo. Se le preguntó que sabía hacer, y él respondió: “Sé gobernar a los hombres, por lo tanto véndeme a quien necesite un amo”. Esta respuesta fue escuchada por Xeníades, un acaudalado hombre de Corinto, quien impresionado, compró a Diógenes y le concedió la libertad. Luego le solicitó que sirviera de maestro de sus hijos. El filósofo demostró tanta sabiduría y fidelidad que Xeníades no se cansaba de decir que los dioses habían enviado un genio a su casa.
Murió en Corinto en el año 327 a.C. Algunos afirman que se suicidó conteniendo el aliento; otros que falleció por las mordeduras de un perro; y otros que murió como consecuencia de una intoxicación por comer carne de pulpo cruda. Lo cierto es que muchas de sus anécdotas y palabras han permanecido hasta nuestros días; y sobre todo fue el responsable de que hasta hoy en día se continúe aplicando la palabra cínico a determinadas personas.

martes, 5 de mayo de 2009

JOSEF MENGELE, EL ANGEL DE LA MUERTE

Josef, pese a ser el primogénito, no tenía el más mínimo interés en apoyar la floreciente industria de implementos agrícolas de su padre. Era la más importante de la región, y esto le había dado a la familia una gran posición dentro de la sociedad de Bavaria, en Alemania, pero Josef tenía otras intenciones.
El señor Karl, padre de Josef, pasaba largo tiempo en su laboratorio, inventando máquinas que permitieran automatizar todas las labores agrícolas. Esto sí le agradaba al primogénito. La investigación era algo que lo seducía, pero le aburría realizar otras labores en la empresa.
El padre de Josef era de duro carácter. Cuando llegaba a la fábrica lo hacía gritando; y su madre parecía estar hecha con el mismo molde. Era una devota católica, piadosa, aunque muy recta de carácter y de dura disciplina. Josef creció prácticamente sin cariño, y lo único que le interesaba era hacer algo muy grandioso que lo destacara en la vida.
Su familia era poderosa económicamente; en su fábrica laboraban 1200 personas, así que hubo los suficientes recursos para enviarlo, en 1930, a la universidad de Münich, ciudad que se convertiría en un centro de agitación política. Allí escuchó por primera vez a Hitler, con un discurso sobre la superioridad de la raza germana. Infinidad de estudiantes lo apoyaron de inmediato. Entre ellos estaba Josef Mengele. Se hablaba mucho de que el pueblo alemán jamás podría florecer, mientras los parásitos judíos, gitanos y otros indeseables lo estuvieran contaminando.
Se hablaba de la “herencia” y la “eugenia”, términos utilizados por la comunidad científica que apoyaba a Hitler. La eugenesia se convirtió en una palabra sagrada, un término creado por el primo de Charles Darwin, Francis Caultin, que literalmente significaba “buenos genes”. Los estudios realizados con animales, por este hombre, iban en el sentido de mejorar la raza. Y según él, esto podía aplicarse a la raza humana, para crear una mejor sociedad, con gente más exitosa: gente superior. Sin que Caultín se lo hubiera propuesto, preparó con sus ideas el campo para una de las más grandes tragedias de la humanidad.
En 1934, Josef Mengele, se unió al Partido Nazi, pero siguió sus estudios y recibió un doctorado en Filosofía, para luego aprobar los exámenes de ingreso a Medicina. Se trasladó a la Universidad de Frankfurt y comenzó a investigar en el Instituto de Herencia Biológica e Higiene Racial bajo la tutela del doctor Ottmar von Verschuer, ardiente nazi y especialista en la ciencia eugenésica, mediante la cual se crearía la raza superior.
Al concluir sus estudios de medicina, Josef Mengele, hizo el juramento de Hipócrates, Padre de la Medicina: "El régimen que adopto será para el bien de mis pacientes, y no para su perjuicio. No administraré drogas a ningún paciente ni entraré a casa alguna, sino para beneficio de los enfermos".
Mengele se hizo miembro del cuerpo de elite Waffen SS, una organización que exigía pureza racial en sus miembros, cónyuges y familiares hasta la cuarta generación. Cuando decidió casarse con Irenna, hubo un interrogante acerca de sus antepasados, porque uno de ellos fue hijo extramatrimonial y había dudas acerca de sus ancestros. Mengele debió redactar documentos afirmando que no existían rastros de impurezas raciales ni sangre judía, algo que sería un pecado imperdonable para un oficial nazi de su jerarquía.
Con el ataque de los nazis a Rusia, Mengele y su unidad fueron movilizados al frente; poco después fue herido en combate, lo cual luego le mereció condecoraciones: la Cruz de Hierro en Primer Grado, y luego la Cruz de Hierro en Segundo Grado, un honor al que muy pocos accedían. Cuando sus heridas sanaron fue declarado no apto para combate. Por ello se ofreció voluntariamente como médico de campamento: es decir, como médico en los campos de concentración.
¿Porqué le interesaba a alguien de su nivel, con sus altas decoraciones y deslumbrantes antecedentes ir a un sitio como Auschwitz?. Josef Mengele tenía en mente una de las más terroríficas ideas que lo llevarían a convertirse en “El Ángel de la Muerte”.
Los médicos del campamento se hacían cargo de los judíos que llegaban en los trenes, para ser confinados en aquél terrible campo de concentración.
Estos doctores tenían un poder terrorífico. Separaban a los prisioneros, enviando a unos a la cámara de gas, y a otros, que les parecían adecuados, los seleccionaban para sus experimentos.
Mengele estaba totalmente empeñado en encontrar la forma de crear una raza aria pura. Y la mejor forma de lograrlo, desde su punto de vista, era experimentar con aquellos pobres infelices.
Sentía predilección especial por los gemelos y los enanos, pensando que en ellos encontraría la respuesta para incrementar la raza aria. Por ello los sometía a torturantes experimentos. Se preguntaba si provocándole dolor a uno, el otro también lo sentía. Estaba dispuesto a entender en su totalidad el mundo de la genética. Pero también quería crear niños perfectos con ojos azules. Así que a sus pobres víctimas les inyectaba tintes en los ojos para ver si podía hacérselos de color, provocándoles ceguera y otros daños mayores. Mas esto no era problema que le quitara el sueño, porque todos sus fracasos terminaban siempre en la cámara de gas.
En la pared de su sala de experimentación exhibía muestras de ojos, desde el amarillo pálido hasta el azul claro. “Estaban clavados como mariposas...” dijo uno de los sobrevivientes.
Contó para sus maléficas prácticas con más de 200 gemelos de entre los 2 y 18 años. Y podía hacer lo que quisiera con ellos. Sus resultados los enviaba al Instituto Kaiser de Berlín, a su maestro Von Verschuer, quien trabajaba con el mismo propósito.
Mengele paseaba por el campo de concentración provocando el terror. La tensión invadía por igual a prisioneros, guardias y médicos. Era el rey absoluto del lugar. Siempre se presentaba con un uniforme impecable y sus botas de cuero perfectamente lustradas, muy elegante, como un caballero refinado. Más tras aquella pulcra apariencia se ocultaba una bestia terrorífica que actuaba de una forma totalmente impredecible. En cierta ocasión llevaron ante él a un jovencito prisionero que había robado un poco de carbón para calentarse. Mengele sacó su pistola y le disparó a ambas rodillas, luego lo tomó del cabello y la disparó a la cabeza. “Robar está prohibido, y ustedes deben respetar las reglas de este lugar”, dijo a todos los presentes, para luego salir caminando como si nada hubiera ocurrido.
Mengele era un excelente pianista (incluso existe una grabación suya, cantando y tocando), y solía seleccionar a las jovenes judías más hermosas para pasar con ellas noches de música y placer, entre bebidas y notas de piano, más al final, por la mañana, todas sus bellas acompañantes terminaban en la camara de gas.

La mente de Mengele operaba como la de un científico, concentrándose en sus estudios sin que intervinieran en él los más mínimos sentimientos. Su mente de científico parecía justificarlo todo. Les inyectaba de todo a sus víctimas: cloroformo, nafta, insecticidas... quería saber que pasaba. Algunas veces lo hacía directamente sobre el corazón de la gente, teniendo un promedio de 60 víctimas diarias. Una de sus acciones más monstruosas era el realizar vivisecciones, que es lo mismo que una autopsia, pero con la gente viva y sin ninguna anestesia. Le urgía saber cuales eran los límites de tolerancia que podía tener una persona al dolor.
El 26 de noviembre de 1944, Einrich Himmer, máximo jefe de la SS, telegrafió a todos los comandantes de Campo ordenando suspender las muertes. Estaban perdiendo la guerra y había que desmantelar los campamentos. Pero a Mengele le faltaba un poco más de diversión, así que escogió a 461 de los prisioneros recién llegados y los mandó directamente a la cámara de gas. Aquello sucedió mientras se escuchaban cada vez más cerca los cañones rusos que se acercaban a ellos. En cuanto se cometió su último crimen, Mengele tomó todos sus escritos e inició la huída.
Poco tiempo después fue detenido por una unidad norteamericana, pero era tanto el desbarajuste de la posguerra, que fue liberado mostrando una falsa identificación.
Mengele recogió todos sus papeles relacionados con los experimentos humanos. Permaneció un tiempo en Alemania con un nombre falso y luego salió de Europa al enterarse por sus contactos que varios de los líderes nazis habían huido rumbo a América para salvarse.
Se fijaron 3.4 millones de dólares de recompensa por su captura. Pero Mengele siempre supo escurrirse con documentación falsa, encubierto por muchos de sus simpatizantes. Así deambuló por diversos países sud americanos hasta llegar a Brasil. Vivía siempre lleno de miedo. Dormía en una pequeña habitación, con una pistola al alcance. En 1976 recibió la visita de su hijo, a quien le aseguró nunca haber hecho nada incorrecto, que solo seleccionaba a los prisioneros para encomendarles faenas. Por supuesto que su hijo le creyó.
Nunca pasó nada, nadie logró jamás dar con su paradero. En 1979 fue invitado a pasar un día en la playa, a 50 millas de Sao Paulo. Mengele se introdujo al mar, hasta que el agua alcanzó sus rodillas. En ese momento desapareció. Sufrió un ataque cardíaco, cayó al agua y se ahogó.
En 1985 sus perseguidores llegaron hasta su tumba y solicitaron la exhumación. Expertos forenses de estados Unidos, Alemania e Israel se encargaron de las investigaciones. Se enviaron muestras óseas a Inglaterra, donde existen bancos de datos para su comparación. Esa comparación se retrasó muchos años debido a que la ex esposa de Mengele, Irenna, y su hijo Rolf, se negaban a dar muestras de sangre. Frente a la fábrica Mengele, propiedad de los herederos, se armó una gran manifestación de los sobrevivientes del holocausto. Su grito era “Nosotros entregamos la sangre de millones en Aushwitz. ¡Cómo pueden negarse a dar una simple gota, para el estudio de la verdad.
Las autoridades alemanas presionaron a Rolf y su madre, y se obtuvieron las muestras requeridas. El examen de ADN confirmó que aquél hombre sepultado en Brasil era Josef Mengele. A pesar de todo ello, muchas de las víctimas o sus descendientes quedaron inconformes con la forma de su muerte. Sintieron que después de todas sus atrocidades, la muerte fue sumamente benévola con él. Hubieran preferido una muerte lenta y dolorosa, pero murió prácticamente como cualquier anciano. Y nadie pudo cambiar en lo más mínimo el destino.

viernes, 1 de mayo de 2009

LA HISTORIA DE TONY

Para Tony Valle las cosas iban bien en la vida. Al menos parecían comenzar a componerse después de su fracaso matrimonial. Su trabajo como representante de ventas de una exitosa compañía establecida en Guadalajara, le habían permitido salir airosamente de cualquier problema económico, y aunque no vivía con grandes problemas en este sentido, había algo en su vida que le hacia sentirse vacío. Como nos sucede a tantos, quienes creemos que la vida es así… descolorida, desabrida, sin gran atractivo. Viviendo solamente por vivir.
Pero un día las cosas cambiaron, al estarse bañando, descubrió que se le había formado una pequeña bola en una pierna. La tocó, la presionó, pero no sintió nada. Le pareció un tanto extraño, pero no le prestó la mayor atención. Pasaron los días y la bola persistía, creciendo al parecer un poco cada día.
En el campo de juego, a donde acudía semanalmente para hacer algo de deporte, se encontró con Carlos, su amigo, el doctor; así que para disiparse las dudas, decidió mostrarle aquella anomalía, para de una vez por todas quitarse la inquietud que le venía provocando.
El doctor la miró, hizo un ligero reconocimiento y le pidió que fuera a su consultorio para hacer un reconocimiento en forma y determinar la causa que estaba provocando aquella anomalía. Tony esperaba una respuesta simple, quizás que le recetara unas pastillas y punto. Pero no fue así. Y el mundo se le vino encima cuando, una vez que se realizaron los correspondientes análisis, se descubrió que aquello era un tumor canceroso.
La noticia fue para Tony como una sentencia de muerte. Ninguno de nosotros sabemos lo que es recibir una noticia de esta índole, solo aquellos que han pasado por ese amargo trago saben lo que esto significa.
Después le extirparon el tumor, y vino el penoso tratamiento de la terrible quimioterapia. Al principio pareció sencillo, pero después de un par de semanas, no podía ni pasar la saliva y todo su cuerpo comenzó a manifestar los estragos que provoca el tratamiento. Pero lo más penoso de todo fue cuando una mañana, después del baño, al pasar el cepillo por su cabeza, los mechones de pelo quedaron enredados entre las cerdas, quedando tan solo un poco de su pelo aquí y allá, dejándole enormes lunares de calvice en su cabeza. Ese día no pudo reprimir la angustia y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero solo fue algo momentáneo; decidió que iba a enfrentarlo todo con entereza, así que cogió el rastrillo y se rasuró totalmente la cabeza y salió decidido a continuar la vida, aunque su alma estaba totalmente llena de pena.
Sus amigos, su familia… todos le mostraron su apoyo. Con palabras torpes y como Dios les dio a entender, le dijeron que estaban con él. Pero Tony, pese a todo ello siguió sintiendo que la lucha era únicamente de él y de nadie más y caía en momentos depresivos con bastante frecuencia sabiendo que estaba completamente solo para enfrentar su incierto destino.
Días después, cuando llegó a casa por la noche, se sorprendió al ver a su hijo, un adolescente de escasos 16 años, y quien siempre andaba super bien arreglado, como cualquier chico de moda; y quien aquél día, había mandado al traste su hermosa cabellera y ahora se mostraba totalmente rasurado de la cabeza, a imagen y semejanza de su padre.
Tony, sin entender bien lo que pasaba, le preguntó a su muchacho porqué había hecho semejante cosa. Y su hijo, con cierta timidez y palabras titubeantes le dijo: “Papá, lo hice porque quiero que sepas que yo también estoy contigo”
Tony salió adelante, los más recientes estudios señalan que no existe rastro alguno de cáncer en su organismo. Pero de toda esta terrible experiencia le quedó un enorme amor por la vida y el recuerdo de aquella escena donde descubrió el corazón solidario de su hijo.

lunes, 27 de abril de 2009

ORIGEN DEL CHICLE

El año de 1860, el General Antonio López de Santa Anna se hospedó en la casa de Thomas Adams. López de Santa Anna había sido expulsado de México debido a su polémico periodo de mandato al frente de nuestro gobierno, y fue así como llegó hasta Nueva York.
Como es común en este tipo de situaciones, el Sr. Adams y su invitado pasaron largo rato charlando sobre muy diversos temas de su interés, siendo en uno de esos momentos cuando Thomas Adams le comentó a López de Santa Anna su deseo de realizar algo realmente grande. Había desempeñado diversos oficios totalmente improductivos, entre ellos el de fotógrafo, más ahora Adams y su hijo se habían propuesto encontrar la fórmula para fabricar neumáticos a bajo costo.
Fue entonces cuando el ex mandatario mexicano le sugirió a su anfitrión que experimentara con el chicle para intentar sustituir el caucho. Hasta ese momento, el chicle era totalmente desconocido fuera de México. Se trataba de una goma natural extraída de un árbol llamado chico zapote, originario de la península de Yucatán (al sur de México), y desde tiempos inmemoriales había sido utilizado por los mayas y aztecas para limpiar sus dientes y soportar el hambre y la sed en sus faenas o recorridos.
A Thomas Adams le pareció una excelente idea y con el apoyo de Santa Anna, logró conseguir una tonelada de esta resina, misma que le fue enviada directamente desde México. Más la idea no prosperó. Lo intentaron una y otra vez y de muy diversas maneras, más siempre desembocaban en el fracaso.
A Thomas Adams le costaba mucho trabajo aceptar el fracaso. Aquella enorme cantidad de goma amontonada en un rincón de su casa le exigía una respuesta, más los caminos parecían haberse agotado y, aunque doliera tomar la decisión, parecía haber llegado el momento de tirar el proyecto y la goma a la basura.
Fue entonces cuando cierto día miró a una niña comprar una goma de mascar de parafina en una farmacia. Su rostro se iluminó de inmediato. Recordó que López de Santa Anna mascaba continuamente una bola de chicle y le comentó que los indígenas mexicanos lo hacían. ¿Acaso no sería mejor el chicle que la goma de parafina?.
De inmediato regresó a su casa y lleno de entusiasmo le comentó a su hijo la idea. ¡El chicle podía utilizarse como goma de mascar!. Así que de inmediato se dieron a la tarea de hacer bolitas de chicle y envolverlo en papel de seda de colores, para luego ofrecerlo como un novedoso producto al dueño de la farmacia de la esquina. El negocio creció y fructificó de tal manera, que Thomas Adams patentó en 1871 una máquina para manufacturar goma de mascar y poco después fundó su propia compañía, logrando con ello el negocio más grandioso que jamás haya imaginado.