lunes, 8 de junio de 2009

EL MONASTERIO MAGICO

Un hombre culto y generoso ofrecía todas las semanas un banquete al cual solían acudir una buena cantidad de gentes importantes. A estas reuniones se les dio en llamar las Asambleas de los Cultos.
A dichas reuniones acudía un derviche, quien al llegar estrechaba las manos de los presentes, y luego se sentaba en un rincón de la mesa, comía lo que se servía, y al terminar se levantaba, se despedía cortésmente y con gran humildad, y luego se marchaba sin haber dicho mayor cosa.
Para todos, el derviche, era un extraño, realmente nadie lo conocía. La primera vez que llegó, fue aceptado en la reunión porque creyeron que era un santo, alguien muy importante que era poseedor de grandes conocimientos espirituales. Y semana tras semana todos los comensales esperaban con impaciencia a que aquél hombre se dignase dirigirles algunas sabias palabras de instrucción. E incluso buscaban la forma de sentarse a un lado de él, para escuchar sin problemas el mensaje que seguramente les entregaría; más fue pasando el tiempo y aquél hombre se mantenía sin decir más palabras que un breve saludo al llegar y una sencilla despedida.
Los integrantes de la Asamblea de los Cultos comenzaron a sospechar que aquél derviche era un farsante. No decía nada, no aportaba nada, parecía que su única finalidad era ir a saciar su hambre. Y aquél lugar no era ciertamente un comedor para mendigos. Era un club donde se compartía la sabiduría entre unos y otros. Por tanto la actitud del derviche con el tiempo comenzó a molestar a los asistentes. Pero nadie le dijo nada. Terminando por ignorarlo e incluso apartarse de él.
Más cierto día el derviche habló. “–Deseo invitarlos a una cena que será servida mañana por la noche en honor de ustedes en mi monasterio –“ dicho esto, se despidió con unas sencillas palabras y se marchó.
Las palabras de aquél hombre provocaron una enorme reacción en los miembros de la Asamblea de los Cultos. Alguien dijo que el derviche vestía en una forma tan miserable que seguramente la cena estaría pésima. Es más, a lo mejor ni cena habría, porque el derviche, por su aspecto, parecía más bien un loco que un hombre santo. No faltó la opinión de alguien que dijo que el derviche los había sometido durante mucho tiempo a una prueba y que ahora pretendía recompensarlos. Tampoco faltó la voz del alarmista, quien previno a todos del peligro que corrían si atendían a la invitación, porque podría tratarse de un personaje con misteriosos poderes para someterlos.
Pero la curiosidad venció los temores, y al día siguiente el grupo fue conducido por el dereviche desde la casa donde se reunían, hasta un apartado lugar del bosque, donde en un escondido lugar había un monasterio de tal magnitud y magnificencia que todos quedaron atónitos al contemplarlo.
En el interior del imponente edificio había infinidad de monjes realizando múltiples tareas. Y al pasar por una sala de contemplación, un grupo de sabios de distinguido aspecto, se pusieron de pie para saludar respetuosamente al derviche con inclinaciones de cabeza. Lo mismo hacían todos los monges que encontraban a su paso; por lo cual los invitados quedaron convencidos que
su anfitrión era un hombre verdaderamente importante.
El banquete que se les sirvió fue indescriptible y sobrepasó toda expectativa. Jamás habían disfrutado de tantos y tan variados platillos, ni recibido una atención tan especial como en aquella ocasión. Así que con la barriga llena y el corazón contento, todos al unísono le suplicaron al derviche
que los aceptara como sus discípulos. Pero el derviche les dijo con sencillez: Esperen el día de mañana.
A la mañana siguiente, en lugar de despertar en aquellas hermosas habitaciones con camas de seda que les habían asignado la noche anterior, se encontraron tirados en el suelo, en el interior de una casona en ruinas, sin que el derviche apareciera por ningún lado.
Al darse cuenta de aquello, lo calificaron de brujo infame. Los había engañado con hechicerías. Se había burlado de ellos, más ahora lo habían desenmascarado. Seguramente no pudo completar su hechizo a causa de la virtud de todos los ahí presentes; porque de no ser así quizás el daño hubiera sido irreparable. Quizás los habría hubiera convertido en sus esclavos, mientras que ellos en su mente seguirían creyendo que estaban en el reino de los cielos.
Lo que todos ellos ignoraban era que, con los mismos medios con que el derviche los había hecho creer que estaban en un monasterio tan suntuoso, de la misma manera los había hecho creer que estaban en la más miserable de las situaciones, aunque la verdad es que ni una ni otra cosa habían sucedido.
Dentro de aquellos momentos de enorme confusión y lamentos, apareció el derviche, surgiendo de la nada y les dijo: Regresemos al monasterio. Hizo un misterioso movimiento con sus manos, y de nuevo todos ellos se encontraron en el majestuoso recinto de la noche anterior.
Ante aquella situación se sintieron arrepentidos de sus palabras y llenos de vergüenza. Se dieron cuenta de que aquella casa en ruinas donde habían despertado solo fue una ilusión para someterlos a prueba, pero el monasterio era la realidad. Lo bueno, según ellos, era que el derviche no había escuchado sus agrias quejas.
Mas de nuevo el derviche hizo un movimiento con sus manos y de pronto todos se encontraron sentados a la mesa en el mismo lugar donde siempre hacían sus reuniones. Y el derviche continuaba en su misma esquina de siempre, comiendo sin decir palabra su plato de arroz. Todos se quedaron mirando unos a otros. La experiencia no había sido un sueño, ni una ilusión de uno solo de ellos. ¡Todos la habían vivido!.
Quisieron interrogar al derviche, pero este se mantenía cabizbajo comiendo con humildad el arroz que había en su plato. Y nadie se atrevió a interrumpirlo. De pronto, la voz del derviche se escuchó al unísono dentro de cada uno de los corazones de los miembros de la Asamblea. Y les dijo: Mientras vuestra codicia os impida distinguir entre el autoengaño y la realidad; será imposible que un derviche pueda enseñarles algo, solo ilusiones. Aquellos que se alimentan de autoengaño y fantasía, solo con engaño y fantasía pueden ser alimentados.
El derviche no había movido en lo más mínimo los labios, pero a todos hizo llegar su mensaje. Después se levantó y sin decir absolutamente nada se marchó.
En la siguiente reunión su lugar quedó vació; el derviche jamás volvió.

LA LEYENDA DE LA CASA DE LOS PERROS

Cuentan los viejos libros que en Guadalajara había un rico cafetalero llamado Jesús Flores, quien tenía su casa en la calle de Santo Domingo, hoy llamada Av. Alcalde. Don Jesús, en el momento en que iniciamos esta historia, era un viejo viudo de setenta años, que harto de su soledad buscaba con afán el tener una compañía.
Ahí en la esquina, de lo que es hoy Alcalde y San Felipe vivía una viuda con tres hijas muy hermosas, dedicadas a realizar trabajos finos de costura, en lo cual habían hecho buena fama. Una de las hijas de aquella costurera, debido a su gracia y belleza pronto fue desposada por un apuesto y acomodado caballero. Pero el rico viejito se derretía por Elodía, otra de las hermanas, aunque ella no le hizo jamás el menor caso y terminó contrayendo matrimonio con un rico alfarero de Tlaquepaque.
Ana, la última de las hijas, no vio con malos bigotes a Don Jesús, y aunque él jamás la había pretendido, pronto se vio seducido por su coquetería, a todas luces manifiesta; y sin pensarlo demasiado, le propuso a la jovencita matrimonio. A falta de pan, buenas son semas. Quizás en sus años mozos Don Jesús fue un joven atractivo, pero en esos tiempos ya no quedaba absolutamente nada digno de verse en aquel anciano, excepto su fortuna, que le borraba hasta las arrugas y lo encorvado.
Anita no perdió tiempo. Ante la insistencia de aquél hombre, que sentía se le acababa el tiempo; ella le hizo ver que la única forma de casarse con él era que le hiciera a la casa un segundo piso; porque solo las gentes adineradas tenían una así, y ella pretendía mostrar una excelente imagen ante la sociedad.
Don Jesús ni tardo ni perezoso, llamó de inmediato al ingeniero Arnulfo Villaseñor y le encargó la remodelación de la casa. Una vez terminada, y después de haber contraído matrimonio la desigual pareja, Doña Ana, y la llamo ahora así, porque ya era la “gran señora”, completó la decoración exterior con un par de esculturas que vio en una revista de decoración, y las cuales tuvieron que ser traídas directamente desde Nueva York. Dando con ello el toque final, y el motivo para que aquella finca a partir de entonces fuera conocida como “la casa de los perros”.
Al frente de sus negocios, Don Jesús, tenía a un honrado caballero llamado José Cuervo, quien con gran habilidad le multiplicaba día con día la fortuna, lo cual después de pasada la emoción de tener de nuevo compañera, para Don Jesús se convirtió en la única ilusión en la vida.
Pero el reloj de arena se quedó sin granos y Don Jesús falleció dejando a Doña Ana sola, quien para no sufrir aquél terrible mal de la viudez, muy pronto encontró consuelo a su tristeza en los brazos del fiel mayordomo, quien prosiguió afanosamente acrecentando la fortuna con el buen manejo de los negocios.
Y como el dinero fluía por todas partes, Doña Ana y Don José hicieron una casa nueva, la cual se aprecia aún el la esquina de Colón y Libertad, donde se fueron a vivir su insólito romance, dejando atrás aquella casona que Doña Ana ya no vio con simpatía porque estaba llena de recuerdos no del todo gratos.
Poco tiempo después vendieron la “casa de los perros”, pero quien sabe que pasó con el nuevo dueño, porque la finca duró mucho tiempo abandonada y aquello dio pie a una gran leyenda.
Se corrió el rumor de que quien rezara un novenario en el mausoleo de Don Jesús Flores, recibiría en premio las escrituras de la “Casa de los Perros”. Era requisito que los rezos se efectuaran a las 12 en punto de la noche, llevando como única compañía una vela. Dicen que lo intentaron una buena cantidad de gentes, hombres y mujeres. Que hasta se hizo una gran vendimia noche a noche afuera del panteón de Mezquitán. Por todas partes surgieron los valientes, que vieron en aquella situación una forma fácil de hacerse de fortuna. Pero todos fracasaron. Algunos salían antes de cinco minutos, corriendo como alma que lleva el diablo, otros se tardaban tanto en salir, que cuando los iban a buscar los encontraban desmayados.
Con el tiempo pasó la euforia, o se acabaron los valientes. Se dice que el problema de todo ello estaba en que una voz de ultratumba se empeñaba en contestar cada uno de los rezos. Y así, hasta el hombre más valiente se cuartea.

LOS MILAGROS DE MAHOMA

Los seguidores de Mahoma estaban tan convencidos de su santidad que guardaban el agua con que se lavaba, su cabello y su saliva, con la plena convicción de que con todo ello se podía hacer milagros. Mahoma en realidad nunca quiso pasar por un hacedor de milagros, aunque se dice que realizó cosas asombrosas durante su vida.
Ya desde el momento mismo de su nacimiento se narran hechos extraordinarios. En el momento del alumbramiento, su madre fue iluminada por una luz celestial tan poderosa, que cubrió toda la ciudad de Medina y se pudo percibir hasta la lejana Siria. Afirman además que era un gran profeta. Supo de la muerte de una persona antes que llegaran las noticias de que esto había acontecido; además adivinó el pensamiento de unos judíos que pretendían envenenarlo. Un hombre llamado Abdul Jahl, quien era su enemigo, lo maldijo, pero no pudo regocijarse de ello, ya que casi de inmediato perdió el habla. Mahoma se compadeció de él, pero aquél hombre tenía el corazón tan endurecido, que en cuanto las palabras volvieron a su boca, maldijo de nuevo al profeta. Después tomó piedras y se las arrojó al santo, pero llegó el castigo divino y su mano se retorció quedándole totalmente incapacitada de movimiento.
Además se le atribuye a Mahoma un milagro muy similar al realizado por Jesús con cinco panes y dos peces. En el caso de Mahoma, un día alimento a 1000 hombres con la carne de una sola oveja.
Pero no fue solo Mahoma el de los milagros, sino que estos también se presentaron en algunos de sus fieles seguidores. Mohamed Ben Isá fundó la orden de los Isáwiyyah, y en cierta ocasión fueron ante él unos discípulos hambrientos para suplicarle que les diera de comer. Mohamed les instruyó con gran amor sobre poner su corazón totalmente en Alá y no preocuparse por lo que debían de comer. Les dijo a sus discípulos que debían mostrar plena confianza y comer cualquier cosa que se encontraran en el camino. Los discípulos se marcharon y comieron piedras, serpientes y alacranes, y de todo ello comieron, sin problema alguno, porque contaban con la bendición del maestro Mohamed. Esto sucedió por el año 1500. Pues bien, trescientos años después, en el año de 1868, un viajero alemán llamado Maltzan, descubrió una comunidad religiosa en Marruecos que mantenía viva dicha tradición. Tras realizar una serie de danzas ceremoniales, comían serpientes y alacranes vivos; para luego continua con pedazos de vidrio, agujas y otras barbaridades, que comían con gran entusiasmo y sin que les pasara absolutamente nada.

ORIGEN DEL ISLAMISMO

Mahoma quedó huérfano a los ocho años de edad y fue criado por su tío Abu-Talib, quien era de oficio camellero. Mahoma se casó a los 25 años de edad, con una viuda rica llamada Khadija, que era 15 años mayor que él. Se dedicó al comercio y tenía una caverna en el monte donde acostumbraba ir a realizar sus oraciones. Dicen que en ese lugar se le apareció el arcángel Gabriel, quien le hizo una buena cantidad de revelaciones, que luego serían argumento de su predicación y que con el paso del tiempo darían forma al Corán, libro sagrado del islamismo.
Para el año 616 de nuestra era, Mahoma ya tenía un grupo fervoroso de seguidores, cosa que provocó la ira de los gobernantes de la Meca, donde se tenía una religión oficial que incluía a 360 dioses adorados en la Caaba, así que ya no hacía falta uno más. Por ello, Mahoma huyó de La Meca a Medina para evitar ser asesinado. Este acontecimiento es llamado la Hégira, y da inicio a la era musulmana, igual que el nacimiento de Cristo es el primer año de la era cristiana.
Seis años después Mahoma regresó triunfante a la Meca y destruyó los innumerables ídolos, transformando el antiguo templo de la Caaba en santuario para sus fieles.
Mahoma tuvo 18 mujeres, todas viudas. Murió a los 62 años a consecuencia de una fiebre causada por la picadura de un insecto. Y sus restos se conservan en la mezquita El Haram, una de las más famosas de Medina.

EL MILAGRO DE LA INDIA MARIA ANTONIA

Allá por el “año del caldo”, un poco después de la época cuando “los perros se amarraban con longaniza”, vivía en el pueblo de Mezquitán, hoy barrio de Guadalajara, una mujer de origen indígena llamada María Antonia, quien a la muerte de sus padres recibió como herencia una casita con su huerta y una productiva tierrita que le proporcionaban lo necesario para su manutención; pero llegaron los malos tiempos, más las tranzas de un indio ladino que con marrullerías la despojó de buena parte de sus posesiones, dejándola prácticamente en la miseria. Tan solo le quedó la casita, aunque para mantenerse no tuvo más camino que pedir limosna.
Pero como todo mundo la conocía como una mujer brava, enredosa y mitotera, no había quien quisiera apiadarse de ella, así que los problemas económicos tocaron día a día a la puerta de la casa de aquella mujer.
Ante una vida llena de privaciones económicas, de pronto le llegó a María Antonia inspiración divina. Fue así como, precisamente en un viernes de cuaresma, se armó tremendo escándalo y el chisme corrió por todos los rincones. Todo mundo decía que en la casa de María Antonia había un antiguo cuadro del rostro de Jesús que estaba sudando.
Toda Guadalajara quiso presenciar tan portentoso milagro, así que la casa de María Antonia de se vio atiborrada de curiosos y devotos que llevaron flores, ofrendas velas de sebo y cuantiosas limosnas, que acabaron con las penurias de Maria Antonia.
El susodicho cuadro era un viejo óleo, de un pintor desconocido, realizado sobre un burdo lienzo de hilo grueso, que recibió Antonia como parte de su herencia.
Lo curioso de todo ello fue que el sábado ya no sudó el cuadro, ni el domingo, ni los siguientes días, pero el fenómeno se volvió a repetir el viernes siguiente y los subsecuentes, volviéndose una tradición la afluencia de peregrinos cada fin de semana.
La india María Antonia recaudó buenos dineritos, y no solo le ajustaba para comer bien, sino que había lo suficiente para tomarse sus tequilitas, a las que tanto era aficionada, con un indio que tenía como compadre, con quien se daba sus buenas parrandas.
Al Cura de la Parroquia, le parecía bastante incongruente la actitud de Maria Antonia con el dichoso milagro, así que habló con el Sr. Obispo, para solicitarle su venia y trasladar el cuadro milagroso a la Parroquia, donde se le daría respetuoso culto. Pero al saber lo que se pretendía María Antonia montó en cólera y le dijo al Párroco que antes de que sucediera lo que pretendían, ella quemaría el cuadro y se acababa la cosa.
De todas formas, el Sr. Obispo mandó al Párroco con un notario para que certificaran el milagro; no fuera ser que se tratase de un burdo engaño. Y así Párroco y Notario, más dos frailes y dos seglares de testigos, llegaron a la casa, sin previo aviso, en el día preciso en que la pintura sudaba. Y en efecto, ante sus ojos se presentó el milagro, solo que como el notario era tan miope, arrimó tanto las narices que sintió demasiado caliente la tela; lo cual le hizo entender que había por ahí gato encerrado. Acto seguido tomó el lienzo, y al darle la vuelta se dio cuenta que tras él había pegada una gorda de maíz recién salida del comal.
Resulta que la india María Antonia, descubrió que poniéndole al lienzo la gordita caliente, el vapor de agua que desprendía pasaba a través de lo separado del burdo tejido y se condensaba en pequeñas gotitas al frente de la pintura, simulando perfectamente como si sudara.
Al ponerse al descubierto el astuto fraude, el cuadro fue condenado a la hoguera, mientras que María Antonia fue puesta de patitas en la cárcel, y su casa llena de sal para acabar con la vergonzosa situación.

jueves, 4 de junio de 2009

LAS PIEDRAS DEL FRAUDE

Johann Beringer era médico de Würzburg y maestro de la facultad de medicina en la universidad, además tenía una enorme afición por recolectar curiosidades naturales. No era un simple coleccionista de fósiles, sino que se consideraba todo un experto en la materia, y daba conferencias y escribía libros sobre el tema. Decía que muchas de las criaturas que se encontraban fosilizadas eran producto de las inundaciones de los tiempos de Noe, aunque a otras de apariencia extraña, las consideraba procedentes de los tiempos violentos de la creación, tal y como lo narra el Génesis. En todo y para todo, Beringer intentaba relacionar sus hallazgos con las narraciones biblícas.
Su firme convicción, más algunas interesantes muestras fósiles, le consiguieron un buen grupo de seguidores; pero su autoridad y arrogancia no era muy del agrado de todos, por lo cual surgieron aquí y allá algunos enemigos dispuestos a ponerlo en total ridículo.
Beringer poseía algunos fósiles que había encontrado en cierta colina, donde se dice que traía a un grupo de jóvenes excavadores explorando las tierras. Fue así como Ignatz Roderick, profesor de Geografía y Groeg von Rckart, concejal bibliotecario de la universidad, quienes eran sus compañeros, decidieron que la colina era un terreno muy fértil para realizar su diablura. Así que sobornaron a dos de los jóvenes excavadores para que “sembraran” algunas muestras que luego les permitieran poner a Beringer como un tonto ante los ojos de todos. Así que estos jovencitos enterraron aquí y allá los “fósiles” prefabricados y otras cosillas que los astutos enemigos de Beringer les entregaron.
Cuando Beringer descubrió aquellas muestras sembradas por sus enemigos, sus ojos casi se salían de sus cuencas. Encontró una maravillosa colección de piedras labradas, con arañas, estrellas, y animales totalmente desconocidos. Beringer alucinado por sus hallazgos, ni siquiera se puso a estudiarlos con detenimiento. Lleno de júbilo se puso a proclamar a los cuatro vientos que tenía las pruebas palpables de que el mismo Dios había construido algunos diseños en piedra antes de dar vida a las especies. Y para acabar de echar a perder el asunto, hasta escribió un abultado libro donde con lujo de palabras respaldaba plenamente todas sus teorías. Incluso agregó a su obra unas láminas donde estaban dibujadas todas las muestras encontradas.
Con tanta palabrería, el pobre de Beringer se echó la soga al cuello. No faltaron los astutos críticos, que estudiando detenidamente aquellos hallazgos, pronto descalificaron las muestras, al haberles encontrado burdas marcas de cincel recién realizadas y la carencia del efecto que provoca la humedad en las piedras y objetos que han permanecido enterrados por un largo tiempo.
Johann Beringer fue visto por todos como un tonto de primera. Se habían mofado de él con burdas piedras labradas con cincel y martillo, y él había hasta afirmado que estas habían sido esculpidas por la misma mano de Dios.
Los dos ayudantes sobornados que sembraron las muestras reconocieron su pecado y pronto salieron a relucir los autores intelectuales de la broma. Johann Beringer los demandó y los llevó a corte por haberle hecho perder su honor. Ambos pagaron cara su osadía, porque perdieron sus respectivos trabajos.
El resto de sus días la pasó Beringer rescatando ejemplares de su libro aquí y allá para luego arrojarlos al fuego, ya que sentía que solo de esa manera se libraba un poco de la vergüenza que traía sobre sus espaldas. Murió en 1740, pero en 1767 se realizó una segunda edición del libro, para atender la gran demanda de los lectores curiosos que querían saber más sobre ese fraude, y el libro vendió varios miles de copias más que el primero.
Las piedras del fraude se encuentran actualmente en el museo de la Universidad de Oxford.

MICHEL DE NOSTRADAMUS

Michel de Nostradamus decidió ser médico. Esta era una profesión arraigada en su familia. Desde pequeño su abuelo materno, quien le tenía un enorme cariño, lo había familiarizado con ambas cosas. Sobre todo los días de noches oscuras, lo sentaba sobre sus rodillas y le enseñaba el nombre de las constelaciones y las estrellas. Aquél pequeño aprendió a amar los cielos desde su tierna infancia, al igual que le fue enseñado el amor por la medicina, la naturaleza y la ciencia. Por ello, al morir su abuelo maestro, Michel marchó hacia Aviñón, la ciudad francesa por excelencia, donde convergían, desde todos los rincones de la provincia, aventureros, buscadores de fortuna, mal vivientes, y jóvenes deseosos de labrarse una vida en el mundo de la ciencia.Aviñón era una ciudad de grandes contrastes: enormes y lujosos palacios al lado de callejones malolientes, por donde transitaban multitudes de desarrapados que intentaban a diario librarse del atropello de los elegantes carruajes de la burguesía.Era la ciudad de los Papas, malechores, desarrapados y gente humilde que abandonó los campos intentando conseguir una forma más fácil de vida.Michel llegó a Aviñón a estudiar en la prestigiada universidad, demostrando desde un principio que solo lo interesaba cumplir con sus deberes ecolásticos y dedicar el resto del tiempo a la observación del cielo estrellado, que era la gran pasión que realmente le motivaba. Era el “raro” entre sus compañeros, a quienes les interesaba más vivir la vida licenciosa de la ciudad que adentrarse en el mundo del conocimiento.Michel se sumergía en las matemáticas, la astronomía y la astrología; estas eran las materias que robaban toda su concentración y energía. Quienes lo escuchaban hablar sobre estos temas, terminaban sorprendidos ante su conocimiento y elocuencia.De Aviñón, Michell marchó hacia Montpellier, para seguir en esta ciudad la carrera de medicina. Durante tres años aprovechó con eficacia los maravillosos secretos del cuerpo humano. Pero esto no le fue bastante, decidió aprender, por todos los medios a su alcance todos los secretos y remedios que de las plantas y hierbas pudieran obtenerse. Por ello recorrió todo el país de comarca en comarca estudiando su flora, deteniéndose, cuando consideraba que podía sacar algo provechoso de aquellos que sabían de recetas y pociones.Y vino la peste, la “bestia selvática”, como la llamó Michel, desencadenando, como lo hizo en 32 ocasiones durante dieciséis años, su oleada de muerte. Los médicos huían espantados, negándose a atender a los enfermos por temor, y cuando lo hacían se cubrían con mantos largos y máscaras en un intento de evitar el contagio.Michel fue diferente, atendía con esmero a los enfermos, buscaba con afán proporcionarles alivio utilizando todos sus conocimientos acumulados. Y según nos cuentan los antiguos escritores, Michel curó a muchos enfermos, incluso existen escritas por ahí algunas de sus eficaces recetas. Fue el primero que hizo saber que para controlar la peste los cuerpos debían de ser quemados y las casas de los enfermos llenadas de cal. Recorrió toda Europa apoyando sin descanso para controlar este terrible mal.Todo esto le dio a nuestro personaje una gran fama como médico excelente, no solo por sus impresionantes conocimientos, sino por el espíritu con el que ejercía su ciencia. La gente se acercaba hasta a él, interrumpiendo su caminar, y se echaba a sus pies y bendecía su nombre. Michel de Nostradamus fue honrado, después de haber pasado la terrible calamidad, otorgándosele un reconocimiento público y colmándolo de honores en gratitud por todos aquellos que se habían salvado.Pero a Nostradamus poco le importaba la fama conseguida, su objetivo era investigar palmo a palmo los secretos de la vida. Pasado un tiempo se estableció en la ciudad de Aix, reanudando su labor de médico y sus investigaciones de la herboristería, los bálsamos y la astronomía. Era un buen médico y día con día se incrementaba su fama y aprecio entre la gente. Pero su dicha debía ser más perfecta: encontró a una hermosa mujer y se casó con ella. Y de pronto se distrajo de sus antiguas aficiones dedicando su tiempo a su esposa y luego a los dos hijos que le obsequió la vida, los cuales se convirtieron en su máxima alegría.Pero un día la muerte llamó a su puerta y le arrebató a la esposa y a sus hijos y con ello se acabó la dicha perfecta. ¿Qué fue lo que pasó?. Algunos dicen que fue la peste. La verdad nadie la sabe. Lo cierto es que Nostradamus continuó con su profesión de médico, pero sumergido en una especie de permanente ausencia, que aquellos que no lo conocían podían juzgarle como deficiente de sus facultades mentales. Pero aún así, se incrementaba día con día su fama de astrólogo, médico y… vidente. Porque algo extraño comenzó a suceder en él.El doctor Nostradamus tenía una vida tranquila y libre de desórdenes. Día a día visitaba a los enfermos y les ofrecía consuelo, llegando a tal su fama y forma de ser que hasta se le consideraba un santo. Cuando salía por las calles, cubierto con su larga capa negra agitada por el viento, la gente no dudaba en retenerlo para consultarle todo tipo de problemas, aún cuando estos no fueran médicos. Todos lo tenían por sabio en el más amplio sentido de la palabra. Y le consultaban enfermedades del cuerpo y del espíritu. En ambos casos, todos encontraban la respuesta acertada para su aflicción.Fue entonces cuando salieron a la luz sus famosos vaticinios que colocaron a Nostradamus como uno de los más grandes y enigmáticos profetas de la historia. Pero antes de continuar demos un pequeño respiro con un poco de música.En tiempos de Nostradamus estaba muy extendido el arte de la magia. Pupulaban por los pueblos un sin fin de vaitcinadores que profetizaban sobre el futuro, y la gente gustaba de escucharles, entregando a cambio algunas moneda de oro o de plata, con tal de que se les anunciasen sucesos favorables que dispersaran las densas sombras del futuro.Una abominable ralea de profetas charlatanes, que sin conocimientos de ninguna especie, elaboraba sus predicciones con la única intención de sacar algo en su propio provecho. Pero Michel de Nostradamus no era de este grupo. En el año 1555 empezó a escribir sus propios vaticinios en forma de cuartetas; las cuales se acumulaban 100 en cada libro, y por ello se les denominó “Centurias”.Cada noche Nostradamus se acomodaba en su sillón a la luz de las estrellas y con la mirada fija en el cosmos recibía la iluminación para elaborar sus vaticinios.Sus famosas Centurias y presagios no vieron l luz en mucho tiempo. Nostradamus los guardó en secreto, creyendo que el darlos a conocer le acarrearía calumnias, envidias y problemas de todo tipo. Pero sentía la responsabilidad de dar a conocer a los hombres el conocimiento que le había sido revelado para que sacaran de ello algún provecho. Por ello un día las dio a conocer, provocando una tremenda reacción, que acrecentó su fama de boca en boca, traspasando incluso las fronteras.Los años transcurrieron y las profecías de aquél iluminado se fueron cumpliendo: la conjura de Amboise, el levantamiento de Lyon y la muerte de Francisco I fueron acontecimientos vaticinados por el sabio vidente.Entonces su fama se incrementó de tal manera que reyes y príncipes, ricos y poderosos, comenzaron a acudir a él para interrogarlo sobre su futuro.El poderoso Rey de Francia, Enrique II, mandó traer al vidente ante su presencia. Nostradamus le hizo una serie de revelaciones, y el Rey agradecido le entregó numerosos presentes y le permitió partir nuevamente a su hogar. Años más tarde el Rey Carlos IX visitó a Nostradamus y lo nombró su consejero y médico. Más entonces ya estaba el profeta muy enfermo y aquejado de múltiples dolencias. La artritis y la gota minaban fuertemente su salud. Por ello escribió por entonces: “Mi muerte está próxima”. Y en efecto falleció poco después, el 2 de julio de 1566 a la edad de sesenta y dos años. Su cuerpo fue sepultado en la Iglesia de los Cordeleros de Salon con una ceremonia de grandes honores. Aún hoy en día, es posible leer en su lápida una inscripción en latín que dice: “Aquí descansan los restos mortales del ilustrísimo Michel de Nostradamus, el único hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi divina, bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo”.