lunes, 20 de julio de 2009

HISTORIA DEL SORBETE

La feria mundial de St.Louis se celebró en el año de 1904, conjuntamente con los Juegos Olímpicos. Cuarenta y dos estados y cincuenta y tres naciones tomaron parte en esta exposición.
Entre los vendedores de la feria, uno tomó la concesión de helados, y otro de wafles calientes. Con la muchedumbre que acudió a las exhibiciones, ambos negocios florecieron rápidamente; pero después de un día particularmente activo, la reserva de platos de cartón, donde el vendedor de wafles los servía con tres guarniciones diferentes, se agotó. Alarmado buscó afanosamente quien le vendiera platos en la feria, más nadie quiso hacerlo por temor a encontrarse luego en el mismo problema.
El vendedor de helados le propuso venderle con descuento parte de su nieve, para que al menos ganara algo y no fuera a perderlo todo.
El vendedor de wafles aceptó, aunque su inconformidad era grande porque el margen de utilidad en los helados era muy bajo, y aparte, no sabía que hacer con todos los ingredientes que ya tenía preparados para hacer wafles, ya que en ellos había invertido todos los ahorros de su vida.
De repente tuvo una brillante idea: hizo unos mil wafles; mientras estaban aún tibios los enrolló, según un patrón circular con la punta por abajo. A la mañana siguiente, vendió todo su helado, porque lo sirvió en el wafle enrollado, con lo cual había nacido el popular cono de la nieve.

EL TRUCO DEL PRESTAMISTA

Hace muchos años, cuando una persona que debía dinero podía ir a la cárcel, un mercader de Londres tuvo la desventura de acumular una enorme deuda. Al prestamista, que era viejo y feo, le gustaba la hermosa y joven hija del mercader, de modo que propuso un trato: cancelaría la deuda si podía quedarse con la muchacha.
Tanto el mercader como su hija quedaron horrorizados ante esta proposición, pero sabían que no tenían más remedio que se dejara en manos de la providencia la decisión. Así, que el prestamista indicó que colocaría una piedrecita negra y una blanca en un saco vacío, y que después la chica debeía tomar una de las piedras. Si ella escogía la piedra negra, se convertiría en su esposa y la deuda del padre quedaría cancelada. Si seleccionaba la blanca, se quedaría con su padre y la deuda sería perdonada. Pero si se rehusaba a tomar alguna de las piedras, su padre iría a la cárcel y ella quedaría sola y totalmente desprotegida.
El mercader aceptó con renuencia. El grupo se hallaba en una vereda de piedras, pero entonces la temerosa chica se dio cuenta de que él había tomado dos piedras negras y las había colocado en el saco. En seguida, el viejo pidió a la chica que tomara una de las piedras, la que decidiría su destino y el de su padre.
Ella se sintió aterrorizada en el momento en que el mercader le tendió la bolsa para que sacara la piedra, más de pronto su rostro se iluminó, metió la mano en la bolsa, y sin verla, al sacarla la dejó caer a la vereda, donde se perdió entre las demás.
-¡Qué torpe soy!- dijo-, pero no importa, si abren la bolsa verán qué piedra tomé por la colora de la que queda. Como la piedra restante era negra, se supuso que ella había tomado la blanca, ya que el prestamista no se atrevería a admitir su deshonestidad.
(Pintura del Pintor Español Ismael Prieto)

lunes, 13 de julio de 2009

ARROJADO A LOS PERROS

Una historia árabe, de un libro escrito allá por el siglo XIII, dice que un visir había servido a su amo durante unos treinta años y era reconocido y admirado por su lealtad, su sinceridad y su devoción a Dios. Su sinceridad, sin embargo, le había ganado en la corte muchos enemigos, que difundieron falsas historias sobre su ambigüedad y perfidia. Día y noche le llenaron los oídos al sultán, hasta que éste también comenzó a desconfiar del inocente visir y al fin condenó a muerte al hombre que le había servido fielmente durante tantos años.En aquél lugar era costumbre que los condenados a muerte fuesen atados de pies y manos y arrojados al corral en el cual el sultán tenía encerrados sus más feroces perros de caza, que de inmediato se abalanzaban sobre la víctima y la desgarraban.Sin embargo, antes de ser arrojado a los perros, el visir pidió que se le concediera un último deseo; “Me gustaría que me dieran diez días de gracia, para que pueda pagar mis deudas, cobrar lo que me deben, devolver los objetos cuya guarda me fue encomendada por la gente, distribuir mis bienes entre los miembros de mi familia y mis hijos, y designar un tutor para estos últimos”.Después de asegurarse de que el visir no se fugaría, el sultán concedió su pedido. El visir corrió a su casa, recogió cien monedas de oro y fue a visitar al cazador que cuidaba los perros del sultán. Le ofreció las cien monedas de oro y le dijo: “Déjame cuidar a los perros durante diez días”. El cazador aceptó y, durante los diez días que siguieron, el visir cuidó de las bestias con suma atención, limpiándolas, cepillándolas y alimentándolas de lo mejor. Al final del décimo día, los perros comían de sus manos. Al undécimo día, el visir fue llamado ante la presencia del sultán; se repitieron los cargos y el gobernante observó como ataban de pies y manos al visir y lo arrojaban a los perros.Sin embargo, en contra de lo que todos esperaban, cuando los perros lo vieron, corrieron hacia él meneando la cola. Le lamieron afectuosamente los hombros y comenzaron a juguetear a su alrededor. El sultán y los demás testigos del hecho quedaron pasmados. Cuando el sultán le preguntó por qué los perros le habían perdonado la vida, el visir contestó: “Estuve cuidando de estos perros durante diez días. Usted ha visto los resultados con sus propios ojos. Al sultán lo he cuidado durante treinta años, ¿y cual es el resultado? Me condenan a muerte sobre la base de las acusaciones de mis enemigos”.El sultán se sonrojó, avergonzado. No solo le perdonó la vida al visir, sino que le obsequió lujosas vestimentas nuevas y le entregó, prisioneros, a los hombres que lo habían calumniado. El noble visir los puso en libertad y siguió tratándolos con amabilidad.

LA MALDICION DE LA PRINCESA

Cuatro jóvenes ingleses adinerados, fueron a Egipto a finales de la década de 1890. En aquella época aún era algo demasiado aventurado el adentrarse por las exóticas tierras de norte de Africa. Era un privilegio que solo los aventureros o gente de dinero podía concederse; y ellos estaban en este último nivel.
Las hermosas pirámides llenaron de fantasías su cabeza, haciendo surgir en ellos el absurdo deseo de llevarse algo de aquél extraño mundo a casa. Aunque sabían que lo único que les era permitido era una buena cantidad de souvenir y fotografías. Más de pronto algo insólito sucedió: un extraño personaje se acercó a ellos y les hizo una propuesta muy especial, que cambiaría drásticamente su destino. Les dijo que un grupo de amigos suyos tenía en su poder una momia, misma que estaban dispuestos a vender a un precio bastante razonable, y quizás fuera de su interés.
Los cuatro jóvenes se miraron unos a otros, totalmente incrédulos de la oferta, y decidieron ir con el desconocido a ver “la mercancía”. Y en efecto, un grupo de mercenarios egipcios y franceses habían exhumado clandestinamente algunos tesoros, junto con aquél hermoso sarcófago en cuyo interior había una momia.
Los cuatro británicos se mostraron vivamente interesados en adquirirla, pero siendo tan amigos, y ante lo razonable del precio, decidieron echar suertes, siendo el más joven de ellos quien tuvo “la fortuna” de adquirirla. Desembolsó pues lo convenido e hizo los arreglos pertinentes para que su valioso tesoro fuera trasladado de inmediato a la habitación del hotel donde se hospedaba, pensando en llevarla luego consigo en su regreso a Londres. Tenía en su poder la momia de la sacerdotisa Amén-Ra, a quien luego dieron en llamar la Princesa Egipcia, y con ello se desencadeno una serie de tragedias.
Nadie sabe que pasó, pero los testigos afirman que a media noche se abrió precipitadamente la puerta de la habitación de este joven, y salió corriendo perdiéndose en la oscuridad del desierto.
Al día siguiente fue buscado por sus amigos y un grupo de personas, pero todo fue inútil. El joven británico nunca fue encontrado. Las cosas se complicaron aún más cuando el segundo de los amigos, en el mismo día de la búsqueda recibió un disparo de rifle que le hizo accidentalmente su sirviente egipcio. La herida fue tan grave que tuvieron que amputarle el brazo izquierdo.
Después de estos graves sucesos regresaron a Inglaterra, solo para toparse otro de ellos con que el banco donde tenía depositada la fortuna familiar había quebrado, dejándolo totalmente en ruina.
El cuarto de ellos cayó víctima de una enfermedad muy extraña y prolongada que le hizo gastar todo su dinero y vender sus bienes para gastarlo en médicos y curaciones y cuando finalmente logró recuperarse, no pudo conseguir ni el más mísero empleo, de tal manera que terminó vendiendo cajas de cerillos en la calle.
La momia, a quien se comenzó a culpar de los hechos, fue vendida a un excéntrico comerciante de Gran Bretaña, quien aún conociendo lo que había sucedido no dio crédito a la supuesta maldición que encerraba. Más luego su propia casa se incendió bajo circunstancias muy extrañas y tres de sus parientes cercanos sufrieron accidentes, así que de inmediato se deshizo de la princesa egipcia donándola al Museo Británico. Y pese a la reputación que acompañaba a la dama egipcia, el curador del museo, acostumbrado a desechar leyendas y supersticiones, aceptó de muy buena gana el obsequio.
Y los desconcertantes hechos continuaron sucediendo: el camión de mudanzas en que fue transportada la momia, una vez estacionado y sin motivo aparente, dio marcha atrás y atropelló a un peatón. Uno de los cargadores tropezó y el ataúd le rompió una piedra, mientras que el otro, un hombre de escasos 30 años, falleció dos días después por un infarto. La momia fue instalada en la Sala de Egiptología del museo.
Aquella noche los guardias escucharon golpeteos y sollozos que parecían provenir del interior del ataúd. Todo el personal del museo comenzó a tenerle miedo a la tenebrosa princesa egipcia, al grado que no deseaban ni sacudirle el polvo a la vitrina. Mas nunca falta un valentón, quien haciendo burla de todos los cobardes, fue y pasó el plumero con fanfarronería por el rostro de la momia. El castigo no se hizo esperar y dos días después su hijo murió de sarampión.
Ante semejantes hechos, el personal de seguridad y mantenimiento hicieron una protesta ante la dirección, exigiendo que la momia fuese retirada de exhibición. Y curiosamente la petición fue aceptada, ya que mandaron a Amen-Ra, la sacerdotisa egipcia a las frías bóvedas del museo, bajo la única supervisión del jefe de bodega.
Los hechos continuaron, la maldición llegó hasta uno de los peones que efectuaron la mudanza, quien cayó seriamente enfermo, y el mismo encargado de la bodega fue encontrado sin vida en su despacho.
Un reportero gráfico, conocedor de los rumores, se aventuró a tomar una fotografía de la tapa del sarcófago y cuando la reveló descubrió para su sorpresa y horror que el bello rostro de la princesa, tallado en la parte superior, se había transfigurado en una cara de facciones repulsivas. Aquello le trastornó tanto que entró en una terrible crisis nerviosa que le llevó al suicidio disparándose un balazo en el corazón.
Este último drama colmó la paciencia del director del museo y por ello le vendió la momia a un coleccionista privado.
Su nuevo dueño, muy interesado en las ciencias ocultas, comenzó a sufrir toda una serie de vicisitudes en su vida privada, por lo cual optó por encerrar la momia en el altillo de su residencia. Como los problemas continuaban, decidió invitar a su hogar a la ilustre fundadora de la teosofía, Madame Blavatsky.
La célebre huésped, quien ignoraba que la tenebrosa momia estaba encerrada en el desván, sintió repentinamente un gran desasosiego y le dijo al hombre que había en la casa una tenebrosa presencia. El la llevó por toda la casa, sin confesarle aún de su adquisición, más ella detectó la siniestra momia y le dijo que ella era la causante de todo, que tenía que deshacerse de ella de inmediato.
No faltó cliente para la princesa, un escéptico arqueólogo norteamericano que pagó por ella un precio exorbitante y se embarcó de inmediato con su preciada momia rumbo a Los Estados Unidos. Pero nunca llegó a su destino. El barco elegido fue el famoso Titanic que se hundió en el océano Atlántico el 15 de abril de 1912 luego de chocar con un iceberg. En esta espantosa tragedia perdieron la vida 1502 personas. La momia egipcia se hundió con todas ellas.

HISTORIA DEL LAPIZ

El año de 1564, una violenta tempestad derribó un enorme árbol en una población llamada Borrowdale en Inglaterra. La caída del árbol dejó al descubierto una masa de cierta sustancia negra de aspecto mineral. Los pastores de la localidad utilizaron pedazos de aquél material para marcar sus ovejas. Otros lugareños más astutos comenzaron a cortarlo en forma de varitas, que luego vendieron en las calles de Londres con el nombre de “piedras de marcar”, mismas que fueron utilizadas por los tenderos para hacer sus letreros en las cajas de frutas y mercancías.
No tardó el rey Jorge II en incautar el lugar y comenzar a explotar el mineral, que no era otra cosa que grafito. Mismo que fue utilizado para dar forma precisa a las balas de los cañones. El rey fue muy estricto con aquel valioso mineral. Y se registraba a los trabajadores meticulosamente para que no se lo robaran. Pero, como siempre suele suceder, la gente se las ingeniaba de una y mil formas para poder llevárselo a casa.
Aquellas barritas de grafito utilizadas para marcar y escribir tenían grandes deficiencias: se rompían con facilidad y manchaban las manos. Algún genio desconocido resolvió el problema enredando un cordel a todo lo largo de la varita y de esta forma se realizó el antecesor del lápiz, tan común hoy en día.
Un francés llamado Jacques Conté, un químico de reconocida fama, fue comisionado por Napoleón para que encontrara la forma de fabricar lápices, los cuales eran algo exclusivo de Inglaterra y Alemania. Pero el grafito de Francia era de inferior calidad, así que Conté le añadió arcilla a modo de complemento y coció su mezcla en el horno. Aquélla fórmula dio resultados espectaculares, ya que resultó ser mucho más eficaz que el grafito puro, logrando una mayor dureza que impidió el que se quebrara con facilidad.
El trabajo lo completó un carpintero e inventor de Massachussets, quien fabricó en su taller una máquina capaz de moldear la madera para introducir en ellas los pequeños cilindros de grafito y a continuación pegar dos secciones de ellas para darle forma a los lápices. Tal y como hoy los conocemos.
Ahora se consigue el mejor grafito del mundo en Sri Lanka, Madagascar y México; mientras que la arcilla para darle la dureza requerida, la mejor es de Alemania; la goma de borrar proviene de Malasia; y la madera más adecuada para los lápices es de cedro de California.
En la actualidad se producen más de 300 tipos de lápices diferentes. Y su uso es tan generalizado, que todos los grandes sueños y proyectos del hombre han comenzado con uno de estos pequeños utensilios en la mano.

EL SANTON DE HUENTITAN

José Refugio Jáureguí y Francisco López, iban subiendo penosamente con su atajo de burros por una de tantas veredas de la barranca de Huentitan, cuando de pronto escucharon gemidos, golpes y lamentaciones provenientes de entre las peñas. Se les puso la carne de gallina y lo primero que pensaron fue en correr despavoridos, porque a lo mejor se trataba de un alma en pena. Pero luego la curiosidad se sobrepuso al miedo y acercándose un poco al lugar de donde provenían tantos gemidos y lamentos, escucharon que alguien decía: “¡Señor, ten piedad, aplaca tu ira… yo como tu humilde siervo acataré tu mandato!
Aquello era terrorífico y alucinante, porque el eco de las peñas otorgaba a los gemidos una dimensión escalofriante. José Refugio y Francisco se quedaron petrificados, mientras que sus burros, ajenos a los mundos espirituales, siguieron con su carga cuesta arriba.
Allá en el fondo, arriba de una de las peñas, de pronto apareció entre una nube de humo, un personaje extraño, vestido con traje largo, la cabeza coronada con una espinosa rama de huizache y el pecho cubierto de escapularios y rosarios.
“Hijos míos, dijo el misterioso personaje. Acérquense a mí y no teman. Yo soy Macario, enviado del Señor, para hacer penitencia y ayudar a la salvación de todos los pecadores…”
El sermón fue tan elocuente, que aquellos humildes indígenas lo consideraron un santo enviado de Dios, y lo invitaron a ir con ellos a su casa en lo alto de la barranca. Ahí le dieron alojamiento en la humilde choza y lo trataron como un auténtico profeta.
Un suceso de esta naturaleza muy pronto es conocido de todos, así que pronto llegaron hasta el lugar infinidad de curiosos y devotos de todo Guadalajara y poblaciones circunvecinas. Por doquiera se decía que en Huentitan había aparecido un santo la madrugada del 13 de julio de 1912, capaz de obrar milagros y hablar de las cosas de Dios con auténticas palabras de ángel.
Aquél año fueron frecuentes los temblores en Jalisco, Colima y Michoacán. El santo Macario, decía que era la ira de Dios que amenazaba con desatarse. Había que hacer penitencia, rezar mucho y desprenderse de los bienes superfluos que entorpecían el acercamiento con la divinidad.
Ríos de gente llegaban a diario ante sus pies. Imponía sus mugrosas manos a los enfermos, oraba por ellos implorando milagros y piedad del cielo. Daba encomiendas, imponía penitencias, enseñaba rezos, y aconsejaba a los pecadores. Ellos a cambio le llevaban ofrendas: un poco de maíz, frijol, alguna calabaza o unas cuantas monedas.
Los indígenas que le prestaron su cabaña, sacaron toda la leña y trebejos que ahí tenían, para convertirla en una capilla, donde pusieron una rústica mesa con una imagen, y pronto todo el humilde recinto estaba lleno de velas llevadas por los peregrinos.
Pero ¿Quién era este santón de Huentitán? ¿De donde había salido? Según se supo después se llamaba Macario García. Tenía 27 años y era originario de Juchipila Zacatecas, de donde lo corrieron porque, además de ser un vivales, era homosexual y por aquellas tierras era el peor pecado del mundo, al grado que hasta su misma familia lo echó de la casa.
Se vino a Guadalajara, donde se empleó de peón de albañil y mozo. Casi ni sabía leer ni escribir, pero sabía engatuzar a la gente, así que un día se le ocurrió convertirse en santón y por ello se fue a la barranca y armó su espectáculo escondiéndose entre unas peñas. Y al ver aquellos pobres indígenas, le prendió lumbre a las ramas secas que había reunido, más unas verdes para armar su humareda, y luego se puso a hablar como un místico. Así se inició la historia.
El santón de Huentitán comenzó a cosechar demasiada fama. Hasta los periódicos tapatíos se ocuparon de su vida y milagros, lo cual llamó la atención de las autoridades civiles y eclesiásticas, quienes tomaron cartas en el asunto.
Macario pudo escondió hábilmente su dinerito recaudado, dejando tan solo unas cuantas monedas, que dijo emplearía para ordenar unas misas por todos los enfermos; aún así fue arrestado y llevado a la cárcel de Guadalajara, donde se le encerró para seguirle un proceso.
Más de 3000 seguidores se manifestaron contra la aprensión. La muchedumbre indignada se apostó afueras del lugar donde lo tenían preso, pero no lograron que fuera liberado.
Macario permaneció en el calabozo algún tiempo, después fue liberado. Dicen que en cuanto salió de la cárcel regresó a Huentitán, desenterró su dinerito y desapareció sin que jamás nadie volviera a saber de su paradero.

AZOTES PARA LOPE DE AGUIRRE

En 1551, Lope de Aguirre escoltaba a un grupo de esclavos indígenas desde las minas de Potosí (en Bolivia) hasta uno de los depósitos del tesoro real. Los indios fueron cargados ilegalmente con grandes cantidades de plata y un funcionario local, al darse cuenta de ello, mandó arrestar a Aguirre, para luego sentenciarlo a recibir dos mil azotes, en castigo por maltratar de aquella manera a los indios.
Cuando Aguirre conoció la sentencia rogó y suplicó al funcionario para que le cambiara la sentencia. Él no debía ser humillado de aquella manera porque era un hombre noble. Le solicitó que mejor ordenara su muerte. Más el Alcalde Esquivel, quien le había dado la sentencia, se negó rotundamente a concederle su petición.
Aguirre fue sacado de prisión y un verdugo lo subió al lomo de una bestia, lo amarró y luego procedió a darle los 2000 azotes.
Una vez liberado, Aguirre dijo que aquella afrenta jamás se la perdonaría al Alcalde, quien tendría que pagar con su vida los dos mil azotes ordenados. Cuando el mandato de Esquivel expiró, huyó a la ciudad de Lima, sabiendo que Aguirre era un hombre duro que intentaría cumplir su palabra. Pero antes de quince días el Alcalde supo que Aguirre había llegado a la ciudad e intentaba localizarlo. El alcalde de inmediato huyó aterrorizado de la ciudad. Aguirre lo siguió buscando de ciudad en ciudad, por un lapso de tres años y cuatro meses, después de lo cual lo encontró en la ciudad de Cuzco.
Esquivel no quiso huir, ya había corrido demasiado. ¿Ha donde podía marcharse que no lo encontrara Aguirre?. Decidió permanecer en Cuzco animado con el gobierno tan estricto que regía la ciudad, pensando que Aguirre no se atrevería a tocarlo en aquél lugar. Se fue a vivir a una casa cercana a la catedral, y no salía jamás si no llevaba un arma fajada a la cintura.
Sin embargo, un cierto lunes, Aguirre entró a la casa de Esquivel. Lo fue buscando por cada una de las habitaciones hasta que dio con él en la biblioteca. El alcalde dormía profundamente con un libro casi cayéndose de sus manos. Ahí mismo Aguirre le quitó la vida dándole varias puñaladas. Después salió tranquilamente de la casa. Cuadras más allá se dio cuanta que había olvidado su sombrero. Regresó tranquilamente, entró a la biblioteca, donde aún continuaba el cadáver desangrándose, tomó su sombrero y esta vez salió caminando hasta llegar al final de Cuzco, para luego perderse por uno de los caminos que iban a quien sabe donde.