lunes, 17 de agosto de 2009

GENOCIDIO ARMENIO

La tragedia del pueblo Armenio se inició en 1896. Armenia es una de las poblaciones más antiguas ubicadas entre Turquía y la Unión Soviética. Vivieron en el sur de la región del Cáucaso durante 3,000 años habiéndose convertido al Cristianismo en el primer milenio. El pueblo armenio vivía en relativa paz, tan solo con algunos incidentes aislados. Hasta que cayeron en el dominio del pueblo turco, a finales del siglo XIX. El Sultán Abdul Hamid II, no vio con muy buenos aojos a los armenios, y temiendo una rebelión en su contra emprendió una campaña de asesinato masivo, arrasando por lo menos con 200 000 armenios.

Aquella masacre caló muy fuerte en el pueblo armenio y nació en ellos un fuerte rechazo al poder turco que los dominaba. Pero en 1906 cayó el antiguo régimen, y los armenios respiraron tranquilos sintiendo que todo cambiaría ante un grupo de jóvenes turcos que, habiendo llegado al poder, estaban dispuestos a provocar un cambio radical. Pero jamás se imaginaron que la situación por venir superaría totalmente en sufrimiento a lo antes vivido.

Un grupo de fanáticos, encabezados por el triunvirato Enver Pasha, Cemal Pasha y Talat Pasha, comenzaron de inmediato a tramar el exterminio total de la población armenia, por considerarlos traidores a su causa.

A la llegada de la Primera Guerra Mundial, Turquía se alineó al lado de Alemania, Austria y Hungría, contra Inglaterra, Francia y Rusia. La situación tan revuelta a nivel mundial propició el escenario para que los turcos emprendieran su genocidio contra los armenios, sin que la comunidad internacional reparara demasiado en el asunto.

Uno de los ideólogos del movimiento, el Dr. Nazim, dijo en una sesión del Comité Central, en febrero de 1915: “Si no hacemos una purga total de los armenios, estos nos acarrearán graves problemas. Por consiguiente es necesario exterminar a esta población de manera integral. Hoy estamos en guerra y es la mejor oportunidad para hacerlo”.

Poco después Talaat Pasha firmó y expresó el siguiente decreto: “El Consejo Supremo de los jóvenes Turcos, ha decidido destruir completamente a todos los armenios que viven en Turquía. Aquellos de nuestro pueblo que se opongan a esta medida no podrán pertenecer más a nuestro Imperio. Debe ponerse fin a la existencia de los armenios, cualesquiera sean los metodos sangrientos a tomar, sin reparar en sexos o escrúpulos de conciencia. Con respecto a esto, el gobierno toma toda la responsabilidad y ordena no hacer excepciones de ninguna especie, incluyendo las criaturas recién nacidas”.

Actuar en contra del pueblo armenio se convirtió para los turcos en un acto de patriotismo, en un acto de fe en el que todos estaban obligados a participar. Dos fuerzas se conjugaban: el patriotismo y la fe. Dos fuerzas aniquiladoras que ante sus ojos les daba perfecta justificación para derramar hasta la última gota de sangre de los armenios, sin importar ancianos, mujeres, niños o criaturas recién nacidas.

La masacre empezó el 24 de abril de 1915, con la detención en Estambul de 600 armenios, gente culta, y de buena posición, todos varones, que sin miramientos de ninguna clase fueron de inmediato asesinados. Antes de que empezaran las caravanas, se empezó con la práctica regular de separar a los hombres jóvenes de las familias, atarlos juntos en grupos de cuatro, llevarlos a las afueras y dispararles o simplemente los colgaban en sitios públicos sin juicio previo.

Al día siguiente, sacaron a todos los armenios de Turquía y los deportaron del Imperio al Medio Oriente, Siria y las tierras de lo que es hoy Irak. Cientos de miles de personas fueron expulsadas sin permitírseles llevar absolutamente nada, más que la ropa que traían puesta. Mientras los turcos como buitres se apropiaban de las pertenencias abandonadas.

Aquél enorme contingente fue escoltado por la tropa rumbo al desierto. El único propósito de mandar a estos hombres fuera a la ciudad abierta era que deberían ser masacrados. A fin de que pudieran no tener fuerza para resistir o escapar, estas pobres criaturas fueron sistemáticamente privadas de comida. Los agentes del gobierno fueron a la cabeza en el camino, notificando a los curdos que la caravana se acercaba y ordenándoles llevar a cabo la masacre. Todos participaban, hasta las mujeres salían de las poblaciones con cuchillos en mano a fin de ganar méritos, a los ojos de Alá matando un cristiano. Las mujeres armenias eran ultrajadas a la vista de todos, para luego ser sacrificadas.

Muchos árabes, musulmanes y cristianos se esforzaron logrando salvar a algunos de ellos, pero la mayoría fueron masacrados.

Los armenios empezaron a morir por centenares. Incluso por hambre y sed. Cuando llegaban a los ríos, los gendarmes, solo por atormentarlos, a veces no les permitían beber. El calor del sol del desierto quemó sus cuerpos escasamente vestidos y sus pies desnudos mientras caminaban por la arena caliente del desierto, sufrieron tantas heridas que miles cayeron y murieron o fueron asesinados en donde caían. Así, en pocos días, lo que había sido una procesión de seres humanos normales se volvió una horda de tambaleantes esqueletos cubiertos de polvo, buscando vorazmente trozos de comida, comiendo cualquier cosa que estuviera en su camino, enloquecidos por las vistas horrorosas que llenaron cada hora de su existencia, enfermos, con todas las enfermedades que acompañan a tales penalidades y privaciones, pero aún instigados por los látigos y bayonetas de sus ejecutores. Las mujeres que se quedaron atrás fueron acribilladas con bayonetas en el camino, o arrojadas hacia los precipicios, o desde lo alto de los puentes. Todo como si se tratase de una auténtica diversión.

Los gendarmes seguían delante de la siniestra caravana, notificando a los campesinos turcos que su oportunidad de vengarse había llegado. La gran oportunidad de bendecir a Alá derramando sangre. Todos, por doquier, respondían con un entusiasmo inusitado. El gobierno incluso abrió las prisiones y dejó libres a los convictos, en el entendido de que deberían derramar la sangre de los armenios que se aproximaban.

En un recoveco del río Eufrates, fue tal la matanza que realizaron, que el amontonamiento de cadáveres cambió el curso mismo del río.

En uno de los valles, un grupo de campesinos turcos los recibió con martillos, hachas, guadañas, picos y sierras. Con tales instrumentos provocaron una auténtica carnicería. Provocándoles una muerte más espantosa y prolongada. Luego los turcos se reunieron en una taberna del pueblo a alardear sobre el número de infieles que cada uno de ellos había eliminado para la gloria de Alá.

Por todas partes se presentaron estas horripilantes masacres. En Trebizond reunieron a todos los varones armenios, los pusieron en un barco y luego los siguieron en botes, divirtiéndose con una original cacería. Con sus armas fueron eliminándolos hasta que no quedó ninguno vivo y todos fueron luego arrojados al agua.

Se considera que más de millón y medio de armenios murieron en aquél genocidio. Solo una tercera parte logró salvarse buscando refugio en los países vecinos. Se exterminó a más de tres cuartas partes de toda la población Armenia Otomana.

Aún hoy en día los turcos siguen orgullosos de este acto tan vergonzoso que realizaron. Mientras que el pueblo Armenio sigue disperso por el mundo, sin haber logrado el pleno reconocimiento de sus derechos, porque entre turcos y rusos han hecho trisas a este pobre pueblo.

Muchos de los armenios han hecho su vida fuera de su tierra, destacando en la ciencia, en los negocios y en las artes.

HABLAR CON LAS PLANTAS

El profesor de botánica Richard Hamilton, de una respetable universidad norteamericana fue cuestionado en clase por un alumno sobre la supuesta veracidad de que hablándole a las plantas, estas crecen más bellas y lozanas.

Pues bien, el profesor Hamilton afirmó que eso hablar con las plantas no servía absolutamente para nada, porque no provocaba en ellas ningún efecto. Y para acabar de una vez con esta falsa creencia propuso realizar el siguiente experimento. En el pasillo de entrada de la universidad, bajo idénticas condiciones de luz, humedad y temperatura, hizo poner unas macetas de begonias, con un cartel en cada una de ellas. Los letreros decían, “Soy linda” en algunos casos y en otros “Soy fea”. Hamilton pidió a sus alumnos que cada vez que pasaran delante de ellas se detuvieran un instante y les dirigieran frases a cada planta de acuerdo con lo que indicaba el cartel. Así que los alumnos al pasar le decían a la planta con cartel de “Soy fea”: “eres horrible”, “estas espantosa”, “eres la peor begonia del mundo” y frases similares, mientras que a las que tenían el letrero de “Soy linda”, le otorgaban muchos piropos y frases hermosas: “eres bellísima”, “que hermosa estás”, “tu fragancia y colorido son exquisitos” y todo lo que se les pudo ocurrir.

Y ¿Qué pasó?. Al cabo de un mes, todas las feas se habían secado, mientras que las lindas lucían extraordinariamente saludables. Si esto sucede con las plantas, se imagina lo que pasa con los niños si todos los días les dice frases agradables.

TATUAJES Y PERFORACIONES MAYAS

Nunca me han gustado los tatuajes y las perforaciones, más hoy en día es muy común el que muchas personas modifiquen su cuerpo de esta manera, incluso de una forma drástica realizando incrustaciones espantosas bajo su piel. Pero bueno, cada quien es libre de hacer con su cuerpo lo que desee. Y esto ha sucedido desde tiempos muy antiguos.

Los mayas fueron muy dados a realizar diversas técnicas para modificar su aspecto. Se deformaban la cabeza con unos moldes de madera, para hacerla más plana y puntiaguda. A los niños les aplicaban unas bolas de cera en medio de los ojos para hacerlos bizcos, porque esto era símbolo de extrema belleza. Depilaban su cuerpo y se pintaban para indicar su estatus y su ocupación.

Lenguas, labios, narices y orejas fueron perforadas y decoradas con la joyería más fina que se pudieron permitir. Las perforaciones en la oreja fueron gradualmente expandidas hasta llegar a un grado asombroso. En algunas excavaciones fueron encontradas algunas orejeras de jade, superando el diámetro de siete centímetros.

También se han encontrado dibujos y textos sobre lenguas perforadas, en estas metían largas cuerdas, a veces con espinas, y así las jalaban. Los mayas valoraban enormemente el poder mágico de su sangre.

Entre los instrumentos que utilizaron para perforar destacan espinas, garras o colmillos, aunque también lo realizaban con hojas puntigudas de obsidianas y punzantes de huesos de animales y en ocasiones de humanos.

También se perforaban el propio miembro de lado a lado y por los orificios pasaban un gran hilo. Esto lo hacían en un ritual donde ese mismo hilo era pasado por todos los del grupo que se formaban en círculo, de tal manera que todos quedaban unidos, y luego untaban a sus ídolos con la sangre que fluía por todas partes.

También se realizaban perforaciones entre los olmecas, los aztecas, los otomíes y los zapotecas. En el mundo se han contado 70 comunidades, desde Alaska a Sudamérica, Africa y hasta Australia, que han utilizado desde tiempos inmemoriales las perforaciones corporales. Así que no es nada nuevo lo que sucede, aunque a muchos de nosotros nos siga pareciendo una costumbre de muy mal gusto.

LAS CALACAS DE JOSE GUADALUPE POSADA

Sus amigos lo llamaban Don Lupe, era de Aguascalientes y desde muy temprana edad le dio por hacer dibujos. Nadie sabe de donde le nació la inspiración, pero lo cierto es que un buen día comenzó a dibujar calacas (calaveras), y con diferentes poses y vestimentas de la huesuda hizo señalamientos, críticas y acusaciones que al publicarse en un periódico llamado El Jicote, le acarrearon infinidad de problemas. Así que tuvo que salir huyendo rumbo a León, donde logró poner su propia imprenta, con tan mala suerte que una inundación, allá por el año de 1888, le destruyó su taller, obligándole a buscar mejores horizontes en la Ciudad de México.

Pronto encontró un localito en una calle llamada Santa Inés y ahí prosiguió con su habitual práctica de realizar grabados con osamentas, para ilustrar sus pensamientos políticos, que por supuesto, por ir contra la corriente, volvieron a meterlo en problemas.

José Guadalupe Posada, fue el clásico mexicano que tomó a la muerte en broma. Le perdió totalmente el respeto haciéndola su compañera y cómplice, la vistió de elegante caballero, de catrina con sombrero de pluma, de borracho, político y todo lo que le vino en gana. Dibujaba calaveras montadas en caballos, en bicicletas, recreadas en humorístico festín macabro -histriónico y satírico-.Y con ello la convirtió en un instrumento más que eficaz para levantar sus denuncias, lo cual le llevó en varias ocasiones a la cárcel. Un poco después dio inicio a una arraigada tradición de componer versos relacionados con el tema, mismos que hoy en día llaman calaveras. Impulsando fuertemente el también tradicional día de muertos con todo y sus ofrendas.

No hubo un solo personaje de su tiempo a quien no le hiciera uno de sus famosos grabados. Hizo calavera a Don Porfirio y a Zapata, a los rancheros, artesanos y catrines. A los obreros, a los campesinos y por supuesto a los burgueses, sin olvidarse de gachupines. A todos les señaló sus debilidades, sus malos modos y manejos, sus vicios y desvergüenzas.

Colaboró en diversas publicaciones, siempre perseguido y amenazado, más nunca bajó su denuncia. En vida realizó cerca de 20,000 grabados y el tiraje de sus periódicos fue aproximadamente de 5 millones de ejemplares, mismos que llegaron a todos los rincones de la Patria.

Cuando su amada flaca vino por él, lo encontró pobre, tal y como debía, ya que para semejante viaje estorban todo tipo de riquezas. Fue sepultado en una fosa de sexta clase en el Panteón de Dolores, en la Ciudad de México. Y como nadie reclamó sus restos, luego fueron exhumados y arrojados a una fosa común. Así que al final no quedó solo, fue una calaca más entre tantas amontonadas en el panteón.

lunes, 20 de julio de 2009

LA ASPIRINA

Al lado de ríos, canales y bosques de clima húmedo se da el sauce blanco, un árbol que desde tiempos muy remotos se le han conocido sus propiedades medicinales. El físico griego Hipócrates recetaba remedios con hojas de sauce para aliviar problemas relacionados con el dolor, y muchos pueblos antiguos han utilizado las hojas y la corteza de esta planta, ricas en salicina para controlar el dolor y la fiebre.
La salicina fue obtenida por primera vez por Felix Hoffman, un químico que trabajaba para la compañía Bayer, hace cosa de cien años, y de ahí surgió la famosa aspirina. Uno de los medicamentos más conocidos en todo el mundo.
De esta pequeña pastilla que mide poco más de un centímetro de diámetro y 6 mm de grosor, se dice que se han fabricado más de 350 billones de píldoras, desde que comenzó a fabricarse y se consumen en la actualidad aproximadamente 2 500 aspirinas cada segundo en todo el mundo, mismas que si se colocaran una sobre otra, alcanzarían una altura de 30 metros. Tan solo en estados Unidos se consumen 16,000 toneladas de Aspirina al año. Y diariamente se consumen en todo el mundo unos 216 millones de ellas, que con esta cantidad se podría cubrir una superficie de 2.4 kilómetros cuadrados.
Según la revista Newsweek es uno de los cinco inventos más importantes del siglo XX, junto con el automóvil, el foco, el teléfono y el televisor. Hasta los tripulantes del Apolo XI, la primera nave tripulada que llegó a la Luna, la llevaban.
Es utilizada para curar la fiebre, el dolor o la inflamación, siendo además utilizada como valioso auxiliar para los resfriados comunes. Una aspirina al día puede prevenir ataques cardíacos y estudios recientes dicen que es gran auxiliar en los casos de los diabéticos, ya que mejora la capacidad de los enfermos para manejar la glucemia, además de que estimula la secreción de insulina.
Pero cuidado… en dosis altas es altamente tóxica. En los Estados Unidos se reportan anualmente más de 10 mil casos de intoxicación por aspirina. Muchos de estos casos finalmente mueren. Así que si usted la usa, tenga mucho cuidado y nunca la deje al alcance de los niños. Y no es apropiada, ni en dosis mínimas en menores de 4 años.

EL MUNDO INSÓLITO DE MANDEVILLE

En la Biblioteca Británica se conserva un antiguo manuscrito realizado a finales del siglo XIV, mismo que es una traducción directa del original cuyo título es “Los viajes de Sir John de Mandeville” y que según se cuenta fue escrito en Francia por el año de 1356. Este libro fue extremadamente popular en la edad media, mucho antes del descubrimiento de América.
En aquellos tiempos la ignorancia se cubría con la fantasía, provocada por el deseo de conocer lo hasta entonces desconocido, y si bien se hablaba de cosas maravillosas que había más allá de los mares, también su imaginación agregaba seres terroríficos que podían acabar con las pretensiones de aquellos que se adentraran en lo desconocido.
Fue por ello que al aparecer el libro de Sir John de Mandeville, la gente deseosa de adentrarse en lo desconocido, lo convirtió en un éxito fuera de lo común. El libro consta de dos partes. La primera es como una guía turística para peregrinos porque habla de Tierra Santa. La segunda es la descripción de un viaje a Oriente, que describe la travesía por islas lejanas, hasta llegar a la India y el Catay, lugar que hoy conocemos como China.
He aquí algunas de las cosas maravillosas que se narran en “Los viajes de Sir John de Mandeville”.
Antes del descubrimiento de América toda la atención y las fantasías de los europeos se centraban en el Oriente. Conocían las fantásticas historias escritas por Marco Polo. Despues Sir John de Mandeville les vino a llenar la cabeza de humo diciendo que en aquellos lugares había mucho oro y valiosas especies. También se encontraba la Fuente de la Eterna Juventud y el legendario Paraíso Terrenal. Pero no todo era miel sobre hojuelas: antes de llegar a estos idílicos lugares había que toparse con una buena cantidad de monstruos. Era imposible llegar ahí sin sufrir la embestida de los acéfalos (hombres sin cabezas pero con rostros en el pecho), los esciópodos (hombres con una sola pierna y un pie gigante), o las temidas amazonas (mujeres fuertes que se cortaban un pecho para poder usar el arco).
Una parte del libro dice: "A través del océano y más allá de muchas islas se llega a Nacumera, una isla hermosa y grande. Su perímetro mide más de mil millas. Todos los hombres y mujeres que la habitan tienen cabeza de perro y se les denomina cinocéfalos".
Dice Mandeville que aunque cualquiera puede emprender un viaje por el mundo entero, solo uno entre mil sería capaz de volver al punto de origen, pues debido a la inmensidad de la tierra y del mar se pueden tomar miles y miles de rutas. Pero nadie sabría dar con la ruta acertada para volver a su punto de origen, si no fuese por casualidad o por obra y gracia de Dios.
Sir John de Mandeville habla en su libro que la tierra es redonda, pero esto no era nada nuevo, ya se sabía desde mucho tiempo atrás, ya que Aristóteles, en el siglo IV a.C. lo sabía perfectamente, y hasta elaboró una teoría astronómica basada en la esfericidad del mundo.
Pero nadie estaba seguro de ello. Así que Cristobal Colón no fue quien pensó primero que nuestro mundo era esférico. Lo que sí es de admirársele es el hecho de que se atrevió a alejarse más de lo debido de las costas, aún con plena conciencia de que más allá lo esperaban monstruos y seres fantásticos dispuestos a arruinarle su objetivo.
Y volviendo a John de Mandeville, es necesario aclarar que el verdadero autor del libro se llamaba Jean de Bourgogne, un escritor francés del siglo XIV. Y de quien se dice que jamás emprendió viaje alguno a ningún lugar más allá de lo conocido. Todo fue producto de su imaginación. Y por supuesto que después del descubrimiento de América, su libro pasó totalmente de moda.

EL HOMBRE QUE SE COMIÓ UNA CARRETA

A mediados del siglo XVIII, se corrió la voz, entre la alta sociedad europea, de que un médico rural suizo, Michael Schupach, practicaba un tipo diferente de medicina: utilizaba polvos sanadores obtenidos de fuentes naturales, para llevar a cabo curaciones milagrosas. Muy pronto gran cantidad de personas acaudaladas de todo el continente, afectadas de enfermedades tanto serias como banales, hacían el difícil peregrinaje hasta la villa alpina de Langnau, donde vivía y trabajaba el doctor Schuppach.
Durante su dificultosa caminata por las montañas, los visitantes tenían oportunidad de conocer los más espléndidos paisajes naturales de toda Europa. Cuando llegaban a Langnau, ya se sentían transformados y camino a la curación.
Schuppach, a quien llamaban simplemente el “Doctor de las Montañas”, tenía una pequeña farmacia en el poblado. El lugar fue convirtiéndose en todo un espectáculo: multitudes provenientes de los países más diversos se agolpaban en el pequeño recinto, en cuyas paredes, cubiertas con estanterías, se exhibían las coloridas botellitas que contenían las medicinas hechas a base de hierbas. Mientras que la mayoría de los médicos de la época recetaban pociones de sabor espantoso y nombres que nada significaban (como ocurre hoy en día), mientras que los remedios de Schuppach ostentaban nombres como “El aceite de la alegría”, “Florecillas para el corazón” o “Antipesadillas”, y todas tenían sabor dulce y agradable.
Los visitantes debían esperar con paciencia para lograr una consulta con el Doctor de las Montañas, dado que a diario llegaban a la farmacia unos ochenta mensajeros para entregar frascos de orina de pacientes de toda Europa. Schuppach afirmaba que podía diagnosticar una enfermedad con sólo observar una muestra de orina. Cuando al fín disponía de algún rato libre (ya que el estudio de las muestras de orina le consumía la mayor parte del tiempo), comenzaba a recibir a los visitantes en su consultorio de la farmacia.
Decía el Doctor de las Montañas que su sabiduría le venía de la existencia simple y plácida del campesino, que no sabía de complicaciones de la vida urbana, y sus consultas incluían también una charla sobre cómo lograr una mayor armonía entre el espíritu y la naturaleza.
Empleaba diversas formas de tratamiento. Por ejemplo, creía en la terapia del shock eléctrico. Explicaba que la electricidad es un fenómeno natural, y que el no hacía más que imitar la fuerza del rayo. Uno de sus pacientes afirmó que lo habitaban los demonios; el médico lo curó con shocks eléctricos, y mientras se los administraba, el doctor emocionado exclamaba que podía ver a los demonios saliendo, uno a uno, del cuerpo del enfermo.
Otro hombre dijo que se había tragado un carro cargado con paja, con todo y conductor incluido, lo que le causaba intensos dolores en el pecho. El doctor de las Montañas lo escuchó con paciencia, y poniendo luego su oído en el abdomen del enfermo le dijo que podía escuchar el chasquido del látigo en su interior, y le administro un sedante y un purgante. El hombre se durmió en una silla, ante la puerta de la farmacia. En cuanto se despertó se puso a vomitar. En ese momento pasó a toda velocidad un carro cargado de paja, que el doctor había contratado, haciéndole creer al enfermo que su mal estaba totalmente solucionado. Y en efecto, así fue.
Con el Doctor de las Montañas todo era un espectáculo. Lo cual siempre lograba mejorar el ánimo del paciente, quienes estaban convencidos de sus habilidades curativas. En lugar de burlarse el médico de las explicaciones irracionales que muchos le daban acerca de su malestar, Schuppach les seguía la corriente y con ello lograba excelentes resultados.