domingo, 4 de octubre de 2009

EL CONOCIMIENTO ES PODER

EL CONOCIMIENTO

“El conocimiento es poder”
Francis Bacon
El que sabe menos que los demás es un ignorante.
Todos somos ignorantes de muchas cosas, y eso no es motivo para preocuparse. Poco o nada importa si desconocemos áreas, temas o materias que tienen escasa relevancia en nuestras vidas; la gravedad radica cuando ignoramos aquello que sí debemos de saber y que es parte vital para el buen desempeño de nuestra vida. Un buen actor no tiene la obligación de saberse todos los papeles de una obra, pero sí es indispensable que se sepa a la perfección su propio papel.
Cuando alguien no sabe lo que debe saber enfrenta serios problemas en su vida, entre ellos el rechazo de quienes le rodean.
El que sabe lo mismo que los demás es una persona común.
Nuestro mundo está lleno de personas comunes. Y con ello no quiero manifestar que sean por tanto irrelevantes. Más las personas comunes pasan siempre desapercibidas, se pierden entre la multitud sin que tengan un papel destacado dentro de “la obra”.
El que sabe más que los demás es una persona sobresaliente.
Hay quienes van mucho más allá que los demás. Gustan del conocimiento y se adentran en sus terrenos, disfrutando del placer de aprender sin que encuentren un límite para ello. Quienes saben más siempre son admirados y respetados por los demás.
EL HACER
El que hace menos que los demás es un flojo (o un discapacitado).
En el aspecto laboral nunca faltan los flojos que hacen menos que los demás. Siempre son los más renegones, los que de todo se quejan, los que de todos se cansan. Y por supuesto que siempre están disconformes con la empresa. Estos personajes siempre son rechazados por los demás (aunque no se los digan). Y son los primeros en ser despedidos.
El que hace lo mismo que los demás es una persona común.
En todas las empresas hay gente común que se limita a realizar sus labores y con ello cumplen con la encomienda. Son elementos básicos e indispensables es cualquier organización (como es el caso de producción), más su papel es limitado y carente de protagonismos. Por tanto, una persona así es relativamente fácil de reemplazar.
El que hace más que los demás es una persona laboriosa y destacada.
Nunca faltan los apasionados que dan más que los demás. Son aquellos individuos que dan tiempo adicional, que llegan más temprano y salen más tarde, que hacen su trabajo con empeño y con pasión, lo cual les permite destacar con facilidad, llegando, con el tiempo, a ocupar los puestos más importantes.
RESUMEN DEL SABER Y EL HACER:
Todos queremos ser exitosos, a todos nos agradan las mieles del triunfo, más solo llegarán a la meta aquellos que realmente hagan algo sobresaliente para lograrlo.
Quien quiera llegar lejos debe saber más y hacer más que los demás. No importa en que área nos desempeñemos, si somos constantes en el hacer y aprender, nuestra acción, aunado al conocimiento nos conducirá a la plenitud de lo que tanto deseamos.

viernes, 18 de septiembre de 2009

LA HAZAÑA DE JORGE MATUTE REMUS

En 1927 el gobierno de Guadalajara (México) decidió demoler el edificio de la Penitenciaría, que se encontraba en lo que hoy es la Estación Juárez del tren lijero, para unir la estrecha calle de Juárez con la amplia avenida Vallarta. 20 años después el gobernador del estado Jesús González Gallo decretó la ampliación de la calle Juárez, para lo cual se hicieron las negociaciones correspondientes con los propietarios de las fincas de dicha calle y para 1948 todo estaba resuelto, excepto por el pequeño detalle de que la compañía de teléfonos, ubicada en el cruce de Juárez y Ocampo, se amparó, evitando la demolición de su edificio, y este quedó a media calle, entorpeciendo totalmente la obra.
Por más luchas que hizo el gobierno del estado, la compañía telefónica no cedía. Cambiar sus instalaciones resultaba demasiado complicado. Era necesario adquirir otro terreno, construir un edificio, adquirir nuevo equipo, colocarlo y conectarlo y todo esto costaría no menos de nueve millones cien mil pesos, que era toda una locura en aquellos años. Para el gobierno, la postura de la telefónica, era el colmo de los colmos.
Fue entonces cuando apareció en escena Jorge Matute Remus, quien era por entonces miembro de la Comisión de Planeación del Gobierno y Rector de la Universidad de Guadalajara y quien expresó que si los de la telefónica consideraban que no podían hacer una nueva central porque les costaba una millonada, lo más sencillo sería mover el edificio.
Ante esta declaración de Matute todos mundo se quedó perplejo. Parecía aquello una broma inapropiada, pero Matute Remus se dispuso a demostrarles teóricamente la validez de su declaración. Según él técnicamente era factible y que económicamente resultaba mucho más ventajoso porque le costaría a la telefónica únicamente un millón de pesos, en lugar de los nueve iniciales.
La dirección de la telefónica se interesó por la idea, pero antes de dar luz verde trajeron a unos ingenieros de Estados Unidos para asegurarse de que era factible. (Ya desde entonces se creía que los gringos eran más inteligentes que nosotros). Una vez que matute demostró con sus números que se podía, la telefónica dio la autorización correspondiente.
El 24 de octubre de 1950 se inició la difícil tarea. No se evacuó el edificio, se le dijo a todo el personal que debía seguir laborando como cualquier día normal, pero nadie se sentía seguro. ¿Cómo iban a mover el edificio con todo y personas adentro?. ¿No se derrumbaría sobre sus cabezas?. El ingeniero Jorge Matute estaba tan seguro de su proyecto, que llevó a su esposa y a su hijo al interior del edificio y permanecieron dentro en el momento que se efectuaban las maniobras.
El trabajo se hizo con una precisión tan espectacular, que las telefonistas jamás dejaron de atender llamadas, todo fue como cualquier otro día. Incluso colocaron vasos de agua para ver que pasaba y el agua ni se movió. El edificio de 1700 toneladas de peso fue movido doce metros, hasta alinearlo con la calle. Hoy en la esquina de Juarez y López Cotilla existe la estatua del ingeniero Jorge Matute Remus empujando con una mano el edificio. Muchos no entienden porqué está ahí. Algunos se toman fotos. Otros, maleducados y con estiercol en la cabeza, lo llenan de grafitis como si no fuera nada importante.
Aunque sé que muchos que conocen esta historia, cuando pasan por ahí el monumento les recuerda, que no existen imposibles. El hombre es capaz de mover montañas.

LA MALDICION DEL ESQUELETO

Adrian Brooks era oficial de distrito en Kasama (Rodesia septentrional) cuando un día uno de los miembros de la tribu de los Wemba le contó de la existencia de un sepulcro sagrado para los jefes supremos de la tribu. Brooks, quien era excelente fotógrafo y vendía sus fotografías a las revistas especializadas, no quiso perder la oportunidad de ir a fotografiar tan singular sepulcro, el cual estaba en una parte secreta y jamás se había permitido acercarse a él a un hombre blanco.
La tradición era que cuando un alto jefe de la tribu moría, se colocaba el cadáver en una cabaña real, y se le vigilaba hasta que la carne se descomponía y los huesos quedaban limpios. Después se enterraba el esqueleto casi a flor de tierra, pero manteniendo la mano derecha extendida y sostenida por un palo, de tal manera que quedara totalmente visible, para que de esta forma quienes pasaran por ahí pudieran estrecharle la huesuda mano.
Dos viejos hechiceros custodiaban el sepulcro sagrado y cuando Brooks pretendió acercarse al sepulcro le impidieron el paso, más burlando luego la vigilancia penetró hasta él y tomó varias fotografías. Esto enfureció a los guardianes luego que lo descubrieron y arrojaron sobre él una maldición previniéndole que muy pronto moriría.
A Brooks no le preocupó en lo absoluto la maldición, e incluso hizo burla de ella cuando regresó a su oficina. Más tres días después, precisamente a las afueras de esta oficina cayó el asta de la bandera que tenían arriba de la entrada y lo golpeó tan fuerte en la cabeza que lo mató al instante. El dictamen oficial señalaba que las termitas habían horadado la base del poste y este había caído justamente cuando Brooks se paró por unos instantes bajo él.

EL CABALLO DE ALEJANDRO MAGNO

Filipo de Macedonia era rimbombante en sus discursos, adicto a la bebida y a las prostitutas y le encantaba perder el tiempo en la lucha libre y diversiones ajenas a su ministerio. Por ello su hijo Alejandro sentía una total aversión hacia él. Filipo no era ciertamente un hombre carente de virtudes y poderío; era un auténtico conquistador, a tal grado que Alejandro declaró en cierta ocasión que con tanto territorio conquistado por su padre, ya no quedaría nada más por conquistar.
Alejandro quería llegar más lejos que su padre. No le importaba que tanto hubiera logrado su progenitor, él quería superarlo en todo. Y no era ciertamente por tenerle algún grado de admiración, sino, como ya lo expresamos antes, porque había desarrollado sentimientos de total rechazo hacia él. Y esto se hizo patente en varias ocasiones. Tal y como fue el caso con el famoso caballo Bucéfalo: se cuenta que cierta vez un comerciante de caballos llevó a Filipo uno muy especial con la intención de vendérselo; más no hubo uno solo de los sirvientes que pudiera tan siquiera acercársele. El caballo era muy hermoso, pero demasiado salvaje, por lo cual Filipo se enojó e insultó al comerciante por haberle llevado semejante bestia.
Alejandro, quien había presenciado toda aquella escena, comentó con desdén: “Qué caballo tan noble se están perdiendo por falta de capacidad y coraje para montarlo”. Esto lo repitió varias veces en voz alta, hasta que su padre harto del tono irónico y burlesco de su hijo, lo retó a que lo montara, deseando con todo su corazón que el caballo le diera a su hijo una buena revolcada quitándole de esta manera lo altanero.
Pero Alejandro se salió con la suya. Montó a Bucéfalo, lo hizo galopar, aparentando como si fuera hecho a su medida. Los presentes aplaudieron la destreza de Alejandro, mientras su padre daba la espalda y se marchaba hecho una furia. Con este caballo Alejandro Magno realizaría posteriormente sus grandes conquistas.

EL CUIDADO DE LOS DIENTES

Desde hace aproximadamente 4 000 años los dentistas ya eran cosa común en la civilización egipcia. Los griegos también atendieron su dentadura desde épocas muy remotas, utilizando como dentífrico la orina. Después vendría Escri bonius Largus con una pasta de dientes, hace alrededor de dos mil años, cuya fórmula era una mezcla de vinagre, miel, sal y cristal muy machacado.
Los cepillos de dientes, como hoy los conocemos, fue idea de los dentistas chinos de hace 1500 años. Mientras que las tribus negras del Alto Nilo emplean desde hace varios siglos un peculiar dentífrico: queman el excremento de vaca y con las cenizas pulen sus dientes, con lo que obtienen una reluciente blancura.

EL REY LUIS II Y SU HERMANO OTTO

Luís tenía 18 años cuando fue coronado rey de Baviera. Fue conocido como Luís II, pero a él poco o nada le importaba gobernar, prefería dedicar su tiempo a escuchar la música de Wagner, quien era su ídolo, y a quien patrocinó y protegió durante mucho tiempo. Además le gustaba mucho leer libros sobre mitología, mismos que luego turnaba a Wagner para que realizara obras musicales con ellos.
Con semejante apoyo, Wagner tuvo la posibilidad de escribir obras inolvidables y maravillosas. Pero esto ocasionó grandes problemas, ya que los ministros del rey comenzaron a reclamar que el rey se gastaba mucho dinero en el músico, y eso obligó a Luís II a desterrar a Wagner, quien se fue a Suiza, aunque el rey nunca dejó de estimarlo.
Ya sin Wagner, el rey Luís se dedicó a construir castillos en Baviera, entre los que se encuentra el maravilloso castillo Neuschwanstein, que luego sería burdamente copiado para hacer el castillo de Disneylandia. En los castillos el rey mandaba pintar escenas mitológicas de las obras de Wagner como los nibelungos, Lohengrin y Tristan e Isolda entre otros.
Todo mundo se daba cuenta que al rey no le interesaba en lo absoluto gobernar, lo único que le atraía era el arte; por lo cual se hizo una conspiración en su contra y declarándolo loco, le mantuvieron prisionero en el castillo de Berg, para poner en su lugar a Otto, su hermano menor, quien sí era realmente un enfermo mental. Su familia lo había mantenido recluido durante los catorce años anteriores en un cuarto. Pero esto no les importó, al contrario, de esta forma eran otros los que gobernarían por él.
Luís y su doctor fueron encontrados un día muertos flotando en el lago, y nadie logró dar una explicación a semejantes hechos. Mientras que Otto, el nuevo rey se mantuvo recluido custodiado por dos guardias, quienes se encargaban de mantenerlo bajo control y seguirle la corriente en todas sus locuras. Una de sus creencias más peculiares era la de que, si mataba a un campesino diariamente, nunca se enfermaría. Y para satisfacer tan extravagante capricho, uno de los guardias cargaba diariamente la pistola de Otto con cartuchos de salva, mientras que el otro se vestía de campesino y se escondía entre los arbustos frente a la ventana de la habitación del rey. Cuando Otto aparecía en la ventana con la pistola lista, el supuesto campesino salía de su escondite y fingía caer muerto ante el disparo de su majestad.

EL SEMBRADOR DE MANZANOS

Enormes extensiones del norte de los Estados Unidos están llenos de manzanos, se calcula que hay 160,000 kilómetros cubiertos con estos apreciados árboles. Abarcando gran parte de Massachusetts, Pennsylvania, las cercanías de Nueva York y Ohio. ¿Qué de novedad tiene esto?
John Chapman era un tipo tan simple que fácilmente se podía confundir con un loco. Llamaba mucho la atención por lo excéntrico de su atuendo. Vestía con un burdo saco café en lugar de camisa, sus pantalones viejos, rotos y desgastados; los zapatos llenos de hoyos, una bolsa llena de biblias, y una cacerola por sombrero en la cabeza, en la que cocía sus alimentos.
A todos les hablaba de la palabra de Dios y les regalaba biblias, mismas que adquiría con las limosnas que le daban las personas que se encontraba a su paso. Era muy apreciado, porque todo en él era bondad y sencillez. Se dice que nació en Springfield, Massachusetts en 1774, aunque hizo de los caminos su lugar de residencia. A diario iba de uno a otro lugar teniendo como gran misión, además de hablar del reino de Dios, sembrando semillas de manzana.
Era mucho más grande su costal de semillas que de biblias. Se cansaba mucho con el peso de la carga, pero se sentía feliz con lo que hacía. Con el tiempo los campos, antes desnudos, se llenaron de manzanos, mismos que Chapman cuidaba con esmero, podándolos y apartando de ellos las hierbas.
John Chapman un día desapareció. Nadie sabe cuál fue el último camino por el que se marchó. Ahora las grandes extensiones de manzanos, que son el patrimonio de muchas familias, son un monumento al amor de este hombre por la tierra y sus semejantes.
Cómo hacen falta este tipo de locos en el mundo. ¿No le parece?