viernes, 23 de octubre de 2009

KEEGANREILLY CAPACITADO PARA LO INSÓLITO

Keegan Reilly, perdió sus piernas en 1996, a causa de un accidente automovilsítico. Había pasado la vida cazando y pescando junto con sus tres hermanos a los alrededores de su pueblo, Soldotna, al sur de Alaska. Y aquél accidente lo abatió fuertemente, más no se dio por derrotado. En cuanto le fue posible volvió a realizar las actividades a que estaba acostumbrado, aunque ahora con mucho más dificultad.
Se decidió a vivir su vida realizando todos sus sueños, sin que su discapacidad se convirtiera en un obstáculo para ello. Al poco tiempo comenzó a practicar kayak, a esquiar con un monoesquí, y a escalar cerros con una bicicleta de cuatro ruedas fabricada especialmente para este fin.
En el verano de 2001, junto con su tío John y varios amigos, en seis días alcanzó la cima del monte Elbert que, con 4 399 metros de altura, es el segundo más alto de las Montañas Rocallosas, en el estado de Colorado. Lo hizo con su cuatriciclo especialmente diseñado para él.
Al año siguiente, con su mismo grupo de amigos, y otros escaladores parapléjicos, llegó a la cumbre del monte Shasta de 4,318 metros, al norte de California. Después decidieron emprender la gran aventura intentando escalar el monte Fujiyama del Japón. Su equipo de escaladores, llamado Brazo Fuerte por lo insólito de sus hazañas, fue patrocinado por varias empresas e instituciones, entre ellas la Universidad de Oregón, donde Keegan estudia computación. Durante todo un año se mantuvieron en intensa preparación y entrenamiento. El asenso no sería nada fácil, así que era necesario poner todo el empeño posible para que las cosas salieran bien.
Al llegar a Japón se toparon con el gran obstáculo de que no estaba permitido escalar con bicicletas. Es un monte sagrado y exigen un total respeto. Pero ante el tenor de la situación el permiso fue concedido.
El ascenso fue extremadamente difícil para Keegan. El suelo está cubierto por magma endurecido, hay demasiadas rocas puntigudas y una superficie demasiado escabrosa que planteó demasiados problemas para el paso del triciclo en el cual trepó Keegan. Se calcularon seis días para lograr llegar a la cumbre, pero debido al gran esfuerzo de Keegan lograron llegar a la cumbre un día antes de lo previsto. Pese a la rotura de la dirección del cuatriciclo y otros problemas bastante difíciles de sortear.
Al llegar a la cumbre, todos le rindieron un tremendo aplauso a Keegan, despues todos ellos se unieron en una plegaria en el pequeño santuario de madera. Y para festejar, alzaron el cuatriciclo y lo hicieron girar por el aire. Pero una victoria no se alcanza sino hasta haber descendido de la montaña. Así que luego de la euforia, vino el penoso desenso. Keegan confesó posteriormente a la prensa que estaba muy cansado, pero también contentísimo. Dice que le cotó muchísimo en todos los sentidos, pero que lo hizo tan sólo para mostrar a los demás de todo lo que es capaz de hacer y para alentar a otros a hacer lo mismo.
Terminó anunciando que su próxima meta es el Aconcagua. Con todo esto concluimos que logra mucho más un discapacitado con metas que una persona normal sin meta alguna. ¿No le parece ?

jueves, 15 de octubre de 2009

MORIR JUNTOS

Cuando los ejércitos de Napoleón invadieron España, por las tierras de Andalucía avanzaba el general Dupont con un regimiento francés. Al pasar por una cañada, de pronto fueron enfrentados por un decidido grupo de valientes, que los hicieron retroceder. El general creyó que se trataba de un buen ejército, pero en seguida se dio cuenta que tan solo eran unos cuantos guerrilleros.

Organizó una estrategia y sin mayor problema fueron eliminados o ahuyentados, logrando atrapar al jefe de aquél pequeño grupo de resistencia española; un hombre alto, vigoroso, y con una energía moral capaz de arrastrar un pueblo.


Lo llevaron a un pueblecito andaluz y lo encerraron en el sótano del Ayuntamiento habilitado para prisión. Intentando dar un buen escarmiento, aquella tarde fue anunciado que el prisionero sería fusilado al amanecer. Todo el pueblo quedó consternado ante aquella brutalidad.


Por la noche dos mujeres llegaron a la presencia del general. Una de ellas era joven y bella, la otra mujer era anciana. Estas dos mujeres querían ver al prisionero. El general dio el permiso con la condición de que entrase primero una y luego la otra.


El general llamó a un oficial que sabía castellano y le ordenó que escuchara en otra habitación lo que hablaban con el prisionero.


Entró la más joven, que era la esposa del rebelde. Al verla éste, dijo, con ternura: «¿A qué vienes, María?» Ella, con toda la fuerza de su amor, le dijo: «¡Vengo a morir contigo!. Ante el altar de la Iglesia de nuestro pueblo juraste ser mío y yo tuya para siempre. Los dos somos uno, quiero acompañarte hasta la muerte»


El oficial francés informó al general que aquella mujer era la esposa del prisionero. Y el militar ordenó que la sacaran y trataran con respeto.


Cuando entró la segunda mujer y la vio el prisionero, éste sólo pudo decir, emocionado: «¡Madre!» La valiente mujer le dijo: «Vengo a salvarte.» Quería que su hijo se vistiese con sus ropas y huyera para ella quedarse en prisión. El hijo le indicó que aquello era imposible.


El oficial que oyó la conversación se la contó al general. Éste se sintió conmovido del valor tan grande de una esposa y una madre que aún en los momentos más difíciles no abandonaban a su ser querido. Así que ordenó que dejaran salir a aquella madre en compañía de su hijo.


Al día siguiente no hubo fusilamiento.

EL RESCATE DEL CONCEPCIÓN

Cien años después del descubrimiento de América, Acapulco y Veracruz se habían convertido en dos de los puertos más importantes del continente. Grandes barcos repletos de ricas mercancías traídas del Oriente, llegaban al puerto de Acapulco, para bajar su valioso tesoro y trasladarlo luego al puerto de Veracruz, donde era cargado a nuevos barcos que llevarían la preciada carga rumbo al viejo continente Europeo.

Desde las regiones aledañas a los mares de China llegaban a México las codiciadas especies, abanicos de plata, junco y carey, hermosísimas telas de seda, fina porcelana china, y muchas otras ricas prendas y objetos que eran muy solicitados por las familias adineradas de Europa. En Veracruz estos valiosos tesoros orientales se mezclaban con el oro, la plata y todas esas riquezas que los conquistadores ordeñaban de México y Centroamérica, como valioso fruto de las tierras conquistadas.


A medidos de julio de 1641 salió de Veracruz una flota de 30 navíos, bajo el mando del capitán general Juan Campos. La escuadra iba capitaneada por el barco San Pedro y San Pablo, mientras que cerraba la agrupación naviera la nave almirante llamada Santa María de la limpia y pura Concepción.


Solo Dios sabe el porqué se ensañó con esta flota el infortunio, lo cierto es que prácticamente todas las naves se perdieron en el camino embestidas por la mar embravecida a causa de las terribles tempestades, más también hicieron lo suyo los bancos de corales, cortando de tajo algunas naves para enviarlas con tesoros y tripulación al fondo.


Fue tanto lo que se perdió en esta empresa, que los mares quedaron aquí y allá repletos de tesoros, provocando desde entonces la afanosa búsqueda de ellos por parte de saqueadores y gente autorizada, quienes han puesto especial empeño en la localización del buque que mayor tesoros transportaba, ya que de ellos se conserva un valioso registro y testimonio de algunos sobrevivientes de la tragedia. Se trata de la nave Santa María de la limpia y pura Concepción.


En el naufragio de esta desdichada embarcación perecieron 332 personas en aquella trampa mortal de los corales, pero 194 se salvaron y lograron llegar a La Española, tierra hoy llamada República Dominicana. El almirante Villavicencio, intento infructuosamente en tres ocasiones rescatar los preciados tesoros perdidos en la tragedia. En España el caso se dejó a la desidia, pero los ingleses, siempre amigos de lo ajeno, hicieron buen alarde de su rapacidad.


Dos expediciones se hicieron presentes en el lugar de los hechos y extrajeron, con la ayuda de buzos expertos: 37 538 libras de plata, 27 556 en lingotes del mismo metal, 347 libras en platos, candelabros, copas y cubiertos de lo mismo, 27 libras y 11 onzas de oro, varios sacos de perlas y esmeraldas, y 7 cañones de bronce, mismos que hoy se pueden contemplar en la afamada Torre de Londres. Fue mucho ciertamente lo que rescataron, y es más notable aún sabiendo que los buzos no utilizaron escafandras, ni gafas, ni artilugio alguno para respirar en las profundidades. Todo fue a pulmón libre, debido a que en aquellos tiempos aún no se inventaban este tipo de cosas. Pero si bien fue mucho lo que se sacó de las aguas, mucho más fue lo que se dejó entre los arrecifes.


En 1977, la compañía Seaquest Internacional dedicó cinco largos meses a la localización del sitio. Como no sabían con certeza su localización, peinaron la zona numerando con gran paciencia las mil ochocientas noventa y un cabezas de coral, buscando afanosamente el resto del tesoro, pero todo fue inútil. Confundidos y desalentados, decidieron abandonar las pesquisas con tanto empeño iniciadas.


Más tiempo después renovaron su entusiasmo y volvieron a la carga. Se tomaron fotografías aéreas de la zona, más estas no denunciaron ninguna mancha anómala que permitiera sospechar la existencia de un cuerpo extraño en el fondo de las aguas. Más luego recurrieron a un aparato denominado magnetómetro de cesio, el cual es arrastrado por el fondo de las aguas y, este instrumento, refleja señales sobre una pantalla llevada a bordo. Cuando detecta cualquier anormalidad, aunque sea un alfiler de acero enterrado entre la arena, una aguja indica en la pantalla el suceso, más cuando hay una multitud de objetos metálicos, la aguja del magnetómetro se vuelve loca.


Al detectar la nueva expedición este suceso, de inmediato un buzo se lanzó a las aguas. En el fondo, lo primero que descubrió aquél hombre fue una enorme cantidad de piedras de río, cosa que le dio gran alegría, pues sus conocimientos le permitían comprender que aquellas piedras eran del tipo de las que usaban los viejos galeones como lastre. Por tanto era indicio de que en dicho lugar se encontraba un navío hundido. Levantó luego el buzo una de aquellas piedras y encontró una moneda de plata. Ascendió a la superficie y la mostró a sus compañeros. Aquella tarde el equipo rescató ciento sesenta monedas acuñadas en México. Fueron las primeras de las sesenta mil que habrían de encontrar. La gran aventura del hallazgo submarino más importante del mundo había comenzado.


Al día siguiente, y mientras el experto numismático de a bordo, limpiaba y clasificaba las piezas, comprobando que la mayoría estaban acuñadas en México en 1641, el mismo año de la catástrofe del Concepción, los buzos prosiguieron su fascinante labor.


Uno de los buzos, en la profundidad de aquellos mares, tras levantar algunas de las piedras de río y algo de la arena amontonada, vio que del suelo surgía cierta sustancia de un azul intensísimo que, en poco tiempo, le dejó envuelto en una nube, cual si un millar de pulpos lanzara sobre él su tinta para cegarlo. Pero aquella tinta era azul y no negra como la de los pulpos. Cuando ascendió a la superficie, teñido todo de azul, se analizó la extraña sustancia en que estaba impregnado comprobándose que era añil. Podridas las cajas en que iba empaquetado, y los lienzos o papeles que envolvían cada pieza, un inmenso cargamento de varias toneladas de añil se había conservado allí, intacto, durante casi cuatro siglos, hasta que la mano de aquél buzo vino a removerlo de su escondrijo.


Mientras este hombre vivía tan insólita experiencia, otros buzos descubrieron un astrolabios, unos compases, unas balas de cañón, estatuas chinas de marfil, apagables de plata con sus tijeras para cortar pabilo, un vaso de cristal tallado, cerámica mexicana de Puebla, una valiosa vajilla china de la dinastía Ming, sin un solo rasguño, bases de plata para vasos, collares y perfumeros de oro de 22 kilates, huesos humanos, huesos de animales, jeringuillas para limpiar los oídos, balas de mosquete, empuñaduras de espadas, un collar de oro de medio metro de longitud, y la estatua de un niño de marfil oriunda de China.


Pero el descubrimiento no terminó ahí, en el fondo de lo que pareció haber sido una gran maleta, encontraron, perfectamente apiladas dieciséis mil monedas de plata, una verdadera fortuna. Muy próximo al lugar donde surgió el sorprendente manantial de añil, uno de los arqueólogos encontró juegos de té y muchas otras vajillas perfectamente bien conservadas.


El navío de la Concepción llevaba 436 baúles de mercancías del lejano oriente, 21 baúles de esmeraldas de las minas de Muzo, en Colombia, 43 baúles de perlas de las pequeñas Antillas, 321 baúles de objetos de plata de propiedad privada, 528 kilos de objetos de oro puro, 288 kilos de oro en barras. Y una enorme cantidad de plata y lingotes de oro y monedas para el tesoro real.


Además de todas estas riquezas también transportaba especiería, aceites vegetales, frutas no perecederas, cerámica mexicana, animales vivos, corrales de gallina, jaulas con aves y multitud de tinajas con vino y aceite.


El inmenso tesoro rescatado fue compartido en partes iguales entre los rescatistas y el gobierno de la República Dominicana, quien, tal y como se estipuló en el convenio, tuvo la oportunidad de quedarse con las piezas que le resultaron más agradables.


Pero en esa misma zona hay aún muchos otros barcos hundidos, cuyos fabulosos tesoros están esperando a los intrépidos aventureros que vayan tras su rescate.

EL MANDARIN ASTRONAUTA

Un mandarín chino que vivió en el año 3000 antes de nuestra era, en un día soleado y ante la mirada atónita de centenares de vecinos y curiosos, sacó a la calle una extraña máquina, la cual situó en un lugar apartado de las casas y los árboles.

No resistiendo la tentación alguien le preguntó para qué quería esa extraña máquina sujeta con papalotes, a lo cual el mandarín contestó que era para sostenerse en el cielo como un pájaro y los cohetes 47 artificiales para elevarse entre la tierra y la luna.


A punto estuvieron todos de echarse a reír, más no tuvieron tiempo, ya que mientras el mandarín se instalaba en su extraña máquina, los rayos del sol encendieron las mechas de los cohetes y estos estallaron al unísono, provocando una gran nube de humo y fuego. Muchos salieron con los pelos chamuscados de aquél primer intento de lanzamiento espacial. Quien resultó, por desgracia, con la peor parte fue el ingenioso inventor, ya que murió calcinado montado en su nave.

domingo, 4 de octubre de 2009

EL CONOCIMIENTO ES PODER

EL CONOCIMIENTO

“El conocimiento es poder”
Francis Bacon
El que sabe menos que los demás es un ignorante.
Todos somos ignorantes de muchas cosas, y eso no es motivo para preocuparse. Poco o nada importa si desconocemos áreas, temas o materias que tienen escasa relevancia en nuestras vidas; la gravedad radica cuando ignoramos aquello que sí debemos de saber y que es parte vital para el buen desempeño de nuestra vida. Un buen actor no tiene la obligación de saberse todos los papeles de una obra, pero sí es indispensable que se sepa a la perfección su propio papel.
Cuando alguien no sabe lo que debe saber enfrenta serios problemas en su vida, entre ellos el rechazo de quienes le rodean.
El que sabe lo mismo que los demás es una persona común.
Nuestro mundo está lleno de personas comunes. Y con ello no quiero manifestar que sean por tanto irrelevantes. Más las personas comunes pasan siempre desapercibidas, se pierden entre la multitud sin que tengan un papel destacado dentro de “la obra”.
El que sabe más que los demás es una persona sobresaliente.
Hay quienes van mucho más allá que los demás. Gustan del conocimiento y se adentran en sus terrenos, disfrutando del placer de aprender sin que encuentren un límite para ello. Quienes saben más siempre son admirados y respetados por los demás.
EL HACER
El que hace menos que los demás es un flojo (o un discapacitado).
En el aspecto laboral nunca faltan los flojos que hacen menos que los demás. Siempre son los más renegones, los que de todo se quejan, los que de todos se cansan. Y por supuesto que siempre están disconformes con la empresa. Estos personajes siempre son rechazados por los demás (aunque no se los digan). Y son los primeros en ser despedidos.
El que hace lo mismo que los demás es una persona común.
En todas las empresas hay gente común que se limita a realizar sus labores y con ello cumplen con la encomienda. Son elementos básicos e indispensables es cualquier organización (como es el caso de producción), más su papel es limitado y carente de protagonismos. Por tanto, una persona así es relativamente fácil de reemplazar.
El que hace más que los demás es una persona laboriosa y destacada.
Nunca faltan los apasionados que dan más que los demás. Son aquellos individuos que dan tiempo adicional, que llegan más temprano y salen más tarde, que hacen su trabajo con empeño y con pasión, lo cual les permite destacar con facilidad, llegando, con el tiempo, a ocupar los puestos más importantes.
RESUMEN DEL SABER Y EL HACER:
Todos queremos ser exitosos, a todos nos agradan las mieles del triunfo, más solo llegarán a la meta aquellos que realmente hagan algo sobresaliente para lograrlo.
Quien quiera llegar lejos debe saber más y hacer más que los demás. No importa en que área nos desempeñemos, si somos constantes en el hacer y aprender, nuestra acción, aunado al conocimiento nos conducirá a la plenitud de lo que tanto deseamos.

viernes, 18 de septiembre de 2009

LA HAZAÑA DE JORGE MATUTE REMUS

En 1927 el gobierno de Guadalajara (México) decidió demoler el edificio de la Penitenciaría, que se encontraba en lo que hoy es la Estación Juárez del tren lijero, para unir la estrecha calle de Juárez con la amplia avenida Vallarta. 20 años después el gobernador del estado Jesús González Gallo decretó la ampliación de la calle Juárez, para lo cual se hicieron las negociaciones correspondientes con los propietarios de las fincas de dicha calle y para 1948 todo estaba resuelto, excepto por el pequeño detalle de que la compañía de teléfonos, ubicada en el cruce de Juárez y Ocampo, se amparó, evitando la demolición de su edificio, y este quedó a media calle, entorpeciendo totalmente la obra.
Por más luchas que hizo el gobierno del estado, la compañía telefónica no cedía. Cambiar sus instalaciones resultaba demasiado complicado. Era necesario adquirir otro terreno, construir un edificio, adquirir nuevo equipo, colocarlo y conectarlo y todo esto costaría no menos de nueve millones cien mil pesos, que era toda una locura en aquellos años. Para el gobierno, la postura de la telefónica, era el colmo de los colmos.
Fue entonces cuando apareció en escena Jorge Matute Remus, quien era por entonces miembro de la Comisión de Planeación del Gobierno y Rector de la Universidad de Guadalajara y quien expresó que si los de la telefónica consideraban que no podían hacer una nueva central porque les costaba una millonada, lo más sencillo sería mover el edificio.
Ante esta declaración de Matute todos mundo se quedó perplejo. Parecía aquello una broma inapropiada, pero Matute Remus se dispuso a demostrarles teóricamente la validez de su declaración. Según él técnicamente era factible y que económicamente resultaba mucho más ventajoso porque le costaría a la telefónica únicamente un millón de pesos, en lugar de los nueve iniciales.
La dirección de la telefónica se interesó por la idea, pero antes de dar luz verde trajeron a unos ingenieros de Estados Unidos para asegurarse de que era factible. (Ya desde entonces se creía que los gringos eran más inteligentes que nosotros). Una vez que matute demostró con sus números que se podía, la telefónica dio la autorización correspondiente.
El 24 de octubre de 1950 se inició la difícil tarea. No se evacuó el edificio, se le dijo a todo el personal que debía seguir laborando como cualquier día normal, pero nadie se sentía seguro. ¿Cómo iban a mover el edificio con todo y personas adentro?. ¿No se derrumbaría sobre sus cabezas?. El ingeniero Jorge Matute estaba tan seguro de su proyecto, que llevó a su esposa y a su hijo al interior del edificio y permanecieron dentro en el momento que se efectuaban las maniobras.
El trabajo se hizo con una precisión tan espectacular, que las telefonistas jamás dejaron de atender llamadas, todo fue como cualquier otro día. Incluso colocaron vasos de agua para ver que pasaba y el agua ni se movió. El edificio de 1700 toneladas de peso fue movido doce metros, hasta alinearlo con la calle. Hoy en la esquina de Juarez y López Cotilla existe la estatua del ingeniero Jorge Matute Remus empujando con una mano el edificio. Muchos no entienden porqué está ahí. Algunos se toman fotos. Otros, maleducados y con estiercol en la cabeza, lo llenan de grafitis como si no fuera nada importante.
Aunque sé que muchos que conocen esta historia, cuando pasan por ahí el monumento les recuerda, que no existen imposibles. El hombre es capaz de mover montañas.

LA MALDICION DEL ESQUELETO

Adrian Brooks era oficial de distrito en Kasama (Rodesia septentrional) cuando un día uno de los miembros de la tribu de los Wemba le contó de la existencia de un sepulcro sagrado para los jefes supremos de la tribu. Brooks, quien era excelente fotógrafo y vendía sus fotografías a las revistas especializadas, no quiso perder la oportunidad de ir a fotografiar tan singular sepulcro, el cual estaba en una parte secreta y jamás se había permitido acercarse a él a un hombre blanco.
La tradición era que cuando un alto jefe de la tribu moría, se colocaba el cadáver en una cabaña real, y se le vigilaba hasta que la carne se descomponía y los huesos quedaban limpios. Después se enterraba el esqueleto casi a flor de tierra, pero manteniendo la mano derecha extendida y sostenida por un palo, de tal manera que quedara totalmente visible, para que de esta forma quienes pasaran por ahí pudieran estrecharle la huesuda mano.
Dos viejos hechiceros custodiaban el sepulcro sagrado y cuando Brooks pretendió acercarse al sepulcro le impidieron el paso, más burlando luego la vigilancia penetró hasta él y tomó varias fotografías. Esto enfureció a los guardianes luego que lo descubrieron y arrojaron sobre él una maldición previniéndole que muy pronto moriría.
A Brooks no le preocupó en lo absoluto la maldición, e incluso hizo burla de ella cuando regresó a su oficina. Más tres días después, precisamente a las afueras de esta oficina cayó el asta de la bandera que tenían arriba de la entrada y lo golpeó tan fuerte en la cabeza que lo mató al instante. El dictamen oficial señalaba que las termitas habían horadado la base del poste y este había caído justamente cuando Brooks se paró por unos instantes bajo él.