viernes, 30 de octubre de 2009

EN LA LUNA

Las huellas que dejaron los astronautas que llegaron a la luna en 1969, aún no se borran y muy probablemente aún estarán ahí cuando pase un millón de años, si no llega alguien o algo a borrarlas. Lo que sucede es que la luna no tiene una capa de aire que la cubra, y sin vientos, es imposible que se borren. Por esta misma razón es que los astronautas no pueden hablar entre sí, aún cuando traigan dispositivos para ello, porque no hay aire que transmita las ondas del sonido. La única forma de escucharse es apretando sus cascos unos contra otros para que las vibraciones pasen a través de ellos.

También en la luna, cuando el Sol le pega directamente a su ecuador, la temperatura puede alcanzar los 117 Grados Centígrados. Más desciende considerablemente, ya que a la puesta del Sol baja a los 15.5, pero al anochecer puede descender hasta los -162 Grados centígrados. Esto quiere decir que durante el día en la Luna hace más calor que en el sitio más caluroso de la tierra, pero por la noche hace más frío que en la Antártida en invierno. ¿Qué le parece?. Así que ni se le ocurra jamás ir de Luna de miel por aquellos rumbos.

LA DESVENTURA DE OSCAR WILDE

El padre de Oscar Wilde era un científico, su madre una escritora de política y poesía. Una familia totalmente fuera de lo común. Por ello fue educado en los mejores colegios de Dublín y luego de Oxford. Era irlandés, pero se trasladó a vivir a Londres, donde pronto se convirtió en todo un personaje público de gran éxito. Sus libros que escribía y sus obras de teatro lo encumbraron a una posición verdaderamente privilegiada.

Pero Oscar no se comportaba como un intelectual. Siempre vestía a la moda y con toques extravagantes. Vivió a finales del siglo XIX, pero se comportaba como un excéntrico. Llevaba el pelo largo y pantalones de montar de terciopelo. Estaba casado, con dos hijos, pero su relación matrimonial se desgastó, y se relacionó íntimamente con un hijo de nobles: Lord Alfred Douglas, al cual arrastraba a sus correrías. Porque a Oscar Wilde le encantaba alejarse de los encumbrados niveles de la sociedad, para bajar a los mundos subterráneos, donde encontraba jovencitos que se prostituían, exponiéndose a riesgos innecesarios de todo tipo: el chantaje, la agresión...

Vivía en la opulencia, con sus habitaciones llenas de objetos de arte y elementos decorativos, con girasoles, plumas de pavo real y porcelanas chinas.

Su manifiesto desprecio a la burguesía, sus extravagancias y escándalos pronto le granjearon un sin número de enemigos. Era un auténtico subversivo. No acataba las reglas y esto le hizo blanco de críticas y desprecios.

Publicó un volumen de poemas, sus célebres relatos ( El Príncipe feliz, El fantasma de Canteville, el crimen de Lord Artur Sacille y otras narraciones, y su única novela, El retrato de Dorian Grey, considerada una obra maestra, triunfó luego como dramaturgo con: El abanico de lady Windermere, Una mujer sin importancia, y la Importancia de llamarse Ernesto, muestras ejemplares de su enorme talento y de la sutileza de sus irónicos diálogos.

Más poco después de haber cumplido los 40 años, cuando se hallaba en la cúspide de su éxito, la fortuna abandonó a Oscar Wilde. El marqués de Queensberry, padre de su íntimo amigo lord Alfred Douglas, levantó contra él una acusación por ultraje a la moral. Oscar Wilde fue juzgado por sodomía y condenado a cumplir una condena de dos años de trabajos forzados en prisión.

Perdió todo: su fortuna y su familia, la mayoría de sus amigos le dieron la espalda. Y aquello lo hundió en una gran depresión. Solo le quedaron el dolor y la soledad. En esos angustiosos momentos escribió: “Entré en la prisión con un corazón de piedra y pensando solo en mi placer, pero ahora mi corazón se ha roto, y la piedad ha entrado en él; y ahora comprendo que la piedad es lo más grande en el mundo”.

En la cárcel escribió “De profundis”, una extensa carta de arrepentimiento por su pasado estilo de vida.

Cuando salió de prisión estaba arruinado, material y espiritualmente. Se fue a vivir a Francia y se cambió el nombre. Poco tiempo después apareció en Inglaterra un escrito de su autoría, publicado de forma anónima, titulado “La baladas de la cárcel de Reading”. Uno de sus poemas más poderosos, donde expone la dureza de la vida de la cárcel y la desesperación de los presos.

Viviendo en París, y a la edad de cuarenta y seis años, una infección de oído le provocó un daño cerebral y le sobrevino la muerte. Abandonado por todos, Oscar Wilde murió a tan solo dos años de haber dejado la prisión.

Y sobre el muerto las coronas, porque el día de hoy es considerado uno de los más grandes personajes de la literatura universal.

LA BIBLIOTECA MAS GRANDE DEL MUNDO

La biblioteca del Congreso, en Washington es la más grande del mundo. Tiene aproximadamente 10 millones de libros, 20 millones de ilustraciones y 4 millones de atlas y cartas geográficas. Todo este material se alberga en tres edificios sobre una superficie de más de 26 hectáreas. El edificio de la biblioteca ocupa unas 26 hectáreas de superficie, con un 856 km de estanterías. Si se alinearan en fila todos los libros de la biblioteca sobre una carretera, tendríamos que correr durante siete días, noche y día, a una velocidad de cinco kilómetros por hora para llegar desde el primero al último libro.
¿Se imagina todo lo que ahí se encuentra?. Pero no crea que es difícil encontrar un libro. Todo lo tienen computarizado por títulos, autores y estilos; así que basta con que usted se acerque a cualquiera de las computadoras que ahí se encuentran y con facilidad sabrá el sitio exacto donde está la obra o el tipo de obras que busca, además de un personal totalmente especializado que le conducirá a la sala indicada.
Creo que en un lugar así, a los que nos encanta leer, nos sentiríamos más felices que un niño en una fábrica de chocolates.

LA INSOLITA HISTORIA DE CHELO PRIETO

Chelo prieto no es el nombre de una mujer. Es el nombre que Carlos Prieto, el afamado chelista mexicano, le dio a su violonchelo Stradivarius. Antiguamente se le llamaba Piatti, porque han de saber que todos los instrumentos Stradivarius tienen un nombre, relacionado siempre con alguno de los dueños que han tenido en su existencia, pero Carlos Prieto le cambió de nombre. ¿La razón?

El violonchelo es un instrumento valioso y delicado, que para viajar se convierte en un objeto verdaderamente incómodo, sobre todo en los aviones. No se puede enviar como equipaje por las elevadas probabilidades de que llegue a su destino hecho pedazos, pues las bandas de los aeropuertos están diseñadas para manejar maletas. No se puede meter en la cabina, libre de cargo, como los violines, porque no cabe debajo del asiento ni en los compartimientos superiores de equipaje de mano. Debe, pues, viajar como un pasajero cualquiera y ocupar un asiento. Las reglas indican que el violonchelo debe pagar tarifa normal y colocarse en un asiento de ventanilla que no coincida con la salida de emergencia.

A pesar de la claridad de las reglas, los empleados de la venta de pasajes de muchas compañías de aviación se desconciertan cuando llega alguien a comprar un boleto para un violonchelo. Empiezan a consultar manuales o a llamar a supervisores y se pierde a veces tiempo considerable. Por ello, Carlos Prieto, optó por comprar el boleto con el nombre de Chelo Prieto, sin especificar si es señora, señorita o instrumento musical. El nombre que aparece en general es Srita. Chelo Prieto o Miss Cello Prieto e inclusive tiene una tarjeta de viajero frecuente con ese nombre. Y para utilizar el kilometraje acumulado, se ve en la necesidad de falsificar la firma de Miss Cello Prieto.

En 1985, el maestro Carlos Prieto realizó una gira de conciertos que incluía ciudades de Rusia, Estonia, Lituania y Letonia.

Dentro de esta gira hizo escala en Riga, donde fue preciso bajar de la aeronave para revisión de los pasaportes. Al regresar a sus asientos las azafatas se alarmaron al descubrir que había desaparecido un pasajero. Y para colmo de males era extranjero!. Las azafatas iban y venían, presas de gran nerviosismo. Carlos Prieto se imaginó lo que sucedía y acercándose a las azafatas les preguntó si podía ayudarles a encontrar al pasajero faltante. Lo miraron con desconcierto y casi con indignación. Más su expresión cambió cuando les informó que el pasajero perdido se llamaba Chelo Prieto y estaba sujeto a su asiento, porque se trataba de su violonchelo.

En noviembre de 1999 el maestro llegó al aeropuerto de Nueva York y se acercó a una ventanilla para comprar sus pasajes de avión. La empleada le preguntó atinadamente la edad del violonchelo. Carlos Prieto le informó que estaba por cumplir los 280 años de edad. Entonces ella, con una amable sonrisa le dijo: “Bien, en un caso así, tiene derecho a disfrutar de un descuento que otorgamos a los viajeros de la tercera edad.

viernes, 23 de octubre de 2009

LA SORDERA DE BEETHOVEN

En la primavera del año de 1801, Beethoven tocaba el piano en Viena, en casa de unos amigos. En aquél entonces ya era reconocido como un auténtico virtuoso del piano y gran compositor. Cuando el gran maestro estaba en el piano entraba en un auténtico éxtasis que permitía se desbordara toda su emotividad y virtuosismo. Los privilegiados amigos disfrutaban de aquella excelente interpretación, cuando de pronto se sorprendieron al escuchar como Beethoven apenas si rozaba las teclas sin provocar el más mínimo sonido. Se miraron unos a otros sin entender, porque el maestro parecía no darse por enterado de lo sucedido. Cuando Beethoven terminó su interpretación se mostró tan serio y formal como siempre, mientras ellos continuaron con su desconcierto, pensando que probablemente estaba sufriendo de un problema reumático.
Pero la realidad era totalmente diferente. Aquél verano Beethoven le escribió una carta a uno de sus amigos revelándole la situación tan difícil por la que estaba pasando. “Me siento verdaderamente desgraciado – le decía- Has de saber que mi oído se halla muy débil... cada día voy empeorando, y quizás nunca me llegue a curar. Apenas si puedo escuchar a una persona que me habla a media voz...”
Los médicos le dijeron que su sordera era incurable y empeoraría conforme pasara el tiempo. Aquella noticia fue devastadora. ¿Cómo se puede aceptar una situación de esta magnitud?. Toda su vida era la música, no había otra cosa que realmente le motivara. Quedarse sordo era lo peor que podía sucederle.
Conforme fue empeorando la situación el estado de ánimo de Beethoven fue decayendo. Comenzó a rehuir a la gente volviéndose apático y amargado. Tan solo unos cuantos sabían la verdad. Y a tanto llegó su amargura que dejó de componer y dar conciertos. Entonces pensó que su única salida era... el suicidio.
¿De qué sirve la vida si lo que más amas se destruye, se acaba?... Pero su amor por el arte lo detuvo. Le parecía un imposible abandonar el mundo antes de haber realizado todo lo que dentro de él exigía ser creado. Aún faltaban conciertos. Aún debía construir sinfonías. Y se decidió por la vida. Su espíritu volvió a elevarse, recobró su fuerza y gallardía y continuó adelante. En el momento en que salió de aquella terrible depresión, realizó una de sus grandes obras maestras: la Quinta Sinfonía, la sinfonía del Destino, que muchos después llamaron de “La Victoria”.
Sus más grandiosas obras las compuso cuando había perdido casi en su totalidad la capacidad auditiva. Jamás escuchó la grandeza de su Quinta Sinfonía, ni la hermosa belleza pastoril de su sexta, o la majestuosidad coral de la Novena u “Oda a la Alegría”. Cuando ensayó con la orquesta y coro esta última obra, gritaba “más fuerte, más fuerte!”, ya que tenía el deseo de escucharla, pero aquello fue imposible, estaba prácticamente sordo.
Un espíritu débil caería abatido sin posibilidad de levantarse ante una desgracia de esta naturaleza, pero Beethoven encontró en su debilidad la fuerza para salir adelante construyendo el resto que faltaba a su obra… lo que le haría inmortal y serviría de inspiración para infinidad de mortales en los siglos venideros.
Estés dondequiera que estés, aún dentro de la peor de las desgracias, frente a ti existe la oportunidad de construir lo más grandioso de tu vida.

EL PÍPILA

Cuando Don Pedro Martínez y su esposa María Rufina llevaron a Bautizar a su niño le pidieron al cura que le pusiera Juan José, pero como era día de los Santos Reyes, con voz autoritaria, el padrecito les dijo que se llamaría Juan José de los Reyes Martínez, y así se le quedó. Pero con el tiempo el nombre solo fue utilizado por su familia y para papeles de trámite; y como su risa era tan estruendosa, no faltó quien le dijera que se reía como guajolote. Y así se le quedó: el “guajolote”. Bueno, no precisamente con esa palabra, porque en Guanajuato a los pavos mexicanos les llaman pípilas, así que Juán José de los Reyes se quedó desde muchacho con el sobrenombre de “el pípila”.

Dicen que “El Pípila” era de piel blanca, porque su padre era español y algo le sacó de herencia, aunque tenía ojos razgados como los otomís y el pelo lacio y oscuro. Era muy serio, aunque su seriedad no parecía tal cuando se reía, por su carcajada estruendosa. Hombre fuerte y valiente, con una enfermedad silicosa que contrajo en su trabajo de las minas y además, pecoso, porque le gustaba mucho asolearse. No era un analfabeta, como muchos pudieran pensar, sabía leer y escribir.

Su trabajo en las minas era muy duro, ya que a los trabajadores los trataban prácticamente como esclavos y lo que ganaban no les ajustaba para pagar su eterna deuda en las tiendas de raya. Para colmo de males, el Rey Carlos III dio la orden de expulsar a los jesuitas de Real de Minas, lo cual molestó mucho a los mineros, quienes manifestaron su total rechazo al mandato real, acarreándose como consecuencia la ira de la autoridad, quien de inmediato ordenó para los más revoltosos la pena de muerte, mientras que muchos otros recibieron su escarmiento con una buena dosis de azotes.

Guanajuato era en la época del virreinato una próspera zona minera y una de las más importantes productoras de plata en el mundo. Las familias españolas, que manejaban la minería, amasaban grandes fortunas, mientras que los indios y mestizos vivían en condiciones de auténticos esclavos.

Cuando surgió la revuelta insurgente, el Pípila no lo pensó dos veces, abandonó las minas y se fue a San Miguel el Grande donde se unió a los rebeldes, encabezados por el cura Don Miguel Hidalgo, quien había formado su ejército armado con ondas, garrotes, lanzas y unos cuantos machetes y fusiles.

El intendente Riaño recibió pronto noticias de que el ejército insurgente se dirigía a Guanajuato. De inmediato trasladó los tesoros que estaban bajo su custodia (plata en barra y dinero en efectivo) a la Alhóndiga de Granaditas, lugar donde almacenaban granos y semillas, una enorme fortificación que juzgaba era el sitio más seguro para contener a los rebeldes. Ahí mismo se refugiaron familias criollas de posición media y acaudalada, cargando con su dinero y algunas de sus valiosas posesiones, ya que sabían que de quedarse afuera tendrían que afrontar la ira de aquella turba sedienta de libertad y justicia.

El 28 de septiembre de 1810, el ejército insurgente puso sitio a la ciudad de Guanajuato, instando Miguel Hidalgo al Intendente Riaño a que entregara la ciudad y se rindiera. Pero él prefirió enfrentar la situación. En la Alhóndiga de Granaditas solo había 570 hombres, mientras que el ejército insurgente, aunque carente de armas adecuadas, sumaban 20 000, más todo el pueblo que los apoyaba. Tras la decisión tomada por Riaño vino un espantoso combate que se inició a las 12 de la noche. Tras varias horas de combate, la situación no prosperaba para los insurgentes. Desde lo alto recibían una lluvia interminable de balas que les estaba ocasionando demasiadas bajas. Fue entonces cuando Miguel Hidalgo se acercó a Juan José, “El Pípila”, quien se encontraba arengando a un grupo de insurgentes, y le comentó la necesidad de quemar la puerta de ingreso. El Pípila se ofreció a hacerlo; se cubrió las espaldas con una losa, tomó una tea encendida de las que usaban los mineros en los túneles y ante una intensa lluvia de balas que intentaban frenarlo en su propósito, fue e incendió la puerta de la Alhóndiga.

Al ceder la madera, la multitud se abalanzó sin importarles lo nutrido de la balacera de los españoles que defendían el sitio. Cayeron muchos, pero sobre de los caídos pasaron los demás, quienes arriesgándose por entre las intensas llamas, penetraron aquella fortificación y se enfrentaron cuerpo a cuerpo, ya que en el último momento las armas ya no valieron gran cosa. En aquella ocasión murió el Intendente Riaño, doscientos soldados que tenía bajo su mando, ciento cincuenta españoles, así como tres mil insurgentes.

El Pípila participó en muchos otros enfrentamientos, después volvió a trabajar en las minas, muriendo el 25 de julio de 1863, en la ciudad de Allende Guanajuato. Aunque no falta quien diga por ahí que el Pípila es simplemente una leyenda como existen tantas en nuestro México.

VENDIENDO DISCOS

Casi toda mi vida he sido vendedor de discos, y vaya que esta historia ha estado salpicada de curiosas anécdotas de muy diversa índole. Un día llegó una señora joven acompañada de su anciano padre. Buscaban un vals bonito y antiguo o un tema hermoso y adecuado para que sus papás lo bailaran en la fiesta que les habían preparado con motivo de sus Bodas de Oro.
Precisamente había recibido días antes un magnífico disco de valses mexicanos, así que sin titubear, le dije: “A mire, tengo exactamente lo que necesita, recibí este disco que trae “Viva mi desgracia”…” ni siquiera pude continuar, el viejito, meneando la cabeza me replicó. – “Mire jovencito, ha sido muy difícil la vida, pero no como para celebrar con “Viva mi desgracia” –
Más como todo vendedor experto, de inmediato reparé la falta agregando: “Tiene razón, pero también trae un tema más apropiado, ¿Qué le parece “Morir por tu amor”?. Por supuesto que se llevó el disco.
Pero hay otra historia que me agradó mucho. Cierto día una turista española me solicitó que le recomendara algo de música mexicana, pero de cantantes nuevos, porque uno de sus amigos coleccionaba música mexicana y ya tenía Jorge Negrete, Pedro Infante, José Alfredo, Javier Solis, Vicente y Alejandro Fernández… ¿Qué le podía recomendar?. De inmediato le mostré varias propuestas, y para que se llevara algo en verdad de su gusto, abrí los discos para que los escuchara. El que más le gustó fue el de Dina Buendía, precisamente el último que le mostré.
Ella tomó sus discos, pasó a la caja, realizó su pago y luego se marchó. No hacía ni cinco minutos que se había ido cuando descubrí que en el reproductor se había quedado el disco de Dina. Ella se había llevado la cajita sola. Aquello me preocupó mucho, porque tratándose de una turista seguramente se daría cuenta hasta que llegara a España, y vaya disgusto que iba a pasar. Así que de inmediato salimos a buscarla por toda la plaza varios de mis compañeros, pero no la encontramos. Fuimos a la administración y solicitamos que la vocearan, pero no resultó. Ella, al parecer, había salido de inmediato de la plaza. ¿Cómo resolver el problema?.
Al rato pensé que a lo mejor la podíamos localizar en el hotel que estuviera hospedada, así que solicité a mi compañero de caja que me proporcionara el nombre por medio del bauche que había firmado y de inmediato me dí a la tarea de localizarla en los hoteles cercanos a la plaza. No me fue difícil, en efecto, la encontré en un hotel cercano, solo que en ese preciso momento estaba saliendo rumbo al aeropuerto y ya no podía alcanzarla.
Ella se mostró muy desilusionada por el error que cometí. Pero le dije que no se preocupara, que en el aeropuerto teníamos una tienda y ahí le iban a entregar su disco. Después llamé a mi compañero de la otra tienda, le expliqué el problema y él me aseguró que se lo iba a cambiar. Respiré aliviado y me olvidé del problema.
Como una hora después la chica española me llamó y me dijo más o menos lo siguiente:
-Quiero decirle que es la primera vez que vengo a México y me gustó mucho. Fui a conocer Palenque, Cancún, las pirámides de Teotihuacan, la ciudad de México, vine a Guadalajara, ví el ballet folklórico, hasta me tomé unos tequilas y escuché los mariachis. En todas partes me trataron muy bien, pero lo que usted hizo con el disco, cambió totalmente mi impresi{on de lo que son los mexicanos.”
Me dio mucho gusto lo que me dijo, aunque solo me había limitado a cumplir con mi trabajo. En ese momento sentí que había contribuido con mi granito de arena para el buen nombre de México.