viernes, 6 de noviembre de 2009

LOUIS BRAILLE Y SU ESCRITURA PARA CIEGOS

Louis Braille nació a principios del siglo Diecinueve en un pueblito cerca de París. Su padre tenía un taller de talabartería; fabricaba arneses y otros utensilios de cuero, por lo cual utilizaba afiladas herramientas para cortar y perforar el cuero.
Un día, el pequeño Louis estaba jugando con uno de los punzones de su papá, cuando se resbaló y accidentalmente se picó uno los ojos. Al principio, la lesión no parecía seria, pero la herida se infectó. Pocos días después, el otro ojo se contagió y el niño perdió la vista de ambos ojos.
Los primeros días de ceguera fueron muy difíciles, más poco a poco Louis aprendió a adaptarse y a llevar una vida normal. Fue a la escuela junto con sus amiguitos y le fue bien en los estudios. Era inteligente y creativo y se propuso no permitir que su discapacidad lo frenara en lo más mínimo, pero, al no poder leer ni escribir su nivel como estudiante comenzó a dejar mucho que desear.
Sus padres conocieron de una escuela en París, especial para estudiantes ciegos. No lo pensaron dos veces, aunque ello significara grandes sacrificios, lo enviaron de inmediato, aunque Louis solo contaba con 10 años de edad.
Las condiciones de la escuela eran muy duras. El edificio era húmedo e insalubre y la disciplina era severa. Los alumnos que se portaban mal eran golpeados, encerrados y alimentados con pan duro y agua. Por ello era común que los niños abandonaran los estudios y se dedicaran a lo que fuera posible para sobrevivir, incluso mendigar.
En la escuela para ciegos, los alumnos eran adiestrados en algunos oficios como la fabricación de pantuflas, para que al salir pudieran ser capaces de ganarse la vida. Tan solo les era permitido salir una vez por semana, aunque lo hacían en grupo y atados unos a otros por una cuerda.
La escuela tenía únicamente catorce libros para invidentes. Eran demasiado voluminosos y pesados. Tenían letras muy grandes, realzadas con alambre prensado. A Louis le interesaron mucho, pero eran demasiado difíciles de manejar y leer. Tardaba varios segundos en terminar cada palabra y cuando llegaba al final de la oración, casi había olvidado que qué se trataba el principio. Louis pensó que debía haber una mejor opción.
Tenía que existir una manera de que una persona ciega pudiera sentir rápidamente las palabras de una página, para poder leer tan veloz y fácilmente como una persona con vista. Pero como un método así no existía, decidió buscar la forma de realizarlo.
Louis Braille, nuestro jovencito de esta historia, había aprendido desde pequeño a tocar el cello y el órgano. Incluso fue organista en varias iglesias de París. Era muy inteligente y creativo, por ello confiaba en que lograría encontrar la forma de resolver el problema.
Un día, un soldado visitó la escuela y les llevó a los pequeños ciegos un código alfabético que estaba siendo usado por el ejército francés para enviar mensajes nocturnos de los oficiales a los soldados. Los mensajes no podían ser escritos en un papel, porque el soldado tendría que encender un cerillo para leerlo y esa luz lo convertiría en un blanco fácil para los disparos del enemigo. Por lo tanto, el código consistía en una serie de puntos y guiones que se escribían en relieve sobre el papel, para que los soldados pudieran descifrarlos al pasar sus dedos sobre los símbolos. Una vez que todos comprendían los símbolos, funcionaba más o menos bien.
Louis probó entusiasmado el código. Era mucho mejor que leer los gigantescos libros con grandes letras en relieve. Sin embargo, el código militar seguía pareciéndole lento y engorroso. Los puntos ocupaban mucho espacio en cada página, por lo que sólo cabían una o dos frases. Él sabía que podía mejorar de alguna manera ese alfabeto.
Cuando regresó a casa, en tiempo de vacaciones, tomó uno de los punzones del taller de su padre y afanosamente se dedicó a construir un nuevo sistema de lectura para ciegos. Pasó varios días trabajando en un alfabeto hecho completamente con una base de seis puntos, colocándolos en diferente posición para formar las letras. Y el método funcionó. Aún pasó varios años perfeccionando su sistema, más en 1827, cuando tenía 18 años de edad, fue publicado el primer libro en el sistema Braille.
Louis Braille se convirtió en maestro de la escuela donde había estudiado. Era admirado y respetado por sus alumnos, pero desafortunadamente murió muy joven, a los 43 años, víctima de la tuberculosis. Pero su herencia se ha mantenido para siempre.

EL GRAN TENOR ENRICO CARUSO

Enrico nació en Nápoles, Italia, en 1873. Fue el decimoctavo de 20 hijos de una familia muy pobre. Desde pequeño le gustó el canto; cantaba todo el tiempo y en cualquier lugar, por ello a los nueve años ingresó al coro de su parroquia. Aquello era dicha y felicidad, solo que tuvo un conflicto con un compañero, que llegó hasta los golpes. Después vino el director a sancionar al par de chiquillos. Enrico al parecer no estuvo muy de acuerdo y mostró su rebeldía. Fue llamado su padre para exponerle la queja, y este, con esa autoridad propia de los padres chapados a la antigua, le exigió a Enrico que se arrodillara y besara los pies del padrecito que dirigía el coro. Enrico no aceptó pasar por esta humillación, huyendo de inmediato de ahí, prefiriendo quedar fuera de aquél amado coro de niños.
Los conflictos con su padre eran cosa de rutina. Más con su madre siempre se sintió protegido. Su padre lo puso a trabajar en el oficio de la familia: la mecánica, pero al fallecer su madre, Enrico decidió dedicarse exclusivamente a cantar, cosa que acarreó la furia de su padre y terminó por correrlo de la casa. Logró entonces el apoyo del maestro Gug-lielmo Vergine, quien le dio su primera educación musical formal. Después de tres años de estudio y preparación, hizo su debut operístico en el Teatro Nuovo de Nápoles. Fue así como a los 21 años surgió la gran figura de Enrico Caruso.
La fama le acompañó prácticamente desde el primer día. Pronto pisó los escenarios de Moscú, San Petersburgo, Buenos Aires y la afamada Scala de Milán.
El año de 1901, participó en El Elixir de Amor, pero su actuación fue recibida con bastante frialdad por el público napolitano, por lo cual Enrico Caruso juró no volver a cantar nunca en Nápoles, su ciudad natal... ¡Y cumplió su promesa!.
El reconocimiento mundial llegó después de que cantó "La Bohemia" en Monte Carlo , así como "Rigoletto" en el Covent Garden de Londres y la Metropolitan Opera House de Nueva York. En este último escenario se presentó durante 18 temporadas consecutivas, ofreciendo 607 funciones de 37 óperas diferentes. Su última aparición pública fue precisamente en ese teatro, el 24 de diciembre de 1920.
Enrico Caruso era todo un profesional y solamente canceló dos funciones en toda su carrera, pese a tener graves problemas de salud. Padecía de una enfermedad pulmonar que lo llevó a la muerte en 1921, a los 48 años.
Grabó aproximadamente 200 fragmentos de ópera y canciones; muchas de estas piezas siguen publicándose, un siglo después de haber sido grabadas. Sus grabaciones, aunque bastante rústicas y deterioradas, siguen vendiéndose en todas las principales ciudades del mundo.

UN VASO DE AGUA PARA TERRY

Terry Schiavo tenía sobrepeso, así que decidió evitar en todo lo posible los alimentos. Por desgracia cayó en la terrible bulimia. Acudió a una clínica para ser atendida pero los médicos se equivocaron. No diagnosticaron una deficiencia de potasio y su negligencia desembocó en un paro cardíaco. Como consecuencia de ello, su cerebro se daño al no recibir por algunos minutos la debida oxigenación. Y esto desembocó a que Terry entrara en lo que llaman un “estado vegetativo”. Era el año de 1990. Y las esperanzas de una recuperación fueron prácticamente nulas.
Los años pasaron y Terry no dio el menor indicio de volver a la normalidad. Su esposo, como suele suceder en muchos de estos casos, rehizo su vida: se buscó otra mujer y con ella formó nueva familia. Aunque legalmente Terry continuó bajo la custodia de su marido. Pero tal y como sucedieron las cosas, conforme fueron pasando los años, que de tantos que pasaron sumaron hasta 15, Michael Schiavo, ex-esposo de Terry, se cansó de la obligación y emprendió un juicio legal para desconectarla de la máquina que la mantenía con vida. Su alegato era que alguna vez Terry le había manifestado que de llegar a un estado así, ella prefería la muerte.
¿Sería cierto esto?... ¿o lo único que pretendía era librarse para siempre de aquella mujer que ya le estorbaba en su vida?
Los padres de Terry, gente muy religiosa, se enfrascaron en un pleito legal con el yerno, que llegó hasta alturas insospechadas. La prensa tomó la nota y fue conocida ampliamente a nivel mundial. Intervino el Vaticano, el presidente Bush, y presionaron muchas organizaciones civiles y religiosas para que se respetara la vida de Terry. Pero Michael logró que los jueces de Florida fallaran en su favor. Y se ordenó que la enferma fuera privada de todo alimento, inclusive de agua, para provocar de esta manera el fatídico desenlace.
Mientras los padres de Terry desesperados acudían incluso hasta la suprema corte intentando apelar la sentencia, afuera del hospital una multitud gritaba protestas y acusaba de criminales a todos los responsables.
Scott Heldreth estaba con su familia viendo el televisor, cuando pasaron un reportaje sobre lo que estaba sucediendo con Terry. Joshua, su hijo de 10 años, le pidió a su padre que fueran a llevarle de comer. Scott sonrió benevolente y le explicó a su pequeño que aquello era imposible. La policía custodiaba el ingreso al hospital y no podían acercarse a Terry de ninguna manera. Más Joshua insistió tanto que su padre aceptó llevarlo al hospital, al menos para que se uniera a todos aquellos manifestantes que estaban en contra de la sentencia de muerte que se le había aplicado a Terry.
A las afueras del hospital había más gente de lo previsto. Familias enteras con pancartas gritaban protestas sin cesar. Scott ni cuenta se dio cuando Joshua se perdió entre la muchedumbre. Desesperado lo buscaron, pero el chiquillo había desaparecido. Poco después lo vió. Un grupo de policías lo sacaron del hospital esposado y lo subieron a una patrulla. Su delito... intentó pasar con un vaso de agua a la habitación de Terry.
Joshua fue obligado a redactar una carta de disculpa y a cumplir con 25 horas de servicio a la comunidad. En cuanto a Terry, después de casi dos semanas sin agua, ni alimentos, expiró.
Al parecer el único motivo que llevó a su marido a solicitar que fuera privada de la alimentación, fue que si se divorciaba de ella, perdía la mitad de los bienes, mientras que si Terry moría él se quedaba con todo

EL NIÑO Y EL CHIMPANCÉ

El año de 1931, el psicólogo norteamericano Winthrop Niles Kellog, tuvo, según él, una brillante idea. Adoptó un chimpancé de siete meses al que llamó Gua, y lo integró a su familia como un miembro más. Esto quiere decir que sus intenciones no eran que Gua fuera una mascota, sino un auténtico hijo. La idea de Winthrop era comprobar científicamente la evolución paralela de dos criaturas en su propia casa: su pequeño hijo Donald, de tan solo diez meses y el chimpancé de siete.
De esta forma, el niño y el simio fueron criados como si fueran hermanos, sin diferencia: se les trataba igual, con idéntico afecto, usaban la misma ropa, cucharas, platos, juguetes y todo lo que es propio de un niño.
El chimpancé tardo menos que el niño en aprender a comer con cuchara y a no mojar los pañales. Al final el niño comenzó a imitar a Gua y a los 14 meses emitía una especie de ladrido para indicar que tenía hambre. Lamía los restos de comida del suelo y al año y medio comenzó a mordisquearse los zapatos.
A los 19 meses, edad en que los niños saben decir medio centenar de palabras, Donald solo pronunciaba seis. Pero las complementaba con una serie de gruñidos, gritos y ladridos que había aprendido del chimpancé..
Al darse cuenta el psicólogo que en muchos aspectos el chimpancé superaba al niño, y que este tenía un nivel muy inferior en desarrollo respecto a los demás niños de su edad, decidió terminar con el experimento y echó el chimpancé fuera de casa.
Afortunadamente el experimento no trastornó el desarrollo del niño: décadas más tarde Donald se licenció en Medicina por la Universidad de Harvard con buenas calificaciones.

DONANDO EL CABELLO AL DIOS VISHNU

Al sur de la India, en la ciudad de Tirupati, hay un templo dedicado al dios Vishnu. Cada día recibe la visita de, aproximadamente, 50,000 peregrinos, número que se incrementa al doble en las fiestas especiales, lo que ha convertido a este templo en un centro de peregrinación religiosa tan importante como La Meca, Jerusalén o el Vaticano.
Los fieles acuden masivamente al templo con la intención de agradecer o solicitar favores a la venerada imagen de Lord Shri Venkates-wara, una de las reencarnaciones de Vishnu, que junto con Brahama y Shiva conforma la trinidad suprema de la religión Hindú.
Cuenta la leyenda que cuando Venkates-wara organizó sus bodas con la diosa Padma-vathi, quedó tan endeudado, que Kubera, tesorero de los dioses, le estableció que el monto del préstamo, más los intereses, deberían ser pagados durante cientos de generaciones por los siglos venideros.
Por ese motivo, llegan los peregrinos con su donativo de dinero en efectivo, joyas o flores, como parte fundamental de su vista al templo. Ya que con ello ayudan a su dios a cubrir la deuda, y además logran obtener sus favores.
Pero hay que recordar que en La India, existen alrededor de 400 millones de personas que viven en la absoluta pobreza, por ello dan como donativo su pelo. Sí, así como lo escuchó, el que no tiene nada va con los peluqueros del templo a que lo rapen, para ofrendar su pelo a su dios endeudado.
El templo cuenta con 600 peluqueros que trabajan en 18 habitaciones destinadas para este fin, y trasquilan diariamente a un promedio de 25,000 fieles, en turnos ininterrumpidos de 24 horas.
El libro Guinness de los records, atestigua una marca máxima registrada en este lugar, de 72,000 personas rapadas en 24 horas. Y se recolecta cada mes hasta 18,000 kilos de pelo humano.
¡Y que hacen con todo el cabello recolectado?. Hay empresas que entran a la subasta pujando por los lotes disponibles. Gracias a la venta de pelo, el templo recibe anualmente como 7 millones de dólares, una cantidad realmente raquítica si se toma en cuenta que recibe por concepto de ofrendas y donaciones cerca de los 100 millones de dólares anuales. Siendo el santuario más rico del mundo.
Este dinero, además utilizarse para atender las necesidades elementales de los peregrinos, sostiene cinco hospitales, doce colegios, una leprosería e instituciones de caridad.
El cabello indio es vendido a industrias de China y Europa, para elaborar pelucas y todo tipo de aplicaciones, mismas que luego son adquiridas por el público en general en salones de belleza y establecimientos de Estados Unidos y Europa.

SARAH WALKER, MILLONARIA HIJA DE ESCLAVOS

Sarah tenía siete años de edad cuando quedó huérfana. Sus padres fueron esclavos, y una vez que obtuvieron la libertad, su vida no cambió demasiado, porque siguieron trabajando y viviendo en la miseria como antes. A la muerte de sus padres, la niña se fue a vivir a casa de su hermana, intentando escapar de la fiebre amarilla, causante de la muerte de sus progenitores. Se consiguió un trabajo como sirvienta, pero su cuñado era un tipo nefasto que la maltrataba y abusó de ella, por ello, a los 14 años se casó con el primero que le cerró el ojo. Con este hombre tuvo una hija que nació el 6 de junio de 1885. Su marido no fue nada extraordinario, pero al menos le dio una vida aceptable; por desgracia murió a los dos años de haberse efectuado el matrimonio. Y al aparecer por su casa nuevamente los problemas y la miseria, decidió irse con todo y su criatura a St. Luís donde sus cuatro hermanos trabajaban como peluqueros. Se instaló en casa de uno de ellos y trabajaba lavando ropa, o como sirvienta, ganando muy poco al día, pero ahorró todo cuanto pudo para darle educación a su hija.
Unas mujeres la invitaron a pertenecer a una asociación religiosa, y ella aceptó, sin imaginar siquiera que ahí cambiarían su forma de ver el mundo. Sarah se comportaba como hija de esclavos: siempre sumisa, callada e intentando pasar inadvertida. Pero esas mujeres le enseñaron a vivir con libertad, y a ella le gustó esa forma de pensamiento.
En 1890, Sarah comenzó a padecer una enfermedad del cuero cabelludo que le hizo perder la mayoría del pelo. Comenzó a experimentar cuantas lociones capilares, remedios caseros y medicinas encontró en su camino. Se volvió toda una experta, y fue entonces cuando se convirtió en agente de ventas de remedios y cosméticos. Pero esto no fue por mucho tiempo, porque se dio cuenta que quien se llevaba las ganancias era el patrón, así que decidió fundar su propia empresa. Y como por esos años volvió a contraer matrimonio, su primer producto salió con el nombre de Hair Grower de la Señora Walker. Realizado con una fórmula que, según decía, le había sido revelada en un sueño.
No tenía agentes de ventas, así que ella hacía el producto y luego iba de puerta en puerta ofreciéndolo a las amas de casa. El cosmético fue toda una sensación entre las mujeres de raza negra, porque en ese tiempo no había productos de belleza para las mujeres negras.
Poco tiempo después ya tenía todo un equipo de producción y ventas. Más de 1000 mujeres trabajaban de casa en casa como sus representantes, siendo la primera en tener una compañía de este tipo.
Dedicaba gran parte de su tiempo a idear estrategias de ventas y comercialización. Colocó anuncios en publicaciones dirigidas a la gente de color, realizaba reuniones de demostración de producto, otorgaba incentivos por ventas y un sin fin de cosas más. En 1908 construyó su planta de producción en Pittsburgh, además abrió una escuela para instruir a sus representantes sobre el tratamiento del cabello. Dos años después construyó otra nueva planta en la Indianápolis, junto con otra escuela de entrenamiento. Para ese entonces su equipo de ventas trabajaba en una tercera parte del territorio norteamericano. Y le iba tan bien, que se mostraba muy generosa realizando donativos a instituciones de beneficencia.
En 1916 instaló sus oficinas generales en la ciudad de Nueva York, dejando a cargo de su hija y un antiguo maestro de escuela, el manejo de otros sectores del negocio. Todo iba viento en popa. El negocio prosperaba como nunca. Pero algo comenzó a inquietar su corazón: eran tantos los ultrajes que recibían los negros, que se involucró en la lucha social. Apoyó en todos los sentidos a una asociación que luchaba por la igualdad de razas. En julio de 1917, cuando una multitud blanca asesinó a más de tres docenas de negros en St. Louis, Sarah Walker organizó un grupo de protesta que se presentó en la Casa Blanca exigiendo justicia e igualdad.
Sus negocios continuaban con un crecimiento insólito, y ella organizó a sus agentes en clubs que trabajaban tanto a favor de la empresa como de la actividad social. Fue la primera en realizar una enorme convención nacional de mujeres en Los Estados Unidos. Ahí recompensó el esfuerzo de sus vendedoras y animó el activismo social. Aún se recuerda su frase “éste es el país más grande bajo el sol. No debemos jamás abandonar nuestro amor a esta tierra, nuestra lealtad a la Patria y nuestra protesta contra el mal y la injusticia”.
Alguna vez le preguntaron cuál era el secreto para hacer una empresa de tan enorme magnitud. Ella contestó con toda franqueza que todo era cuestión de tenacidad y perseverancia, fe en Dios, hacer productos de calidad y repartir honestamente entre todos los trabajadores las ganancias del negocio. Creía firmemente que quien no reparte lo ganado entre sus colaboradores, jamás logrará un éxito completo. Además agregaba que hay que estar siempre dispuesto a enfrentar hasta lo que parece imposible.
Sarah Walker murió a la edad de 51 años el año de 1919. Para ese momento ya era considerada la mujer de color más rica de la Unión Americana, su negocio estaba valuado en varios millones de dólares. Y su hija heredó la fortuna y el talento para manejar los negocios, dando continuidad a la gran obra iniciada por Sarah.
En 1998 el servicio postal norteamericano editó un timbre en su honor, y hasta existe un teatro, realizado con donativos de su fundación, para el fomento de las artes afro-americanas.

GEORGE BRUMMEL, EL REY DE LA ELEGANCIA

El padre de George Brummel acumuló una pequeña fortuna como secretario de un aristócrata. Cuando murió su progenitor, el joven George comenzó a dilapidar la herencia comprando finas vestimentas: camisas, corbatas, sombreros, guantes y bastones.

Un día, en un negocio de moda, en el Green Park de Londres, George Brummel se encontraba hablando con la propietaria cuando llegó el príncipe de Gales acompañado de la marquesa de Salisbury. El príncipe, que siempre había querido ser conocido como el primer caballero de Europa, miró con admiración y envidia e Brummel, deslumbrado por su elegancia; con una impecable corbata, elegante casaca, chaleco y pantalón perfectamente cortados y unos brillantes zapatos de punta afilada, en estricto apego a la elegante moda europea.

El pobre príncipe de Gales era gordo, y gastaba miles de libras en su vestimenta y los accesorios correspondientes; incluso se dice que poseía, entre otras cosas, quinientos portamonedas.

En cambio George Brummel era alto y bien plantado, con un a apariencia tan refinada y elegante, que el príncipe de Gales quiso tenerlo como amigo, seguramente para ver que le aprendía, aunque esto provocó el estupor de la aristocracia londinense, quienes pronto lo vieron como invitado a las más exclusivas reuniones de la realeza.

Por supuesto que su elegancia llamó la atención de los caballeros aristócratas y enseguida fue copiada.

George Brummel pronto fue llamado “El rey de la elegancia”. Cuidaba hasta el más mínimo detalle de su apariencia. Tardaba más de dos horas en vestirse, y era, según dicen, todo un espectáculo ver como se arreglaba. Se probaba una camisa, luego otra y otra más, hasta que daba con el tono exacto que combinara a la perfección con el resto de su indumentaria.

Ponerse la corbata era el punto culminante de su maniática obsesión por lo perfecto. Las corbatas de entonces consistían en unas largas tiras de tela que daban varias vueltas alrededor del cuello y se dejaban caer sobre el pecho en forma negligente. Para Brummel no era cosa sencilla. Intentaba colocarse el accesorio entre quince y veinte veces. Cada vez que la operación no resultaba de su agrado, arrojaba con enfado la corbata al suelo y se procuraba otra. Cuando por fin quedaba complacido, miraba con desprecio la gran cantidad de corbatas esparcidas por el suelo y decía:

- ¡Hay que ver cuántos errores se cometen!- refiriéndose a otros que se ponen lo primero que tienen a la mano.

Si bien Brummel era grande en su elegancia, su vanidad le hacía rallar en la impertinencia. Y su falta de tacto le llevó a la perdición.

Un día que estaba en compañía del príncipe de Gales y unos amigos tomando café, después de una suculenta cena, Brummel le dijo al príncipe como si fuera una orden y sin el más mínimo respeto: “Gales, llama a uno de los criados”.

Aquél día seguramente el príncipe no estaba muy de buenas, o ya estaba cansado de sus impertinencias, así que llamó a un criado y cuando lo tuvo delante le dijo:

- Acompañe al señor Brummel a la puerta, en este momento se retira”.

Ese fue el principio del fin. Desprovisto del favor del príncipe, Brummel tuvo que afrontar a sus acreedores, que se lanzaron como fieras sobre él. Se dice que en diez años había gastado más de un millón de libras (de aquella época), en corbatas, pantalones y casacas. Sus muebles fueron subastados y tuvo que huir de Inglaterra dirigiéndose a Caíais, en Francia.

Allí vivió un tiempo gracias a préstamos que sonsacaba de algunos ingleses que visitaban Francia. Se levantaba a las nueve y, según su costumbre, tardaba dos horas en vestirse. Salía a pasear como si estuviese en Londres y, acostumbrado a la buena comida, se hacía servir una opípara cena. Pero la cosa no duró. Cada vez se iba hundiendo más en un océano de deudas. Uno de sus antiguos amigos consiguió que se lo nombrase cónsul de Inglaterra en Caen.

Aunque sus ingresos eran modestos, continuó haciendo su vida de antes. Los acreedores volvieron a surgir y se lanzaron sobre él cuando fue destituido de su cargo. No pudo comprarse más ropa. Un sastre, movido de compasión y respeto por quien había sido el rey de la elegancia, le arreglaba bien que mal y gratuitamente los vestidos que le quedaban.

Parecía que no podía caer más bajo, pero en mayo de 1835 fue detenido por deudas y conducido a la cárcel. El duque de Beaufort y lord Alvanley se enteraron en Londres del suceso e inmediatamente le ayudaron a recobrar la libertad.

Cuando salió de la cárcel, Brummel ya no era ni una sombra de lo que había sido. Perdía constantemente la memoria y se alojó en una pequeña habitación de hotel de tercera o cuarta clase. Allí pasaba horas enteras sin moverse de su habitación. Un día una inglesa de la que no se conoce el nombre se presentó en el hotel preguntando por Brummel y alquiló una habitación que daba a la escalera para verlo pasar. Lo que vio fue un hombre de cara idiotizada, hablando consigo mismo y vestido pobremente. Cuando el dueño del hotel subió a ver qué quería la señora en cuestión, la encontró llorando sentada en un sillón. Probablemente era una de tantas admiradoras que Brummel había tenido en Londres.

Su razón fue declinando. Varias veces los ocupantes del hotel lo vieron tomar sillas de los corredores que trasladaba a su cuarto. Las ponía arrimadas a la pared, encendía unas velas y solemnemente abría la puerta de su habitación dando paso a personajes de la realeza que supuestamente venían a visitarlo. Más al rato despertaba de su delirio y mirando las sillas vacías se derrumbaba en el suelo sollozando.

Al final terminó sus días en un manicomio, donde falleció el 24 de marzo de 1840.