viernes, 26 de noviembre de 2010

LAS CANICAS

Cuando era pequeño como regalo de navidad solo recibía una bolsita llena de canicas, acompañada de unos dulces y en otras ocasiones un pequeño camioncito de hoja de lata. Sin duda que los niños de ahora chillarían furibundos si Santa Claus les hiciera semejante jugada, porque ahora todos esperan los carísimos juegos electrónicos y muñecos robotizados que se anuncian en la tele.

Pero yo no tuve semejante problema. Me encantaba recibir aquél puñado de canicas de barro, y, si me había portado bien, quizás hasta fueran de vidrio de hermosos colores. Algunas con hermosos diseños de gajitos que eran todo un lujo para los chiquillos de la época.


Con aquél valioso tesoro, pasábamos horas y horas de grandiosa diversión a la salida de la escuela. Después pasaba la temporada y las canicas las guardábamos en botellas vacías de refresco y las enterrábamos para resguardarlas, en un lugar escondido donde nadie pudiera encontrarlas. De esta forma era como todos los niños teníamos un tesoro escondido para sacarlo cuando volviera a ser temporada de jugar con ellas.


Para muchos este parece ser un juego propio de los tiempos medievales, y seguramente piensan que ya no hay niños que se diviertan con ellas. Yo también lo creía; hasta hace poco que con gran sorpresa me enteré que las canicas aún no han podido ser desplazadas por los sofisticados y caros juegos electrónicos.


Mientras que en Estados Unidos son censuradas por considerarse un peligro latente para los niños, y Latinoamérica han venido cayendo en desuso, los europeos continúan enseñando a sus niños a jugar canicas, siendo una tradición muy arraigada. Porque el juego de canicas tiene muchas cualidades pedagógicas: enseñan al niño a jugar en grupo, a someterse a reglas de juego, a realizar truques con sus compañeros y a coordinar diversos movimientos del cuerpo. Si nuestros niños ya no juegan canicas es porque nosotros, en nuestra pretensión de “darles lo mejor”, los hemos venido llenando de juguetes sofisticados que deterioran las capacidades de imaginación y creatividad de los pequeños, además de nuestros bolsillos.


Los arqueólogos han descubierto en sus excavaciones, guijarros, pequeñas conchas redondas, huesos de frutas y semillas que parecen ser los antecedentes de las canicas. Se dice que los niños romanos las jugaban con nueces y los judíos con avellanas. En Latinoamérica se han descubierto montoncitos de canicas como ofrendas mortuorias.


Es a partir del siglo XVIII, cuando el viejo entretenimiento de rodar canicas, impactando unas contra otras e introducirlas a un hoyo tomó forma. Primero fueron de barro crudo y después cocido, para luego evolucionar a las de piedra y posteriormente de vidrio.


Durante mucho tiempo fueron un trabajo artesanal, más ahora las cosas han cambiado drásticamente.


En 1930 nació en la Ciudad de México la empresa que hoy en día es la fábrica de canicas más importante del mundo. En sus inicios, producía 35 000 canicas de barro al día, más en vista de la demanda diez años después producía 80 000 piezas diarias. O sea que la producción se ha acrecentado en estos últimos años.


Vacor de México, la empresa a que hago referencia, dio un gran paso en el mercado internacional, gracias a la calidad e innovación de sus canicas, logrando competir e incluso desplazar a los fabricantes europeos. Hoy en día exporta el 80% de su producción a más de 42 países y fabrica la increíble cantidad de 20 millones de canicas diariamente.


La fábrica que se encuentra establecida aquí en Guadalajara, además de canicas de juguete, fabrica canicas para uso industrial, como las que se ponen dentro de los aerosoles, además de muchos otros usos un tanto insólitos. Actualmente produce esta planta 60 tipos de canicas en 13 medidas diferentes que van desde los 12 a los 55 mm. Así que aunque usted no lo crea, las canicas siguen y seguirán rodando por mucho, mucho tiempo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

ALBERTO SANTOS

A mediados del siglo XIX, Francois Dumont, un reconocido joyero, decidió dejar Francia, para trasladarse al nuevo mundo. Se decidió por Brasil, donde llegó a convertirse en el más grande hombre de negocios cafetaleros. Ahí nació su hijo Alberto Santos, quien desde los 17 años mostró gran inclinación por la ciencia y la tecnología.

Siendo Alberto hijo de un hombre millonario, se le permitió gastar cuanto fuese necesario en el diseño y construcción de cuanta máquina le venía a la imaginación. Pero Brasil era un lugar muy estrecho para sus ambiciones, así que, a la inversa que su padre, Alberto Santos decidió irse a Francia, donde sabía que encontraría una forma más adecuada de realizar sus sueños.

De entre tantas cosas que descubrió en Francia, Alberto Santos se apasionó con los globos aerostáticos. Como era un joven inventor, de inmediato se dio a la tarea de construirlos y volarlos, ganando diversos premios y estableciendo récords de todo tipo.

Pero los diseños que había hasta entonces no cubrían con todas sus expectativas. Se dio cuenta que el principal problema de los globos era la dificultad que representaba el manejarlos, ya que con gran facilidad eran juguetes manejados a capricho por el viento. Alberto Santos Dumont dedicó bastante tiempo a meditar sobre el problema, hasta que en 1901, aplicó en ellos la tecnología de los recién inventados motores de combustión interna, adaptando uno de ellos a un globo y dotándolo de timones y una hélice.

Todos pensaron que estaba loco: en aquella época, los globos eran de hidrógeno, altamente explosivo, y colocar un motor de explosión interna tan cerca de los miles de metros cúbicos de gas, a todos pareció como ir derecho al suicidio. Sin embargo, Santos Dumont aisló perfectamente el motor del resto del aparato, y nada sucedió.

Los parisinos se acostumbraron a verlo cruzar diariamente los cielos en globo o dirigible, sonriendo, quizás, irónicamente de todos los que lo tildaron de loco.

Ganó, entre muchos otros reconocimientos, la distinción de ser el primero en darle la vuelta a Paría en menos de media hora, y cuando se enteró que el Aeroclub francés otorgaba un premio de 1.500 francos al primer aparato más pesado que el aire que fuese capaz de recorrer el espacio de cien metros por sus propios medios, de inmediato puso manos a la obra, la cual presentó varios meses después; un prototipo llamado 14bis, mismo que levantó el vuelo en el Parque La Bagatelle, el 23 de octubre de 1906.

El 14bis era un verdadero avión, con estructura de bambú y aluminio y cobertura de lona y finísima seda japonesa. Dicen los testigos que se levantó con un ruido espantoso, despegó sin ayuda y, a unos dos metros de altitud, recorrió 60 metros en línea recta, lo cual no fue suficiente para ganar el premio, pero obtuvo una copa que se otorgaba por cubrir 25 metros.

De esta manera, Alberto Santos Dumont se convirtió en el primer piloto de avión verdadero, así como en el primer diseñador de aviones, y el 14bis en el primer avión verdadero en despegar, volar y aterrizar por sí mismo.


Pero quizás usted se esté preguntando qué pasa con los hermanos Wright, quienes realizaron un vuelo en 1903, es decir, tres años antes que Santos Dumont?


Lo que sucede es que el artefacto de los hermanos Wright no era un verdadero avión, sino un planeador a motor. La diferencia estriba en que los aviones despegan por sus propios medios, y los planeadores requieren de una fuerza externa., ya bien sea viento de proa o remolque. En realidad, el prototipo norteamericano requirió de ambas. Y además la hazaña de los Wright se produjo sólo ante algunos amigos y familiares, sin la presencia de la prensa y sin el aval de ninguna entidad aeronáutica. Aunque el artefacto de los estadounidenses hubiese sido un avión verdadero, Santos Dumont sigue siendo el primer ser humano en despegar y volar un avión en un evento certificado y homologado por una Asociación Aeronáutica oficial (el Aeroclub de France), cubierto por la prensa de todo el mundo y con la entera población de una ciudad como testigo.


Santos Dumont continuó perfeccionando su invento hasta que, en 1909, decidió regresar a Brasil. Siempre pensó en que sus aviones servirían para impulsar un mundo de paz y progreso, pero fue un gran golpe para él, ver como fueron utilizados como bombarderos en la Primera Guerra Mundial. No para que trasportar carga, pasajeros o correo. Dumont soñaba con que servirían sus aviones para rescates, traslado de enfermos y heridos, viajes turísticos, en fin... pero la realidad le llenó de dolor y aflicción. Jamás previó que contribuiría a la realización de un arma de destrucción y crimen. Todo ello le provocó una enorme crisis emocional, que aunada a sus enfermedades, le llevaron a suicidarse ahorcándose con su propia corbata el 23 de julio de 1932.

LIBROS DE LA ANTIGUEDAD

En la antigüedad, cuando aún no había imprentas, los libros se hacían a mano. Era un sistema complejo y delicado, que requería de enorme pericia y grandes cualidades artísticas, ya que cada libro que se realizaba era una auténtica obra de arte.

Hasta el año 1200 en Europa se hacían casi exclusivamente libros religiosos, Biblias o salterios (libros de salmos), y estos eran realizados por monjes, encargados de preservar y transmitir los textos sagrados, de ahí que su trabajo debiese alcanzar la mayor perfección posible.


Los monasterios albergaban una biblioteca que contenía cientos de libros realizados a mano, en su mayoría copias transcritas línea a línea a partir de un original prestado por otro monasterio.


Un amanuense, o realizador de libros, pasaba por un largo proceso de formación, antes de recibir cualquier tipo de encomienda. Debía aprender a escribir con el estilo elegante requerido y ser un experto dibujante, para cumplir satisfactoriamente con su cometido.


Cada trabajo era una gran hazaña. Pasaban horas y horas del día y de la noche, encorvados en las mesas de trabajo, gastando la vista e ignorando el dolor de espalda y el cansancio que se presentaba en su vientre, su pecho y sus brazos, para hacer algo que fuera realmente digno. Los amanuenses terminaban por convertirse en gente jorobada y de vista desgastada.


Si usted ha visto uno de estos libros, aunque sea en foto, sabrá que eran libros muy caros. Las hojas eran de fino pergamino, elaboradas con pieles de oveja o de cabra, aunque también se utilizaba la piel de ternera, mismas que requerían de una compleja y esmerada preparación. En primer lugar se lavaban las pieles con agua fría y se dejaban en remojo durante diez días en cubas de madera o de piedra que contenían una solución de cal. Antes de lavar nuevamente la piel se raspaba ésta a conciencia para eliminar cualquier rastro de pelo y, una vez seca, se frotaba con yeso y piedra pómez hasta obtener una superficie perfectamente lisa y uniforme. Para producir un libro de 340 páginas, eran necesarias unas 200 pieles de ternera.


La realización de un libro nunca corría a cargo de una sola persona, siempre intervenían en su elaboración un equipo, generalmente de monjes. Los amanuenses más experimentados eran capaces de transcribir hasta cuatro caras de texto en un día. Siempre escritas en letra gótica. Después las hojas pasaban a manos del ilustrador, quien llenaba los espacios que le habían dejado, para poner esos hermosos dibujos y letras garigoliadas que tanto realce le dan a estas obras. Por ello cada tomo le llevaba meses de trabajo a un equipo.


No todos los libros que se hacían eran en exclusiva para las bibliotecas de los monasterios. Durante la Edad Media, fue común que los ricos mandaran hacer sus libros. Por lo general eran Vidas de Santos, devocionarios e incluso bestiarios, que son los libros de animales fantásticos.


Los textos eran ricamente ilustrados, dependiendo del tema, con santos en sus tronos, iluminados con bermellón, pan de oro y azur; caballeros con armaduras persiguiendo a dragones y serpientes, rosas, guirnaldas y florecillas silvestres. Todo ello con una asombrosa combinación de colores y gran delicadeza.


Hoy estos libros son valiosas joyas que aún pueden contemplarse en algunos museos de Europa. E incluso es posible conseguir copias, aunque hechas con fotografías e impresas en papel fino, y aún así, resultan extremadamente bellas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

GANDHI, DOS PEQUEÑAS GRANDES HISTORIAS

1. Cuentan que en cierta ocasión, cuando Mahatma Gandhi estaba subiendo a un tren, una de sus sandalias cayó a la vía, y aunque no faltó quien hiciera el intento por recuperarla, la labor fue inútil, ya que el tren se había puesto en marcha. En ese momento Gandhi se apresuró a quitarse la otra sandalía y la arrojó con fuerza igualmente a la vía. Quienes le acompañaban le miraron con gran extrañeza, y una vez pasada la sopresa, alguien de los presentes se atrevió a preguntarle: ¿Porqué has hecho esto?, a lo cual el contestó con la mas grande naturalidad: Seguramente algun pobre hombre encontrará la primera sandalia, así que arrojé la otra para que las pueda usar.

La grandeza de los hombres se presenta hasta en los más mínimos detalles.

2. En otra ocasion una madre llevó a su hijo ante Mahatma Gandhi solicitándole que lo reprendiera por comer azúcar. Gandhi cayó unos momentos. Después, moviendo asintiendo con suavidad con un movimiento de cabeza, le dijo a la madre: Tráigame a su hijo dentro de dos semanas.

Aquella mujer no entendió el porqué de la petición, más sabiendo que venía de un hombre sabio, acató la dispposición y se marcho a casa. Dos semanas después volvió ante Ghandi llevando a su hijo. el gran Mahatma miro con benevolencia, pero con la autoridad que le confería su edad, y le dijo: "Hijo, ya no comas tanta azúcar". El muchacho aceptó la indicación y su madre, perpleja, pero agradecida le pregunto a Ghandi: ¿Porqué debió de haber esperado dos semanas, si eso pudo habérselo dicho desde el momento en que lo traje por vez primera?. A lo cual Gandhi respondió: Es que dos semanas atrás, yo estaba comiendo azúcar.
El buen juez, por su casa empieza!

miércoles, 22 de septiembre de 2010

VARLAM SHALAMOV Y EL INFIERNO CONGELADO

A la caída de los zares, el pueblo Ruso esperaba que con la llegada del comunismo se terminara la opresión que había venido padeciendo. Más las cosas no fueron del todo favorables, especialmente para quienes se atrevieron a pensar diferente.
Varlam Shalámov, un poeta, novelista ruso y periodista fue víctima del proceso de purga para eliminar a los disidentes. Cualquier motivo era válido para condenar a los transgresores: un mal chiste, una opinión no muy clara, un comentario inapropiado… todo ello podía conducir al peor de los infiernos, donde los prisioneros no moraban entre las llamas, sino dentro de un ambiente de heladas temperaturas que les arrebataba toda dignidad y resistencia, enflaqueciendo su espíritu de tal manera que la única llama que quedaba en su interior era su anhelo por la muerte.
El año de 1926 Varlam Shalámov fue aceptado como estudiante en el Departamento de Derecho Soviético de la Universidad estatal de Moscú, donde se vinculo a un grupo trots-kista. En 1929 fue arrestado y sentenciado a tres años de cárcel, por distribuir la Carta al Congreso del Partido, que se conocía como el Testamento de Lenin. En ese documento, el dirigente soviético expresaba sus reticencias respecto a la elección de Stalin como su sucesor como Secretario general del partido.
Varlam Shalamov cumplió la condena, mas el duro castigo, en lugar de alinearle el pensamiento, le volvió un contrarrevolucionario. Grave pecado que incrementó su condena a más de 15 años de trabajos forzados en Kolymá, una de las regiones más heladas de Siberia. Consiguiendo la libertad hasta el año de 1953, tras el fallecimiento de Stalin.
Un año después, en 1954 Varlam Shalámov comenzó a escribir la gran obra de su vida: Relatos de Kolymá, misma que se publicaría en Londres en 1978 y donde se describe la vergonzosa historia de esclavitud y sufrimiento que le tocó vivir en su condena.
Shalamov escribió: ¿Cómo contar lo que no puede ser contado? Es imposible encontrar palabras. Morir tal vez habría sido lo mas sencillo”. Pero Shalamov decidió vivir, pues comprendió que la memoria es una forma de justicia, un modo de oponernos a la barbarie.
Kolymá se encuentra en el noreste de Siberia. Su nombre lo debe a un rio de 2.129 km de longitud, congelado hasta varios metros de profundidad la mayor parte del año, se deshiela a principios de junio, volviéndose a congelar en octubre. Este río es el hábitat del lucio, la parca, el salmón y el tímalo. En tierra habitan alces, osos, borregos cimarrones, renos salvajes, grullas blancas y grises y otras muchas clases de pájaros poco comunes. Desgraciadamente la cuenca del Kolymá es mas conocida por los campos de trabajo para esclavos (el GULAG) que estuvieron activos hasta 1956 y las minas de oro, sitio de tortura permanente para los prisioneros.
El GULAG estaba integrado por unos 120 campos, de los cuales 80 estaban dedicados a las labores en las minas. Era una región que en invierno llegaba a los -60º C, y un escupitajo se congelaba antes de llegar al suelo. Una canción popular de la época decía: “Kolyma, Kolyma, planeta encantado. El invierno dura doce meses, el resto es verano”. Por este clima tan riguroso a Kolyma se le conocía como “el crematorio blanco”.
El crudo invierno es una referencia permanente en todos los escritos de Varlam Shalamov. Apunta que el sueño de todo recluso era calentarse, librarse de aquel frio helador que penetraba todo el cuerpo y detenía la actividad del cerebro. Los dedos de las manos y de los pies zumbaban de dolor. La piel de los dedos, de un rosado encendido, así se quedaba, rosada y quebradiza ante cualquier rasguño. Se protegían los dedos manteniéndolos envueltos en cualquier trapo sucio que evitaba las heridas, pero no les evitaba las infecciones. De los dedos gordos de ambos pies fluía pus, un pus que no tenia fin.
A las inclemencias del clima se sumaban las durísimas condiciones del trabajo. Los reclusos estaban obligados a laborar de 13 a 16 horas al día, eso sin contar las horas extras que seguido les ordenaban. El plan de extracción de oro se realizaba no importaba a qué precio. Los planes se mantenían a costa de la salud y la vida de los detenidos. Además de trabajar en las minas y los bosques, construían sus barracas, así como caminos y pueblos para el personal que los custodiaba.
A eso se sumaba la mala alimentación. Cada preso recibía diariamente entre 300 y 400 gramos de pan, un plato de sopa (muy aguado), un jarro de agua caliente, al que llamaban té y, en algunas ocasiones, medio arenque salado. Por esa razón, tenían siempre un hambre devoradora, persistente, que nada podía saciar.
Shalamov soñaba con frecuencia que en el aire flotaban barras de pan que llenaban las casas, las calles, la tierra toda. Porque su vida, como la de todos los prisioneros se resumía, en hambre, cansancio extremo y mucho frio. Demasiado frio.
Aunque tenían un hambre insaciable, todos estaban asqueados de la comida que se les daba. Cada día era el mismo espectáculo de los peroles de cinc con la sopa que traían al barracón colgando de unas varas. Deseaban que la sopa fuera espesa, algo que les llenara, pero casi siempre era un caldo caliente que en nada les alimentaba; y aunque llenaran sus estómagos con aquella sopa tan aguada, no se apagaba el zumbido del dolor el en estomago; por llevar tanto tiempo el hambre atrasada. Y aunque todos parecían cadáveres vivientes, que se arrastraban penosamente entre la nieve, los médicos, sin embargo, no podían diagnosticar desnutrición, pues en la patria del socialismo nadie moría de inanición.
Las raciones, por otro lado, dependían del rendimiento del preso, pues en la medida en que éste trabajase mejor, más útil era y por eso se le daba una ración mayor. Por el contrario, quienes no cumplían la norma o se enfermaban recibían menos comida. Sufrían además vejaciones e insultos, y existían castigos para los "remolones".
La violencia era parte integrante esencial de la vida cotidiana del GULAG. Cuando alguien llegaba al extremo de no querer ya dar un paso, dos vigilantes lo levantaban de manos y pies y tras zarandearlo lo arrojaban ladera abajo, para que el preso fuera dando tumbos unos trescientos metros, abajo lo esperaba una escolta, y si el preso no se levantaba le daban de patadas para que intentara incorporarse, y si ni aun así lo lograba, era arrastrado por los caballos hasta su lugar de trabajo. En Kolyma, al igual que en los otros campos de concentración, imperaba una arbitrariedad ilimitada y un sadismo preciso, que estaban destinados a materializar la campaña de exterminio social que con Stalin alcanzó niveles difícilmente superables.

FRANCISCO VELARDE, EL BURRO DE ORO

Francisco Velarde nació en los primeros años del siglo XIX aquí en Guadalajara. Como era hijo de gente noble y adinerada, cuando murieron sus padres le dejaron una inmensa fortuna, y aunque tenía un par de hermanas, todo quedó para él, porque ellas decidieron renunciar a su herencia a cambio de encontrar la salvación entre las paredes de un rústico convento.
Francisco, como no tenía quien le “jalara el mecate” se convirtió de la noche a la mañana en “El burro de oro”, mote que le pusieron las gentes, porque hacía derroche de ostentación, y era demasiado bruto. Con pésimo mal gusto para gastarse el dinero y cometía estupidez tras estupidez.
Le gustaba andar vestido siempre con casacas, a las cuales les colgaba hasta el molcajete, pero eso sí, de oro de 24 kilates, para impresionar a todos a su paso: botones, cadenas, medallas, escudos, estrellas y cuanta cháchara se le ocurrió que podía lucirse. Al grado que parecía uno de esos santos taquilleros a los que les cuelgan montones de milagritos.
Tenía además sus finos caballos, con buenas monturas, lujosos carruajes, magníficas residencias y fincas agrícolas, ubicadas en los Estados de Michoacán y Jalisco.
Siendo un personaje que se ufanaba de sus buenos modales y su gran refinamiento, acostumbraba enviar a sus sirvientes a Europa, para que fueran educados y se les enseñara la forma adecuada de atender debidamente a las personas de alto nivel. Así los invitados de Francisco Velarde, siempre recibían un nivel de atención a la altura de los mejores palacios europeos.
Queriendo hacer aún mayor gala de ostentación, en tiempos del Presidente Santa Anna, compró, a un alto precio, el grado de General, cosa que tan solo le sirvió para lucir vistosos uniformes, aunque no tuviera ni la más mínima noción de como se tomaba un arma.
Sus pretensiones fueron mucho más lejos aún, y por ello cuando se estableció la monarquía en México, Velarde quiso incrementar su nivel haciéndose amigo del emperador Maximiliano, por lo cual intentó granjeárselo enviándole valiosos obsequios e invitándolo a pasar algunos días de descanso en la casa que tenía en esta Perla Tapatía, y aunque al parecer jamás se le rechazaron las invitaciones, Maximiliano nunca vino a visitarlo debido a sus múltiples compromisos. Pero Francisco Velarde, creyendo que el Emperador vendría, gastó miles de pesos en preparativos. Invirtió mucho dinero para dejar en óptimas condiciones la residencia que tenía en la esquina de Hidalgo y Pino Suarez, donde hoy se encuentra el Palacio Legislativo. Importó muebles de Europa, adquirió vajillas hechas de plata con incrustaciones de oro y llenó la casa de un lujo chocante y excesivo para impresionar al dignatario.
En el colmo de su tontería, puso a trabajar dia y noche, sin descanso a un gran número de sastres y costureras, para hacer un enorme toldo, que pretendía cubriera al Emperador en su camino desde Gaudalajara a la barca, para que Maximiliano en su viaje no estuviera expuesto a los rayos del sol.
Por supuesto que todos sabían lo que estaba haciendo, y no entendían su proceder, porque nadie ignoraba que el gobierno de Maximiliano caería en cualquier momento y no era muy bueno andar tomando partido en su favor, y mucho menos llamarse su amigo. Pero era entendible que “el burro de oro” lo promulgara a los cuatro vientos. Porque todo lo que hacía se lo contaba a la gente en su afán de presunción.
El 25 de enero de 1867, cuando Maximiliano estaba sitiado en la ciudad de Querétaro, el general Don Ramón Corona, como jefe de la División de Occidente, ordenó, que se entregaran como prisioneros de guerra todos los imperialistas que radicaran en poblaciones y lugares dominados por los republicanos, y en caso de desobediencia, serían perseguidos, capturados y fusilados.
Cuando los republicanos avanzaban hacia La Barca, lugar donde se encontraba en ese momento Francisco Velarde, éste huyó hacia Zamora donde logró esconderse, hasta que fue denunciado. El burro de Oro intentó escapar. Al llegar el ejército a lugar donde se encontraba, corrió para escabullirse, pero como estaba bastante gordo, no pudo brincar una barda de un metro de altura y ahí lo atrapó Francisco Tolentino. Velarde suplicó que le perdonaran la vida, incluso le ofreció a Tolentino su peso en oro montado en su caballo, pero al general, le importaban más sus ideales que el oro, así que sacó la pistola y ahí mismo le dio muerte al afamado “Burro de Oro”.

MARK INGLIS, SIN PIERNAS, CONQUISTA EL EVEREST

A Mark Inglis siempre le agradó subir montañas. Se convirtió con el tiempo en guía y maestro de noveles alpinistas y de esta forma mantenía a su familia. Pero el año de 1982, intentando alcanzar la cima del Monte Cook, el monte más alto de Nueva Zelandia, él y su compañero fueron atrapados por una fuerte tormenta. Intentaron encontrar un refugio, pero Mark resbaló cayendo a una profunda grieta.
La drástica situación del clima hizo que todos los esfuerzos por rescatarlo en los siguientes días fueran totalmente inútiles. Llegar hasta donde Mark se encontraba implicaba demasiado riesgo. Pero la empresa parecía totalmente imposible mientras el mal tiempo continuara azotando la cumbre.

Mark totalmente malherido sabía que estaba a un paso de la muerte. Conforme fueron pasando los días, sus pies comenzaron a entumirse, y por más intentos que realizó, frotándolos frecuentemente con sus manos, éstos comenzaron a ennegrecerse, convirtiéndose en pedazos de carne congelada. Mark entendía muy bien lo que estaba pasando, pero no podía hacer absolutamente nada por remediar la situación.
Catorce días después del accidente, cuando la tempestad amainó y el clima se volvió benigno, Mark fue rescatado. Los médicos que lo examinaron en el hospital, se dieron cuenta que la situación de Mark era demasiado grave, y por ello aquél día, decidieron por unanimidad cortarle las piernas, un poco más arriba de ambas rodillas. Mark fue notificado de la decisión y la aceptó; tenía que aceptarla, no había otra salida, ya que de no hacerlo moriría a causa de la gangrena.
Definitivamente fue un golpe duro, y aquél día lloró; cosa rara en él, que siempre se había mostrado como un hombre inquebrantable. Y fue un hecho tan extraño, que después, reflexionando, no pudo recordar que hubiera llorado otra vez en su vida.
Quién se sintió quizás aún más abatida fue su esposa. Mark siempre había sido un hombre fuerte, atrevido, arriesgado e indomable. Y aquella seguridad que su esposo había mostrado siempre, le permitió escalar hasta la cumbre de muchas montañas, manifestando que no había nada que pudiera doblegarlo. Y ahora… ahí estaba tirado en una cama de hospital con las piernas amputadas.
Su vida jamás sería la misma. ¿Cómo podría un hombre como su esposo, todo un conquistador del mundo, aceptar sin derrumbarse aquél golpe bajo de la vida?
Pero a Mark ni su esposa lo conocía lo suficiente. Apenas sanaron las heridas y le pusieron sus prótesis, agarró su mochila y caminando con bastantes dificultades se fue rumbo a la montaña. Todos se dieron cuenta que a Mark le habían cortado las piernas, pero no le pudieron cercenar las alas.
Día con día, mostrando una entereza y coraje sin medida, Mark intentó subir las pendientes y los riscos, tal y como lo hacía antes del fatal accidente. Hubo necesidad de reaprender lo antes aprendido, y de dominar con aquellos pies de metal los caminos antes recorridos.
En el 2002 se sacó la espina colocando su bandera en la cumbre del Monte Cook, el mismo que diez años atrás había parecido vencerle. Y dos años después alcanzó la cumbre del Cho Oyu. Más nada de todo esto fue suficiente. El primero de abril del 2006, Mark Inglis, llegó al Tibet. Con toda la intención y el firme propósito de realizar la más grande hazaña de su vida. A nadie quería demostrarle nada. Ni pretendía anotar un record nunca antes logrado. Simplemente buscaba dar cumplimiento al más grande sueño que alimentaba su vida: “escalar el monte Everest”.
Cientos de alpinistas sin problemas físicos han fallado en el intento. Incluso muchos de ellos han muerto intentando escalar la cumbre más alta del planeta. Mark estaba totalmente conciente de todos esos riesgos; pero no había nada que pudiera detenerlo. Ni la angustia de su esposa, ni el pesimismo de ciertos amigos. Así que después de una semana de aclimatación; formando parte de un grupo de expertos alpinistas, emprendió el ascenso.
La escalada estuvo plagada de dificultades, aunque todo ello dentro de lo previsto. Mark Inglis se cansó demasiado, pero su ánimo se mantuvo siempre de pie obligándolo a seguir adelante. A los 6.400 metros de altitud se le dañó una de las prótesis diseñada en fibra de carbón. Le pidió a sus compañeros que siguieran adelante, que lo dejaran ahí a medias del camino. Para todos fue doloroso el ver que Mark quedara ahí por una falla de su prótesis, pero ellos no podían detenerse, y Mark muy bien que lo entendía, así que, después de desearle la mejor de las suertes continuaron su ascenso hacia la cumbre.
Pero Mark no pensó en ningún momento en regresar. Poco después, mientras sus compañeros descansaban en su siguiente refugio, hablando precisamente de la pena que les provocaba que Mark se hubiese quedado en el camino, de pronto lo vieron llegar arrastrándose hasta el refugio. La verdad es que jamás detuvo su camino. Se vino tras de ellos, a veces cojeando, a veces de rodillas e incluso arrastrándose, pero no hubo absolutamente nada que pudiera detenerle. Para todos aquellos alpinistas aquél momento quedaría en sus mentes como uno de los momentos memorables de sus vidas.
Para fortuna de Mark y alivio de todos, se logró solucionar temporalmente el problema de la prótesis y continuar con todos los del equipo el ascenso.
Después de 40 días de haber iniciado la peligrosa aventura, el 15 de mayo del 2006, Mark Inglis le llamó a su esposa para decirle: “Ann, estoy en la cumbre del Himalaya. Lo he logrado. Ahora iniciamos el descenso”. La recepción de la señal fue muy mala, pero su esposa entendió muy bien el mensaje.
En Nueva Zelanda la noticia fue todo un suceso. El primero que llegó a la cumbre del Monte Everest fue Edmund Hillary, también de Nueva Zelanda. Era el año de 1953. 53 años después, Mark Inglis, originario de este país, repitió la hazaña, siendo el primero en llegar a esta cumbre tan alta, teniendo amputados sus pies. Algo que no fue imposible sencillamente porque era un hombre con alas.