domingo, 10 de mayo de 2009

DIOGENES EL FILOSOFO

El filósofo Diógenes nació en la ciudad de Sínope alrededor del año 412 a. de C. Era hijo del tesorero de la ciudad quien un día fue acusado de apropiarse de fondos públicos y luego encarcelado. Diógenes fue desterrado. Antes de la salir de la ciudad Diógenes gritó a la multitud que se agrupó para verlo partir: “Ellos me condenan a irme, yo los condeno a quedarse”:
Se fue a Esparta, después marchó hacia Corinto y terminó por ir hasta Atenas donde le pareció bueno ofrecerse como discípulo del filósofo Antístenes. Este maestro enseñaba a huir de la tentación de los placeres y lo inútil de las convenciones sociales. Cuando llegó Diógenes ante Antístenes, el maestro lo miró con desprecio negándose a recibirlo. Pero Diógenes se quedó ahí, callado y en actitud humilde. Antístenes volvió hacia él, le dijo palabras duras y le ordenó que se marchase. Más Diógenes no se movió de su sitio. Antístenes cogió entonces su bastó y comenzó a golpearlo, más Diógenes, sin proferir queja alguna, ni mostrar el más mínimo desaliento, se mantuvo firme en su postura. El sabio maestro, viendo su actitud persistente, sonrió y lo admitió como discípulo.
Diógenes fue un excelente alumno, el mejor de los discípulos de Antístenes. Con él aprendió la filosofía de los Cínicos, como se hacían llamar, una palabra que ha trascendido hasta nuestros días y que enseñaba el vivir de forma semejante a la de los animales para alcanzar la autosuficiencia y con ello la felicidad.
El nombre de Cínico proviene de la palabra griega Kynós, que significa “perro”, lo cual ejemplificaba la forma de vida que deberían llegar todos los adeptos del cinismo. Diógenes no perdió tiempo para vivir de una manera austera y despreocupada de las cosas del mundo. Se vestía con telas toscas, dormía en los pórticos de los templos y se comportaba como un auténtico desquiciado. Para protegerse de la lluvia, el frío y las inclemencias del tiempo, adoptó como vivienda un viejo barril abandonado. Comiendo siempre de lo que le daban algunas manos caritativas.
No tenía nada, porque nada necesitaba, incluso desechó un día el tasón que llevaba consigo, cuando vio a un jovenzuelo que tomaba el agua de una fuente con el cuenco de sus manos.
Diógenes era un tipo tan especial, que hacía sus necesidades fisiológicas en cualquier parte sin recato alguno, y para el escándalo de todo mundo hasta se masturbaba delante de la gente. Cuando se lo recriminaban argumentaba que si comer no es absurdo, tampoco era absurdo hacer ese tipo de cosas en una plaza pública.
Pronto se volvió sumamente popular. Sus discursos eran breves, pero sus palabras hirientes y mordaces. Se volvió acérrimo crítico de los letrados de la época quienes se sabían de memoria los sufrimientos de Odiseo, tal y como fueron relatados por Homero, pero ignoraban y despreciaban los sufrimientos de sus propios conciudadanos. Criticaba igualmente a los oradores que predicaban la verdad, pero no la practicaban.
Hay buena cantidad de anécdotas que le han hicieron famoso:
Aristipo un filósofo que vivía con comodidades a expensas de la corte ateniense, vio a Diógenes comiendo en la calle un plato de lentejas, y con aires de superioridad le dijo: “Si aprendieras a adular al rey, no tendrías que comer lentejas”. Diógenes replicó: “Si aprendieras a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.
Célebre es la historia de la ocasión que le vieron salir a la calle con una lámpara encendida a pleno día. Al preguntarle la razón de este acto, contestaba: “Busco un hombre honesto”. –La ciudad está llena de hombres- le dijeron. A lo que él respondió: “Busco a un hombre de verdad, uno que viva por si mismo”.
Cuando vió cierto día que unos sacerdotes llevaban detenido a un sacristán que había robado un copón, exclamó: “Los grandes ladrones han apresado al pequeño”.
En otra ocasión le pidió limosna a un individuo de mal carácter. Éste le dijo: “Te daré una moneda, si logras convencerme de que lo haga”. Y Diógenes le dijo: “Si yo fuera capaz de persuadirte, te persuadiría para que te ahorcaras”
Cierto personaje lo invitó a su mansión, advirtiéndole que no fuera a escupir en cualquier parte. No bien se lo acababan de advertir, cuando Diógenes le lanzó un gran escupitajo e la cara del anfitrión, diciéndole enseguida que no había encontrado lugar más inmundo para arrojar su flema en toda la casa.
Un día Alejandro Magno se encontraba en Corintio recibiendo honores por haber conseguido el liderazgo de las fuerzas griegas para enfrentarse a los persas. En la reunión se encontraban grandes personalidades de Grecia y se asombró al no encontrar entre ellos a Diógenes, cuya fama había llegado hasta sus oídos, así que deseoso de conocerlo fue luego en su búsqueda, y lo encontró tomando el sol. Entonces se acercó y le dijo: “Soy Alejandro de Macedonia; dime en qué te puedo servir”. A lo cual Diógenes respondió: “Hazte a un lado, que me tapas el sol”. Alejandro se soprendió ante aquella reacción del filósofo, por lo cual dijo a sus amigos: “Si yo no fuera Alejandro, desearía ser Diógenes”.
Siendo ya un anciano, se embarcó rumbo a Egina, pero fue capturado por los piratas, quienes lo llevaron a Creta para ser vendido como esclavo. Se le preguntó que sabía hacer, y él respondió: “Sé gobernar a los hombres, por lo tanto véndeme a quien necesite un amo”. Esta respuesta fue escuchada por Xeníades, un acaudalado hombre de Corinto, quien impresionado, compró a Diógenes y le concedió la libertad. Luego le solicitó que sirviera de maestro de sus hijos. El filósofo demostró tanta sabiduría y fidelidad que Xeníades no se cansaba de decir que los dioses habían enviado un genio a su casa.
Murió en Corinto en el año 327 a.C. Algunos afirman que se suicidó conteniendo el aliento; otros que falleció por las mordeduras de un perro; y otros que murió como consecuencia de una intoxicación por comer carne de pulpo cruda. Lo cierto es que muchas de sus anécdotas y palabras han permanecido hasta nuestros días; y sobre todo fue el responsable de que hasta hoy en día se continúe aplicando la palabra cínico a determinadas personas.