domingo, 12 de septiembre de 2010

DAMON Y PITIAS. UNA HISTORIA DE AMISTAD

Cicerón, el orador romano que vivió por el siglo IV antes de Cristo, cuenta que Damón y Pitias eran grandes amigos y ambos seguidores del filósofo Pitágoras. Tanto la amistad que había entre ambos como sus creencias filosóficas, eran algo que valía mucho más que la vida. Y esto quedó perfectamente bien demostrado en los siguientes hechos narrados por Cicerón.

Dionisio, rey de Sirausa, montó en cólera cuando conoció las predicaciones que hacía en público Pitias. El joven afirmaba que ningún hombre debía ejercer poder ilimitado sobre otro, y que los tiranos eran reyes injustos. Y aunque Pitias en realidad jamás mencionó el nombre del rey, este se sintió aludido e hizo traer ante su presencia a Pitias, pero como ahí se encontraba también Damón, ambos amigos fueron a parar ante la presencia del rey.


El monarca no se anduvo con rodeos. De inmediato encaró a Pitias reclamándole su actitud y de donde procedía su autoridad para sembrar el descontento entre la gente. Pitias ni se inmutó. “Yo solo digo la verdad – le respondió el joven – y no encuentro nada de malo en ello”.


“Y tu verdad sostiene que los reyes tenemos demasiado poder y que nuestras leyes no son buenas para nuestros súbditos?” le cuestionó el rey a Pitias. A lo cual el joven contestó: “Si un Rey ha tomado el poder sin autorización del pueblo, podrían aplicarse perfectamente bien esas palabras…”


El rey reaccionó violentamente acusándolo de traición y le ordenó a Pitias que se retractara de sus palabras o enfrentara las consecuencias. Pero el joven no quiso retractarse de una sola de ellas. Y en ese momento el Rey lo condenó a muerte. Pero en un detalle de “generosidad”, el Rey le preguntó a Pitias: “Cuál es tu última voluntad”.


Pitias le dijo: “Dejadme ir a casa para despedirme de mi esposa y de mis hijos, y para poner mis cosas en orden.”


El Rey rió en tono burlón y le dijo a Pitias: “Además de injusto me crees estúpido. Si te dejo salir de Siracusa, seguramente jamás volveré a verte”.


Con seriedad y aplomo Pitias agregó: “Te haré un juramento”.


Pero el Rey se negó a creerle. Para él no había juramento alguno que pudiera garantizarle su regreso.


En ese momento, Damón, quien había permanecido hasta ese momento en silencio se dirigió al Rey para decirle: “Yo seré su garantía. Podéis tenerme como prisionero, hasta el regreso de Pitias. Nuestra amistad es conocida de todos, y eso es una garantía de que mi amigo regresará. Porque él es incapaz de una traición.


El Rey se mofó de la inocencia de Damón, pero aceptó la propuesta, no sin antes advertirle a Damón: “Si deseas tomar el lugar de tu amigo, debes estar dispuesto a aceptar su sentencia si él rompe su promesa. Si Pitias no regresa a Siracusa, morirás en su lugar”


Damón ni se inmutó ante la advertencia del Rey. “Pitias mantendrá su palabra, no tengo la menor duda de ello”.


Fue así como Pitias salió del palacio, mientras que Damón fue de inmediato conducido a la prisión.


Comenzaron a pasar los días y como Pitias no aparecía, el rey Dionisio no resistió la tentación de ir a mofarse de Damón.


-“Tu tiempo se está acabando- se mofó el monarca de Siracusa- Y no servirá de nada que solicites piedad. Fuiste un necio en confiar en la promesa de tu amigo. ¿De veras creíste que sacrificaría su vida por ti o por cualquier otro?”.


-“Solo ha sufrido una demora – respondió Damón sin inmutarse- Los vientos le han impedido navegar, o tal vez ha sufrido un accidente en la carretera. Pero si es humanamente posible, él regresará a tiempo. Creo en su amistad y virtud tanto como en mi existencia”.


El Rey no pudo menos de admirar la confianza de su prisionero. Así que dio la media vuelta confundido ante tanta seguridad, pero totalmente seguro de que Pitias jamás regresaría.


Y Pitia no llegó. El día fatal Damón fue sacado de la prisión y conducido ante el verdugo. El rey Dionisio lo saludó con una sonrisa socarrona.


- Parece que tu amigo no ha llegado - rió -. ¿Qué piensas ahora de él ?


- Es mi amigo - respondió Damón -. Confío en él.


Y mientras hablaba, las puertas se abrieron y Pitias entró tambaleándose. Estaba pálido y magullado, y apenas podía hablar de cansancio. Se arrojó en brazos de su amigo.


- Estás a salvo, loados sean los dioses - jadeó -. Parece que los hados conspiraban contra nosotros. Mi barco naufragó en una tormenta, y luego me atacaron salteadores. Pero me negué a abandonar mis esperanzas, y logré llegar a tiempo. Estoy dispuesto a cumplir mi sentencia de muerte.


Dionisio quedó atónito al oír estas palabras, y sus ojos y su corazón se abrieron. Era imposible resistir el poder de semejante constancia.


- La sentencia queda revocada - declaró -. Nunca creí que tanta fe y lealtad
pudieran existir en la amistad. Me has demostrado cuán equivocado estaba, y es justo que seas recompensado con tu libertad. Pero a cambio os pediré un gran servicio.


- ¿ A qué te refieres ? - preguntaron los amigos.


- Enseñadme a formar parte de una amistad tan noble.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bueno !

Anónimo dijo...

Intersante. Sólo quisiera hacer una observación: Cicierón vivió en el siglo I a.C (106 - 43 a.C), n en el IV.

Anónimo dijo...

Solo el amor de Cristo por nosotros es mayor que entrego su vida

José Clemente dijo...

En realidad, siempre que se está atento ante la sabiduría antigua, se observará, no sin sorpresa, los muchos antecedentes previos de aquél que se sería llamado El Cristo. Y si no, al menos para el no creyente, del pensamiento crístico, del cual expuso Jesús, el galileo. Este relato es tan solo uno de ellos.

Nada hay nuevo bajo el Sol, que Él no haya previamente alumbrado.

Cordialmente; Clemente

Maribel Saldaña Reyes dijo...

Muy lindo, una amistad es un corazón que habita en dos almas