miércoles, 22 de septiembre de 2010

FRANCISCO VELARDE, EL BURRO DE ORO

Francisco Velarde nació en los primeros años del siglo XIX aquí en Guadalajara. Como era hijo de gente noble y adinerada, cuando murieron sus padres le dejaron una inmensa fortuna, y aunque tenía un par de hermanas, todo quedó para él, porque ellas decidieron renunciar a su herencia a cambio de encontrar la salvación entre las paredes de un rústico convento.
Francisco, como no tenía quien le “jalara el mecate” se convirtió de la noche a la mañana en “El burro de oro”, mote que le pusieron las gentes, porque hacía derroche de ostentación, y era demasiado bruto. Con pésimo mal gusto para gastarse el dinero y cometía estupidez tras estupidez.
Le gustaba andar vestido siempre con casacas, a las cuales les colgaba hasta el molcajete, pero eso sí, de oro de 24 kilates, para impresionar a todos a su paso: botones, cadenas, medallas, escudos, estrellas y cuanta cháchara se le ocurrió que podía lucirse. Al grado que parecía uno de esos santos taquilleros a los que les cuelgan montones de milagritos.
Tenía además sus finos caballos, con buenas monturas, lujosos carruajes, magníficas residencias y fincas agrícolas, ubicadas en los Estados de Michoacán y Jalisco.
Siendo un personaje que se ufanaba de sus buenos modales y su gran refinamiento, acostumbraba enviar a sus sirvientes a Europa, para que fueran educados y se les enseñara la forma adecuada de atender debidamente a las personas de alto nivel. Así los invitados de Francisco Velarde, siempre recibían un nivel de atención a la altura de los mejores palacios europeos.
Queriendo hacer aún mayor gala de ostentación, en tiempos del Presidente Santa Anna, compró, a un alto precio, el grado de General, cosa que tan solo le sirvió para lucir vistosos uniformes, aunque no tuviera ni la más mínima noción de como se tomaba un arma.
Sus pretensiones fueron mucho más lejos aún, y por ello cuando se estableció la monarquía en México, Velarde quiso incrementar su nivel haciéndose amigo del emperador Maximiliano, por lo cual intentó granjeárselo enviándole valiosos obsequios e invitándolo a pasar algunos días de descanso en la casa que tenía en esta Perla Tapatía, y aunque al parecer jamás se le rechazaron las invitaciones, Maximiliano nunca vino a visitarlo debido a sus múltiples compromisos. Pero Francisco Velarde, creyendo que el Emperador vendría, gastó miles de pesos en preparativos. Invirtió mucho dinero para dejar en óptimas condiciones la residencia que tenía en la esquina de Hidalgo y Pino Suarez, donde hoy se encuentra el Palacio Legislativo. Importó muebles de Europa, adquirió vajillas hechas de plata con incrustaciones de oro y llenó la casa de un lujo chocante y excesivo para impresionar al dignatario.
En el colmo de su tontería, puso a trabajar dia y noche, sin descanso a un gran número de sastres y costureras, para hacer un enorme toldo, que pretendía cubriera al Emperador en su camino desde Gaudalajara a la barca, para que Maximiliano en su viaje no estuviera expuesto a los rayos del sol.
Por supuesto que todos sabían lo que estaba haciendo, y no entendían su proceder, porque nadie ignoraba que el gobierno de Maximiliano caería en cualquier momento y no era muy bueno andar tomando partido en su favor, y mucho menos llamarse su amigo. Pero era entendible que “el burro de oro” lo promulgara a los cuatro vientos. Porque todo lo que hacía se lo contaba a la gente en su afán de presunción.
El 25 de enero de 1867, cuando Maximiliano estaba sitiado en la ciudad de Querétaro, el general Don Ramón Corona, como jefe de la División de Occidente, ordenó, que se entregaran como prisioneros de guerra todos los imperialistas que radicaran en poblaciones y lugares dominados por los republicanos, y en caso de desobediencia, serían perseguidos, capturados y fusilados.
Cuando los republicanos avanzaban hacia La Barca, lugar donde se encontraba en ese momento Francisco Velarde, éste huyó hacia Zamora donde logró esconderse, hasta que fue denunciado. El burro de Oro intentó escapar. Al llegar el ejército a lugar donde se encontraba, corrió para escabullirse, pero como estaba bastante gordo, no pudo brincar una barda de un metro de altura y ahí lo atrapó Francisco Tolentino. Velarde suplicó que le perdonaran la vida, incluso le ofreció a Tolentino su peso en oro montado en su caballo, pero al general, le importaban más sus ideales que el oro, así que sacó la pistola y ahí mismo le dio muerte al afamado “Burro de Oro”.

2 comentarios:

mascara de oro dijo...

Muy buena reseña la de ste autor, aunque existen cosas verdaderas hay mucho de fantasía. Velarde no era ningún palurdo, era culto educado en los mejores colegios de aquellos ayeres. Es verdad que era en parte amante de la ostentación, pero de bruto nada tenía.
También se cuenta que existía un tunel que iba de La Barca a Vista Hermosa de Negrete. Una de las carrozas del Burro de Oro se puede admirar en el hospital EL REfugio en Tlaquepaque. Cuando la hacienda Vista Hermosa fue comprada se la llevó José María Martinez Negrete o bien Francisco.

Irene Garcia dijo...

Bonita historia y tiene mucha fantacias pero la ralidad es que el robaba a los ricos para darle a los pobres y lo a podaban el burro de oro porque el oro que les robaba a los ricos lo cargaba en el lomo de los burros a si que el era muy inteligente lo que si es cierto es que si ay un túnel.Donde el se escapa cuando el gobierno lo buscaba en la barca el ya estaba en vista hermosa esta de michuacan. Y el tunel esta en donde era su casa y donde ahora exhiben su pinturas y se llama la morena y esta situada en la hermosa cuidad de la barca mi hermoso pueblo