viernes, 8 de julio de 2011

CRISTINA ONASSIS, UNA POBRE MILLONARIA

Cuando el sábado 15 de marzo de 1975 falleció el naviero y multimillonario griego Aristóteles Onassis, su hija Cristina pasó a ser la joven más rica del planeta, ya que su acaudalado padre le dejó una fortuna de más de 500 millones de dólares, además de una flota formada por cincuenta y dos barcos, entre balleneros, cruceros y petroleros. Uno de ellos, un yate de cien metros de eslora, llevaba el nombre de Cristina, y era un regalo que su padre le había hecho cuando cumplió tres años de vida.
Aristóteles Onassis llegó a Argentina provisto de tan solo una maleta y doscientos dólares. Y comenzó trabajando de vendedor de fruta, peón de albañil, empleado de una compañía telefónica y lavaplatos de un restaurante donde iba con frecuencia a comer Carlos Gardel.
Onassis era demasiado cuidadoso con su dinero, así que con sus ahorros logró poner una pequeña tabaquería donde vendía tabaco turco de contrabando. Y fue ahí donde inició toda una serie de estrategias fuera de la legalidad para enriquecerse. Plagió una marca muy conocida, bañó con agua salada pacas de tabaco para cobrar indemnizaciones del seguro y hacía cuanta triqueñuela se le venía en mente para acumular dinero.
Con el tiempo se convirtió en cónsul británico, posición que aprovechó para desviar sustanciosas sumas de dineros oficiales hacia sus negocios privados.
En tiempos de la segunda guerra mundial, compró barcos a precios ridículos y comenzó a negociar con petróleo, incrementando escandalosamente su fortuna día a día.
Ya como todo un gran magnate petrolero, realizó una fuerte inversión en Montecarlo y de nuevo incrementó su fortuna. Era todo un experto en amasar dinero.
De uno de sus tantos amoríos, Aristóteles tuvo un par de hijos, Alejandro y Cristina. Más su heredero falleció en un accidente de avión el año de 1973, por lo cual a la muerte de Onassis, pasó toda la fortuna a manos de su hija Cristina. Ella apenas tenía 24 años.
Su madre había muerto, su hermano también, así que era una huérfana poseedora de una inmensa fortuna.
Cristina tenía la desgracia de parecerse físicamente a su padre, era demasiado obesa, e intentaba enmascarar su desproporcionado cuerpo con ropas muy caras y valiosas joyas. Más siempre se sintió fea y esto la sumía en total depresión.
Antes de la muerte de su padre, cuando tenía tan solo 20 años se casó con un “don nadie”, pero el matrimonio tan solo duró seis meses. Tres meses después de la muerte de su padre, contrajo segundas nupcias con Alejandro Andreadis, heredero de una buena fortuna. Pero pronto se aburrió de él y se divorció. Pocos meses después se casó con un agente de la KGB, más pronto también decidió abandonarlo, dándole como indemnización un buque petrolero y suficiente dinero para pasar bien el resto de su vida.
Pese a su enorme fortuna la joven Cristina se convirtió en una alocada personalidad internacional adicta a toda clase de drogas. Bebía hasta 30 botellas de Coca Cola al día, bebida que le servía para tragarse puños de barbitúricos. Para colmo de males era una adicta sexual, por lo cual pagaba a los hombres para que la llevaran a la cama.
En 1980 realizó un intento de suicidio encontrándose en Nueva York. Y en 1985 se casó por cuarta vez con Thierry Roussel, el padre de su hija Athina. A pesar de que Roussel era hijo de un rico empresario, cuando Cristina le solicitó el divorcio lo indemnizó con 75 millones de dólares.
En noviembre de 1988 Cristina llegó a Buenos Aires, y fue a visitar a una amiga llamada Marina Dodero. Se quedó a pasar la noche con ella. Al día siguiente fue encontrada sin vida en el baño. Dicen que se quitó la vida tomando una sobredosis de barbitúricos.
Qué triste debió de ser la vida de Cristina. Un poco antes de morir había dicho: "Soy tan pobre que solo tengo dinero...".