jueves, 22 de diciembre de 2011

LA LECCIÓN DE MI MADRE

Hablando cierto día con mi anciana madre, de pronto, y no sé porqué, me dio por hacerle una buena cantidad de reclamos que surgían de otras tantas cosas amargas que me tocó vivir en la infancia. Ni siquiera podía imaginarme como habría de responderme, y quizás era lo que menos me importaba. Si he de ser sincero, lo único que pretendía era sacar todos aquellos resentimientos que traía cargando conmigo y para los cuales jamás había encontrado una salida.
-¿Porqué fueron tan fríos conmigo?. ¿Porqué nunca me dieron un abrazo?, ¿Porqué jamás me prestaron atención alguna?. Me pasaba días y días con la ropa sucia, como si a nadie le importara, como si nadie me quisiera.
No recibí jamás una caricia, ni una palabra de afecto, ni tuve fiestas de cumpleaños, ni jamás se me felicitó por nada. Solo escuché palabras frías, palabras duras, reproches y regaños.
Fui un niño triste, un niño solo, siempre lleno de frío. Jamás me sentí querido y esto me provocó grandes problemas cuando quise integrarme al mundo. Respondía con agresividad cuando alguien me tocaba, no toleraba las palabras amables, ni aceptaba regalos o favores. Fui durante mucho tiempo un desadaptado, y me costó demasiado logar un poco de equilibrio.
Mi madre escuchó sin decir palabra todas mis quejas. Y poco a poco sus ojos se fueron anegando de lágrimas. Aquella viejita en que se había convertido, aceptó con gran pesar todo el desfile de amargas quejas, y cuando terminé con toda mi monserga (palabra común en casa), carraspeó un poco para aclararse la garganta y con vos entrecortada me dijo: “hijo, que bueno que te haz dado cuenta de todos los errores que tu padre y yo cometimos contigo. Que bueno que haz aprendido que así como te creamos a ti, no es la forma correcta de hacerlo. Nosotros éramos unos  ignorantes, gente analfabeta e inculta. Lo bueno es que nada de eso les va a pasar a tus hijos (!).