martes, 15 de julio de 2008

LOS CONVULSIONARIOS


El 1 de mayo de 1727 murió en Paris el diácono Francois Paris, un hombre cuya vida, al parecer, había sido un perfecto ejemplo de todas las virtudes que se supone deben adornar a un cristiano. Su tumba, en el cementerio de San Médrad comenzó a recibir visitantes cada vez en mayor número.
No pasó mucho tiempo sin que se rumorara que el diácono hacía milagros a quienes visitaban la tumba. Algunos jóvenes comenzaron a sufrir convulsiones nerviosas frente a la tumba de este santo hombre, mismas que al parecer resultaron contagiosas, aumentando día con día el número de convulsionados en el cementerio.
Algunas mujeres saltaban a gran altura, otras ladraban, otras maullaban; haciendo que se extendiera el rumor de que el espíritu del difunto se hacía presente en tales manifestaciones. Pronto se formó un movimiento en torno a todo ello al que se le denominó los “Convulsionarios” y que comenzó a tomar la apariencia de una secta de enloquecidos. Estos jóvenes convulsionarios acudían a la tumba en busca de castigo por sus faltas. Unos se hacían flagelar, otros se quemaban la lengua o los pies con carbones encendidos. Algunos devoraban páginas del Antiguo Testamento o se crucificaban clavándose de manos y pies.
Podían presenciarse escenas dantescas: gritos horribles, sollozos, cánticos religiosos en una especie de aquelarre final… hasta que las autoridades hartas de tanta esquizofrenia acabaron reprimiendo y anulando semejante fanatismo.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Sin ser un experto en el tema sobre los JANSENISTAS , tambien llamados CONVULSIONARIOS, creo que es un poco simplista el referir los hechos de quemarse, crucificarse, etc, como actos de histeria, sin remarcar que en todos esos actos NO SUFRIAN LESION ALGUNA EN SUS CUERPOS". Creo que deberia estudiarse mas esa epoca, ya que los Jansenistas perduraron por mas de 45 años, en contra de el Papa de Roma y de Luis XV.

Anónimo dijo...

Para entender plenamente los milagros jansenistas, es necesario conocer un poco los hechos históricos que precedieron a la muerte de François de París. El jansenismo se originó a principios del siglo XVII y desde el comienzo estuvo enfrentado tanto a la Iglesia católica de Roma como al monarca francés. Aunque muchas de sus creencias se apartaban notablemente de la doctrina eclesiástica tradicional, era un movimiento popular que no tardó en ganar seguidores entre el pueblo llano francés.

Pero la mayor desgracia fue que tanto el papado como el rey Luis XV, que era un católico devoto, lo vieran como protestantismo disfrazado de catolicismo. En consecuencia, tanto la Iglesia como el Rey maniobraban constantemente para socavar el poder del movimiento. Un obstáculo para tales ardides, y uno de los factores que contribuyó a otorgar popularidad al movimiento, fue que los líderes jansenistas parecían tener el don especial de curar milagrosamente.

Sin embargo, la Iglesia y la Corona siguieron adelante, y consiguieron que se desencadenaran debates encarnizados por toda Francia. En pleno apogeo de aquella lucha de poderes, murió François de París, el 1 de mayo de 1727, y fue enterrado en el cementerio parroquial de Saint-Médard, en París.

Como el abate tenía fama de santo, se empezaron a congregar personas junto a su tumba para adorarle, y desde el principio hubo noticias de un gran número de curaciones milagrosas. Entre las enfermedades o dolencias curadas se contaban tumores cancerosos, parálisis, sordera, artritis, reumatismo, llagas ulcerosas, fiebres persistentes, hemorragias prolongadas y ceguera. Pero eso no fue todo.

Los dolientes también empezaron a experimentar extraños espasmos o convulsiones involuntarias y a realizar contorsiones asombrosas.

Pronto se demostró que tales ataques eran contagiosos y se extendieron como un reguero de pólvora hasta que las calles se atestaron de hombres, mujeres y niños, todos ellos retorciéndose y contorsionándose como si se hallaran bajo un encantamiento surrealista.

Mientras se hallaban en ese estado espasmódico de trance, los «convulsionarios», como llegaron a ser llamados, mostraban aptitudes extraordinarias. Una de ellas era la capacidad de soportar sin dolor una variedad de torturas físicas casi inimaginable, entre las que figuraban golpes muy fuertes, sacudidas o mandobles con objetos pesados y afilados, así como estrangulamiento, todo ello sin dejar señales de heridas ni magulladuras, ni un mínimo arañazo siquiera.

Lo que confiere a esos acontecimientos un carácter único es el hecho de que fueran contemplados por miles de observadores literalmente. Aquellas reuniones frenéticas en torno a la tumba del abate París no fueron efímeras en absoluto.

Anónimo dijo...


El cementerio y las calles que lo rodeaban estuvieron atestadas de gente, día y noche, durante años; dos décadas después incluso, todavía se contaban milagros (para dar una idea de la enormidad del fenómeno, en 1733 se registró en los informes oficiales que eran necesarios más de tres mil voluntarios simplemente para ayudar a los convulsionarios y para asegurarse, por ejemplo, de que las participantes femeninas no llegaran a exponerse inmodestamente durante sus ataques).

En consecuencia, las dotes sobrenaturales de los convulsionarios se convirtieron en una cause célebre (asunto controvertido) internacional y miles de personas acudían en masa para verlos; entre ellos había individuos de todas las clases sociales y miembros de todas las instituciones educativas, religiosas y gubernamentales imaginables; los documentos de la época recogen numerosos informes de los milagros, tanto oficiales como no oficiales.

Por otra parte, muchos testigos tenían un interés personal en refutar los milagros jansenistas, como por ejemplo los investigadores enviados por la Iglesia católica romana y, sin embargo, los confirmaron (posteriormente, la Iglesia remedió aquella situación embarazosa admitiendo que los milagros existían pero que eran obra del diablo, con lo cual probaba que los jansenistas eran unos depravados).

Un investigador llamado Louis-Basile Carré de Montgeron, miembro del Parlamento de París, contempló los suficientes milagros como para llenar cuatro gruesos tomos sobre el tema, que publicó en 1737 bajo el título La Verité des Miracles.

Cuenta muchos ejemplos de la aparente invulnerabilidad de los convulsionarios a la tortura.

Un ejemplo: una convulsionaria de 20 años llamada Jeanne Maulet se apoyaba contra un muro de piedra mientras un voluntario de la multitud, «un robusto hombretón», le daba cien martillazos en el estómago con una maza de catorce kilos (los propios convulsionarios pedían que les torturaran porque decían que la tortura aliviaba el dolor atroz de las convulsiones).

Para comprobar la violencia de los golpes, el propio Montgeron agarró después la maza y la probó sobre el muro de piedra contra el que se había apoyado la chica. A los veinticinco golpes, la piedra sobre la que golpeaba, sacudida por los martillazos, se aflojó de pronto y cayó al otro lado del muro, abriendo «un boquete de más o menos medio pie».

Montgeron describe otro caso en el que una convulsionaria se inclinó hacia atrás formando un arco,
«sin otro apoyo que una estaca hincada en el suelo cuya punta sostenía el cuerpo por la región lumbar».
Después pidió que izaran con una cuerda una piedra de veintitrés kilos hasta una «altura extrema» y la dejaran caer a plomo sobre su estómago.

Levantaron la piedra y la dejaron caer sobre ella una y otra vez, pero no parecía afectarle en absoluto. Se mantenía sin esfuerzo en su difícil postura y no sufría daño o dolor, y salió de la dura prueba sin tan siquiera una sola marca en la carne de la espalda.

Montgeron anotó que mientras se desarrollaba la dura prueba la mujer no dejaba de gritar «¡Más fuerte! ¡Más fuerte!».

De hecho, parece que nada podía hacer daño a los convulsionarios. No les herían los golpes propinados con barras de hierro, cadenas o estacas. Los hombres más fuertes no podían estrangularlos. Algunos fueron crucificados y después no mostraban ni rastro de heridas. Lo más desconcertante de todo es que ni siquiera se les podía cortar o pinchar con cuchillos, espadas o hachas.

Montgeron cita un incidente durante el cual se apoyó la punta afilada de una barrena de hierro contra el estómago de una convulsionaria y luego se golpeó con un martillo tan violentamente que parecía «capaz de atravesarle las entrañas hasta el espinazo».

Pero no era así y la convulsionaria mantenía «una expresión de completo arrobamiento» y gritaba:
«Oh, me hace mucho bien. Valor, hermano, ¡golpea el doble de fuerte si puedes!».

Anónimo dijo...



La invulnerabilidad no era el único don que los jansenistas exhibían durante sus ataques.

Algunos se volvieron clarividentes y eran capaces de «discernir cosas ocultas». Otros podían leer incluso con los ojos cerrados y vendados fuertemente, y se contaron casos de levitación. Uno de los que levitaban, un cura de Montpellier llamado Bescherand, «se levantaba por los aires con tanta fuerza» durante las convulsiones, que aunque los testigos intentaban sujetarle tirando de él hacia abajo, no consiguieron impedir que se elevara por encima del suelo.

Aunque hoy los milagros jansenistas están casi olvidados, en la época distaban mucho de ser un fenómeno desconocido para los intelectuales.

La sobrina del matemático y filósofo Pascal consiguió que, a resultas de un milagro jansenista, le desapareciera en unas horas una úlcera grave que tenía en un ojo.

Cuando el rey Luis XV intentó infructuosamente detener a los convulsionarios cerrando el cementerio de Saint-Médard, Voltaire dijo humorísticamente:
«Por orden del Rey, se prohíbe a Dios hacer milagros allí».
Y el filósofo escocés David Hume escribió en Ensayos filosóficos sobre el entendimiento humano:
«Seguramente no se habrán atribuido jamás a taumaturgo alguno tantos milagros como los que se dice ocurrieron últimamente en París, junto a la tumba del abate París. La autenticidad de muchos milagros se verificaba inmediatamente en el sitio, ante jueces de crédito y distinción incuestionables, en una era científica y en el teatro más eminente que hoy existe en el mundo».
¿Qué explicación tienen los milagros realizados por los convulsionarios?

Bohm, si bien está dispuesto a considerar la posibilidad de la psicoquinesia y de otros fenómenos paranormales, prefiere no especular sobre acontecimientos específicos tales como las capacidades sobrenaturales de los jansenistas. Pero, si tomamos en serio el testimonio de tantos y tantos testigos, la psicoquinesia parece ser, una vez más, la explicación más probable, a menos que estemos dispuestos a conceder que Dios favorecía a los católicos jansenistas más que a los católicos romanos.

La aparición de otras aptitudes psíquicas durante los ataques, como la clarividencia, sugiere con fuerza que tuvo que intervenir de un modo u otro algún tipo de fenómeno psíquico.

Además, ya hemos visto varios ejemplos en los que la fe honda y la histeria desencadenaron las fuerzas más profundas de la mente y éstas también estaban presentes profusamente. De hecho, puede que los efectos psicoquinéticos, en lugar de ser obra de una sola persona, fueran producto de la combinación de fervor y creencias de todas las personas presentes, lo cual explicaría también el vigor inusual de las manifestaciones.

Luis Fernando Duran Gutierrez dijo...

En la década de 1920, el gran psicólogo de Harvard William McDougall sugirió que los milagros religiosos podrían ser consecuencia de los poderes psíquicos colectivos de una gran multitud de fieles.

La psicoquinesia podría explicar muchos casos de invulnerabilidad aparente de los convulsionarios. En el caso de Jeanne Maulet se podría argumentar que estaba usando la psicoquinesia de forma inconsciente para bloquear el efecto de los golpes de martillo. Si los convulsionarios la utilizaran inconscientemente para controlar las cadenas, los maderos y los cuchillos y parar su recorrido en el preciso momento del impacto, se explicaría también que tales objetos no dejaran marcas ni magulladuras.

De manera similar, cuando algunos individuos intentaban estrangular a los jansenistas, puede que la psicoquinesia les sujetara las manos y aunque ellos pensaran que estaban retorciendo el cuello, en realidad sólo estaban retorciendo las manos en el aire.
Reprogramar el proyector de cine cósmico

Sin embargo, la psicoquinesia no explica todas las facetas de la invulnerabilidad de los convulsionarios. Contemplemos el problema de la inercia: la tendencia de un objeto en movimiento a seguir en movimiento. Cuando un trozo de madera o una piedra de veintitrés kilos cae con fuerza y velocidad, lleva consigo un montón de energía y, si se para en plena trayectoria, la energía tiene que ir a alguna parte.

Por ejemplo, si se golpea con una maza de catorce kilos a una persona que lleva una armadura puesta, aunque el metal de la armadura pueda desviar el golpe, la persona sufre una sacudida considerable. En el caso de Jeanne Maulet, parece que la energía rodeaba su cuerpo de algún modo y se transfería al muro que tenía detrás, pues, como señaló Montgeron, la piedra se había «movido por los martillazos».

Ahora bien, la cosa no está tan clara en el caso de la mujer que se arqueaba y le caía una piedra de veintitrés kilos sobre el estómago. Uno se pregunta por qué no se clavaba en el suelo como un arco o por qué los convulsionarios no se caían cuando les golpeaban con mazos.

¿Dónde iba la energía desviada?
La visión holográfica de la realidad nos proporciona de nuevo una posible respuesta.

Como hemos visto antes, Bohm cree que la consciencia y la materia son sólo aspectos diferentes del mismo algo fundamental, un algo que tiene sus orígenes en el orden implicado. A juicio de algunos investigadores, eso sugiere que la consciencia puede hacer muchas más cosas que unos cuantos cambios psicoquinéticos en el mundo material.

Grof cree, por ejemplo, que si la descripción de la realidad que ofrecen los órdenes implicado y explicado es correcta, entonces,
«es concebible que ciertos estados inusuales de consciencia permitan mediar directamente e intervenir en el orden implicado. De este modo sería posible modificar los fenómenos del mundo físico influyendo en su matriz generadora».
Dicho de otra forma: además de mover objetos por psicoquinesia, la mente también puede llegar hasta el proyector de cine cósmico que creó esos objetos en un principio y reprogramarlo.

Así, no sólo se podrían eludir por completo reglas de la naturaleza reconocidas convencionalmente, como la inercia, sino que la mente podría llevar a cabo alteraciones y reformas en el mundo material mucho más espectaculares que las debidas a la psicoquinesia.

Que esta teoría o alguna otra semejante pueda ser cierta lo prueba otra facultad excepcional que han mostrado varias personas a lo largo de la historia: la invulnerabilidad al fuego. En su libro Los fenómenos físicos del misticismo, Thurston aporta numerosos ejemplos de santos que poseían esa facultad, de los cuales san Francisco de Paula es uno de los más conocidos.

Además de sostener ascuas ardiendo en las manos sin hacerse daño, en 1519, en las sesiones previas a su canonización, ocho testigos aseguraron que le habían visto andar a través de las llamas rugientes de un horno sin sufrir daños, cuando iba a reparar una pared del horno que se había roto.

Anónimo dijo...



Este relato trae a la mente una historia del Antiguo Testamento, la historia de Sidraj, Misaj y Abed-Nego.

Tras conquistar Jerusalén, el rey Nabuconodosor ordenó a todo el mundo que adorara una estatua de él mismo. Sidraj, Misaj y Abed-Nego se negaron, así que Nabuconodosor ordenó que les arrojaran a un horno tan «sumamente caliente» que las llamas quemaron incluso a los hombres que les echaron al horno. Ellos, sin embargo, sobrevivieron al fuego gracias a su fe y salieron ilesos, con el pelo sin chamuscar, las ropas sin quemaduras y sin tener siquiera olor a fuego.

Según parece, las persecuciones contra la fe, como la que Luis XV intentó imponer en contra de los jansenistas, han generado milagros en más de una ocasión.

Aunque los kahunas de Hawai no caminan a través de llamas rugientes, hay noticias de que pueden andar por lava ardiendo sin quemarse. Brigham contaba que tres kahunas que había conocido le prometieron realizar la proeza para él y él les siguió durante una larga caminata hasta una corriente de lava que había cerca del volcán Kilauea, que estaba en erupción.

Eligieron un río de lava de unos cuarenta y cinco metros de ancho que se había enfriado lo bastante como para poder soportar su peso, pero que seguía estando tan caliente aún que tenía en la superficie zonas incandescentes. Mientras Brigham les contemplaba, los kahunas se quitaron las sandalias y empezaron a recitar las largas oraciones necesarias para protegerse mientras andaban por la roca fundida apenas endurecida.

Resultaba que los kahunas le habían dicho antes a Brigham que si quería unirse a ellos, le podían conferir su inmunidad contra el fuego y él accedió con valentía.

No obstante, cuando estuvo frente al calor hirviente de la lava se lo pensó dos veces y hasta tres.
«El resultado fue que me quedé sentado sin moverme y me negué a quitarme las botas», escribió Brigham en su relato del episodio.
Cuando terminaron de invocar a los dioses, el kahuna más viejo se dirigió corriendo hasta la lava y cruzó los cuarenta y cinco metros sin sufrir daños.

Impresionado, pero todavía inflexible en su decisión de no correr, Brigham se levantó para ver al siguiente kahuna, cuando recibió un empujón que le obligó a ponerse a correr para no caer de cara sobre la roca incandescente.

Y Brigham corrió. Cuando llegó al terreno más elevado al otro lado del río de lava, descubrió que una de sus botas se había quemado y que sus calcetines estaban ardiendo. Pero, milagrosamente, sus pies estaban ilesos.

Tampoco los kahunas habían sufrido daño alguno y se revolcaban de risa ante el susto de Brigham.
«Yo me reí también - escribió Brigham - Jamás me sentí tan aliviado en toda mi vida como cuando descubrí que estaba a salvo. No hay mucho más que contar de aquella experiencia. Tuve la sensación de un calor intenso en la cara y en el cuerpo, pero apenas sentí nada en los pies».
También los convulsionarios mostraron ser totalmente inmunes al fuego alguna que otra vez.

De aquellas «salamandras humanas» - en la Edad Media el término salamandra se refería a un lagarto mitológico que vivía en el fuego según se creía entonces - las dos más famosas fueron Marie Sonnet y Gabrielle Moler.

En una ocasión y en presencia de numerosos testigos entre los que estaba Montgeron, Sonnet se tendió encima de dos sillas sobre un fuego abrasador y permaneció allí durante media hora. Ni ella ni su ropa mostraron consecuencias negativas. En otra ocasión, se sentó y puso los pies en un brasero lleno de carbones ardiendo.

Como le ocurrió a Brigham, se le quemaron los zapatos y las medias, pero los pies resultaron ilesos.

Anónimo dijo...




Los jansenistas no fueron el primer movimiento convulsionario en Francia.

Las hazañas de Gabrielle Moler eran aún más inverosímiles. Además de ser insensible a los golpes propinados con espadas y palas, podía pegar la cabeza al fuego que rugía en la chimenea y mantenerla allí sin sufrir heridas. Según los testigos, después tenía la ropa tan caliente que apenas podían tocarla y, no obstante, el pelo, las pestañas y las cejas ni siquiera estaban chamuscadas. No hay duda de que debía de ser una persona muy divertida en las fiestas.
A finales de 1600, Luis XIV intentó purgar el país de un grupo de hugonotes que resistían en el valle de los Cévennes conocidos como los Camisardos, y que exhibían aptitudes similares. En un informe oficial enviado a Roma, uno de los perseguidores, un prior al que llamaban «el cura de Chayla», se quejaba de que hiciera lo que hiciera no conseguía herir a los Camisardos.

Cuando ordenaba que les dispararan, les encontraban las balas de mosquete aplastadas entre las ropas y la piel. Cuando les acercaban las manos a carbones en ascuas, no sufrían daño, y cuando les envolvían de pies a cabeza con algodones empapados en aceite y les prendían fuego, no se quemaban.

Por si eso fuera poco, Claris, el líder de los Camisardos, mandó construir una pira y luego trepó a lo alto para pronunciar una arenga arrebatadora. En presencia de seiscientos testigos, ordenó que se incendiara la pira y continuó vociferando mientras las llamas se elevaban por encima de su cabeza. Cuando la pira se consumió por completo, Claris seguía ileso y no presentaba huellas del fuego en el pelo ni en la ropa.

El jefe de las tropas francesas enviadas a someter a los Camisardos, un coronel llamado Jean Cavalier, fue exiliado después a Inglaterra, donde en 1707 escribió un libro sobre el acontecimiento titulado A Cry from the Desert. En cuanto al cura de Chayla, al final le asesinaron los Camisardos durante un contraataque.

A diferencia de algunos de ellos, él no poseía ninguna invulnerabilidad especial.

Existen literalmente centenares de relatos creíbles de inmunidad al fuego. Dicen que cuando Bernardette de Lourdes estaba en éxtasis, también era insensible al fuego. Según testigos, una vez mientras se hallaba en trance puso la mano tan cerca de una vela encendida que las llamas le lamían los dedos. Una de las personas presentes era el doctor Dozous, el médico local de Lourdes.

Rápido de mente, Dozous cronometró el hecho y observó que pasaron diez minutos enteros antes de que saliera del trance y retirara la mano.

Después comentó:
«Lo he visto con mis propios ojos. Pero le juro, señor deán, que si intentara hacerme creer esta historia, me habría reído muchísimo de usted».
El 7 de septiembre de 1871, el New York Herald informó de que Nathan Coker, un anciano herrero de raza negra que vivía en Easton, Maryland, podía tocar metal al rojo vivo sin quemarse.

En presencia de un comité en el que figuraban varios médicos, calentó una pala de hierro hasta que se puso incandescente y luego se la colocó contra las plantas de los pies hasta que se enfrió. También lamió el borde de la pala al rojo y se derramó plomo fundido en la boca, dejando que corriera por encima de los dientes y encías hasta que se solidificó.

Los médicos le examinaron después de cada una de esas hazañas, pero no encontraron ni rastro de heridas.