jueves, 14 de agosto de 2008

HONRADEZ JAPONESA

Jorge Tanaka, un amigo empresario de la TV, me contó que en cierta ocasión le obsequiaron una valiosa pluma Mont Blanc. Poco después fue al Japón en viaje de vacaciones, en un intento de conocer un poco acerca de la tierra de sus ancestros.
Estando en este exótico lugar descubrió que sus tradiciones y costumbres distan mucho de parecerse a la forma de vida occidental. Más hubo un detalle que le hizo valorar en demasía ciertas virtudes propias del pueblo nipón.
Llegó a una tienda a comprar algunas figurillas de arte tradicional, para obsequiarlas a sus amistades cuando estuviera de regreso a casa. El dueño del negocio le recibió con la típica camaradería oriental: una amable y cordial sonrisa, seguida de una distinguida inclinación de reverencia, cosa que le turbó en cierta medida, pero que agradeció de todo corazón correspondiendo con una leve inclinación de su cabeza.
Por la noche, ya de regreso a la pequeña habitación del hotel que le hospedaba, se dio cuenta que había olvidado su preciada pluma en la tienda, misma que utilisó para firmar el bauche de la tarjeta de crédito. Totalmente molesto y haciéndose el ánimo de que no habría de recuperar su preciada Mont Blanc, regresó al siguiente día a la tienda donde había realizado las compras. Al momento de ingresar a la tienda, el dueño del negocio salió a su encuentro, mucho más sonriente y con sus reverencias más acentuadas. Le dijo algunas palabras llenas de emotividad, mismas que no logró entender en lo absoluto, más luego con una indicación de su mano le señaló el mostrador donde se había efectuado la transacción y ahí… sin que nadie la hubiese tan siquiera tocado, estaba la famosa pluma esperando el regreso de su propietario.
Así de maravillosa es la honradez japonesa. Un país donde se regresan los objetos perdidos, donde las puertas carecen de cerraduras y no se requieren de los costosos controles de seguridad para evitar los robos en los negocios.
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